Familia y regreso

Día 14 | 15 de septiembre de 2018

Mapa de la etapa 14

El viaje a los Pirineos ha terminado, pero eso no signifique que estamos ya en casa. Todavía falta por rellenar un epílogo en el que pasamos todo un sábado en Barcelona esperando a que, a última hora del día, podamos poner rumbo a Mallorca repitiendo la misma fórmula que a la ida: L por los aires, y yo por mar llevando conmigo mi propio vehículo.

El día transcurre en clave familiar, con una salida a El Prat de Llobregat por la mañana para ver a una mtiad de la familia y un regreso al corazón de Barcelona para comer con la otra mitad. Así, entre conversaciones, comida y juegos, el reloj avanza hasta las 19:00. Es momento de regresar al aparcamiento Saba donde el coche, cargado hasta arriba, lleva reposando ya alrededor de 22 horas. Se confirma la dolorosa factura de 47 euros por haberlo tenido resguardado de los peligros de la calle.

¿Regalo? De eso nada, es para mí

El tráfico de este sábado por la tarde no añade ninguna complicación al trayecto hasta la zona de salidas de la T1 del Aeroport del Prat y tampoco al regreso hasta la zona portuaria donde realizo primero una parada en la estación marítima para saber a qué zona debo dirigirme para embarcar. Siguiendo las señales al “Port Nou” por carreteras privadas del Port de Barcelona, alcanzo la zona de espera para embarcar 80 minutos antes de la hora recomendada y 170 minutos antes de que el barco se comience a mover. No queda más que hacer que matar el tiempo escuchando la radio y navegando con el teléfono -saliendo al exterior, ya que la zona de espera es una especie de aparcamiento sin cobertura-.

Son las 22:00 cuando las decenas de vehículos que estamos ya esperando -incluyendo un Tesla- empezamos a abordar el mismo buque que me trajo dos semanas antes. Una vez que todos hemos ya estacionado el vehículo en la cubierta superior y podemos pasear a pie por las cubiertas, queda muy claro que va a bordo menos gente y menos vehículos que en el viaje de ida. Las cubiertas están llenas de charcos, consecuencia del trayecto Palma – Barcelona que el mismo buque ha hecho durante el día y en el que ha debido atravesar la tormenta que está azotando el oeste del Mediterráneo.

Esperando a embarcar
Embarcados y aparcados
Barcelona, al fondo

Paso por recepción para informarme sobre el servicio de conexión a Internet, consistente en 5 horas de acceso por 3 euros. En lugar de venderme uno de los códigos, me ofrecen otro gratuito de 30 minutos para que pruebe el servicio antes de dar el paso de contratarlo. Y lo agradezco, porque la prueba me basta para descubrir que la conexión es demasiado lenta e inestable como para que valga la pena. Todavía con el buque parado, me paseo por la cafetería en la que algunos pasajeros ya están sentados con la cena en la mesa mientras ven el desenlace del Athletic – Real Madrid que las pantallas están emitiendo pese a ser mediante un canal de pago.

Unos minutos de fútbol antes de zarpar

El barco empieza a deslizarse por un mar en completa oscuridad cuando pasan las 22:00. Sentado en mi incómoda Butaca Sirena, empiezo a escribir la etapa introductoria de este diario. Quedan por delante un buen puñado de horas que sería muy difícil rellenar. Cuando ya es medianoche cambio mi asiento en butaca por una de las mesas de la cafetería, ahora casi totalmente desierta. Por 4,5 euros me como un “kebab burrito” confiado en que mi tolerancia al balanceo -que a partir de la 1:00, ya en alta en mar, es mucho más palpable- y la biodramina lo mantendrán a raya.

Cubiertas desiertas incluso cuando nos alejamos de la costa

Cuando llevamos ya unas tres horas navegando vuelvo al exterior con una esperanza que enseguida se disipa. No sabía si el cielo estaría nublado o despejado, pero tampoco importa. La cantidad de luces que el barco lleva esparcidas por la cubierta hace imposible las condiciones necesarias para poder observar el cielo e intuir alguna estrella.

La soledad del marinero
Pues hace algo de viento...

Intento dormir un poco en la butaca, pero es literalmente imposible. Me llevo mis cosas hasta uno de los sofás junto a la recepción del barco, y estos sí que resultan mucho más cómodos. Con un poco más de descaro podría haberme estirado a lo largo de uno de ellos y dar una cabezada, pero en su lugar prefiero continuar escribiendo etapas a ritmo de Def Leppard.

Antes de las 5:00 ya vuelve a haber cobertura de móvil, tal y como me avisa el teléfono mientras termino de ver un capítulo más de The Leftovers.

¿Vienes a jugar conmigo?

A partir de las 6:00, a una hora de alcanzar Palma, el barco alcanza su récord de balanceo. El exterior a través de las ventanas sube y baja varios metros. Se oye a lo lejos la tormenta que debe seguir agarrada a la costa. Un miembro de la tripulación comienza a pasear por los muchísimos pasillos de camarote papel en mano. Cada vez que pasa frente a uno ocupado, golpea con los nudillos musicalmente contra la puerta acompañado de un “Buenos días, ¡media hora!”.

Palma reaparece

Y el viaje llega a su fin. Con el barco ya anclado en el Dique del Oeste, los coches empiezan a circular por la cubierta tras muy poco tiempo. Solo quedan por deshacer los últimos kilómetros que me separan de casa, no sin antes parar en una gasolinera para darle el necesario lavado a presión a la carrocería bañada por la sal. Pasan las 8:00 de la mañana de un domingo cuando despierto a una L que pese a llegar una hora más tarde de lo previsto por el retraso del avión -siendo Vueling no podía ser de otra forma-, ha podido dormir ya en su añorado colchón.

Aquí termina “Pirineos 2018”. Para el recuerdo quedan ya las anécdotas, las fotos, las casas y los kilómetros. Y ahora, a volver a la rutina… pero por poco tiempo. El 2018 en materia de viajes todavía no ha terminado, ni mucho menos.