En lo alto del Pico Pacino

Día 7 | 8 de septiembre de 2018

Mapa de la etapa 7

Toca despedirse de Biescas. O eso creíamos en este momento… pero no adelantemos acontecimientos. Nos despedimos sin prisas del que ha sido nuestro alojamiento más completo hasta la fecha, del que nos alejamos con el coche de nuevo cargado en dirección norte a las 8:30.

Creíamos que era un adiós... pero era un hasta pronto

Pasamos de largo el desvío para entrar en Sallent de Gállego, un municipio que nos prometemos visitar más tarde antes de despedirnos de Huesca por unos días. Poco más allá encontramos la pista a mano izquierda de la carretera que tras unos pocos metros de subida nos lleva a la zona donde poder dejar el coche para iniciar nuestra excursión. Nada más salir del vehículo podemos ver ya perfectamente la meta del día: la cima del Pico Pacino, situada a 1969 metros de altura -casi 600 por encima del aparcamiento- y la cual promete una de las vistas panorámicas más completas del Valle de Tena. Mirando hacia el otro lado, las nieblas de la mañana todavía no permiten ver con todo el detalle deseado las cimas que quedan al norte, pero tenemos la esperanza de que con el paso de las horas eso cambiará. Nos reciben unos muy agradables 14 grados de un cielo despejado y a las 9:15 echamos a andar.

Mirando al objetivo
No hay visibilidad, pero tenemos espectáculo igualmente
A lo que vamos

El primer tramo de pista presenta un aspecto inmejorable, perfecto para comenzar. La pendiente va aumentando a cada paso, y las piernas se van calentando al mismo ritmo. El sendero de piedra da paso a un denso hayedo en el que ganamos altura todavía más rápidamente, tal y como demuestra el hecho de que nuestro coche es ya un pequeño punto brillante cuando los árboles se abren y nos lo dejan ver. El sol ha ido ganando la batalla a la niebla y, mirando hacia el noroeste, la población de Formigal ya es perfectamente visible. Es cuestión de tiempo que ocurra lo mismo con Sallent, que al estar más escondida entre montañas se resiste a dejarse ver tan claramente.

Primeros metros rodeados de árboles

A las 9:55 hemos superado este primer hayedo y nos encontramos de bruces con la torre que veíamos desde el aparcamiento. En una investigación posterior comprendimos que se trata de una “chimenea de equilibrio” que compensa los golpes de presión del agua que circula por los tubos que conectan Sallent de Gállego con la Estación Hidroeléctrica homónima. Dada su altura, sería todo un logro conseguir ascenderla para disfrutar de las vistas desde su último piso, pero la ausencia del primero de los tramos de escalera de mano -por seguridad, supongo- frustra esa ilusión.

La chimenea de equilibrio

No es hasta las 10:50 cuando alcanzamos el collado previo a la ascensión final. Hubiéramos llegado antes, pero las vistas que dejábamos a mano izquierda ya nos obligaban a detenernos más frecuentemente. El castigo por habernos retrasado es que en estos últimos minutos se comienza a nublar, poniendo en riesgo ver alguna de las cumbres. Afortunadamente las nubes más densas parecen quedarse hacia el sur, donde el espectáculo es menor.

Seguimos ya por un camino más abierto
La panorámica va formándose
Formigal en la distancia
Se está haciendo largo esto...
Señales en el collado

Alcanzamos la cima 25 minutos después, tras un último esfuerzo por un camino que, si bien es ya mucho más silvestre, en todo momento tiene señalizado mediante hitos cuál es la mejor ruta para alcanzar el punto más alto. Nos recibe aquí arriba más frío y viento que durante todo el camino, y confirmamos que las vistas al sur, más allá del Embalse de Escarra, están perdidas debido a las nubes. Afortunadamente el norte resiste, y ahí podemos ver con claridad uno de los objetivos de la excursión: la característica cima partida en dos del Midi d’Ossau, ya en territorio francés. Bajando la vista vemos en la distancia dos coches más aparcados junto al nuestro y a algunas personas alcanzando el collado y que pronto estarán aquí arriba con nosotros. Lo peor de estos minutos en soledad en la cima es la insistencia de decenas de hormigas voladoras que se empeñan en que no podamos comer nuestra pizza fría en paz. Cuando ya no queda un centímetro del paisaje que fotografiar, aparecen dos halcones que dan varias vueltas sobre nuestra posición obligándome a volver a sacar la cámara de la mochila. Aquí arriba parece no haber un instante en el que aburrirse.

Y finalmente la cima
Accesos a las pistas de Formigal
Formigal -España- en primer plano y Midi d'Ossau -Francia- al fondo
Unas vistas tremendas
Embalse de Escarra
Embalse de Lanuza junto a Sallent
Prioridades
No sé si vienen a por la pizza o a por Pato
Majestuoso

Al cabo de un rato llega compañía, y vaya compañía. Tres chicos entre los 30 y los 40 acompañados de hasta cuatro perros. Nos hacen de guías inesperados, ya que en cuanto sueltan las mochilas comienzan a repasar en voz alta todas las cimas de alrededor. Podemos saber así cuáles se corresponden con, por ejemplo, el Anayet, un volcán casi en la frontera entre Francia y Aragón y de más de 2.500 metros de altura. No podemos evitar sonreír al oírles hablar, y es que son muchas horas de escuchar a Paco Martínez Soria como para no detectar el parecido en el acento. Mientras tanto los perros corretean a un lado y otro dejando de explorar solo cuando les sirven comida y bebida. De los cuatro tenemos un claro favorito en Kiro, un border collie que tal y como se comporta deducimos que es el líder de la manada. Son las 12:15 cuando decidimos que es hora de iniciar el descenso, algo acalorados tras desaparecer el fuerte viento que nos recibió al alcanzar la cima.

¡Kiro!
Todo lo que sube...
Las vistas desde el collado

Entre grillos, saltamontes y alguna parada de vez en cuando, son las 13:50 cuando alcanzamos de nuevo el aparcamiento. Por el camino, poco después de abandonar la cima, Kiro y sus secuaces nos adelantaron a toda velocidad y empezaron a coger atajos que les hicieron regresar al punto de partida mucho antes que nosotros. Durante el descenso las nubes alcanzaron al fin el Midi d’Ossau, que ya no pudimos volver a ver durante toda la jornada.

Los hombres de Kiro, dándonos alcance
El camino parece que nos llevara a Formigal
La chimenea y Sallent
Mezclando naturaleza y construcción
El sitio, fotogénico es un buen rato

La hora es perfecta para cumplir dos objetivos: atravesar algunas calles de esa localidad de Sallent de Gállego que hemos visto toda la mañana desde la distancia, y buscar algo que echarnos a la boca. Nuestra búsqueda de un lugar recomendado a través de las redes nos lleva a la puerta de Bar Willy, pero lo que no sabía Google es que el local ha empezado hace un día sus a buen seguro merecidas vacaciones. Así que recorremos la calle principal a la búsqueda de algo que nos entre por los ojos, pero llegamos hasta el aparcamiento público al final de ella sin tenerlo del todo claro. Tras descartar un par de opciones por parecernos demasiado caras para lo que andamos buscando, recaemos en las mesas interiores del Bar Biloba, con la expectativa de que malo no debe ser si uno de los maños con los que hemos coincidido en la cima del Pico Pacino está aquí sentado comiendo.

Tejados de Sallent de Gállego

No es que hagamos un gran pedido: con dos muy buenas enormes croquetas de jamón y una ración de bravas junto a dos claras de limón estamos servidos. Los altavoces del local saltan de Dua Lipa a Malumba, luego a Manuel Carrasco y finalmente a Bruno Mars. Vaya una montaña rusa de emociones. Cuando vamos a pagar, vemos que quien ha bajado a echar una mano a la apurada camarera -el interior está casi vacío, pero la terraza en la calle está a reventar- es precisamente nuestro viejo conocido, el dueño de Kiro.

Veamos...
Pues esto mismo

Toca seguir la marcha y reducir la distancia con nuestro destino final del día. Y tras pasar de largo los múltiples accesos a la descomunal estación de esquí de Formigal, a las 15:30 esa ruta nos lleva nada más y nada menos que al extranjero. Francia nos recibe por un descenso de montaña que sigue, y sigue y no parece terminar nunca. Tras un par de desvíos sin perder el paisaje de montaña, pasamos de largo Eaux-Bonnes, un pueblo con aspecto desértico y que rezuma Francia en cada baldosa que nos acogerá las próximas dos noches. Pero antes de detenernos en él por primera vez, seguimos conduciendo dos kilómetros más allá para llegar a nuestra próxima parada.

A pocos pasos de la carretera, en la que podemos dejar el coche gracias a un pequeño apartadero justo antes de una curva en el que solo hay espacio para dos o tres vehículos, se encuentra la Cascade du Gros Hêtre. Tras superar una casa con el mismo nombre -no sabemos quién le coge prestado el nombre a quién-, debemos superar unos pocos metros de delicado descenso por tierra y piedras totalmente empapadas debido al agua que emana del salto de agua. El mirador no es ideal, siendo difícil encontrar un punto en el que la valla de seguridad no entorpezca la vista y la seguridad de uno mismo no esté en riesgo, pero vale la pena pasarse por aquí dado el poco esfuerzo que requiere.

Cascade du Gros Hêtre
Eau!
La cascada y su rudimentaria barandilla
La casa de mismo nombre que la cascada

De vuelta en el coche llamamos a la anfitriona de nuestro próximo hogar, anunciándole que en cinco minutos estaremos ya en la dirección indicada. Ahora que nos detenemos en Eaux-Bonnes y podemos ver con más detenimiento sus fachadas… el “encanto francés” comienza a dar un poco de miedo. A la poca gente que se puede ver paseando se le suma el aspecto decrépito, descolorido y en algunos tramos casi ruinoso de las casas que nos observan a lado y lado del pueblo. Más que a hacer senderismo, parece que hayamos venido a rescatar a Matt Damon. Una de esas fachadas que parece que hayan bombardeado recientemente es la que se corresponde con nuestra próxima casa, y el interior del vestíbulo totalmente invadido por andamios y con unas escaleras frías y con aspecto soviético no aportan ninguna tranquilidad.

Buscando al Soldado Ryan
La alarmante entrada al edificio

Pero respiramos aliviados cuando pasamos el umbral de la puerta junto a Caroline, una mujer que intenta hacerse entender en español con poco éxito pese a estar viviendo en el País Vasco. El interior del piso tiene un aspecto mucho mejor que el exterior, con un salón con sofá, cocina y mesa, un cuarto de baño con ducha y un dormitorio con una cama demasiado cerca del suelo para nuestro gusto pero de dimensiones suficientes. Parece que podremos sobrevivir durante dos noches. Acordamos cómo entregar las llaves a nuestra salida dejándolas en un pequeño casillero junto al portal asegurado con una combinación numérica, y salimos a la calle a buscar una barra de pan que a estas horas y con el aspecto que tiene el pueblo se antoja imposible.

Tenemos suerte y al final de la calle, en una suerte de colmado en el que tres jóvenes -una de ellas la dependienta- bromean a la entrada, nos podemos llevar esa ansiada baguette. Vemos durante el camino un Ayuntamiento que tiene tan mal o peor aspecto que el resto de los edificios, y un Casino que parece el edificio más cuidado de todo el pueblo. De un extremo al otro, podemos ver como muchos de esos edificios ruinosos parecen abandonados cuando los observamos desde cerca. Vaya cuadro. Nuestro coche es el único con matrícula española de todos los que vemos aparcados.

La solitaria calle principal de Eaux-Bonnes
Es que ni el Ayuntamiento tiene buena pinta...

A las 18:00 estamos ya de nuevo en el piso listos para ducharnos y planificar la jornada de mañana, algo que se antoja más que necesario tras las últimas noticias. Las tormentas están anunciadas para el mediodía, y por la mañana una prueba ciclista cortará parte de la carretera que separa Eaux-Bonnes de nuestra siguiente excursión, así que la ventana de tiempo que nos queda es muy ajustada y nos obliga a despertarnos muy temprano. Por esa razón antes de las 23:00 estamos apagando las luces de un dormitorio en el que hemos puesto por encima de la cama la funda nórdica intentando suavizar un poco el duro colchón. En pocas horas comenzaremos una nueva etapa de senderismo y naturaleza… o eso creíamos.