Unos por aire, otros por mar

Día 0 | 1 de septiembre de 2018

Mapa de la etapa 0

Se inicia la proyección. Un cielo oscuro pero sin estrellas aparece en escena. La cámara desciende y aparece un ferry de tamaño medio abandonando el Puerto de Barcelona, con las luces de la ciudad en un sábado de septiembre haciéndose cada vez más y más pequeñas. Nos acercamos al buque y comenzamos a distinguir el interior a través de sus ventanas. En una de ellas un chico de 34 años con barba de cuatro días, camiseta de Los Vengadores y unos aparatosos auriculares en los que están sonando clásicos de The Police. Mira hacia un pequeño portátil y escribe según va ordenando sus ideas. Está escribiendo esto. Pero estamos viendo el final. La imagen comienza a retroceder a toda prisa, permitiendo solo intuir imágenes de lo que parece algo totalmente diferente: exteriores a plena luz del día, montañas, ríos, valles y alguna tormenta. El rebobinado finaliza y se retoma la reproducción. Títulos de inicio. Pirineos 2018. Comenzamos.

1 de septiembre de 2018. El verano encara su recta final, o eso esperamos, en la siempre saturada en los meses estivales isla de Mallorca. Hace calor, pero eso ya no es ninguna novedad. De un garaje en alguna parte de la isla emerge un Renault Grand Modus con el maletero lleno pero solo un asiento ocupado. Es el arranque de un viaje que llega casi un año después de que finalizara el último. De acuerdo, entre ellos ha tenido lugar una pequeña escapada a la ciudad de Sevilla pero ya echábamos de menos un viaje “de los nuestros”. De los de coche de alquiler, un itinerario todo lo planificado que se puede tener y kilómetros a recorrer por delante. Y en esta ocasión el destino elegido han sido los Pirineos.

Todo empezó con un objetivo: el de visitar el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido en Huesca. Dada nuestra afición a visitar los National Parks de Estados Unidos -especialmente los de montaña- no habían sido pocas las voces que nos habían recomendado darle una oportunidad algún año y algunos consejos están para tenerlos en cuenta. Así que comenzamos a tirar del hilo, iniciamos nuestro ya habitual ritual de investigación, documentación y planificación y fuimos trazando un plan que nos llevó hasta una propuesta de dos semanas. Propuesta que consistiría en no solo visitar Ordesa, si no la mayoría de accesos a los Pirineos que se extienden al norte de Huesca así como varios puntos más allá de la frontera, en la mitad francesa de la cordillera. Dada nuestra aversión a las empresas de alquiler de coches en España -demasiado caras y con mucha letra pequeña en comparación con otros países- y las consabidas limitaciones de peso en el equipaje a la hora de tomar aviones, no tardamos en investigar -y decidir- la posibilidad de emprender el viaje con nuestro propio vehículo. Y así terminamos con un pasaje de ida y vuelta en el trayecto Palma-Barcelona de Balearia para un adulto junto a un vehículo particular, y un billete de ida y vuelta con Vueling para conectar los aeropuertos de ambas ciudades. De las dos mitades que conforman la pareja yo soy el que más tolera la navegación y las posibles mareas revueltas y además los billetes de avión tienden a ser más baratos que los pasajes de barco si se reservan con suficiente antelación. Así que no había necesidad de hacer pasar a L por ese mal trago de ocho horas navegando por el Mediterráneo. Los alojamientos, como ya es habitual en nosotros, alternarán entre apartamentos turísticos y hoteles más convencionales según la disponibilidad, precios y opiniones que hemos descubierto a lo largo de la ruta.

Hechas las presentaciones, vamos a centrarnos por fin en los hechos. Alcanzo la Estación Marítima del Puerto de Palma de Mallorca a las 10:30, dos horas antes de la hora programada para zarpar con dirección a Barcelona. El recordatorio enviado por la compañía días antes exige presentarse con el vehículo en el punto de embarque 90 minutos antes de la salida, así que llego con 30 minutos de margen. Más que suficientes para entrar en la Estación y pedir indicaciones para saber hacia dónde dirigirme. Debo conducir un poco más allá para alcanzar el Dique del Oeste, donde los primeros coches están ya guardando turno en ordenadas filas siguiendo las indicaciones del personal de la compañía antes de adentrarse en el barco Rosalind Franklin que ya aguarda junto a nosotros.

Con puntualidad, el buque comienza a engullir vehículos a partir de las 11:00. Aunque la mayoría sean turismos, no faltan los camiones y alguna autocaravana. Comenzamos a circular por la bodega, pero no es ese el destino final. Subimos un par de rampas y salimos al exterior, a la cubierta 7 en la que la popa reserva un generoso espacio que hará las veces de aparcamiento durante las horas que dura la travesía. Así que mi coche, al igual que muchos otros, pasará todo ese tiempo expuesto a la sal que el mar disperse en el ambiente. Nota mental: lavar el vehículo con agua a presión cuánto antes al llegar a la península.

Motores apagados y listos para llenarse de sal

Motor apagado, freno de mano activado y me dirijo a pie hasta el interior. La tripulación está ya esperando para darnos las indicaciones según el tipo de pasaje que presentemos. Los de los camarotes por un lado. Los de las butacas Sirena a otro. Y lo peor de lo peor, los Jack Dawson de la actualidad, a las butacas Neptuno disponibles en dos salas diferentes sin abandonar la séptima cubierta. El método para “reservar” una butaca es rudimentario pero eficaz: consiste en doblar tu tarjeta de embarque e introducirla en el sobre de plástico disponible en el respaldo del asiento a ocupar. De esa manera queda marcado tu territorio y puedes proceder a moverte libremente por los espacios públicos del barco sin miedo a perder tu asiento. Por ahora me quedo aquí, viendo cómo la gente va accediendo por el pasillo principal junto a mi ventana -las ventanas al exterior ya estaban ocupadas a mi entrada-. Las dos salas Neptuno presentan butacas bastante cómodas con tomas de corriente y USB bajo los reposabrazos y un televisor grande en la pared a la que apuntan, por ahora emitiendo videos corporativos de la compañía. Todavía con más de una hora por delante hasta que arranque el barco, comienzo a disfrutar del material audiovisual que llevo bajo el brazo. Llego tarde, pero a petición de L estoy enganchado a The Leftovers.

Termina el capítulo y consulto con el teléfono las redes WIFI. Hay una disponible, pero al intentar utilizarla me informa de que debo pasar por la recepción del barco para adquirir una tarjeta de prepago. Ninguna información sobre precios, pero ya adelanto lo que descubrí en el trayecto de vuelta: 5 horas de conexión a Internet por 3 euros, pero la posibilidad de probarla antes durante 30 minutos sin coste alguno con un código que te ofrecen en la propia recepción.

Ahora que ya queda poco para empezar a movernos, comienzo a recorrer las zonas comunes. Y vaya zonas. La cafetería y restaurante ya está hasta arriba de gente, aunque es tan grande que hay espacio de sobras para los que lleguen ahora. En las cubiertas, todavía con el Puerto de Palma junto a nosotros, algunos ya han cogido sitio en las tumbonas de piscina y vienen perfectamente preparados para un largo baño de sol, crema solar y bañador mediante. El interior del barco es enorme, y durante los primeros minutos es fácil desorientarse entre pasillos y cubiertas. Sabiendo llegar hasta éstas, es posible ver qué hay en todas las direcciones: los laterales, la proa y la popa. Desde esta última podemos ver los coches aparcados un nivel por debajo de nosotros.

Esperando a zarpar
El acceso a los deseados camarotes

El barco empieza a moverse unos minutos más tarde de lo programado, desplazándose primero muy lentamente en las maniobras para abandonar el puerto. Durante el proceso pasa junto a algunos cruceros que en comparación con nuestra embarcación resultan gigantescos.

Cruceros descomunales
Palma se aleja

Cuando la Catedral de Palma ya ha pasado a ser un diminuto recuerdo en la popa, regreso a la sala de butacas. La pantalla ha empezado a proyectar Un Monstruo Viene a Verme, pero yo sigo con los delirios de Damon Lindelof. Tras un nuevo capítulo, me paseo por la cafetería para consultar los precios del menú. 11,95 euros por el menú completo, 8,95 por el medio menú. Me los ahorro recurriendo a sendos sándwiches que traigo preparados de casa, y encuentro el lugar perfecto para disfrutarlos. En una cubierta lateral, ahora muy poco concurrida, sentado en una silla de madera mirando al horizonte. Solo el cielo azul claro y el mar azul oscuro con las pequeñas montañas que forma el suave oleaje ante mí. Por ahora ni rastro de la marea que temía por el viento que tuvimos el día anterior en Mallorca. Esto no está nada mal.

Comedor con vistas

Con el estómago lleno, vuelvo a pasearme por el resto de cubiertas. Ahí siguen los adictos al bronceado en la más grande de todas, y en el resto se da siempre la misma combinación entre fumadores y padres que hacen lo imposible por mantener a sus hijos entretenidos durante el viaje. Es difícil encontrar una cubierta solitaria, pero hay tantos sitios donde recaer que en ningún sitio se acumula demasiada gente y el ambiente es tranquilo.

Me he ahorrado el almuerzo, pero sí que haré algún gasto en la cafetería. El tercer capítulo del viaje lo veo allí junto a una Estrella Galicia por la que me cobran 2,60 euros. Al terminar vuelvo al balcón que ofrece vistas al aparcamiento, donde se han disparado las alarmas de un coche con matrícula francesa.

De Galicia a Mapleton

Termina la película de Bayona y da paso a Zootopía. Ya la he visto y prefiero seguir con mi material. Cuarto capítulo del día y acto seguido echo una casi-cabezada, ya que no me duermo por completo en ningún momento. Cuando faltan 15 minutos por la 18:00 anuncian por megafonía que va a dar comienzo el espectáculo de magia en directo en la cafetería, aviso que agradezco enormemente para saber por dónde no pasar durante la próxima hora. Vuelvo a la cubierta de popa e intento deducir qué maniobras nos indicarán a los conductores para desembarcar.

Paso ahora a la cubierta de proa, en la que veo a lo lejos a mano derecha otro barco que parece de dimensiones similares al nuestro. Probablemente sea el equivalente de Acciona, que cubre el mismo trayecto pero abandona el Puerto de Palma unos minutos antes. Veo también cómo sobrepasamos un pequeño velero, probablemente de residentes en Catalunya que han decidido pasar el día a un par de horas de la orilla. Vuelvo a las butacas, y quinto capítulo. Este viaje se hubiera visto beneficiado de haber decidido comprar una Nintendo Switch en lugar de una Xbox One X unos meses atrás.

Se acerca la última hora de viaje, y regreso al exterior. Lo que hasta ahora había sido un cielo limpio y azul ha dado paso a un manto de nubes que cubre y oscurece casi todo el paisaje. En cualquier momento podrían empezar las lluvias. Ya se ve Barcelona, y lo hará durante todo lo que queda de viaje en lo que es una larga y lenta aproximación hasta el puerto de la Ciudad Condal.

A pocos minutos de la hora de llegada programada y con el perfil de la ciudad ya perfectamente visible desde las cubiertas, desde megafonía dan luz verde a que los conductores puedan regresar a sus vehículos. La espera hasta que comencemos a circular se hace eterna. Llevamos rato esperando y el pasaje a pie lleva ya tiempo en tierra, pero nosotros no arrancamos. Antes deben desalojar las bodegas, donde imagino que quedan aparcados los muchísimos camiones que hemos visto embarcar pero no están aquí arriba con nosotros. Junto a los coches veo el “Hotel para mascotas” en el que han pasado la mayoría del viaje los perros que he visto hace un rato ya en cubierta, muchos de ellos alicaídos. Mientras tanto, el humo de la chimenea cercana viene justo hacia nosotros debido al viento. Sumado a la sal, nuestros coches pasan a ser salmones ahumados.

Últimos minutos antes de abandonar el barco y surge un problema. Mi nuevo teléfono móvil -un Xiaomi Mi8 que he estrenado hace pocos días- no encuentra señal GPS, y eso dificulta poder coordinarme con mi hermano que espera en la Estación Marítima para que sepa por dónde voy a aparecer. Por fin comienzan las órdenes para descender y aparecemos en la zona conocida como Port Nou, el dique más alejado del edificio de la estación. Tras conducir unos tres kilómetros que incluyen atravesar un puente, aparezco en los últimos metros previos a la rotonda en la que espera la Estatua de Colón. Veo de forma fortuita a mi hermano y su familia deambulando por la acera frente a la estación, con la suerte de que puedo parar durante unos segundos en el carril derecho al no haber demasiada circulación. Se suben a bordo, y salimos disparados hacia Montjuïc para evitar un tráfico que a estas horas abruma un poco a un conductor que está ya acostumbrado a un tráfico mucho menos exigente.

Nuestro objetivo es la T1 del Aeropuerto del Prat, pero antes paramos en el Centro Comercial Splau. Aquí esperaremos a la señal de L que indique que su vuelo ha aterrizado. Su avión ha despegado con algo más de media hora de retraso, y cuando toma tierra el aviso nos llega sentados en una terraza y rodeados de gente guardando turno para entrar en los numerosos locales buscando la cena de este para muchos último día de vacaciones.

Son las 22:30 cuando abandonamos el centro comercial para poner rumbo a El Prat, rumbo que no acertamos a la primera y debemos corregir dando media vuelta en el desvío al Hospital de Bellvitge. Buscamos la zona de “Parking Express” del Aeropuerto sin éxito, y terminamos entrando por la zona de llegadas -el día del regreso descubriría que debería haberme dirigido hacia las Salidas-. Nuestros vuelos suelen ser con Ryanair, por lo que tenemos mucho más vistos los accesos a la T2 que los de la más moderna T1. Terminamos viéndonos obligados a entrar en el parking del aeropuerto, en el que en apenas 15 segundos ya nos hemos encontrado con L. Nos dirigimos hacia la salida y debemos pagar 85 céntimos por ese fugaz paso por el parking. Parking, por otro lado, diseñado por un psicópata visto lo que cuesta encontrar la salida.

Unos 20 minutos después alcanzamos por fin el parking particular que uno de mis hermanos tiene en nuestro barrio de toda la vida. Cumplimos el plan trazado: él sacaba su coche esa misma mañana y lo dejaba aparcado en un espacio libre en la calle para que mi vehículo pudiera pasar esta noche, con gran parte del maletero todavía lleno, fuera de las vías públicas. Nos llevamos solo lo necesario para ponernos en marcha mañana, y nos dirigimos a la cercana casa de mis padres donde nos espera una cálida y llena de calorías bienvenida en forma de cena.

Son las 23:30 cuando hemos cenado, hemos tenido un rato de charla de reencuentro y nos hemos duchado. El coche descansa listo para comenzar la aventura, y es hora de que nosotros hagamos lo mismo. Ha sido un día largo -para unos más que otros- pero lo importante es que ya estamos en la rampa de salida y listos para comenzar. Ahora sí, los Pirineos esperan.