Comprar y volar

Día 15 | 12 de octubre de 2018

Mapa de la etapa 15

Despertamos en la enorme cama de nuestra buhardilla en Corning, California. Sentimos cada roce de las sábanas y cada punto donde la espalda descansa sobre el colchón sabiendo que echaremos de menos esas sensaciones durante muchas horas. Dormir en la clase turista de los aviones es poco menos que una odisea, y aunque echemos alguna cabezada seguramente será para despertar más entumecidos e incómodos que cuando cerramos los ojos. Y cuando estemos de nuevo en casa la cosa no mejorará durante varios días, los que tardemos en recuperarnos del jet lag y dejemos de despertarnos de madrugada. Así que sí, esta ha sido nuestra última noche reconfortante en varios días, y por lo menos la hemos disfrutado.

Recogemos nuestras cosas, que ya habían quedado razonablemente empaquetadas anoche, y abandonamos la casa sin despedirnos de una Jani que ya nos adelantó ayer que a nuestra partida ya se habría marchado a trabajar. Dejamos atrás las pocas sobras que han quedado de nuestra despensa itinerante junto a una nota y nos echamos a la carretera, anotando mentalmente que la próxima vez que estemos por la zona deberíamos reservar tiempo para visitar un tal “Lassen Volcanic National Park” cuya existencia desconocíamos y queda apenas a hora y media de Corning.

Nuestro avión no parte de Oakland, a menos de 3 horas de nuestra última casa, hasta pasadas las 20:00 así que podemos permitirnos unas paradas por el camino y todavía llegar con muchísimo margen de tiempo. Según bajan las millas hasta nuestra primera parada suben los grados del termómetro, hasta subir a 22 grados centígrados tras dos horas de carretera. Superando un paisaje árido, muchas granjas a lado y lado de la autopista y una piedra que nos saca el corazón de la boca cuando impacta en nuestro parabrisas tras salir despedida de los neumáticos del camión que circula ante nosotros, llegamos a Vacaville. En un programa matinal de radio anuncian que Oreo va a comercializar galletas con el triple de relleno, y es que cuando se trata de cargar calorías no hay tiempo que perder.

En Vacaville nos espera… sí, un Premium Outlet. No somos muy originales en cuanto a rellenar el tiempo cuando la naturaleza no es una opción. Sus calles y tiendas no son ninguna novedad, ya que ya estuvimos -y arrasamos- en ellas hace algo más de un año en nuestro regreso desde el Parque Nacional de Yosemite. Con las compras ya hechas y las maletas ya casi cerradas, solo cae algo en GAP -otra vez...₋. L no desiste en su empeño de buscar unos pantalones tejanos de “tiro bajo” -low rise, le llaman aquí- que cada vez cuesta más encontrar. Por primera vez encuentra algo que podría servir, pero la moda está en su contra y decide no llevarse nada.

Aquí otra vez

Dejamos Vacaville atrás y decidimos invertir el resto de la mañana en seguir buscando ese esquivo corte de tejanos. Para ello recaemos en el cercano Solano Town Center, que incluye una tienda H&M en la que supuestamente todavía se resisten a eliminar por completo esos modelos. Esta vez lo que falla es encontrar tallas adecuadas. Ya que estamos aquí nos pasamos por los locales de Best Buy y Hot Topic sin salir del centro comercial, y cuando pasamos por un Applebee’s y pasa el mediodía nos planteamos si despedirnos gastronómica de país reconciliándonos con nuestra querida franquicia. Tenemos tiempo de sobra para hacerlo… y más que tendremos, ya que cuando se nos ocurre consultar el estado de nuestro vuelo, resulta que ya lleva un retraso de hora y media.

Las banderazas que no falten
El Doctor ya se ha quedado definitivamente en EEUU
Esto debe dar calor

Así que Applebee’s será, y tomamos costillas, pollo y bebidas que cuestan 38 dólares tras añadir la propina. Regresamos al parking en el que colocamos nuestras últimas compras en las maletas y repartimos los pesos para que nadie exceda los 20 kg, y decidimos ponernos ya rumbo al aeropuerto ya que, pese al retraso anunciado, conviene estar allí como si se fuera a cumplir la hora programada.

Jugando al Tetris

Nos espera el mayor atasco de todo el viaje según nos acercamos a Oakland, con la silueta de San Francisco a contraluz a mano derecha. De haber sabido la nueva hora de despegue desde esta mañana, nos podríamos haber planteado un reencuentro rápido con los muelles de la ciudad antes de marcharnos. El microclima de la “Bay Zone” hace bajar la temperatura desde los 32 a los 23 grados, momento en el que paramos en una gasolinera Arco junto al aeropuerto. Superamos el caos de coches que entran para repostar en todas direcciones y llenamos el depósito para cumplir con las políticas de la empresa de alquiler. 3,80 dólares por galón, más de 70 centavos más cara que nuestro anterior repostaje en Oregón. California no es barata.

No cuesta mucho alcanzar la zona de oficinas de alquiler del aeropuerto siguiendo las señales. El empleado de Alamo repasa que todo esté en orden y nos entrega el justificante de devolución, el cual indica que a lo largo de estos días hemos recorrido la friolera de 4.954 kilómetros. Planeábamos conducir alrededor de 4.000, pero los rodeos y las idas y venidas para capear el temporal nos han hecho rozar los 5.000. De nuevo a pie, arrastramos nuestras maletas hasta la cercana parada desde la que sale el autobús lanzadera hasta la terminal.

Despedidas...

Mostradores de facturación, escáner corporal en el control de seguridad y nos damos de bruces con la puerta de embarque sin tener que caminar literalmente nada tras volver a calzarnos. Seguimos con nuestro plan previsto y habitual, que es esperar a la hora de embarque con la comodidad de los asientos, enchufes y café del Starbucks que no puede faltar en ningún aeropuerto. Aquí nos plantamos hasta algo antes de las 20:00, cuando decidimos mudarnos a los bancos junto a la puerta para estar atentos a cualquier novedad.

Un clásico de las esperas aeroportuarias
Mensajes apocalípticos en los baños

A las 20:20, cumpliendo esa hora y media de retraso, se inicia el embarque. Son las 20:40 cuando ya estamos preparados en nuestras butacas a bordo, y en el asiento que completa la fila encontramos a una señora de unos 40 años acompañada de un “perro penalty” de esos que caben en un bolso. Veremos si esto no es peor que viajar junto a un bebé. De momento su dueña lo mantiene calmado, le da de beber con el tapón de una botella y lo deja a sus pies metido en esa bolsa transpirable. Por ahora no supone ninguna molestia.

Inesperados compañeros de vuelo

Despegamos a las 21:20, en un avión idéntico al que nos trajo desde Barcelona. Lo que ha cambiado es el catálogo del servicio de video bajo demanda de nuestros asientos, que ahora trae una oferta mucho más atractiva. “Ocean’s Eight”, “Love, Simon”, “Red Sparrow”… muchas de las películas están incluso dobladas al castellano -que no es lo mismo que si estuvieran en español neutro-, aunque sorprendentemente casi ninguna da la opción de acompañar la versión original con unos subtítulos, que sería lo preferible.

Pasamos las primeras horas de vuelo poniéndonos al día de material de Operación Triunfo y comiendo los wraps que hemos comprado hoy mismo en un Trader Joe’s antes de dejar el coche. Milagrosamente, consigo dormir un par de horas y no levantarme planchado. Debe ser cosa de la edad. Viendo “Tag”, una bizarrada basada en la historia real de cuatro amigos que pasaron años jugando al “tú la llevas” y con algún otro entretenimiento a bordo, antes de que nos demos cuenta ya “solo” faltan 4 horas para aterrizar en Barcelona. Se nota que el piloto ha pisado a fondo para recuperar algo del retraso en el despegue, ya que llegamos a Barcelona tan solo 30 minutos más tarde de lo previsto, a las 16:20.

Queda por delante el encuentro con la familia, los esfuerzos por aguantar en pie toda la tarde y aguantar hasta la noche para intentar recuperar algo de sueño tras 31 horas sin dormir como es debido. Dormimos más de lo esperado, sin despertar demasiado pronto y quedarnos en vela el resto de la noche. Con nocturnidad y alevosía, son las 6:00 y ya nos hemos despedido de la familia hasta la próxima Navidad para poner rumbo a Plaça d’Espanya, desde donde coger la línea A2 del caro Aerobús que nos lleva rápido y con espacio para las maletas hasta la Terminal 2 de El Prat.

Otra facturación, otro embarque, otro vuelo mucho más corto, una recogida en Son Sant Joan y ya estamos de nuevo en casa. Ponemos así fin a un viaje que si bien no ha ido todo lo bien que esperábamos debido a la meteorología, ha servido para sumar una nueva experiencia en el disco duro y nos ha dado ideas para nuevos itinerarios a planear. El noroeste estadounidense y sus volcanes han sido esquivos, pero ya habrá tiempo para un segundo asalto.