Crater Lake y Mount Shasta

Día 14 | 11 de octubre de 2018

Mapa de la etapa 14

Empezaremos con un topicazo: todo tiene un final. Este poco afortunado viaje al noroeste de los Estados Unidos no es una excepción, y se podría decir que esta mañana de jueves de octubre marca el inicio del fin. Cuando despertamos a las 6 de la mañana al sonido de los trenes pasando por Eugene -y cómo suenan- todavía quedan más de 30 horas para que nuestro avión despegue, pero dado que el aeropuerto de Oakland queda a más de ocho horas de trayecto de nuestra posición, no podemos exprimir mucho más nuestro tiempo en Oregón.

Nuestra espalda se despide de uno de los mejores colchones que hemos disfrutado en este viaje, y ya es decir. Por lo general las camas estadounidenses resultan muy cómodas para nuestras preferencias, y durante esta aventura esa sensación no ha hecho más que verificarse. Echamos un ojo a las cámaras web de Mount Hood y Mount Rainier para confirmar nuestra frustración: desde hoy y previsiblemente durante los próximos diez días, ambos presentan un aspecto inmejorable con absoluta visibilidad. Lamentablemente quedan ya a 3 y 6 horas respectivamente de nuestra ubicación actual, y además en dirección contraria a la que debemos tomar para iniciar el regreso. Esa espina clavada no durará eternamente, y ya hacemos cábalas sobre cuál sería el mejor mes para volver armados con una autocaravana y mover cielo y tierra para poder visitar ambos volcanes en mejores condiciones.

Una ducha muy fotogénica
El penúltimo colchón...

Son las 8:00 cuando abandonamos nuestro penúltimo alojamiento y cargamos de nuevo el coche. Eugene amanece frío, muy frío. Lo suficiente como para que las ventanas de nuestro Jeep estén completamente heladas y debamos aguardar unos minutos a que el calor del motor ayude a derretir la fina capa de hielo que no nos deja ver.

Para que este día rumbo al sur no sea del todo monótono y pese a que ya nos paramos en él a nuestro paso durante el trayecto de ida, decidimos tomar la vía más lenta para poder desviarnos en Crater Lake National Park. Por ahora la cámara sobre el Lago del Cráter muestra más nubes en California de las que esperábamos, pero a falta de un plan mejor no cambiamos la decisión de dirigirnos hacia él. Antes repostamos otros 20 dólares para rellenar ese depósito que vuele según avanzamos millas. Conducimos más de 100 millas por una vía de un solo carril, muchos camiones que ir adelantando cuando las condiciones son suficientemente seguras, y con el termómetro no saliendo de la horquilla que va de los 3 a los 6 grados centígrados. Hoy, penúltimo día de nuestro viaje, descubrimos dónde tiene el volante los botones de acceso rápido para controlar la radio.

De nuevo en Crater Lake. De nuevo en el aparcamiento junto al camino a Watchman Overlook, el mirador más elevado de todo el parque. Pero con una diferencia respecto a hace dos semanas. Lo que antes era sensación de calor y humo por los recientes incendios ha dado paso a un frío y viento molesto acompañado de nieve en los arcenes y las copas de los árboles. La sensación es tan desagradable cuando abrimos la puerta del coche que L prefiere quedarse esperando mientras yo subo y bajo hasta el mirador. Se está mareando incluso con el balanceo del coche por culpa del viento, así que quizás sea la decisión más sensata.

Aquí de nuevo

Empiezo a subir. Como siempre cuando nos separamos, lucho contra el reloj y acelero el paso. Camino rápido, pero no tan rápido como las nubes que pasan varios cientos de metros sobre mí, que van a toda pastilla. Según empiezo a ganar altura los árboles pasan de estar parcial a totalmente nevados y la temperatura, sin poder confirmarlo, a buen seguro que ha bajado hasta los cero grados.

Lo peor es el viento
Comenzando a subir...
Señales amenazadas por la nieve

Afortunadamente el viento desaparece tras el primer giro que provoca que el camino continúe con el propio montículo bloqueando el viento que procede del lago, y eso ayuda a que vuelva a acelerar el paso y haga un tiempo récord. En solo 20 minutos estoy en todo lo alto, adelantando a un par de parejas y encontrándome en absoluta soledad cuando alcanzo el mirador. Lo que sí está presente de nuevo, y de qué manera, es el viento infernal.

Los peldaños que preceden al mirador
La caseta, con blancos adornos
Crater Lake, hoy con plena visibilidad

La parte positiva de este viento es que la visibilidad al cráter es inmejorable. Los tonos azules del agua son tan vivos como los del cielo y el reflejo del sol provoca una amplia mancha blanca en el extremo derecho del cráter rellenado. Disfruto las vistas tiritando y tomo videos y fotos a toda velocidad según voy perdiendo gradualmente la sensibilidad en los dedos -no me queda más remedio que quitarme los guantes para según qué maniobras-. En apenas diez minutos pero con la sensación de haber amortizado la subida, comienzo a descender trotando. Y en otros 10 minutos llego de nuevo al encuentro con L. 40 minutos para subir, visitar y bajar. No está mal.

Las vistas invitan a quedarse pero el viento no
La Wizard Island, con más detalle
Cràter a la izquierda, mirador arriba a la derecha
El mirador está muy cerca de la carretera
Debió ser impresionante...

Retomamos la marcha hacia el sur siguiendo la carretera que nos ha traído hasta aquí, saliendo del Parque Nacional por su extremo inferior y pasando junto a un centro de visitantes cerrado a cal y canto. Según perdemos altura la temperatura va subiendo, y el sol achicharra a través de las ventanas del coche pese a no superar los 14 grados. Localizamos una estación de servicio económica antes de salir Oregón con el objetivo de llenar el depósito antes de pasar a los más elevados precios e impuestos de California. En una Pilot Travel Center, literalmente a las puertas del cambio de estado, conseguimos el objetivo repostando a 3,079 dólares por galón.

Regresamos al asfalto de California, y la buena visibilidad nos hace plantear un nuevo objetivo antes de alcanzar nuestro último hogar. Ya en el horizonte desde el propio Oregón podemos disfrutar de una cima nevada que llamó la atención a nuestra ida, pero de la que no nos habíamos documentado. Se trata del Mount Shasta, y con un par de búsquedas en la red localizamos cuál es su mejor mirador que podemos visitar sin desviarnos en exceso de nuestra ruta. Se trata del Mt. Shasta View Point, un aparcamiento lejos de cualquier población a 30 millas del pueblo con el mismo nombre que el volcán y que ofrece vistas cercanas y espectaculares a la pared norte de la montaña.

Shasta saluda desde la distancia

Es un inmenso premio de consolación tras tantos días sufriendo por la visibilidad. Tan inmenso como 4.322 metros de altura sobre el nivel del mar que destacan por la ausencia de montañas hermanas junto a ella, rasgo muy característico de cualquier volcán. Me atrevo a decir que a esta corta distancia y con unas condiciones meteorológicas tan buenas, es tan impactante como el propio Mount Rainier. No se han registrado erupciones de Mount Shasta desde 1786 y si un día decide reactivarse provocará un auténtico caos debido a su cercanía a grandes ciudades californianas.

El no planificado pero impresionante Mount Shasta
Carteles, siempre los carteles

Abandonamos el mirador, pero no el volcán que nos acompaña a la izquierda de nuestro coche durante varias millas antes de dejarlo atrás por el retrovisor. A las 16:45 alcanzamos un supermercado Walmart en Anderson tras adelantar más camiones de los que podemos contar, y alcanzamos ya unos 27 grados que se sienten como agosto en Mallorca tras haber estado rozando las temperaturas negativas hace apenas un par de horas. Ah, California.

Tras las compras, apenas unos minutos nos separan de nuestra nueva casa en Corning. Nos recibe Jani, una señora que debe rondar los 50 años y se presenta como “la señora de los abrazos”. A mí, por el cansancio acumulado de tantas horas de carretera, me sale el automatismo de darle dos besos durante el abrazo, y eso la pilla por sorpresa y acabamos charlando de tradiciones a un lado y otro del Atlántico. No desiste en recomendarnos que vayamos a cenar a un local en un cercano pueblo en el que, casualmente, trabaja su hijo que ha estado en Madrid y se muere por conocernos. Justificamos no hacerlo con la excusa de que tenemos que dejar todo preparado para abandonar el país mañana y procede a enseñarnos la buhardilla en la que viviremos durante las próximas horas. Muy bien conservada, con sofá, televisor, cama descomunal y un microondas junto al fregadero y los utensilios de cocina. Le agradecemos su hospitalidad y nos deja solos para que traigamos todo nuestro equipaje y nos instalemos.

Llega el necesario drama de colocar todo nuestro equipaje, incluyendo lo viejo y lo nuevo y quitando todas las etiquetas a esto último. Cuando creemos tenerlo listo, echamos mano de la báscula portátil para comprobar si no superamos el límite de facturación de 20kg: 14,50 la maleta de L y 19,90kg la mía, viviendo al límite. Los trolleys que llevaremos en cabina, sin embargo, permanecen casi vacíos.

Nuestra última noche en el país no es muy diferente a cualquiera de las anteriores: sofá, cena calentada al microondas y televisión. Nos metemos en la cama intentando no pensar demasiado en que pasarán muchas horas hasta que volvamos a irnos a dormir.