Desde el Grand Park, un Gran Mount Rainier

Día 7 | 4 de octubre de 2018

Mapa de la etapa 7

¿Será posible encadenar dos días de senderismo dentro de esta racha de temporal, nubes y lluvia en el noroeste de Estados Unidos? Eso parece a tenor de la previsión del tiempo que sigue siendo optimista cuando nos despertamos a las 6:00 en nuestra habitación de Buckley. Y son estupendas noticias, ya que el plan que traemos reservado para hoy nos introduce en uno de los platos fuertes del viaje. Más que eso, nos llevará por primera vez al que fue el detonante de todo este viaje: el volcán de Mount Rainier.

Una hora pasa desde que abrimos los ojos hasta que regresamos a la cocina de la planta baja para desayunar, sin rastro en ningún momento ni de Erin ni de Jason, su marido que deducimos debe estar durmiendo en su dormitorio cuando vemos que ha dejado en una cornisa su carnet de ¿conductor de autobús? El que sí nos da los buenos días, nos acompaña hasta la cocina y permanece con nosotros por si hay suerte es el gato, amo y señor de la casa. Tras dejar todo en orden y cargar una vez más nuestras maletas en el coche, son las 8:00 cuando nos ponemos en marcha. El termómetro exterior del vehículo marca unos amenazadores 7 grados, pero los cielos están despejados. Lo firmamos.

Desayunando en compañía

Comenzamos la travesía por la carretera 410 rumbo al este. Tras unas 30 millas que recorremos en algo más de media hora, tomamos un giro a la derecha y abandonamos la comodidad del asfalto para afrontar las últimas 10 millas por una pista forestal en la que resulta muy recomendado conducir un 4x4. Lo peor lo encontramos en las entradas y salidas de los puentes que vamos superando, poco nivelados respecto al suelo y provocando una leve caída del coche cada vez que los abandonamos. A las 9:00, con una temperatura de 3 grados y con el objetivo de la jornada escondido tras la vegetación, alcanzamos el precario aparcamiento. Un modesto apartadero -modesto para las dimensiones con las que se trabajan aquí, pero con capacidad para varios coches- justo después de superar el puente que pasa por encima del “Eleanor Creek”, un pequeño arroyo que podemos escuchar cuando salimos al exterior.

En ruta
¿Dónde vamos? ¿Por qué paramos? ¿Qué hacemos hoy? ¿Cuándo comemos?

Nuestra meta para hoy es alcanzar Grand Park, una amplia explanada que nos debería ofrecer un maravilloso balcón a 9 kilómetros de distancia de la cara norte del Monte Rainier, ese colosal volcán que tres años atrás veíamos desde lo alto de la Space Needle en Seattle. Para hacerlo debemos superar primero el sendero que lleva al Lago Eleanor, y desde allí un desvío atravesando un bosque mientras ganamos altura nos debería llevar hasta el lugar.

La milla que nos separa del lago consiste en un camino lleno de árboles y ramas que ir superando con cuidado de no tropezar. Al final nos espera Eleanor Lake, tranquilo y silencioso a estas horas. Tomamos el desvío más allá del “campamento” -que es poco más que un pequeño claro en el bosque con lo que parecen restos de una hoguera- y tan solo 700 yardas después alcanzamos lo que se podría considerar el “Pequeño Grand Park", una versión muy reducida de lo que esperamos encontrar al final de la excursión. Ya desde aquí podemos ver la cima del Rainier, no totalmente despejado pero con las nubes suficientemente esparcidas como para hacernos una idea de toda su silueta. La cumbre del volcán permanece nevada los 365 días del año. Se pierde algo del impacto visual que genera el monte al tenerlo tan cerca y solo ver la cima, ya que gran parte del atractivo es ver como sus casi 4.440 metros de altura se elevan rodeados de un terreno muy inferior, siendo así una muy llamativa chincheta incluso a tanta distancia como desde la ciudad del grunge.

Vamos por buen camino
¿Seta o pan de hamburguesa?
La Luna, hoy visible de día
Lake Eleanor en sus primeras horas de luz
Seguimos atravesando bosque
El Pequeño Grand Park
Algo asoma ahí detrás...

Nos queda por delante el tramo más duro para alcanzar Grand Park. 45 minutos de subidas y bajadas, hasta que al final los árboles quedan atrás y aparece la bestia ante nosotros. Todavía no es suficiente, y nos acercamos un poco más superando varios pequeños bosques esparcidos por la explanada y que según desde qué ángulo puede obstaculizar la vista. Y ahora sí, ahí tenemos lo que hemos venido a buscar. No parece tan prominente como cuando lo vimos a 100 kilómetros de distancia, pero sí que transmite la monstruosidad que es. Las nubes van y vienen, pero ningún momento cubren por completo la cima y apenas tapan el resto del volcán. La textura de toda la pared está llena de matices, siendo la más llamativa la tremenda extensión de puro blanco a la derecha según nuestro punto de vista. Disfrutamos de un largo rato mirándolo, fotografiándolo, grabándolo, comiendo frente a él. Y en todo ese tiempo, seguimos solos. Por poner algo en el “debe”, hubiera rematado la visita que la pradera tuviera colores más vivos en lugar de ese uniforme amarillo tan característico de la hierba en otoño. A las 12:15 decidimos que ya hemos tenido suficiente por hoy. Nos hemos explayado más que suficiente, pero de haber sabido que esta sería la última vez que veríamos a Rainier durante el viaje, seguramente nos hubiéramos quedado un rato más.

El último tramo
Todavía... no... es suficiente...
Ella, insaciable
Y por fin, Mount Rainier
Rainier y sus vecinos
Jo, qué podería
Satisfacción
Un último vistazo...
... y se esfumó. Para siempre.

Y es que desaparecería tan pronto como a los pocos minutos de emprender el camino de vuelta. Todavía sin salir de Grand Park, cuando giramos la cabeza esperando un último vistazo a la cima, las nubes ya han pasado a la acción y la están cubriendo completamente. Siendo conscientes de la puntería que hemos tenido -llegamos a salir una hora más tarde y no lo hubiéramos visto-, deshacemos ahora todo lo caminado. Lo hacemos en compañía del ruido de pájaros carpinteros que están haciendo astillas un puñado de los cientos y cientos de árboles que se levantan a lado y lado del sendero. Regresamos a las 13:20 al Pequeño Grand Park desde el que Rainier ahora ya es totalmente invisible, y topamos de nuevo a las 13:45 con Lake Eleanor y una mochila de un desaparecido compañero de viaje en la orilla. A las 14:15 estamos de nuevo en el coche, completando así un trayecto de ida y vuelta en el que no nos hemos cruzado con una sola alma.

Lake Eleanor, ahora con otra luz
Definitivamente aquí hay humedad

50 millas separan el apartadero de Eleanor Creek de nuestro alojamiento para esta noche y las dos siguientes en Packwood, permaneciendo muy cerca de Mount Rainier. La distancia sería mayor si tuviéramos que regresar al oeste, pero nos evitamos deshacer las millas recorridas esta mañana y acortar el camino continuando hacia el este para rodear el volcán dejándolo a la derecha según conducimos de norte a sur. Nos esperan bonitas carreteras, con un tramo de montaña muy elevado que quizás nos hubiera brindado nuevas vistas a la cima del volcán si las nubes no hubieran llegado para quedarse.

Alcanzamos Packwood un poco antes de las 16:00, con tiempo suficiente para hacer algunas compras antes de localizar nuestra nueva casa. A falta de las franquicias habituales en este pequeño pueblo, las hacemos en un Supermercado IGA cuyos elevados precios hacen subir demasiado la factura para tan poca compra. El pueblo permanece en calma y la cobertura de nuestros móviles ya ha desaparecido y no volverá a aparecer hasta que nos marchemos de aquí tres días después.

Todavía nos queda conducir 3 millas más, las que separan el núcleo de la población de Packwood de la zona de autocaravanas y casas prefabricadas en las que se encuentra nuestro nuevo hogar. Es una casa grande, de dos plantas y con una distribución un tanto extraña, pero a la que no le falta de nada. Bueno, le falta algún bote de champú, y como el anuncio en Airbnb decía que estaba incluido se lo comunicamos por texto a la anfitriona -que no está, ya que hemos entrado con un código numérico-. Tenemos en la planta baja la sala de estar, un baño con lavadora y secadora y una habitación con dos camas. Arriba espera la cocina, otro baño, la que será nuestra habitación y junto a ella una “sala de juegos”, que no es otra cosa que una terraza cubierta con una maltrecha mesa de billar, un viejo telescopio y una estantería llena de juegos de mesa. A falta de cobertura móvil, respiramos aliviados al comprobar que nuestra conexión a Internet para las próximas tres noches funciona bastante bien. Asomándonos a los exteriores, parece que en cualquier momento pueda aparecer un oso por los árboles que nos rodean dispuesto a husmear en nuestra basura.

Nos quedan por delante horas de descanso, sofá y un homenaje en forma de cena, comiendo una buena bandeja de nachos mientras nos ponemos al día con Operación Triunfo. Actualizando la previsión del tiempo, estamos plenamente convencidos de que mañana pasaremos todo el día aquí refugiados de la lluvia, así que más vale que nos sintamos como en casa cuanto antes. Lo que no sabíamos es que ese mal tiempo iba a durar más de lo que nos gustaba creer.

Viendo ensayar a Natalia