NASA Ames Research Center, campus de Google y vuelta a casa

Día 11 | 20 y 21 de junio de 2017

Mapa de la etapa 11

El viaje ha terminado. No todavía a efectos del relato, pero si desde mi perspectiva ya que escribo esta introducción a 10.000 metros de altura mientras sobrevolamos Canadá. Así es, lamento el "spoiler" pero ningún desgraciado incidente ha evitado que cojamos nuestro vuelo de regreso que, combinado con un segundo salto de Zúrich a Palma de Mallorca, nos dejará dentro de más horas de las que desearíamos de nuevo en suelo mallorquín. El viaje llega a su fin y esta es la última etapa de su trayecto. Veamos qué tal ha sido.

Empieza este epitafio con la noche más larga de cuantas llevamos en suelo estadounidense. Tras acostarnos antes de las 23:00, son las 8:00 y todavía estamos jugando al "cinco minutos más", abriendo los ojos vagamente para dar media vuelta y seguir disfrutando de una mullida almohada bajo nuestra cabeza. La noche ha sido plácida, sin nuevos intentos del mayor de los perros de Kim y Ron de intentar entrar a nuestro dormitorio y hacernos compañía. Algo antes de que sean las 9:00 salimos a un pasillo sin indicios de nadie despierto en casa para ducharnos en el baño cercano a nuestra habitación.

Nos dirigimos ahora hacia la cocina, o más bien hasta un pequeño y extraño pasillo que conecta el comedor principal y la cocina de nuestros anfitriones. Nos espera ahí el desayuno que el matrimonio anuncia como parte de su oferta de alojamiento. Tenemos dos paquetes de bagels -unos normales y otros con sabor a sirope de arce-, fruta, una buena variedad de cereales y esperándonos en la enorme nevera -como todas las de por aquí- cartones de leche y zumo y un tarro de mermelada de fresa. Nos preparamos un más que decente desayuno ante la atenta mirada de tres de los numerosos perros que circulan libremente por el espacio de la casa que no está delimitado por paneles de cartón que impidan el paso de cuadrípedos.

De nuevo en el dormitorio mientras saboreamos el desayuno, consultamos Google Maps gracias a una conexión a Internet que esta mañana parece funcionar muchísimo mejor que la noche anterior. Los datos de tráfico en tiempo real nos indican que nuestra última ruta del viaje está ahora mismo algo colapsada pero según los datos estadísticos no debería tardar mucho en despejarse. Es una señal para que nos tomemos las cosas con calma y no tengamos excesiva prisa por echarnos a la calle. La hora límite de entrega de nuestro coche de alquiler no llegará hasta dentro de seis horas, y estimamos que entre trayectos y visitas planeadas nuestro último orden del día nos llevará alrededor de cuatro horas. Vamos en tiempo.

Pero cuando alrededor de las 10:00 encendemos el motor de un Nissan Rogue con el maletero a rebosar de nuestro equipaje, nos está esperando una desagradable sorpresa. Uno de los chivatos del vehículo informa de que la rueda trasera izquierda tiene la presión baja, y consultando las cifras desde luego parece tener motivos para ello: mientras el resto de neumáticos tiene una presión de "38 psi" -desconozco el significado de esa unidad- la rueda conflictiva se queda en unos escasos 25. No soy ningún entendido en mecánica y automoción, pero parece evidente que eso no es normal. Decidimos añadir a nuestros planes iniciales una parada lo más temprana posible en una gasolinera con el objetivo de reabastecer de aire el neumático y ver si se trata de un problema puntual o éste persiste como consecuencia de una fuga.

La gasolinera que encontramos es una Chevron, pocos minutos antes de alcanzar nuestra primera parada planificada. Tenemos que improvisar un poco para llevar a cabo el proceso de hinchar la rueda. La pistola con la que inyectar aire no tiene ningún tipo de medidor para consultar la presión del neumático en cada momento, así que debemos dejar el coche en marcha mientras apretamos el gatillo para ir comprobando que el contador asciende en el ordenador a bordo. Sospecho que se trata de una práctica desaconsejable ya que el coche decide por si solo al cabo de unos segundos hacer sonar la bocina intermitentemente y encender las luces de emergencia, quizás pensando que está surgiendo un problema en plena conducción. El caso es que pese a ello conseguimos igualar la presión de la rueda problemática y solo nos queda esperar que al reanudar la marcha no empiece a bajar de nuevo.

Circulamos apenas diez minutos más con el indicador de la presión por ahora no mostrando cambios y recaemos en el aparcamiento del San Francisco Premium Outlets. Sí, es el mismo en el que invertimos toda una mañana hace ahora una semana pero esta vez prevemos que nuestra presencia sea mucho más corta. Apenas tres paradas rápidas en los locales de Tommy Hilfiger, Abercrombie & Fitch and American Eagle Outfitters para buscar algunas prendas que llamaron nuestra atención en el outlet de Vacaville pero para las que allí no había las tallas que andábamos buscando. Cumplimos lo previsto y en menos de una hora estamos de nuevo en el coche, esta vez para dirigirnos a algo mucho más instructivo que utilizar la tarjeta de crédito. La presión del neumático rebelde parece mantenerse a raya.

Ya en terreno de Mountain View y apenas a unas 20 millas del Aeropuerto Internacional de San Francisco nos esperan unas instalaciones de ni más ni menos que la Agencia Espacial Norteamericana o, lo que es lo mismo, la NASA. En concreto nos referimos al Nasa Ames Research Center, todo un complejo de acceso restringido que sin embargo abre una pequeña ventana a los visitantes a través de un Visitor Center instalado en una carpa. Carpa que no atinamos a alcanzar en nuestro primer intento, llevando nuestro coche a una garita de seguridad en la que un guardia retiene mi carnet de conducir hasta que damos la vuelta y nos alejamos del acceso. Puedo decir que la NASA me ha tenido fichado durante unos segundos. Soy todo un peligro público.

Tras el capítulo de turista despistado llegamos esta vez sí a la parte trasera de la carpa donde se permite el aparcamiento. Accedemos gratuitamente al interior cuando son las 12:10, y lo que encontramos nos excita más de lo que esperábamos aunque tampoco se trate de la mejor exhibición jamás realizada por la Agencia Espacial. Sin ir más lejos, el Museo del Aire y el Espacio de Washington DC al que hemos ido dos veces multiplica por mucho lo que aquí se exhibe, que no es más que una colección de dioramas y paneles con alguna honrosa excepción como el módulo de regreso y amerizaje de una misión Apollo. Pero toda la exposición está tan bien planeada y diseñada como cualquier montaje de este tipo que hacen los norteamericanos y sabe transmitir con precisión lo relevante de lo que enseña a sus visitantes.

La carpa del Visitor Center nos espera
Primera aeronave del Proyecto Mercury que regresó con éxito a la Tierra
Recreación del interior de una estación espacial
Botones y válvulas por todas partes
Trajes espaciales 'vintage'

No podía faltar la "Gift Shop" en la que incautos turistas presas de la emoción gastan discutibles cantidades en baratijas que no tendrían el mismo valor simbólico de no ser por incluir motivos de la NASA y por ser adquirida en unas instalaciones oficiales de la propia Agencia. En parte pensando en nosotros y en parte en el hermano de L, admirador acérrimo de la astronomía y la ingeniería espacial, nos gastamos hasta 38 dólares entre alguna taza, algunas pegatinas para el coche y una gorra con el archiconocido logotipo. Retomamos el recorrido por el perímetro de la carpa lamentando el cartel que informa de que el simulador espacial está averiado, pasando justo después por una sala de proyección con una película informativa en bucle y saliendo finalmente junto a un expositor que enumera varias tecnologías domésticas que tienen su origen en la carrera espacial. Me repito al decir que toda la exhibición despierta una admiración desproporcionada para lo que realmente se expone.

Baratijas espaciales
El pequeño pero bien aprovechado recinto
Nos quedamos sin simulador
Basura espacial, ahora en la Tierra
Satisfecho con la visita

De los que controlan el espacio -el conocido, por lo menos- pasamos a los que controlan la red. A escasas dos millas del Ames Research Center encontramos el Googleplex, enorme campus de oficinas y hogar de una de las marcas más reconocibles del mundo -sospecho que apenas Coca-Cola y un par más pueden disputarle ese puesto-. El gigante de la información digital tiene aquí concentrados a gran parte de sus empleados, que coincidiendo con la hora de comer se pasean por las salidas de los edificios camino de unos food truck estratégicamente instalados para hacer caja a costa de ingenieros de todas las etnias, aunque predominan claramente las orientales. Muy relevante y reconfortante la proporción de hombres y mujeres, mucho más equilibrada de lo que esperaba.

Orientarse por el Googleplex es un poco caótico ya que aunque se puede pasear libremente por todo el campus las zonas con algún interés para visitantes están muy limitadas y no tan señaladas como cabría esperar. Algunos edificios con indicaciones para "Visitors" resultan luego ser simples bloques de oficinas en los que la gente sin vínculos con la empresa apenas puede acceder a la recepción. Gracias a Maps.me ubicamos al fin la situación del "Google Visitor Center Beta", la "Merchandising Store" y el jardín de estatuas de Android, a priori los tres únicos puntos en los que un visitante puede hacer algo más que admirar la fachada.

El primero de los hitos es sin embargo una decepción. El "Beta" del centro de visitantes significa que todavía está en fase de pruebas, motivo por el cual solo se puede acceder si se viene referenciado por un empleado de la compañía. Por desgracia ninguna de mis amistades del sector trabaja para Google. Pasamos así al segundo plato, que es una tienda con todo tipo de artículos con motivos de las marcas de Google -en su mayoría la propia compañía, pero también algunos recuerdos con el logotipo de YouTube o su propia infraestructura de red Project Fit-. Paseamos un rato por la tienda, que no baja en ningún momento el nivel de actividad, pero no nos llevamos nada... pagando. Al fondo de un pasillo, un gran mosaico de compartimentos cerrados presenta un juego de preguntas y respuestas sobre demografía en el que si aciertas un mínimo de 4 sobre 6 puedes llevarte un obsequio... y por los pelos, pero lo consigo. Meto en mi bolsillo una baraja de naipes americana con la marca de Project Fit en el reverso.

Nos quedamos sin ver el Visitor Center
La Google Marketing Store, por fuera
Hola, hagamos que toda la tienda sepa dónde vivo
La Google Marketing Store, por dentro

Salimos de la tienda sin nada más que eso, ya que las baterías de emergencia y camisetas tirando por lo bajo y los componentes domóticos y routers de la compañía apuntando más alto son demasiado caros para lo que pueden aportarnos. Pasamos al último punto de la visita, que se encuentra a escasos 20 metros del acceso a la tienda y es el jardín con una figura de Android por cada versión del sistema operativo. Lo de jardín es muy generoso, ya que al contrario de como recuerdo haberlo visto en fotografías las estatuas se erigen sobre un suelo arenoso más propio de un parque infantil o un pipi-can. Quizás estudiaron que su ubicación anterior estaba empezando a interferir con el día a día de los empleados y lo movieron a este rincón bastante más desangelado. Sin embargo ahí están las estatuas y pongo a prueba mis conocimientos enumerando el número y nombre de cada versión representada.

These are the droids I was looking for
Marshmallow...
Gingerbread...
Honeycomb y Kit Kat...
Donut, Eclair...
Pato siempre ha sido más de Lollipop

Resumiendo, la visita a Googleplex queda algo descafeinada por la falta de alicientes para turistas, pero no hay que olvidar que su función principal es dar cabida a sus empleados y visitarlo siempre se ha considerado una actividad más bien simbólica. Y ver precisamente a esos empleados paseando con ropa informal, a bordo de bicicletas con los colores de la compañía o intuyendo sus siluetas en las ventanas que a pie de calle muestran grandes pizarras y pantallas en las paredes de las oficinas me despierta una combinación de admiración, envidia, y algo de pena por sentirme un absoluto don nadie que difícilmente alcanzará jamás algo remotamente parecido a trabajar bajo una marca de tal renombre. Claro que seguramente para conseguir alcanzar estas cotas haya que realizar ciertos sacrificios que yo, sinceramente, no me siento dispuesto a realizar. Cómo renunciar a una vida más allá del trabajo en mis años de plenitud, por ejemplo.

Las bicicletas para empleados
El verdadero Google

Con la visita a Google termina nuestra agenda programada para el último día, y a dos horas de la hora de entrega del coche tenemos margen para comer antes de recalar en el aeropuerto. Decidimos que sobre la campana es nuestra oportunidad de disfrutar de un local de Whole Foods, el supermercado especializado en alimentos naturales y orgánicos que hace apenas unos días ha sido adquirida por otra grande del siglo XXI, la Amazon de Jeff Bezos.

Encontramos el Whole Foods más cercano en pleno corazón de Palo Alto, y es que si quieres terminar el viaje haciéndote el moderno lo haces a lo grande. Tal y como recordábamos comer aquí es un pequeño lujo en lo que a la proporción cantidad/precio se refiere, pero hay que reconocer que todo lo que echamos en nuestras cajas de cartón está riquísimo. Pequeñas porciones de pizza, mac & cheese, patatas al horno, verduras asadas, lasaña... cada cosa está más buena que la anterior. 28 dólares que pueden ser prohibitivos para una comida no especialmente copiosa, pero un día es un día.

Whole Foods Starter Kit
Como siempre en la franquicia, el local dispone de comedor

A menos de 60 minutos de la hora límite no hay tiempo para más. O casi, ya que antes de alcanzar las oficinas de alquiler de coches paramos de forma rápida en un local de la cadena Target -algo parecido a los hipermercados Eroski- para comprar un último pack de galletas Oreo -sabor "fuegos artificiales", ¡saltan cuando te los metes en la boca!- y dos tubos de crema solar Neutrogena de protección muy alta para L. Antes de dirigirnos definitivamente al punto de devolución de Álamo, parada obligatoria en una gasolinera para reponer de nuevo el aire de la rueda rebelde, que no baja excesivamente pero cuyo indicador de presión ha vuelto a comportarse de forma un tanto errática durante nuestros últimos minutos de conducción. Rellenamos aquí también el depósito de combustible con 20 dólares, cumpliendo así con la cláusula lleno/lleno del contrato de alquiler.

Oreos de todos los sabores

Un pequeño atasco en algunos tramos de la autopista interestatal provocan que lleguemos al perfectamente señalizado aparcamiento de devolución de coches exactamente a las 16:30, hora límite a la que teníamos que presentarnos. Cuando el empleado de la compañía nos pregunta si el coche ha dado algún problema, mentimos como bellacos y omitimos comentar el "ruedagate". De todos modos ya lo verán ellos mismos en la, espero, revisión que hacen a cada vehículo antes de volver a ponerlo en circulación. El recibo que obtenemos deja para la posteridad la cifra de 1.533 kilómetros recorridos durante los 11 días que hemos tenido el coche en nuestro poder. No está nada mal para no haber salido de California.

Volviendo a la vida del peatón no motorizado y cargando cada uno con sus dos maletas, subimos al tren de la línea azul del Airtrain que de extremo a extremo nos lleva hasta la Terminal Internacional G, una de las dos que opera vuelos para entrar y salir del país. Una eficiente empleada asiática de Swiss factura nuestras maletas de 18 y 21,5 kg respectivamente. Esta vez no hemos tenido la incertidumbre sobre si excederíamos el límite de equipaje ya que antes las hemos pesado nosotros mismos mediante una baratija de 10 dólares comprada hace meses por Internet. La compañera de la eficiente empleada se extraña al ver las siglas "PMI" en el destino final de las maletas, confesando que nunca había visto ese destino.

Dirigiéndonos a la terminal

Gracias a unos paneles informativos del aeropuerto descubrimos que la variedad de tiendas y locales de restauración pasado el control de seguridad pierde bastante respecto a las disponibles antes de dicho control, así que decidimos apurar al máximo el trámite de pasar dicho control. Pasamos dos agradables horas en la mejor mesa del Starbucks de la planta de salidas. Es la mejor mesa ya que queda arrinconada junto a una pared con más enchufes de los que uno podría soñar. Unido a la muy decente conexión gratuita del aeropuerto conseguimos que las dos horas de espera sean muy amenas consultando redes y cargando nuestros dispositivos.

Un nuevo éxito

Cuando falta una hora para el embarque programado nos dirigimos a los controles y como siempre olvido deshacerme de mi pulsera de actividad -otra baratija- provocando así que me cacheen tras pasar el escáner corporal. Empiezo a pensar que a mi subconsciente le va lo de que le metan mano empleados de uniforme y no sé si debería preocuparme por ello. Tras esos instantes de cariño alcanzamos enseguida la puerta de embarque G98 y encontramos junto a ella todo un lateral de pequeños "despachos", habitáculos de metal con una mesa, un asiento y un enchufe. Esta gente nos lleva siglos de ventaja.

Siglos de ventaja

En lo que esperamos a que nuestro embarque se inicie, el vuelo de la puerta contigua presenta algún tipo de problema. Todos los pasajeros que ya habían embarcado para volar hasta Frankfurt deben volver al vestíbulo y por megafonía la compañía se disculpa por el imprevisto, anuncia que el vuelo de sustitución no estará listo hasta dentro de unas dos horas y asegura que aquellos pasajeros con conexiones en Alemania serán debidamente atendidos una vez lleguen allí. Miramos a quién pertenece el desastroso servicio y... oh, sorpresa, es un avión de United. La misma compañía que ya nos dejó insatisfechos hace seis años y de la que cada pocas semanas salta alguna noticia sobre la pobre calidad de su servicio. Pagaríamos el doble con tal de evitar volar con ellos otra vez.

Nuestro vuelo de Swiss, sin embargo, parece ir como la seda. Embarcamos rodeados de muchos más niños que en el vuelo de ida pero con la esperanza de que al tratarse de un vuelo nocturno las 11 horas de duración sean tranquilas de todos modos. Accedemos a cabina y confirmamos que esta vez no va a quedar un solo asiento libre, y eso tiene como consecuencia una alarmante ausencia de espacio en los compartimentos superiores donde esperamos poder colocar nuestro equipaje de mano. Un muy profesional empleado italiano de la compañía mueve cielo y tierra hasta conseguir espacio apenas unas filas delante de nosotros, lo cual nos resulta perfecto para no perder tiempo durante el desembarque. Se sienta junto a nuestros asientos una agradable chica austriaca de aproximadamente nuestra edad y que viaja "casi gratis" ya que su hermano es piloto de la compañía. La contrapartida es que no ha estado segura de si este sería su vuelo hasta hace apenas 40 minutos.

En la hora prevista el vuelo despega e inicia las 11 horas que le separan de la ciudad suiza de Zúrich en la que nos aguarda la única escala del viaje de vuelta. Es hora de tirar de entretenimiento y gracias a los conectores usb tras cada asiento, puedo abusar de mi móvil para ver todo tipo de contenido audiovisual sin miedo a agotar la batería. No haber visto ni un solo capítulo durante todo el viaje ha provocado que tenga bastante "trabajo acumulado" y empiezo a saldar la deuda con el 10x09 de Doctor Who. No me da tiempo a acabarlo cuando empiezan a servir la cena, a elegir entre pollo y pasta y con una decente para lo habitual en comidas de avión.

Whovians a bordo

Retiran las bandejas y vuelvo virtualmente a San Francisco durante el visionado de los capítulos 4x08 y 4x09 de Silicon Valley. Algo debe pasar con las alturas, ya que todo lo que suelo ver mientras vuelo me parece muy bueno. Es ya medianoche para la costa oeste, en Zúrich son las nueve de la mañana y a nosotros todavía nos quedan casi siete horas surcando los aires. La cabina permanece a oscuras y en silencio, confirmando que pese a lo poblado del vuelo será una travesía tranquila.

Algo tan simple como mejorar la estructura de directorios y renombrar todos los videos del viaje para saber en un vistazo sobre qué tratan me entretiene durante algo más de media hora. Seis horas para llegar a Zúrich.

Capítulo 10x10 de Doctor Who y ya vuelvo a estar con las últimas aventuras de 12th y su companion. La 1:25 en San Francisco, las 10:25 en Suiza y España. Algo más de cinco horas para aterrizar en Zúrich.

Como suele ocurrir en los viajes sobrevolando el Atlántico de oeste a este, la segunda mitad del vuelo es demoledora. El entusiasmo e iniciativa por mantenerse entretenido se va apagando al mismo ritmo que las luces en cabina y comienza a hacer mella la hora tardía de la ciudad de salida. Las más de tres horas que transcurren hasta que la tripulación inicia el servicio de desayuno consisten en encontrar distintas posiciones imposibles en las que al cerrar los ojos se tenga la ilusión de estar descansando, aunque cualquier parecido con dormir sería casualidad.

El desayuno, a caballo entre el amanecer del Pacífico y el mediodía de Europa, consiste en una caja cuyo interior alberga un yogur de fresa, un zumo de naranja y queso fresco y mermelada esperando a ser untados en los panes y croissants que el personal reparte entre los pasajeros. El mayor riesgo está en no esparcir el yogur por todo el asiento cuando al abrirlo las diferencias de presión del aire muestran su cara más violenta. Falta una hora para aterrizar en Zúrich cuando todo el pasaje parece haber vuelto a la vida e intenta sobrellevar el tiempo restante jugando al solitario, charlando o, solo algunos con extrema facilidad para ello, volviendo a quedar "dormidos" con el cuello en precario equilibrio.

A media hora de alcanzar el destino anuncian por megafonía la madre de todos los mensajes que se pueden emitir en un avión, ese que nunca creerías que escucharías en la vida real: "¿hay un médico entre el pasaje?". Al parecer uno de los pasajeros lleva todo el vuelo entre mareos y sudores y la situación a 30 minutos de aterrizar debe haber empeorado hasta el punto de recurrir a la ayuda de un profesional. El avión toca tierra y la situación parece controlada, ya que no vemos ningún equipo de emergencias llevándose a ningún pasajero.

La primera hora de las dos que debemos esperar hasta nuestro último vuelo resulta larga y pesada, ya que desconocemos todavía nuestra puerta de embarque y eso nos impide aproximarnos a alguno de los puntos en los que obtener un código de acceso para la conexión a Internet presentando nuestra tarjeta de embarque. Cuando la puerta A75 aparece junto a nuestro vuelo nos dirigimos a ella y acabamos en un espacio abarrotado, con gente hablando a viva voz y niños jugando a fútbol en un vestíbulo lleno de gente. Nos aislamos poniéndonos al día en las redes sociales.

Llega el momento de embarcar y al parecer la compañía prevé un problema con el espacio en cabina, ya que el personal de Swiss está siendo especialmente estricto en cuanto al equipaje de mano. Primero una de sus empleadas nos obliga a demostrar que nuestros trolleys encajan en las medidas máximas permitidas para viajar en cabina y luego vemos como tras el control de tarjetas un empleado está informando a aquellos que van equipados con dos bultos -mochila y trolley, como nosotros- de que uno de los dos debe irse a la bodega. L está más viva que yo y se cambia de fila en el momento preciso para no pasar frente al que está haciendo de "guardián de la bodega", pero yo no corro la misma suerte y mi pequeño trolley rojo se va rampa abajo hacia las pistas. Igualmente debemos esperar a nuestra llegada a Mallorca a la salida de nuestras maletas grandes, pero siempre es mejor llevar cuánto más equipaje con nosotros mejor. A las 18:20 hora de Suiza y España todo el pasaje se encuentra ya a bordo y comenzamos a rodar por las pistas para poner rumbo a Palma de Mallorca. El espacio para las piernas durante las próximas dos horas es irónicamente más amplio que el que hemos sufrido durante el trayecto entre San Francisco y Zúrich.

Las últimas horas de este relato no tienen mucho más que aportar. Swiss cumple su promesa de desplazarnos de Zúrich hasta Palma de Mallorca y lo hace mediante un vuelo tranquilo y con cielos despejados que nos permite ver desde las alturas la superfície de parte de Italia, Menorca y finalmente Mallorca. Las pantallas de información de Son Sant Joan sobre recogida de equipaje nos instan a meternos en la pequeña pecera reservada a cintas procedentes de países externos a la Unión Europea. Junto a un buen puñado de gente que parece venir a Mallorca en condición de turista, esperamos pacientemente a que nuestras maletas -incluido mi trolley facturado a última hora- aparezcan en el mejor estado posible. Y lo hacen, tarde y casi en el último lugar, pero lo hacen. Con la tranquilidad de saber que no hemos perdido nada por el camino y sin ser siquiera interrogados por el agente de aduanas cuando salimos hacia la terminal, encontramos a mi suegro esperando a servirnos de chófer en un nostálgico recuerdo de sus días como taxista. Se acercan las 21:00 cuando nuestra casa, cerrada a cal y canto y con calor acumulado, vuelve a reencontrarse con nosotros 12 días después.

Ha sido un viaje no excesivamente largo en comparación con otros pero cuyos días han sido sobradamente amortizados pese a los obstáculos. El objetivo principal era conocer al fin Yosemite a fondo y haciendo un rápido repaso por Yosemite Valley, Tunnel View, el -maldito- Panorama Trail, Sentinel Dome, Taft Point, Columbia Rock y Artist Point diríamos que lo hemos cumplido. El objetivo secundario de pasear entre secuoyas también lo hemos cubierto. Y el objetivo más importante, el de divertirse y desconectar de la vida real que nos espera el resto del año, sin duda está cumplido. Ahora solo queda volver a la rutina por las mañanas y revivirlo todo por las tardes a base de editar este diario y preparar todos los contenidos en forma de decenas de pequeños videos y cientos de fotografías. Y antes de que nos demos cuenta, estaremos volviendo a volar. Porque este año la película del pato viajero, como las sagas más taquilleras, se convierte en trilogía. Y esto era solo la primera parte. Los cachopos del norte de España nos esperan en apenas mes y medio.