Yosemite: Columbia Rock, Upper Falls, Bridalveil Fall y Artist Point

Día 7 | 16 de junio de 2017

Mapa de la etapa 7

Hay días que parecen destinados a que todo salga bien. Nuestra séptima jornada completa en California y quinta que empieza al sur Yosemite podría considerarse uno de esos días. Una etapa en la que todo lo planeado se cumple, los contratiempos brillan por su ausencia y vista en retrospectiva no se te ocurre qué se le podría haber añadido para mejorarla.

Como no podía ser de otra manera esta redonda etapa comienza con nosotros bajando las escaleras llenos de expectativas por saber con qué desayuno nos sorprenderá Conan, nuestro inmejorable anfitrión para nuestras noches en Oakhurst. Siguiendo nuestra petición de evitar los huevos en el desayuno durante varios días, para esta mañana nos tiene preparado un plato que ya desde que lo vemos cocinándose en la sartén sabemos que nos va a gustar: ni más ni menos que una quesadilla de ocho porciones cuyas tortillas de trigo esconden en su interior queso fundido, gambas, calabacín y champiñones. Estamos llenos cuando todavía faltan dos trozos sobre el plato, pero quién puede resistirse a no agotar un desayuno así. Conan nos hace saber que con esto ha cubierto las cinco recetas de desayuno para las que tenía ingredientes disponibles, y nos pide que le digamos cuáles de las cinco elaboraciones quiere que repitamos para las dos mañanas restantes. No tardamos en decidirnos.

Conan se sigue superando

Como esta mañana no queremos perder unos preciosos minutos parando en Starbucks, el café me lo hago en la habitación gracias a las cápsulas, la cafetera y las botellas de leche que Conan dejó para nosotros en el propio dormitorio. Mientras tanto realizo una nueva videollamada con la familia, esta vez con una calidad de conexión no tan óptima como en la primera ocasión.

Hacemos una parada rápida en una gasolinera de la avenida principal de Oakhurst tras ponernos en marcha. Tras invertir 20 dólares para casi llenar el depósito a razón de 3,15 dólares por galón enfilamos a las 8:25 la ya muy familiar Wawona Road que nos lleve a Yosemite en algo más de una hora y media. Al igual que ayer nos acompañan gracias al bluetooth las últimas emisiones de Todo Por La Radio y La Competència. Y también al igual que ayer una fila de vehículos de más de una milla nos está esperando a nuestro paso por la entrada sur del parque. Con paciencia superamos el acceso y recorremos las millas restantes hasta el valle, aparcando justo frente al "Camp 4" en el que las tiendas de campaña comienzan a abrirse para inaugurar el día. Llega el momento de llevar a cabo nuestra decisión de separarnos durante unas horas dadas las circunstancias.

Una de nuestras salidas planificadas para Yosemite es la ruta a "Columbia Rock", que se podría considerar la versión de prueba del notablemente más largo y exigente sendero que lleva hasta lo más alto de las Upper Yosemite Falls. Tras algo menos de 2,5 kilómetros de puro ascenso en los que ganar una altura de 300 metros el Columbia Rock promete ser un mirador que se sale de lo habitual hasta ahora, ya que se encuentra en el lado opuesto del valle respecto a Glacier Point o Taft Point. Eso le permite ofrecer unas vistas completamente diferentes. Sin embargo, lo poco que hemos podido saber del terreno -la clásica combinación de piedras y suelo arenoso- y la pronunciada pendiente son ingredientes que hacen muy complicado imaginarse a L llegando en buenas condiciones a la meta, especialmente cuando todavía no puede calzarse las botas de montaña que le provocaron las ampollas de las que todavía está recuperándose. Por ese motivo llegamos a la decisión de que lo mejor que podemos hacer para no tentar a la suerte sin renunciar a que por lo menos uno de los dos siga lo planificado es separarnos durante 3 o 4 horas en las que, mientras yo subo a las alturas, ella se entretendrá por el valle ya sea caminando con calma o utilizando los autobuses lanzadera.

Listo para arrancar

Allá que voy. Tras unos escasos 200 metros atravesando el campamento y alcanzando el otro lateral del valle me encuentro con los carteles que indican el inicio del camino hasta lo más alto de las Yosemite Falls. No hay ninguna referencia al hito intermedio que supone el Columbia Rock, pero sé que está ahí. Como siempre durante todo el viaje, la aplicación para móvil Maps.me está siendo una ayuda inestimable ya que gracias a sus mapas colaborativos nos ofrece sin necesidad de conexión un potente GPS sobre una cartografía que incluye los senderos para excursionistas y todo tipo de hitos y puntos de referencia.

Las primeras indicaciones

El camino no tarda en presentar sus credenciales y enseguida me encuentro ganando altura a toda velocidad gracias a unos escalones de piedra que conforman los omnipresentes "switchbacks", esas idas y venidas que vistas desde las alturas conforman un recorrido en zig-zag. Enseguida ratifico que efectivamente L lo hubiera pasado muy mal con cada paso dada la combinación de fuerte pendiente y terreno irregular. Con un ritmo lento pero seguro y con la necesidad de parar durante unos segundos apenas tres veces aprovechando las sombras de algunos árboles, en 40 minutos me topo con la única barandilla de todo el camino. Ya estoy en Columbia Rock.

Uno de los tramos suaves de la subida

La fama es merecida. Con la única inferencia de esa pequeña barandilla separándonos de un acantilado de escándalo tengo ante, bajo y alrededor de mí el Yosemite Valley en todo su esplendor. No hay ángulo para poder ver catarata alguna, pero la tan característica silueta del Half Dome justo frente a mi posición se encarga de que no sea algo que eche en falta. El valle, por su parte, ofrece su mejor cara. Al no estar separado de él por una distancia tan grande como en el resto de miradores y gracias al ángulo no tan vertical, los prados entre los bosques son mucho más perceptibles e incluso se pueden distinguir perfectamente las villas del Yosemite Valley Lodge.

Las vistas desde Columbia Rock

El mirador está bastante tranquilo a mi llegada con apenas 4 o 5 personas, pero según estoy contemplándolo el aforo sube hasta los 15 o 20 visitantes incluyendo alguna familia. Permanezco aquí hasta las 11:30, casi una larga media hora para no desaprovechar la ocasión una vez que he alcanzado tal espectáculo. En el proceso charlo durante un buen rato con una joven pareja hindú residente en San José. Intercambiamos fotos y anécdotas y durante la conversación me aseguran que no debería dar media vuelta sin antes avanzar otros 500 metros ya que de ese modo podré ver las Upper Falls en todo su esplendor. Dado que dispongo de un colchón de tiempo considerable hasta las 13:30 acordadas con L no tengo que pensármelo mucho para hacerles caso.

Poniéndome creativo con mis nuevos amigos
El valle como nunca antes lo había visto
El valle perdiéndose hacia el oeste

Esos 500 metros asustan al inicio, ya que nada más abandonar Columbia Rock una fuerte y pronunciada cuesta de arena me hace ganar todavía más altura. A mano derecha siguen quedando exactamente las mismas espectaculares vistas que desde el mirador, con el añadido de que ya no hay que guardar turno frente a la barandilla para poder capturar el paisaje. La cuesta termina y a partir de entonces el camino es mucho más benevolente, alternando subidas y bajadas nunca excesivas a excepción de alguna escalera que me hace temer el camino de regreso.

Los primeros e intimidatorios metros de la continuación
El Half Dome, siempre atento al camino

Y entonces empiezo a oir el rugir de agua caer y tras un nuevo giro aparecen. Y vaya que si merecía la pena. Tengo a escaso medio kilómetro de mi posición las Upper Yosemite Falls, la joya de la corona para muchos, el auténtico símbolo del parque quizás solo compitiendo por ese puesto con la silueta del Half Dome. Con un impresionante caudal que hace difícil creer que en otras épocas del año el agua desaparezca por completo dejando ver la negra pared tras ella, el generoso chorro de agua genera en la base una espectacular nube de spray a la que podría llegar perfectamente tras caminar 10 minutos más, pero que descarto ya que no he venido demasiado preparado para empaparme. Mirando hacia arriba uno se hace a la idea de lo durísimo que debe ser el ascenso final hasta el nacimiento de la catarata, ya que se alcanza tras caminar menos de tres kilómetros pero requiere ganar más de 500 metros de altura respecto al punto en el que me encuentro. Por si la hipnótica y despejada visión hacia la catarata no fuese suficiente el Half Dome se resiste a perder protagonismo apareciendo entre las ramas si giro mi cabeza 90 grados a la derecha. La experiencia, combinada con el Columbia Rock, es una de las más completas que recuerdo haber vivido en Yosemite. Y desde luego y parafraseando a mi compañero de sendero, alguien capaz de alcanzar el Columbia Rock sin perder el aliento no debería desaprovechar la ocasión de alcanzar este segundo mirador tras esos 500 metros adicionales.

Los últimos metros de bajada para alcanzar el mirador
Las Upper Falls en todo su esplendor
Falls a la izquierda, Half Dome a la derecha

Me reencuentro aquí con mis nuevos amigos de San José, con los que volvemos a intercambiar fotos e impresiones mientras no perdemos de vista la catarata. El reloj alcanza las 12:00 cuando considero que ya es hora de volver, muy a mi pesar pero sin nada más que aportar a la excursión teniendo clarísimo que subir a lo alto de las Yosemite Falls me costaría la salud para el resto del día y quizás para todo lo que queda de viaje. En realidad sí que queda un aliciente: el de entablar amistosas conversaciones cada varios metros con gentes de todos los orígenes tanto geográficos como culturales.

A la pareja de San José hay que sumar, por este orden: un anciano de rasgos asiáticos residente en San Francisco que adora Barcelona y rebosa amabilidad por los cuatro costados. Un grupo de dos chicos y una chica procedentes de Australia que pasaron cuatro meses en Barcelona y mañana planean descender -y yo les aviso de las consecuencias- el Panorama Trail. Un joven matrimonio de Los Ángeles que juega a adivinar mi origen y no aciertan por poco, ya que creen que soy italiano -lo cual mucha gracia no es que me haga-. Y por último una admirable chica esforzándose por bajar de forma segura pese a su evidente sobrepeso y que, tras un par de minutos esperando pacientemente la ocasión para adelantarla, pregunta a sus compañeras si está acumulando a mucha gente detrás y debe hacerse a un lado. Ah, y un hombre acompañado de su hijo y ataviado con una camiseta del Barcelona... con la bandera de España. Las controversias políticas quizás no las dominen, pero el denominador común es que cuando mencionas "España" casi todos piensen inmediatamente en Barcelona. Lo siento por Madrid, lugar que adoro y que en algunos aspectos me gusta incluso más que mi ciudad natal, pero solo expongo los hechos.

Durante la vuelta me cruzo con Twitter
Un último vistazo al valle antes de seguir descendiendo

Entre parón y parón para practicar un poco el inglés, desciendo a un ritmo más que decente. Estoy de vuelta en el campamento a las 13:00, media hora antes de lo acordado con L y solo dos horas y media después de haber iniciado el ascenso. Todo ello habiendo recorrido un kilómetro más entre ida y vuelta respecto al planificado ascenso a Columbia Rock. Chúpate esa, estimaciones de tiempo de YosemiteHikes.

Viendo que en el coche, como era previsible ya que se encuentra a pleno sol, no hay nadie esperándome, me desplazo unos pocos metros hasta la cercana parada del autobús lanzadera y me siento en una sombra a esperar.

Llega el primer shuttle... y no hay rastro de L. Aprovecho la espera para ir revisando todas las fotos de la excursión.

Llega el segundo shuttle... y no hay rastro de L. Ya me he quedado sin más fotos que revisar. Voy preparando las fotografías del móvil que subiré a las redes sociales cuando tenga conexión.

Llega el tercer shuttle... y no hay rastro de L. Para ir ganando tiempo aprovecho el agradable sitio a la sombra, echo mano de los siempre prometedores wraps de pollo barbacoa que compramos en Walmart, y voy comiendo mientras espero.

Llega el cuarto shuttle... y mira, yo ya he comido, son las 13:20 y mi media naranja por aquí no aparece. Aprovechando la cercanía voy a darme un paseo hasta la recepción del Valley Lodge y volveré a las 13:30.

Solo cinco minutos más tarde entro en esa recepción de la que salimos el pasado martes con autocar rumbo a Glacier Point. Me dispongo a buscar los servicios... y me encuentro de morros con L, en un sofá, terminando de ver un capítulo de Riverdale en el tablet. El aire acondicionado ha podido con ella y ha decidido esperar aquí hasta que fuese la hora acordada. Son las 13:30 exactas cuando nos contamos qué hemos visto, en su caso anécdotas alrededor del valle y en mi caso cubriendo la imposible misión de poner palabras a lo espectacular del paisaje disfrutado.

Aprovechamos el lugar del reencuentro para dar un paseo por la tienda de regalos del Valley Lodge. Encontramos en una nevera botellines de cerveza especialmente etiquetados con motivos del parque, y todas elaboradas en la cercana ciudad de Fresno. Dado que no son excesivamente caras -menos de dólar y medio la botella- y lo difícil que es encontrar cervezas que no vengan en pack en las tiendas nos llevamos unas cuantas junto a un nuevo imán para la nevera. Vemos unas cajas en galletas metálicas decoradas con motivos del parque que serían perfectas para llevar a la oficina, pero el precio de 20 dólares la caja es excesivo.

Son las 14:15 cuando estamos ya de nuevo en el coche sufriendo unos 35 grados que confirman que la ola de calor ha llegado incluso a este elevado rincón de California. Arrancamos el motor y nos dirigimos, aunque no vayamos a marcharnos todavía, hacia la salida del parque por la Wawona Road. Volvemos a encontrarnos con las dos millas de tediosas obras de remodelación en el asfalto antes de cerrar el círculo que la carretera traza en el valle. Nos acercamos a un parking de las Bridalveil Fall todavía muy concurrido a estas horas pero tenemos la inmensa fortuna de encontrar una plaza libre y con sombra en un apartadero del arcén inmediatamente anterior a la entrada al aparcamiento. Bajamos del coche y nos dirigimos hacia esa cascada de Bridalveil de la que nos separan apenas unos cientos de metros.

Con un calor sofocante cuando abandonábamos el valle, la sensación de frescor en el ambiente gracias a la proximidad de la catarata es muy bienvenida según nos acercamos a ella pisando un suelo de piedra totalmente empapado. Como igualmente bienvenido es el absoluto chaparrón que nos espera al final, tras pasar durante varios metros junto al río en el que las aguas corren a toda velocidad y los fotógrafos ponen en práctica sus conocimientos de larga exposición. Esa misma agua es la que nos envuelve y empapa cuando nos situamos frente a frente con Bridalveil, que a escasos 100 metros está cayendo con toda la fuerza que sus más de 180 metros de altura le permiten. Pasamos aquí un par de minutos frenéticos, apartando el agua de las gafas cada pocos segundos y haciendo peripecias para conseguir hacer una fotografía sin que el objetivo quede totalmente cubierto por las gotas.

Bridalveil Fall en pleno ataque de agua
Bridalveil Fall desde un punto más seco

A nuestro regreso nos desviamos a la derecha cruzando un puente con la esperanza de encontrar un punto en el que la cascada se pueda ver íntegramente sin que el agua nos alcance, pero no hay suerte. Nos conformamos con la visión desde el propio puente, solo dejando despejado el nacimiento de la cascada antes de perderse entre las ramas. Hay lugares más cercanos a la carretera desde los que, con un poco de paciencia, se puede encontrar un estrecho hueco por el que las aguas queden visibles de principio a fin, pero nosotros nos conformamos con lo que ya tenemos. Regresamos hacia el coche y durante ese pequeño lapso de tiempo ya nos hemos secado completamente, aunque todavía podemos disfrutar de cierta sensación de frescor durante unos minutos.

El nacimiento de Bridalveil desde la distancia
La catarata y el río desde el puente

Los minutos que nos separan de la salida de Wawona Tunnel, donde como ya es costumbre el ir y venir de visitantes no cesa para detenerse unos minutos frente al incomparable mirador de Tunnel View. Nosotros ya estuvimos aquí hace unos días pero hoy regresamos para darle una vuelta de tuerca a esas vistas. Y es que desde el propio aparcamiento de Tunnel View nace un sendero que, debidamente orientados, nos llevará hasta Artist Point, un punto elevado en el que los árboles dan una tregua ofreciendo una visión totalmente despejada en la misma dirección que Tunnel View.

Pese a su escasa distancia de poco más de un kilómetro y medio no hay que subestimar el esfuerzo requerido para alcanzar Artist Point. La primera mitad del recorrido tiene una pendiente más pronunciada incluso que la de Columbia Rock, y durante 800 metros pone a prueba las piernas mientras superamos escalones de piedra y cuestas de rocas con algo de arena sobre ellas. A medio camino el ascenso se topa con la "Old Wawona Road", una antigua carretera cuyos restos de asfalto son ya anecdóticos y ha quedado reducida a camino de cabras. Si girásemos a la derecha nos quedaría todavía un fortísima subida hasta Inspiration Point, otro mirador que requiere remontar una fuerte pendiente para alcanzarlo. Nosotros estamos más interesados en girar a la izquierda, donde a dos millas encontraríamos las Bridalveil Fall de las que procedemos pero que tras solo 800 metros más nos llevará a donde queremos. Aquí el sendero es ya más regular y de tierra compacta, y como la pendiente se ha suavizado hasta ser un ligero descenso ahora la molestia pasan a ser los incontables insectos que insisten en rondar tu cabeza salvo que vayas agitando tus brazos como si de un limpiaparabrisas se tratase.

El precio a pagar por alcanzar Artist Point
Un último esfuerzo apartando insectos

Y llegamos. Y los bichos, la cuesta y el calor pasan a dar absolutamente igual. Tenemos para nosotros solos y durante la larga media hora que pasamos aquí la versión mejorada de Tunnel View. Con los árboles apartándose del camino y sin rastro de coches ni gente ya que el mirador oficial queda oculto tras ellos, ante nosotros se expande el Yosemite Valley hacia el noreste, percibiendo mucho mejor gracias a la altura adquirida cómo se abre paso entre las montañas. La visión de El Capitán, dadas sus tremendas dimensiones, no es muy diferente respecto a la que podemos tener desde Tunnel View. Pero las Bridalveil Fall sí que ganan: no solo por ese arcoiris que vuelve a aparecer fruto del sol lanzando rayos contra su nube de agua, sino porque gracias a la mejorada altura ahora alcanzamos a ver dicha nube de vapor en su base, cosa que no ocurría en el mirador al nivel de la carretera. El que parece llegar tarde a la fiesta es el Half Dome, que debido al ángulo ligeramente escorado en el que nos encontramos queda solo parcialmente visible tras la cumbre de la que nace la catarata, impidiendo así ver su característica forma de cresta de ola.

Sencillamente... Artist Point
Bridalveil Fall nos ofrece su mejor cara
Se pasa la subida en la mochila y ahora se hace el entendido

El camino de vuelta se hace muy corto en lo que al primer tramo se refiere, pese a que los diminutos insectos voladores estaban esperando para un segundo asalto. Más duro resulta descender los alrededor de 150 metros de altura por la empinada pendiente de rocas y escalones, ahora con especial cuidado de no resbalar especialmente en el caso de L y su no tan ideal calzado. Nos cruzamos con algunos turistas pero ninguno parece pasar de un primer punto a escasos metros de Tunnel View desde el que ya se puede más o menos vislumbrar el valle... absolutamente nada que ver con lo que ofrece Artist Point, pero eso es algo que al parecer nunca sabrán. A las 17:40 estamos de nuevo en el coche, el aire acondicionado poco a poco entra en acción y nos disponemos a abandonar el valle. Como nuestros planes para los futuros días no requerirán volver a cruzar el Wawona Tunnel, este es el momento de despedirnos definitivamente de Yosemite Valley. Nos vamos con la satisfacción de haber disfrutado todo lo que no lo hicimos en nuestro efímero paso de hace seis años.

Nadie nos libra de la nueva hora y media de rigor hasta alcanzar Oakhurst. Tras una ducha y apenas diez minutos de relajación en nuestra habitación llega el momento de al fin saldar una cuenta pendiente con el pueblo. A unas dos millas al final de la avenida principal se encuentra South Gate Brewing Company, una cervecería que desde el primer momento figuró como una de las principales recomendaciones de Conan para pasar una velada agradable cenando fuera de casa. Y no podíamos dejar pasar la oportunidad de seguir su consejo.

Tratándose de un viernes noche y en pleno horario de cenas era de esperar que tocase armarse de paciencia para conseguir una mesa. La encargada de la recepción nos advierte de que quizás debamos esperar una hora, aunque puede que antes queden disponibles un hueco para nosotros dos. Nos hace entrega de un "buzzer" que nos avisará cuando llegue nuestro turno y, ante tal perspectiva, decidimos dar un paseo hasta un cercano supermercado de la cadena Riley's. No vemos nada que lo distinga en exceso del Vons apenas un par de calles más allá. Regresamos al South Gate y cuando pasa apenas media hora desde que reservamos turno el avisador empieza a vibrar y podemos ir ya hacia nuestra mesa.

Supermercados estadounidenses, esa tentación

Lo que nos espera es un salón no excesivamente grande rodeado por pantallas donde se muestra el partido de béisbol de los San Francisco Giants. Sabemos gracias a Conan que el restaurante tiene fama de que sus camareros no conservan demasiado tiempo su puesto de trabajo, y a tenor de los nervios y despistes de la alta y rubia camarera que nos atiende apostaríamos a que es de reciente incorporación. Toma nota de nuestro pedido y hasta que no le avisamos con señas no regresa para preguntar si queremos alguna cerveza mientras esperamos nuestros platos.

Yo me decido por una "Deadwood Porter" de estilo inglés con trazas de chocolate, y L se deja llevar por la descripción de la "Oakland Pecan" endulzada con nueces. Cuando llegan las cervezas y las probamos, las intercambiamos y cada uno queda más que contento con el reparto final. La Deadwood Porter es tremendamente parecida a la "Sagra Bohío" de Pepe Rodríguez y la Oakland Pecan deja un regusto que no había encontrado anteriormente en ninguna cerveza. Llegan los platos y la experiencia no hace más que mejorar. Mi sandwich de cerdo macheado a la barbacoa está bueno pero la hamburguesa de ternera de L ya pertenece a otra liga. Y las patatas de aspecto caseros, crujientes por fuera pero suaves por dentro, son una gratísima sorpresa.

Mi acierto
El ambiente en South Gate
El rico cerdo macheado
La espectacular hamburguesa

Disfrutamos muchísimo de la comida, haciendo menos dolorosos los 50 dólares de la cuenta tras incluir el 15% de propina. Nos marchamos con el deber cumplido y cuando se acercan las 23:00 damos por cerrada esta agradecida jornada. Con la relajación que supone saber que el día de mañana será muy poco exigente y la satisfacción en perspectiva de cómo han resultado los acontecimientos del día, nos vamos a dormir con una sonrisa en la cara.