Sequoia: Giant Forest, General Sherman y Moro Rock

Día 5 | 14 de junio de 2017

Mapa de la etapa 5

Como para no dormir del tirón. Tras la paliza que supuso el Panorama Trail recorrido ayer esta noche dormimos ininterrumpidamente hasta las 7:00. Hemos recuperado algunas fuerzas pero las agujetas empiezan a emerger y, lo más preocupante, las ampollas en los pies de L siguen ahí confirmando que no fueron una alucinación fruto del delirio.

Por tercera vez ya desayunamos como uno de los exquisito manjares de Conan, en esta ocasión un tortilla bañada con salsa de aguacate y un yogur con plátano y arándanos. Con los platos ya limpios y dado su interés por conocer los detalles, pasamos a revivir la jornada de ayer haciendo especial hincapié en los momentos en los que todo comenzó a ir por mal camino. Nos escucha con tanta atención como si estuviéramos contando un viaje a la Luna, pese a que seguro que debe haber escuchado ya todas las variantes y anécdotas posibles de visitantes del parque de Yosemite.

Para hoy, rollo de tortilla y yogur
Parece que Conan es fan de los Beatles...

Recibimos a cambio de nuestro relato varias indicaciones sobre dónde poder encontrar remedios para por lo menos aliviar las ampollas de L. De nuevo en la habitación, hay que decidir a qué destinar la jornada de hoy ahora que tenemos un condicionante físico. El plan original para este miércoles es visitar el Sequoia National Park situado tres horas al sur de Oakhurst, y decidimos seguir adelante con ello aunque quitando de la agenda algunos puntos que requerirían un esfuerzo a pie que L ahora mismo no está en condiciones de realizar. Son las 9:30 cuando nos ponemos en marcha a la búsqueda de la zona comercial de Oakhurst.

Apenas unos minutos después nos detenemos en el aparcamiento de un Rite Aid, una cadena de grandes superfícies especializadas en productos farmacéuticos y con un local ubicado en la esquina de la avenida principal de Oakhurst por la que aparecemos cada mañana al ponernos en marcha. Buscamos un remedio para que L pueda hacer algo más que echarse en la cama pese a sus ampollas, y lo encontramos en forma de unas láminas de espuma concebidas para rodearlas e impedir que el calzado se frote con ellas y las explote. Junto a tiritas con antibióticos -por si ocurre lo peor- y gasas nos gastamos alrededor de 15 dólares.

Decidimos no posponer más nuestra salida de Oakhurst rumbo al sur. Nos quedan por delante 130 millas que comenzamos a recorrer a las 10:00 y enseguida convierten el paisaje en desértico, con la temperatura subiendo y subiendo en un claro indicio de que el verano ha llegado al fin a California. Tras dos días recorriendo carreteras de montaña las autopistas hasta Fresno son una delicia que no provoca agotamiento mental tras horas atento a cada curva. Como ya viene siendo costumbre los límites de velocidad no los respeta nadie. La circulación fluye por encima de las 70 millas por hora pese a que todas las señales fijan el límite en 55, excepto en algunos tramos muy esporádicos que lo suben hasta las 65 millas por hora.

La aproximación a Fresno es un páramo en el que cuesta encontrar incluso gasolineras mediante el navegador GPS. La encontramos finalmente tras desviarnos hacia el Parque Nacional de las Sequoias, en un local que también nos servirá para comprar algo rápido que echarnos a la boca. Llenamos el depósito con 30 dólares de gasolina a razón de 2,99 dólares el galón -si lo convertís a euros por litro os vais a cabrear-, y compramos en el interior de la tienda un burrito para microondas, un sandwich, un pastelito "Moon Pie" de plátano y un refresco. Comemos en el interior de un Nissan Rogue que ya se eleva a la categoría de horno debido a los 34 centígrados del exterior y, con el estómago lleno, retomamos la marcha para liquidar las últimas 50 millas hasta nuevo primer destino turístico del día.

Pues esta mierda está buena

Son las 12:40 cuando faltan 30 millas para alcanzar el aparcamiento del árbol "General Sherman". Es entonces cuando alcanzamos la puerta de acceso al Sequoia National Park para el que no tenemos que hacer un nuevo desembolso, ya que el Annual Pass adquirido hace dos días nos da acceso a toda la red de Parques Nacionales. No nos dan mapa -lo conseguiremos luego a bordo de uno de los autobuses lanzadera- pero sí una pegatina para ponerla en el parabrisas y que la controlen cuando abandonemos el parque. Comenzamos a conducir por la Kings Canyon Scenic Byway, una carretera escénica que planeábamos recorrer de principio a fin pero que probablemente deberemos conformarnos con visitar parcialmente ya que la hora se nos ha echado encima. Los 2000 metros que hemos subido hasta llegar aquí han conseguido que la temperatura baje hasta los 21 grados.

Aprovechando una parada rápida para inmortalizar nuestro Rogue

No tardamos mucho en encontrarnos con el cartel que por un lado da la bienvenida al Parque Nacional de las Secoyas y por el otro al Bosque Nacional de las Secoyas, colindante con el primero. Nuestra colección de fotografías junto a carteles de bienvenida a Parques Nacionales está lista para acoger a un nuevo miembro, tras haber descartado hacer lo propio en la ridícula señal que da la bienvenida a Yosemite por su acceso del sur. Toparse con este cartel no significa sin embargo estar a punto de llegar a nuestro destino, ya que el General Sherman Tree se encuentra un buen puñado de millas al sur de nuestra posición. Cuando solo quedan cinco millas en la cuenta atrás, superamos un puerto de montaña de 2.135 metros de altura.

Este cartel sí es digno de nuestra colección

Alcanzamos las señales que indican el desvío al aparcamiento del General Sherman Tree -el de uso general, ya que el más cercano es exclusivo para personas con discapacidad y para el autobús lanzadera del parque-. Dado que desde este parking el árbol de marras se encuentra a 700 metros en descenso, nuestro plan es recorrerlo, salir por el otro parking y que el autobús lanzadera nos remonte hasta el punto de partida. Los pies de L todavía están en periodo de adaptación y no queremos tentar a la suerte haciendo caminando distancias que no sean estrictamente necesarias.

Vamos a confesar que visitar bosques de secoyas no era algo que nos pareciese prioritario. Cada vez que hemos viajado a una zona con este tipo de árbol, ha prevalecido nuestra preferencia por recorrer lagos y montañas con miradores antes que toparse con estos gigantescos troncos. Y sin embargo nos vemos muy gratamente sorprendidos con lo que encontramos ahora que hemos decidido darles una oportunidad. No solo los descomunales árboles de espectacular altura y ridículamente grande diámetro llaman la atención incluso cuando ya has pasado junto a 10 o 12, si no que el espacio en el Giant Forest en el que se encuentra el General Sherman, la más popular de la secoyas de la región, consiste en un bosque perfectamente aclimatado para su visita que resulta gratificantemente tranquilo y agradable pese a la notable afluencia de público. Al ser un espacio abierto y sin un itinerario único para todos los visitantes se dispersan y se evitan las tan desaconsejables aglomeraciones.

El muy llamativo Giant Forest
Las secoyas nos llaman la atención más de lo que esperábamos

Alcanzamos la posición del General Sherman, la estrella del parque consistente en un tronco de 83 metros de altura que en su zona más ancha alcanza los 31 metros de perímetro. No es el más alto ni de lejos -el Hyperion en el Redwood National Park supera los 115 metros-, pero ese perímetro hace que sea el que mayor volumen neto levanta del suelo. Para hacerse un retrato junto a él hay que pasar por una cola religiosamente respetada por visitantes de todo el planeta. El mayor reto se encuentra en dejar la cámara preparada en modo "Manual" para que el pobre diablo al que le pides el favor de dispararla solo tenga que apuntar y pulsar.

Y finalmente el General Sherman (debajo estamos nosotros)
El Sherman, desde otro ángulo
Sherman y sus vecinos
Apurando los minutos en el bosque

Completamos el recorrido pasando junto al resto de vecinos del General Sherman y cuando dan las 15:00 ya estamos esperando a que el autobús lanzadera nos lleve de vuelta hasta nuestro vehículo. Ya en nuestro vehículo recorremos las algo más de cinco millas que nos separan de Moro Rock, una colina de roca maciza sobre la cual una escalera da acceso a vistas privilegiadas de toda la zona a cambio de recorrer durante 300 metros una subida que gana 50 metros de altura. Como es obvio esto es algo que solo voy a hacer yo mientras L y sus malheridos pies esperan pacientemente en el coche. Coche que se queda parado en el arcén a 300 metros del inicio del ascenso, al que no podemos acercarnos más ya que el aparcamiento es limitado y ningún hueco permanece libre más de un puñado de segundos.

El ascenso a Moro Rock es corto pero intenso, y aunque me vengo arriba por la libertad que me da ser dueño de mi propio ritmo agradezco alguno de los instantes en los que me veo obligado a detener la marcha para que pase gente en sentido contrario por tramos donde el espacio disponible solo permite un paso a la vez. Una vez arriba lo que me encuentro es un mirador desigual. A mano izquierda tengo una postal magnífica, con múltiples cimas montañosas cubiertas de nieve en la lejanía y separadas de mí por un inmenso mar de copas de árboles. A mano derecha el paisaje queda algo más deslucido por un resol que hace poco distinguible el paso de un río agrietando la verde superficie. Como en cualquier sitio que concentra a público no podía faltar aquí el numeroso grupo de visitantes asiáticos formando un escándalo para desgracia de todos los demás turistas.

Subiendo como si no hubiera un mañana...
Las buenas vistas a mano izquierda
Ellos, siempre ellos
Un detalle de las cumbres nevadas
La pasarela de seguridad en lo alto de Moro Rock

Regreso a la base de la roca a ritmo ligero, adelantando a gente y echando la vista atrás para retratar algunos de los tramos de una subida durante la cual estaba demasiado concentrado para tomar fotografías. Me encuentro a L donde la dejé y tras echar cuentas decidimos que tristamente es momento de regresar a casa. Son alrededor de las 16:30 y regresar hasta Oakhurst nos va a tener en carretera durante tres horas, por lo que muy a nuestro pesar descartamos recorrer el resto de la carretera escénica ni visitar algunos valles y cataratas disponibles a lo largo de ella. Tras el maratón de ayer cuyo regreso fue de noche cerrada y cansados, hoy nuestra prioridad es no apurar tanto las horas de sol poder tomarnos las cosas con calma de cara a los preparativos para la jornada siguiente. Además necesitamos hacer alguna parada de aprovisionamiento en el regreso, por lo que el reloj es más si cabe un factor determinante para decidir definitivamente iniciar el camino de vuelta.

Girando la vista atrás durante el descenso
Se pierde altura tan rápido como se gana

Mientras deshacemos las millas para salir del Sequoia National Park nos detenemos en un mirador desde el que se anuncia la lejana cima de la "Spanish Mountain". Ese es el último hito que celebramos en las alturas, ya que a partir de aquí nos toca descender los 6.000 pies -2.000 metros- tras los cuales nos espera un paisaje desértico cuyo regalo de reencuentro viene envenenado: el termómetro se sitúa en los 34 grados y el sol entra por las ventanas del vehículo con más fuerza que nunca.

Gracias por todo, Sequoia National Park
El sol apretando más que nunca

Nuestra parada de aprovisionamiento será en Fresno, y es algo que nos mantiene inquietos. Basta hacer un par de búsquedas por Internet de "¿Es Fresno segura?" para toparse con varios hilos de discusión en los que se enumeran las "bondades" de la ciudad. Crímenes de delincuencia por las nubes, bandas callejeras, robos y destrozos de vehículos como el pan de cada día. Sin embargo Conan nos asegura que esa descripción se ajusta solo a ciertas zonas -más de las deseables- de la ciudad, y si no nos salimos de los alrededores de las arterias principales no deberíamos tener ningún problema. Ese requisito lo cumple el hipermercado Walmart frente al que aparcamos con el objetivo de darle una segunda oportunidad a la franquicia tras el chasco que supuso nuestro primer reencuentro con ella en el presente viaje. No dejamos de ver y cruzarnos con gente cuyo aspecto verifica la teoría de encontrarnos en un "GTA Fresno" pero por ahora no hay síntomas de actividad sospechosa ni coches ardiendo por ninguna parte. Walmart no desperdicia esta segunda oportunidad y encontramos esas secciones de comidas preparadas y productos frescos que habíamos echado en falta a nuestra salida de San Francisco. Llenando apenas dos bolsas reutilizables nos gastamos 40 dólares.

Solo nos separan 45 millas de nuestro reencuentro con Conan, millas que interrumpimos durante unos minutos en el propio Oakhurst para detenernos en una "Liquor Store" en la que comprar cerveza en unidades independientes, ya que en las grandes superfícies solo encontramos packs indivisibles de 6 o 12 latas o botellas. A su lado vemos un tal "Pizza Factory" del que nos llevamos un folleto, ya que a partir de mañana nuestra intención es disfrutar por las noches de cenas en locales de la ciudad.

Son las 20:30 cuando alcanzamos la casa de un Conan tan dispuesto como siempre a recibirnos con una sonrisa en la cara, y media hora después bajamos para hacernos nuestra cena y preparar una pizza en vistas a la comida itinerante de mañana. Durante la cena charlamos animadamente con nuestro anfitrión, tocando asuntos como la experiencia de alojar huéspedes mediante Airbnb, política nacional e internacional, hábitos de consumo y toda otra retahíla de temas sobre los que siempre es interesante conocer la percepción y punto de vista de gente con orígenes y rutinas tan diferentes a la nuestra. Por tercera vez en lo que va de viaje un residente en California se disculpa por la elección de Trump. Ese 35% del censo que votó a Donald sigue siendo un misterio para nosotros, pese a que el propio Conan dice saber perfectamente quiénes son y que aquí, en Oakhurst, Trump ganó con un generoso margen sobre Hillary.

Sin tiempo para más, cerramos la jornada acordando que el desayuno de mañana sea a las 6:30. Si algo hemos aprendido tras estos días es que nos conviene aprovechar la luz diurna desde el primerísimo instante, y el único modo de llegar a Yosemite junto a los primeros minutos de claridad es haciendo un sacrificio en forma de madrugón. Pero no hay problema: basta con un poco de disciplina e irse a la cama a una hora acorde. L y su amor por la almohada no tienen problema en seguir esa directriz y yo hago lo que puedo aunque el tiempo de mantener al día tanto el diario como las copias de seguridad de las fotos me roban unos preciosos minutos de sueño. Pero todo sea por llevarse el mejor recuerdo posible del que está siendo un viaje que, pese a algún altibajo, está cumpliendo con los pronósticos. Mañana regresamos al corazón de Yosemite National Park.