Compras de camino a Yosemite

Día 2 | 11 de junio de 2017

Mapa de la etapa 2

Cuando planificamos viajes tendemos a ser más bien conservadores. El miedo a que un imprevisto nos desbarate todo lo planificado y el no pecar de exceso planeando en una sola jornada más actividades de las recomendables para un solo día nos hace en ocasiones pasarnos de recelo a la hora de colocar cada pieza en la agenda. La consecuencia habitual es que ocurran cosas como la que pasó ayer y que tiene sus efectos en el día de hoy: durante la pasada jornada pudimos realizar las dos actividades que teníamos previstas para esta nueva mañana -las visitas a Alamo Square y Fisherman's Wharf-, por lo que nos encontramos en la tesitura de que nada nos queda ya por ver que merezca la pena volver a pagar el peaje del puente de Bay Bridge para entrar en la ciudad de San Francisco.

Así que nos toca jugar un poco a cambiar las piezas de sitio para decidir qué hacemos en el día de hoy, en el que el único objetivo inamovible es que esta noche tenemos que haber llegado a la ciudad de Oakhurst, a tres horas de nuestra posición actual y situada a una hora de la entrada sur del Yosemite National Park que copará nuestra atención las próximas jornadas. Nuestro primer plan alternativo consiste en realizar esta mañana las actividades previstas para nuestro último día del viaje en el camino de vuelta hacia el Aeropuerto de San Francisco, a saber: visitar un pequeño museo de la NASA y recorrer durante varios minutos las zonas públicas del enorme campus que Google tiene como sede central en el área de Mountain View. Sin embargo ese plan tiene dos grandes problemas, y es que en domingo algunos sitios tienen un horario reducido -como es el caso de la NASA- y otros directamente no operan en fin de semana, como es el caso de Google y su Visitor Center que permanecerá cerrado durante todo el día.

Así que debemos pasar al plan C, al que podríamos denominar "C de Cash" por el asalto que habremos dado a nuestra tarjeta de crédito cuando termine el día de hoy. Y es que otro punto fijo en toda agenda de nuestros viajes por Estados Unidos es la visita a uno de esos Premium Outlets que hace destrozos con nuestro inventario de ropa... y esta vez no iba a ser la excepción. Para ser más exactos, hasta dos superficies de la cadena de centros comerciales con descuento figuran en nuestra plan para los próximos días: el Vacaville Premium Outlets junto a la homónima ciudad y el San Francisco Premium Outlets cerca de la localidad de Folsom, precisamente por la que atravesaremos hoy en nuestro trayecto hacia el este y que hace que sea el perfecto candidato para visitar antes de lo previsto. Decidido entonces: tras recoger nuestras cosas, desayunar y ponernos al volante en dirección a Yosemite haremos una parada de varias horas en el mencionado centro, ganando así un tiempo que nos será muy útil en el día originalmente destinado a tal visita.

Son las 7 de la mañana cuando bajamos hasta la cocina de nuestros anfitriones para disfrutar de un desayuno muy similar al de la mañana anterior a base de cereales, café, yogures y tostadas con mermelada. Regresamos a la habitación para seguir convaleciendo de las quemaduras del sol y las agujetas de nuestra etapa ciclista del día anterior, y cuando son las 9:00 salimos equipaje en mano del hogar de Hilma, quien ha sido junto a su marido una más que correcta anfitriona para nuestras dos primeras noches de viaje. El único pero que podemos ponerle a la habitación es el ruido de trenes y aviones por la proximidad con la estación y el aeropuerto de Alameda, pero eso es algo que ya sospechábamos de antemano e imaginábamos venía incluido en el reducido precio si lo comparábamos con otras alternativas menos económicas.

La corta distancia entre Alameda y el San Francisco Premium Outlet transcurre plácidamente, permitiéndonos durante las primeras millas pasar junto al Oracle Arena, la cancha de baloncesto en la que juegan los más que probables nuevos campeones de la NBA. Acompañados por Andreu Buenafuente y Berto Romero gracias a poder reproducir los podcasts del móvil en la radio del coche mediante bluetooth, llegamos al parking del centro comercial a las 9:50, diez minutos antes de su apertura y ya rodeados desde el primer momento por hordas de turistas asiáticos entregados a la causa del capitalismo. Vamos junto a ellos hasta el puesto de información del centro para conseguir nuestro folleto de códigos de descuento gracias a registrarnos como socios de la cadena de outlets.

Comenzamos el recorrido previamente estudiado por las tiendas que más despiertan nuestro interés. Lo hacemos a las 10:00 y lo terminamos en Abercrombie & Fitch a las 14:00, dejando espacio entre una y la otra para recorrer aproximadamente 12 comercios de ropa y calzado. Los precios siguen siendo interesantes pese a un cambio euro-dólar no tan favorable como en otras ocasiones, especialmente si uno sabe aprovecharse de las combinaciones de descuentos y cantidades mínimas que más favorables resultan. La palma se la sigue llevando la tienda GAP Factory Store, ya desde hace años una de nuestras favoritas y en la que tanto L como yo cargamos con un buen puñado de prendas para pagar conjuntamente menos de 150 dólares en la caja registradora.

No ha sido ni mucho menos la jornada de compras más intensa de cuantas hemos vivido en los Estados Unidos. De hecho es probable que haya sido en la que más hemos puesto el pie en el pedal de freno para no comprar impulsivamente prendas que luego quedan condenadas al ostracismo. En parte ha sido gracias a que un reciente cambio de armario nos ha hecho tener más presente de lo habitual la cantidad de prendas que tenemos, muy por encima de la que realmente necesitamos. Pero también en parte porque sabemos que dentro de tan solo siete días tendremos una nueva ocasión para engordar ese ya desproporcionado vestuario con nuestra visita al outlet de Vacaville.

Abandonamos el complejo y, tras alguna vuelta más de la esperada al ser engañados en el primer intento por el navegador GPS, aparcamos junto a un restaurante de la cadena Applebee's. Un fijo en nuestros viajes, la franquicia de comida típica americana siempre nos ofrece la combinación deseada de ambiente tranquilo, comida exquisita y precio contenido -para ser el país que es-. No es una excepción y por 40 dólares más propina nos regalamos unas alitas de pollo deshuesadas a la barbacoa y sendos costillares de cerdo a la barbacoa con dos guarniciones. Informar de las calorías junto a cada opción del menú es un ejercicio de transparencia pero combustible para los remordimientos. L se bebe un té helado de mango y yo no falto a la cita de alguna cerveza local, en esta ocasión una con gusto a manzana.

Oh, las alitas...
Oh, las costillas...

El atracón ha sido la puntilla para nuestros ya acusados cuerpos tras el esfuerzo del día anterior y el relativo estrés de la jornada de compras matutina. Nos espera ahora un tramo de aproximadamente 90 millas hasta el supermercado donde haremos acopio de provisiones para los próximos días, y es el tramo en el que L se estrena a los mandos del Nissan Rogue. Por mi parte, todo lo que necesitaba para caer en una hora de muy necesario sueño es reclinar el asiento del copiloto. Al parecer mientras yo dormía plácidamente L y sus compañeros de carretera han sido testigos de como un coche patrulla empezaba a recorrer la autopista en zig zag para que todos los vehículos aminorasen la marcha hasta finalmente marcharse, dejando en un misterio los motivos de esa maniobra. Cuando despierto estamos a apenas diez minutos de alcanzar el supermercado Walmart de Merced.

Dadas las altas expectativas puestas en la primera visita a los desproporcionados pasillos de un Walmart, la experiencia es un absoluto desastre. Desconocemos si por un cambio de políticas de la franquicia o porque este local en concreto no está al mismo nivel, pero echamos en falta secciones enteras como la de productos frescos, comidas preparadas o bollería y repostería. Nos hacemos de todos modos con provisiones pensando en las próximas cenas en nuestro próximo alojamiento y las comidas de mochila necesarias para recorrer Yosemite, y la puntilla a la mala experiencia la pone el descubrir que no quedan bolsas de plástico a nuestro paso por caja.

Con el sabor amargo de la experiencia de Walmart y la necesidad de comprar algunos artículos más hacemos uso de Maps.me para localizar otros supermercados en la zona. Nos decidimos por el cercanísimo FoodMaxx y la experiencia mejora. Aquí sí encontramos esas secciones olvidadas y podemos completar la cesta hasta tener todo lo necesario para los próximos seis días. Tras gastarnos un total de casi 90 dólares entre los dos supermercados añadimos a la cuenta un primer repostaje de 21 dólares con el objetivo de huir de los precios probablemente más elevados del combustible a medida que nos acerquemos al Parque Nacional.

70 millas nos separan de la ciudad de Oakhurst en la que se encuentra la meta de hoy y el campamento base para las próximas etapas. A ritmo de Madonna y con unas vistas privilegiadas desde el parabrisas a los numerosos relámpagos que aterrizan sobre el estado de California, recorremos el último tramo aminorando la marcha por el temporal. Cuando alcanzamos el ya muy cercano a Yosemite pueblo de Mariposa y tenemos que enfilar una carretera de montaña hasta Oakhurst, la noche cae por completo. Unido a la lluvia que no para de caer y el agua evaporándose sobre el asfalto todavía caliente por un mediodía caluroso, la visibilidad se reduce y hacen que este último tramo transcurra de forma más pesada.

Una empinadísima cuesta al fondo de una calle nos da de bruces contra el porche de la casa de Conan, el anfitrión con el que contactamos hace apenas un mes a través de Airbnb para solicitar su habitación de la planta superior. No solemos reservar cosas con tan poca antelación, pero un cambio de planes a relativa última hora hizo que nos decantáramos por la zona de Oakhurst, a una hora al sur del valle de Yosemite, en lugar de la opción original de Twain Harte, al doble de distancia del centro del parque y en este caso accediendo desde el noroeste. La perspectiva de seis horas al volante cada día solo para entrar y salir del parque resultaba más y más aterradora según se acercaban las fechas del viaje.

Conan nos recibe con un paraguas, una sonrisa en la cara y ese áurea que solo desprenden las personas que parecen haber llegado a un envidiable estado de equilibrio y paz consigo mismas. Parece joven -diría que por debajo de los 50 años- y resulta obvio nada más verle que se esfuerza por mantenerse en forma. Nos da la bienvenida a su hogar y, tras ofrecerse insistentemente a ayudarnos a descargar nuestras cosas, nos enseña el nivel superior en el que los alojaremos. Antes pasamos por su cocina y su salón, decorados con gusto pero sencillez e impecablemente ordenados. Arriba nos espera un cuarto de baño completo y de dimensiones más que suficientes para nosotros dos y una habitación con todo lo que podríamos desear: un triple armario empotrado que esconde en su interior un pequeño frigorífico para nuestro uso personal, un escritorio, un televisor de 32 pulgadas colgando de la pared y ante él una cama pequeña para los estándares norteamericanos, pero que será suficiente para nosotros dos. Completan la postal una mesa auxiliar con tazas, cafetera y cápsulas de café y una moqueta en perfecto estado. En el frigorífico contamos ya con algo de leche y dos cupcakes caseros de chocolate y mantequilla de cacahuete tan excesivos como sabrosos.

Una bomba en forma de cupcakes

Tras darnos las indicaciones sobre convivencia y normas de la casa -siendo la más importante no boicotear la fosa séptica-, entramos nuestra pesada carga que consiste en nuestro equipaje original, las bolsas de ropa y calzado obtenidas por la mañana y las tres o cuatro de alimentación obtenidas por la tarde. Como vamos a pasar varios días aquí, deshacemos por completo nuestras maletas y ordenamos nuestra ropa en el armario. Con todo en su lugar adecuado y ya descalzados, solo queda descansar cuando el reloj marca las 21:30 y la lluvia y el viento todavía suenan contra las ventanas de la habitación. Ha sido un día de transición y relativo descanso en el que lo peor ha sido sobrellevar el cansancio y las quemaduras de la jornada anterior, pero quizás haya sido lo mejor que podíamos haber hecho ya que mañana volvemos a la acción. Mañana, tras seis años en deuda, comenzaremos a saldar cuentas con Yosemite National Park.