De Palma de Mallorca a San Francisco

Día 0 | 9 de junio de 2017

Mapa de la etapa 0

¿Equipaje? Listo. ¿Batería del portátil? Cargada. ¿Batería del móvil? Cargada también. ¿Baterías de la cámara? Que sí, que todo cargado. ¿Tarjetas de embarque, pasaporte, auriculares? A ver, que no es el primer viaje que hacemos. Todo está bajo control. Vamos al lío.

Junio de 2017. Nueve meses han pasado ya desde el retorno de nuestra última aventura turística, aquélla en la que visitamos parte de las Montañas Rocosas de Canadá y los Estados Unidos. 265 días han pasado en los que la vida ha transcurrido intercalando rutina y cambios, siendo el más relevante un cambio de empleo a mejor.

Pero llevamos ya la mitad de un nuevo año recorrido, y con un nuevo año llegan nuevos viajes. Y decimos viajes y no viaje, ya para 2017 cambiamos nuestra estrategia y sustituimos el ya tradicional gran viaje de más de 20 días por tres viajes más cortos pero espaciados en el tiempo con el fin de evitar esas largas y agónicas esperas sin un solo día de vacaciones que echarse a la boca.

¿Y cuál es el primero de esos tres viajes? Pues uno que teníamos pendiente desde verano del 2011. Y es que por aquel entonces éramos unos inexpertos viajeros -más inexpertos que ahora, desde luego- más centrados en visitar ciudades que parajes naturales, motivo por el cual nuestro paso por el Parque Nacional de Yosemite fue de apenas un par de días durante los cuales solo tuvimos tiempo de atisbar ese amor por los National Parks estadounidenses que a partir de entonces protagonizaron la mayoría de nuestros viajes hasta la fecha.

Es hora de ver Yosemite en condiciones. Es hora de volver. Así que lo que nos espera hoy es el largo camino desde Palma de Mallorca hasta San Francisco previo paso por la suiza Zurich. Tras día y medio revisitando la ciudad en la bahía pondremos rumbo al este hasta alcanzar uno de nuestros Parques Nacionales favoritos del que esperamos poder disfrutar en toda su plenitud... o casi toda, ya que sabemos de antemano que uno de sus accesos principales estará cerrado con casi total seguridad debido a la nieve que todavía no han podido retirar de las carretera tras un invierno de cifras récord.

Como cada viaje que tiene como punto de partida una pequeña isla en el Mediterráneo, esta historia comienza con un aeropuerto. Bueno, sí, podría empezar en un puerto, pero ni L es amiga de navegar ni a ninguno de los dos nos hace gracia empezar el periplo con un transporte que tarda entre 4 y 8 horas en recorrer 300 míseros kilómetros. Así que nuestro primer destino es un Aeropuerto de Son Sant Joan al que llegamos dos horas antes de la salida de nuestro primer vuelo tras sufrir solo una pequeña parte del tráfico que cada mañana de día laborable se acumula en la Autopista de Levante.

Nuestros vuelos van esta vez a cargo de Swiss, nuestra compañía favorita y que nunca nos ha defraudado. Por algo más de 600 euros por persona la compañía suiza nos colocará en Zurich tras un par de horas sobrevolando Europa y, tras una escala de una hora, nos lanzará hacia el Atlántico para finalmente atravesar Estados Unidos de este a oeste y tocar tierra en California.

Para nuestro gozo y sorpresa los mostradores de facturación de la compañía están completamente desiertos a nuestra llegada con la excepción del empleado que espera tras el ordenador a que lleguen los primeros viajeros. Así que todo el proceso de presentar pasaportes y facturar equipaje -21,5 kg de mi gigantesca maleta y 17 kg de la de L- enseguida estamos enfilando la escalera mecánica hasta el control de seguridad. El proceso de facturación nos sirve para descubrir que nuestros asientos del primer vuelo se han avanzado una fila, estando originalmente en la 5 para pasar a la 4. No es ningún problema ya que los nuevos asientos siguen cumpliendo el objetivo de salir del avión con la mayor brevedad posible para tener margen suficiente para llegar a la siguiente puerta de embarque.

Por haber venido con tanta antelación y no haber encontrado atascos ni aglomeraciones, nos quedan ahora dos horas de espera frente a una puerta de embarque que a nuestra llegada todavía está engullendo pasajeros del vuelo anterior de Vueling con rumbo a Barcelona. La espera no se hace tan pesada como cabría esperar gracias a disponer todavía de tarifa de datos en el móvil y una gloriosa toma de corriente con la que no malgastar un valioso porcentaje de batería en un día como el de hoy. Tras varias visitas por las redes sociales y un buen puñado de partidas al Clash Royale -malditos compañeros de trabajo que me han enganchado- se inicia un rapidísimo embarque que termina con todo el pasaje a bordo en apenas 15 minutos.

Las alturas nos esperan

Nuestros asientos de la fila 4 son honrosamente amplios y cómodos, especialmente si los comparamos con las estrecheces de los vuelos low-cost que solemos tomar hasta la península. Tras el ritual de los anuncios por megafonía y las instrucciones de seguridad de la tripulación -en alemán e inglés-, el avión suelta el freno de mano a las 10:13 y enfila la pista de despegue.

No pasan ni 10 minutos desde que estamos en el aire cuando Swiss vuelve a hacer lo que mejor saber hacer: atiborrarnos a comida. Y lo hace comenzando con un pequeño bocadillo a elegir entre queso o pollo con mostaza. De postre, una pequeña porción de chocolate suizo que sabe a gloria. Swiss ha descubierto el "berenar" mallorquín y se le da de maravilla.

Chocolaaaaate...

Acompañamos la chocolatina con el visionado del capítulo del El Ministerio del Tiempo emitido la noche anterior y convenientemente descargado horas antes desde casa para poder disfrutarlo sin conexión. Ser viajero y ministérico no está reñido.

Alonso de Entrerríos en las alturas

Dos horas después de haber despegado el cielo de Zurich nos reciben con nubes que no alcanzan a cubrir por completo el paisaje, permitiéndonos disfrutar por aquí y por allá de los idílicos prados verdes y construcciones de tejados picudos del país centroeuropeo. Nuestros compañeros de vuelo más cercanos comprueban sus tarjetas de embarque y por el rabillo del ojo descubrimos que se dirigen hacia Los Ángeles con salida a exactamente la misma hora que nosotros.

La verde Suiza

Ya en tierra y tras superar varios vestíbulos de lujosas tiendas y un kiosco para probar un dispositivo de realidad virtual -lástima ir con el tiempo justo- alcanzamos el primer control de pasaportes del día, el cual superamos en un abrir y cerrar de ojos tras el "Gracias" del agente de inmigración. Unos turistas asiáticos tienen que guardar turno por partida doble tras colocarse primero en las ventanillas solo habilitadas para ciudadanos de la Comunidad Europea.

Debemos ahora desplazarnos hasta las puertas de embarque E, separadas de nuestra posición actual por lo que ya conocemos familiarmente como el "tren de la vaca": un servicio de transporte interno del aeropuerto que en menos de un minuto conecta las dos terminales y durante el trayecto obsequia a los visitantes con sonidos de la naturaleza incluyendo, como podéis imaginar, el mugido de una vaca.

Alcanzamos la puerta de embarque E53 algo antes de las 12:10, hora que figura en nuestras tarjetas de embarque como momento en el que debería empezar la entrada de pasajeros. Sin embargo la cosa parece ir para largo, ya que tras un nuevo control de pasaportes disfrutamos de una larga media hora para navegar por Internet gracias al código de dos horas de uso que unos kioscos ofrecen tras escanear la tarjeta de embarque.

Esperando al embarque (según un turista)
Esperando al embarque (según un fotografo)

Sin ninguna prisa por entrar en el avión -¿para qué, si cabemos todos?- nos unimos a la cola del embarque cuando ya avanza a toda velocidad y, previo paso por la zona de butacas business donde varios adinerados pasajeros están ya disfrutando de una copa de champán, alcanzamos nuestros asientos de la fila 27 a bordo del nuevo buque insignia de Swiss estrenado el año pasado, un Boeing 777-300ER con capacidad para casi 400 personas.

Sentados y con el cinturón abrochado, es el momento de evaluar cómo serán las condiciones de nuestro viaje. Por la ventanilla tendremos un espectáculo parcial ya que estamos situados exactamente sobre la ala derecha, obstaculizando en gran parte las vistas hacia el suelo. El espacio para las piernas, correcto pero sin excesos. El entretenimiento a bordo parece aceptable destacando algunas películas como Lego Batman, Logan, La La Land o Figuras Ocultas. Se agradece el puerto usb situado junto a la salida para auriculares para poder mantener la batería de nuestros móviles cargada durante todo el viaje. Pero dejamos para el final lo mejor: no hay señal de bebés ni niños revoltosos hasta donde nos alcanza la vista, y en nuestra serie de tres asientos nosotros dos somos los únicos ocupantes. Ese asiento extra y su bandeja serán muy de agradecer durante las 11 horas que nos esperan cerrados en cabina.

Despegamos rumbo al noroeste alrededor de las 13:30 y, ya estabilizados en el aire, vemos los últimos 20 minutos de El Ministerio del Tiempo junto a una nueva ronda de la operación "empachemos a nuestros clientes", esta vez consistente en una bolsita de galletitas con aceite de oliva y un refresco. Apenas ha pasado media hora desde ese aperitivo cuando llega el turno de la comida, obligándome a dejar a medias la redacción de los primeros párrafos de este diario y dejar espacio en la mesa para una bandeja con una ración de pasta carbonara, una ensalada, pan, queso y un bizcocho con arándanos. Algo mejor que la pasta resulta estar el plato de pollo que escoge L.

Mi almuerzo
Su almuerzo

Coincidiendo con nuestra primera vez paseando por el pasillo para estirar las piernas y visitar los servicios, la tripulación reparte los formularios de inmigración para entrar en los Estados Unidos. Aunque la introducción incluye "relaciones domésticas" como tipo de relación familiar seguimos indicando de forma individual que viajamos sin miembros de la familia ya que al no estar casados ni formalizados de ningún modo siempre tenemos la incertidumbre de lo que pueden considerarnos en los E.E.U.U. Entre unas cosas y otras, llevamos ya camino de 3 horas en el aire y pasan las 16:00 cuando retiran nuestras bandejas, alcanzo en la redacción del diario el presente -exactamente este párrafo- y dejo de escuchar a Muse en directo -otra perla escondida en el catálogo de entretenimiento a bordo- para dar paso a la primera película del vuelo.

Sospechaba que The Lego Batman Movie iba a ser divertida, pero es mejor que eso. 100 minutos frenéticos con tanto guiño y tanta referencia tanto al universo DC como a la ficción "geek" en general que por momentos puede resultar hasta excesivo, si es que eso es posible. Son las 18:00 en España, 9:00 en California y todavía nos quedan unas largas seis horas y media hasta alcanzar nuestro destino.

Las opciones para entretenerse a bordo están resultando un tanto fallidas. Sí, el sistema integrado en la pantalla de los asientos tiene un catálogo interesante de películas, pero ni una sola viene acompañada de subtítulos en español o siquiera en inglés, siendo únicamente alemán y árabe las opciones a seleccionar en la mayoría de las cintas. El conector USB parece ser suficiente para cargar un teléfono móvil, pero no para hacer lo propio con la batería del pequeño portátil que llevamos con nosotros, un Asus Transformer T100 que se alimenta por micro-usb y espera recibir 2500 mAh en lugar de los habituales dos amperios. Así que tras mi visionado de Lego Batman y un capítulo de Riverdale por parte de L, apenas contamos ya con un 36% de batería que preferimos racionalizar dada la cantidad de horas que quedan por delante. Así que tiramos de recursos de emergencia: L hace de tripas corazón y ve La La Land con doblaje en español latino -afortunadamente las canciones siguen siendo las originales- y yo paso a usar el teléfono móvil como reproductor para ver la primera parte de un curso de cuatro horas sobre Adobe Photoshop y acto seguido un capítulo de la segunda temporada de The Flash. Durante esto último y cuando en San Francisco se acerca el mediodía llega una nueva tanda de comida basada en un nuevo bocadillo pequeño, esta vez de roastbeef con pepinillo. Un par de horas antes se nos había obsequiado con un helado tan, tan frío y duro que era imposible hincarle el diente hasta pasados varios minutos. Son las 21:30 en España, las 12:30 en San Francisco y todavía nos quedan tres horas sobrevolando Norteamérica hasta tomar tierra.

En nuestro tercer paseo estirando las piernas hasta el baño recordamos una característica del vuelo que habíamos leído en la web de Swiss pero no recordábamos: en los espacios "comunes" los pasajeros pueden servirse de una selección de pastas, bocadillos y helados como los que la tripulación ha ido ofreciendo durante el vuelo. Aprovechamos la ocasión para coger un nuevo bocadillo pequeño cada uno, y es que a falta de entretenimiento por lo menos no pasaremos hambre.

Cuando menos de una hora después la tripulación empieza a repartir calzones calientes -sí, sé cómo ha sonado- la idea de haber cogido un bocadillo por nuestra cuenta deja de parecer tan buena. Nos comemos la hermana fea de las pizzas -¡Hola, Ben Wyatt!- porque cuando pasas tantas horas encerrando en un espacio reducido no dices que no a nada que te ofrezcan para entretener la mandíbula, pero terminamos empachados. La chocolatina que reparten posteriormente la reservamos para el postre de celebración cuando hayamos tocado tierra.

Y eso sucede alrededor de las 15:30 según el horario de California, unas 11 horas después de que el avión despegara de las pistas del Aeropuerto de Zurich. Y hay que reconocer que, en el global, ha sido un viaje más placentero que la media. La ausencia de pasajeros ruidosos -adultos y no tan adultos- y el contar con tres butacas para los dos con el espacio y margen de movimiento extra que eso supone han conseguido que las 11 horas, aunque largas, hayan sido relativamente plácidas. Tomamos tierra sin haber tenido la oportunidad de vislumbrar la Bahía de San Francisco por la ventanilla, en parte por la gigantesca ala que nos tapa la visibilidad y en parte porque la trayectoria, de norte a sur tras sobrevolar la ciudad canadiense de Jasper -recuerdos- y el Monte Rainier -más recuerdos-, ha pasado de largo la bahía dejándola a mano izquierda del avión, exactamente en el lado opuesto respecto a nuestros asientos.

Comienza el periplo habitual de los controles de inmigración para la entrada en Estados Unidos. Con la ESTA -el formulario de preautorización para entrar al país- cumplimentada y el formulario de aduanas que reparten durante el vuelo rellenado y listo para entregar nos dirigimos hacia la zona de kioscos "APC" a los que podemos acceder gracias a que no es nuestro primer acceso al país utilizando la preautorización actual. El trámite del kiosco termina como siempre: con nuestra foto y nuestras huellas registradas pero un recibo con una inmensa X sobre la que se nos indica que debemos pasar de todos modos por las ventanillas de revisión manual. Afortunadamente la cantidad de gente esperando turno en estas ventanillas es menor que si no hubiéramos podido empezar el trámite a través de los kioscos.

Llega nuestro turno cuando un oficial de color nos hace señas para que avancemos, y por primera vez decidimos acceder al mostrador juntos pese a que oficialmente no seamos familia -10 años viviendo juntos pero sin burocracia es lo mismo que nada a efectos oficiales-. Tras las preguntas de rigor -a qué venimos, cuántos días estaremos...- y un nuevo registro de huellas dactilares y fotografía el agente sella los recibos, los introduce en nuestros pasaportes, nos los devuelve... y se despide de nosotros. Esto puede parecer una tontería, pero no lo es. Mientras yo jamás he tenido problema en este trámite, tanto L como sus familiares -su padre y su hermano, por lo menos- siempre eran "seleccionados" para una inspección secundaria en lo que se conoce como "el cuartelillo". La leyenda urbana dice que en la mayoría de los casos esto es consecuencia de compartir apellidos con algún delincuente buscado, pero el caso es que este 9 de junio de 2017 a L le han dejado seguir sin más contratiempos. Un día histórico.

Todavía asombrados por la novedad, nos plantamos en las cintas de equipaje y no tenemos que esperar ni 10 segundos para encontrar nuestras maletas circulando cerca de nuestra posición. Nos hacemos con ellas y nos dirigimos a la cola de salida tras la cual entregamos el recibo de inmigración sellado y se nos da oficialmente la bienvenida a San Francisco. Pero no es allí hacia donde vamos todavía. Siguiendo las señales y mediante un ascensor subimos hasta la cuarta planta de la terminal, donde nos espera el andén de la línea azul el "Airtrain", el tren que conecta las distintas instalaciones del aeropuerto y cuenta entre sus paradas con la oficina de alquiler de vehículos.

Nos espera el mostrador de Álamo junto a los de la competencia habitual de National o Avis entre otros. Nos atiende el hombre con el acento más complicado de toda California, hasta el punto que fruto de la confusión casi accedemos a pagar un seguro adicional y el extra por el que no es necesario rellenar el depósito antes de devolver el vehículo. L está más despierta a estas alturas y coge la iniciativa de la conversación a tiempo, declinando todos los ofrecimientos para que no haya necesidad de pagar ninguna otra cantidad respecto a la que ya traemos contratada mediante un portal de Internet. Recibo en mano enfilamos el camino hasta el garaje donde un hombre más agradable y fácil de entender que el anterior nos señala la fila de coches de la categoría "Midsize SUV" para que escojamos el que queramos. Por el camino nos hemos cruzado ya con varias camisetas y gorras de los Golden State Warriors, el equipo de baloncesto de la cercana Oakland que esta noche podría ganar al anillo de la NBA con un contundente 4 a 0 frente a los Cleveland Cavaliers -spoiler: no lo hizo-.

Son dos las principales características que estudiamos mientras paseamos frente a varios modelos de Jeep, Hyundai, Nissan o Ford entre otros. La primera y más crítica, que el maletero sea suficientemente grande como para dar cabida a nuestras grandes maletas y una vez cerrado no haya ninguna pista de lo que alberga en su interior. Lo segundo, que la radio a bordo sea capaz de conectarse por Bluetooth con nuestro teléfono, ya que gracias a Spotify Premium eso nos garantizará toda la música en carretera que queramos durante las muchas horas al volante que se nos avecinan.

Tras pedir consejo a un empleado con el que terminamos hablando en español nos subimos a bordo del Nissan Rogue, el coche que ya de inicio mejor aspecto tenía por fuera y que para colmo venía identificado con una matrícula de Arizona, lo que ya debíamos haber interpretado desde el principio como una señal de que ese sería el elegido -tenemos debilidad por Arizona debido a viajes anteriores-. Tras los minutos de rigor familiarizándonos con los mandos nos ponemos en marcha sin necesidad de embrague y salimos volando hacia... bueno, hacia ninguna parte.

Es un viernes y son las cinco de la tarde. Eso, en cualquier ciudad desarrollada, es sinónimo de "hora punta". Y nadie sabe organizar atascos descomunales como los estadounidenses, con sus sobredimensionados vehículos capaces de colapsar autopistas de hasta cinco carriles. Ahí queda atrapado nuestro Nissan Rogue, al que le costará una hora recorrer los apenas 50 kilómetros que nos separan de Alameda, la zona residencial en la que nos espera nuestro primer alojamiento del viaje.

Cuartel general de Zynga, los creadores de Farmville
'Hey, por lo menos no es el tráfico de Los Ángeles'

Son las 18:30 cuando aparcamos frente a la dirección que indica nuestra reserva mediante el portal Airbnb. Nos recibe Hilma, una mujer que debe estar entre los 50 y los 60 y derrocha amabilidad por los cuatro costados. Tanta como su marido, que apenas puede aguantar unos segundos de conversación antes de pedirnos disculpas por -según sus palabras- su lamentable President. Tal y como está el clima político en este país no tenemos intención ninguna de enfrascarnos en discusiones sobre política, pero es agradable que pongan las cartas sobre la mesa para evitar algún comentario inintencionadamente polémico.

La primera agradable conversación con nativos del viaje transcurre mientras Hilma nos enseña las instalaciones a las que tenemos acceso: su cocina, en la que podemos usar todos los electrodomésticos salvo el hornillo, y el cuarto situado en el piso superior en el que nos alojaremos, con una cama de tamaño medio -pequeña para los estándares del país- y cuarto de baño propio. Es más que suficiente para nosotros dada nuestra prioridad de ahorrar costes respecto al carísimo alojamiento en el corazón de San Francisco.

No podemos evitar echarnos en la cama y disfrutar de la conexión a Internet durante una larga hora, tras la cual comenzamos a revisar nuestro equipaje y decidir qué hacer para no sucumbir a la tentación de irnos a dormir pese a que en San Francisco todavía sean las ocho de la tarde. Y es que llevamos ya 23 horas en pie pero hay que aclimatarse cuanto antes al nuevo horario para no arrastrar vicios europeos más de lo necesario.

Aunque no tengamos demasiada hambre decidimos salir a la búsqueda de algo para cenar con el objetivo de mantenernos entretenidos y adaptar también el estómago al nuevo horario. Tras un par de kilómetros aparcamos frente a un Walgreens, pero no encontramos demasiada oferta de comida mínimamente elaborada. Probamos suerte sin muchas esperanzas en el Starbucks colindante pero los seis dólares y medio de una bandeja con medio sándwich se nos antojan demasiado. Así que volvemos a coger el coche y tras unos tres kilómetros nos plantamos en un pequeño centro comercial exterior que cuenta con un local de la cadena de supermercados Safeway. Tenemos aquí más suerte al encontrar mucha más variedad donde elegir, resultando la opción ganadora una ensalada césar para L, un burrito de pollo para mí y una ensalada de patata para compartir. Regresamos al vehículo y a las 21:00 estamos ya de nuevo en nuestra habitación terminando nuestra improvisada cena y preparados para ir a dormir.

Finaliza así un día cero en el que lo único que se puede lamentar, y era algo inevitable, es que ha sido largo, muy largo. Son las 6 de la mañana en España y se cumplen 24 horas desde que nos pudimos en pie en Mallorca, pero es el precio a pagar por estas visitas a la Costa Oeste de los Estados Unidos. Con la esperanza de recuperar las energías perdidas y despertar ya aclimatados y listos para la acción, apagamos la luz en compañía del fichero MP3 de "sonido de lluvia" que también utilizamos en casa para amortiguar posibles ruidos del exterior. Parece un barrio tranquilo, pero el viento que sopla y la bocina del tren que pasa esporádicamente por las vías cercanas podrían darnos algún problema.