La noche de Reyjkavik no es mala despedida

Día 9 | 9 y 10 de septiembre de 2017

Mapa de la etapa 9

Todo debe terminar, incluido este viaje. Pero irse de Islandia para regresar a España tiene una peculiaridad buena y mala a partes iguales: que los vuelos salen de madrugada. La parte negativa, que ya sufriremos dentro de unas horas, es que estar condenados a un vuelo nocturno provocará una notable falta de sueño en futuros días. Pero la buena y que podemos disfrutar desde ya, es que pese a ser nuestro último día de viaje tenemos todavía mucho tiempo por delante.

Y ese tiempo comienza con un despertar más tardío del habitual en el camping de Selfoss, 50 kilómetros al este de Reyjkavik. La noche anterior, más larga de lo habitual disfrutando de la compañía de M y A y de las auroras que a última hora decidieron visitarnos, ha provocado que por una vez no abriéramos los ojos alrededor de las seis de la mañana cuando el interior de nuestra furgoneta comenzaba a iluminarse. Así que no es hasta pasadas las ocho de la mañana cuando salimos al exterior y disfrutamos de las que en perspectiva han resultado ser una de las mejores instalaciones que esta vez hemos encontrado acampando esta vez en Islandia. En contra de lo que cabría esperar, la reciente obligación de pernoctar en estas instalaciones y el significativo aumento de precios que han sufrido en los últimos dos años no han venido acompañados de una mejora en los servicios y el mantenimiento de las instalaciones, y en algunas ocasiones pagar los entre 20 y 30 euros que cuesta permanecer durante una noche a cambio de un trozo de césped y unas instalaciones infradimensionadas y mal mantenidas no es plato de buen gusto. Afortunadamente el caso de Selfoss no entra en ese lamento ya que tanto las amplias duchas calientes como el enorme salón comedor en el que pasamos un largo rato cargando nuestros dispositivos electrónicos bien valen las coronas que hemos pagado. Por poner algún pero, la conexión a Internet del recinto podría ser algo más rápida, ya que tras varios minutos batallando con su escasa velocidad y estabilidad decidimos seguir utilizando nuestra conexión de datos.

Un agradable rato en el comedor

Regresamos hasta la furgoneta para comenzar a guardarlo todo pensando ya en la confección del equipaje para nuestro vuelo de vuelta. Nos lo tomamos con tanta calma, que pasan ya las 11:00 de la mañana cuando no nos queda nada más que hacer en Selfoss y es hora de ponerse al volante. ¿Y dirigirnos hacia dónde? Eso es algo que todavía debemos decidir.

Cerrando el dormitorio por última vez

Este último día en Islandia no ha amanecido con la mejor meteorología posible. Aunque de momento no tengamos lluvia, el cielo permanece totalmente cubierto y el agua puede comenzar a caer en cualquier instante. Este escenario resta muchos puntos a lo que era nuestra primera opción para comenzar el día: visitar el cráter de Kerid. Este cráter volcánico, ubicado a escasos 15 minutos al norte de Selfoss, tiene como principal atractivo el radioactivo color azul de las aguas que en su fondo reposan cuando el sol las ilumina. Sin embargo en ausencia de sol su vistosidad pierde muchos enteros, hasta el punto de plantearse si vale la pena pagar las 400 coronas por persona que cuesta acceder hasta él. En su lugar, decidimos conducir algo más hacia en esa misma dirección para ver nuevamente otra atracción turística que en su día visitamos con demasiadas prisas como para saborearlo. Nos vamos en busca del géiser de Strokkur.

Paramos antes en el supermercado Bónus en el que nos encontramos por primera vez con M y A, esta vez con el objetivo de comprar algunas chucherías típicas del país para llevar a los compañeros del trabajo. Con otra cosa tachada de la lista, iniciamos los 60 kilómetros hacia el área geotérmica de Geysir. El camino se hace largo… y cuando conseguimos llegar, empezamos a plantearnos si ha sido buena idea. Geysir reúne todo lo negativo de la creciente masificación y aumento de popularidad de Islandia, las cuales se hacen especialmente visibles en este “Círculo Dorado” cercano a Reyjkavik y que requiere de un menor esfuerzo y tiempo para visitarse que el resto del país. Ya desde el aparcamiento notamos una concentración de turistas que dos años atrás hubiéramos considerado impensable, y la sensación no mejora según nos bajamos del coche y nos adentramos en la zona vallada de piscinas termales y géiseres.

Llegamos al perímetro de Strokkur, en el que hay ya decenas de personas esperando a una nueva erupción. Es precisamente la frecuente y regular actividad de este géiser, cuyas erupciones nunca se separan más de ocho minutos la una de la otra, la que resulta tan atractiva para los turistas que saben que no deberán esperar demasiado para contemplar cómo las aguas saltan por los aires una media de entre 15 y 20 metros de altura, si bien bajo determinadas circunstancias se han llegado a registrar erupciones de hasta 40 metros. Todo lo contrario ocurre con su vecino Geysir, que pese a ser el géiser en activo más alto que se conozca -80 metros de altura le conceden ese reconocimiento- puede permanecer inactivo durante años.

Apenas han pasado dos minutos desde nuestra llegada cuando el Strokkur sale a saludar y vuelve a la tranquilidad en cuestión de segundos. La gente se disipa enseguida, pero decidimos quedarnos para una nueva ronda ya que esta vez estamos aquí con mucho más margen de tiempo que en la visita anterior. Con la cámara apoyada en el pecho, el botón sobre el disparador y la cámara de acción grabando continuamente desde el suelo, esperamos pacientemente a poder capturar todo lo posible un nuevo salto sin renunciar a disfrutar de la erupción con nuestros propios ojos. Llega el momento, lo vivimos, recogemos nuestras cosas y nos vamos a hacer una parada rápida en la tienda y restaurante que preside la zona.

Strokkur en seis instantes

Los que nos espera en su interior es un descomunal… infierno. Las grandes dimensiones del local todavía son disfrutables cuando atravesamos la recepción y el pequeño supermercado junto a ella, pero cuando se alcanza la zona de la tienda de ropa y recuerdos ya solo ves gente. Hormigas moviéndose de un lado para otro en una superficie que no está preparado para tal cantidad de personas ocupándola al mismo tiempo. Ante tal panorama, pasamos en el interior el tiempo mínimo necesario para visitar los baños y cruzarnos, según nos dirigimos hacia la salida, con un cesto en el que se venden latas de “aire islandés enlatado”. Ni me molesto en mirar el precio.

El infierno islandés

Salimos pitando de Geysir sin pensarlo dos veces. Damos por concluidas las visitas por ahora y decidimos poner ya rumbo hacia las oficinas de Happy Campers, en las que esperan su furgoneta de vuelta en menos de tres horas. Realizamos varias paradas durante el camino: la primera en una gasolinera de la siempre más barata franquicia Orkam para llenar el depósito por última vez, y la segunda en un nuevo supermercado bonus a 80 kilómetros del destino. Nos hacemos con algo de comida de emergencia para la sobremesa de hoy -para la cena tenemos otros planes- y nos dirigimos hacia la zona de Reyjkavik que deberemos atravesar para llegar finalmente hacia las inmediaciones del aeropuerto de Keflavik donde espera nuestra empresa de alquiler.

Probablemente el tráfico de Reyjkavik sea anecdótico en comparación con el de grandes ciudades. Demonios, apenas hace dos meses que estuvimos en San Francisco y aquello sí que eran atascos. Pero tras ocho días conduciendo con la naturaleza como única compañía las rotondas, semáforos e infinidad de cruces que debemos superar para pasar de largo la ciudad nos recuerdan que hemos vuelto a la civilización. Con alegría contemplamos como el horizonte se vuelve a abrir cuando solo quedan por recorrer los últimos 40 kilómetros hasta la oficina de alquiler, y hacemos antes una última parada para rellenar con 1000 coronas los litros de gasolina quemados desde el último repostaje y asegurar así que cumplimos la cláusula “lleno-lleno” del contrato.

Nueve días después, regresamos a Happy Campers. Nos recibe uno de los empleados que se encargan de revisar el interior y el exterior del vehículo durante su devolución, y enseguida nos da luz verde y nos insta a entrar en la oficina para esperar a que nos trasladen sin coste hasta el aeropuerto. Entramos para de paso dejar en la “green zone” las -pocas- cosas de alimentación que nos han sobrado, y al hacerlo nos encontramos con el altísimo y rubio Jón, empleado con el que intercambiamos varios correos durante la reserva y que nos obsequió con ese agradecido 10% de descuento cuando supo que éramos clientes reincidentes. Nos saludamos y le pregunto por su experiencia en Finlandia, donde ha pasado los últimos días viendo a la selección islandesa de baloncesto perder todos sus partidos del campeonato de Europa. La conversación no dura mucho porque enseguida estamos todos listos para que él mismo nos lleve hasta el aeropuerto en la “Happy Shuttle”. Nos acompañan entre otros una pareja de canarios que ha estado visitando el país durante exactamente las mismas fechas que nosotros.

Todos los “ex-Happy Campers” se bajan de la furgoneta frente a la terminal de Keflavik excepto nosotros. Para nosotros la visita todavía no ha terminado, y es que con tal de evitar una interminable espera de siete horas en el aeropuerto, decidimos invertir un pequeño extra en alquiler un turismo durante esta tarde para poder pasar el rato cenando en Reyjkavik. Por ese motivo Jon vuelve al volante y nos conduce hacia la zona de oficinas de alquiler a escasos dos minutos de la terminal, donde no sin esfuerzo localizamos el local de la compañía Enterprise.

Pese a tener la reserva ya realizada y pagada, el trámite de recoger nuestro Volkswagen Golf es exasperante. Los tres empleados atendiendo a clientes dedican una media de entre 15 y 20 minutos en atender, resolver dudas, procesar la reserva, ir a buscar el vehículo y dar orientaciones a su nuevo conductor para cada uno de los tres clientes que tenemos ante nosotros. No necesitan tanto tiempo para nosotros, y alrededor de las 17:00 estamos ya rodando sobre un coche que hace sonrojar en potencia y comodidad a la castigada Ford Transit que nos ha acogido durante estos días.

Menudo cambio...

Disfrutando de la comodidad de los asientos de nuestro Golf prácticamente a estrenar y de la suavidad de su conducción pero sufriendo con una lluvia que nos obliga a activar el limpiaparabrisas cada vez a mayor velocidad, son las 18:00 cuando llegamos a uno de los referentes de la capital islandesa tras aparcar en una calle cercana en la que hoy, por ser sábado por la tarde, ya se puede estacionar gratuitamente. No tardamos en rodear la iglesia de Hallgrímskirkja. Su color blanco pálido y su extraña forma a medio camino entre los tubos de un órgano y las columnas de basalto la hacen el lugar perfecto para continuar rellenando la tarjeta de memoria si no has tenido suficiente con retratar toda la naturaleza de los días anteriores. Por desgracia, esta vez su fotogénica fachada está algo deslucida por los andamios que a lado y lado siguen instalados durante las labores de limpieza.

Aparcados en Reyjkavik
Hallgrímskirkja de nuevo
El andamio no es lo más deseable
Hallgrímskirkja desde muy cerca

Decidimos hacer un breve recorrido a pie por la zona más típica de la ciudad, comenzando por el descenso hasta la escultura del “Viajero del sol” junto al mar. Por el camino adelantamos a una pareja con su hija pequeña que nos resultan muy familiares: cuando el padre llama a su niña por su nombre, lo recordamos todo. Son la pareja de catalanes que estaban comiendo en la mesa junto a la nuestra en la granja y restaurante Vogafjós de Myvatn, en la otra punta del país. En Islandia esto debe ocurrir a menudo a muchos turistas.

Aquí toma el café La Guardia de la Noche
Callejones de Reyjkavik

Nos encontramos el Sun Voyager relativamente tranquilo, con gente esperando a su turno para hacerse la foto de rigor pero nada agobiante. Escuchando a unos y a otros, tenemos la sensación de que Reyjkavik está llena de españoles deambulando hasta que llegue la hora de su vuelo de regreso. Como regalo de despedida para todos nosotros, la ciudad nos regala una bajada de temperaturas que, combinada con una creciente humedad, consigue que tengamos más frío que durante la mayor parte de nuestro viaje.

Sun Voyager, más tranquilo que en otras ocasiones

Pasamos por delante del centro de conciertos y conferencias Harpa, un edificio acristalado que luce su mejor cara cuando los rayos de sol rebotan en su interior y vuelven a salir generando brillos por toda su fachada. No termina aquí nuestro itinerario urbano, ya que queremos introducir en él antes de terminar un nuevo elemento que nos hace especial ilusión. Apenas a un kilómetro de Harpa tenemos el Ayuntamiento de Reyjkavik, y junto a él un lago que, sin haberlo visitado nunca, tenemos ya muy visto. Se trata de Reykjavikurtjörn, y ya nos resulta familiar porque en muchas ocasiones lo hemos visto a través de la webcam instalada en la fachada frente a él. Las aguas que hace unos meses estaban completamente congeladas y permitían a los locales caminar sobre ellas ahora acogen a decenas de patos que, a tenor de sus gritos y sus gestos de desconfianza cuando nos acercamos a ellos, no parecen muy amistosos. Al igual que hicimos en Jokulsarlon, posamos para la cámara tras la cual está un amigo tomando capturas de pantalla para el recuerdo desde Mallorca. Cuando el frío ya es totalmente insoportable y el hambre empieza a aparecer, ponemos en marcha la operación “última cena” que tenemos ya prevista desde antes de que comenzaramos el viaje.

Harpa, esta vez solo desde fuera
Saludando a otra webcam
¡Hola otra vez
Fauna autóctona
La loca de los patos...
Desconfiados

No podemos irnos de Islandia sin volver a disfrutar de las hamburguesas de Fabrikkan, una franquicia local que dos años atrás descubrimos -y repetimos- a través de sus locales en Akureyri y en el centro comercial Kringlan de la capital. Precisamente a este segundo nos dirigimos, y lo encontramos abierto pese a que el resto del centro comercial esté ya cerrado a cal y canto. Dudamos durante un segundo qué elegir de la carta ante tal oferta de diferentes carnes y condimentos, pero en realidad lo teníamos claro desde antes de entrar: las “lamburger” de carne de cordero son algo a lo que no tenemos acceso todos los días. Lo acompañamos con unos nuggets de pollo que en realidad eran completamente innecesarios, y disfrutamos como esperábamos de la sabrosa carne de cordero deshaciéndose junto al pan. No es barato tras añadir la bebida -7700 coronas, unos 58 euros al cambio- pero queda lejos de la dolorosa cuenta del restaurante de Myvatn.

¡ÑAM!

Antes de dar por cerrada nuestra fugaz visita a Reyjkavik y en vista de que todavía quedan cuatro largas horas para que salga nuestro vuelo, hacemos una nueva parada en la iglesia de Hallgrímskirkja. L se queda en el coche atemorizada por el frío, pero yo no puedo dejar pasar la oportunidad de fotografiarla de noche con sus falsas columnas de basalto iluminadas. En el frío nocturno puedo disfrutarla con mucha mayor tranquilidad, solo interrumpida por algún grupo de jóvenes que ha acordado encontrarse frente a la iglesia antes de dar el pistoletazo de salida a una noche entre amigos. La blanca fachada de Hallgrímskirkja es terriblemente fotogénica bajo la luz artificial, y solo las molestas gotas que no consigo evitar entorpecen unas fotos con las que me marcho muy satisfecho.

Hallgrímskirkja... de noche
Mucho más tranquilo que hace unas horas
Cuando la lluvia te estropea una buena foto

Ahora sí, se acabó Islandia. Es hora de deshacer el camino hasta Keflavik y devolver un coche que, por 33 euros gracias a canjear puntos acumulados en viajes anteriores bajo el programa de fidelidad Miles & More, consideramos una buena inversión visto lo que nos ha proporcionado a cambio. Conducimos sin ninguna prisa y en compañía de programas antiguos del “Nadie sabe nada” de Andreu Buenafuente y Berto Romero, aprovechando que junto al Golf tenemos por fin la posibilidad de escuchar el audio de nuestros teléfonos móviles mediante la tecnología Bluetooth. Son las 22:20 cuando estamos de nuevo frente al mostrador de Enterprise tras verificar que el coche está en perfectas condiciones tras apenas unas horas de uso. Refugiándonos del frío, esperamos en el interior de la oficina a que llegue el autobús que gratuitamente conecta las oficinas de alquiler de coches con la terminal del aeropuerto.

Esperamos durante una larga media hora a que llegue un autobús que solamente necesita dos minutos para dejarnos en la terminal. Tal y como recordábamos, el Aeropuerto de Keflavik a estas horas parece un refugio que da cobijo a las víctimas de un desastre natural. Encontramos desparramados por el suelo a cientos de turistas con pesadas mochilas, algunos incluso echando mano del saco de dormir para descansar unas horas antes de la salida de su avión. Preparándonos para el cambio de temperatura que se avecina, hacemos el ajuste final a nuestro equipaje y nos cambiamos a unas ropa algo más ligera mediante una visita a los servicios. Cuando ya estamos listos, y aunque todavía falten más de dos horas para la salida de nuestro avión y los mostradores de facturación ni siquiera estén abiertos, una larguísima cola se extiende ya frente a éstos. Nosotros optamos por una solución más cómoda: esperar en el cercano local de zumos y batidos de Joe & The Juice.

No es fácil encontrar una mesa libre en el local, especialmente si tu interés es conseguir sentarte cerca de un enchufe. Pero la fortuna está de nuestra parte y conseguimos un lugar perfecto junto a otros turistas, por supuesto, españoles. Con electricidad y conexión a Internet las esperas son mucho menos dolorosas, y la guinda lo ponen los dos batidos de banana, fresa y vainilla en los que invertimos nuestras últimas coronas en efectivo del viaje. Joe & The Juice le debe mucha de su rentabilidad a su estratégica ubicación, pero hay que reconocer que sus batidos son buenos.

Pasan los minutos y la eterna cola empieza a menguar cuando se abren los mostradores de Iberia. Todavía en la comodidad de nuestros asientos esperamos hasta que la previsión sea de esperar solo un par de minutos hasta que llegue nuestro turno para facturar. La compañía ha habilitado hasta cuatro mostradores, así que el proceso resulta muy ágil. Tras despedirnos de nuestros bultos facturados, pasamos al arco de seguridad donde como siempre las señales informan de que no se puede pasar cargando con líquidos… ni tampoco con yogures Skyr. Eso es un golpe bajo, pero prefiero comerme el último Skyr del viaje que llevo en la mochila a toda prisa antes de pasar el arco de seguridad que abandonarlo. Otra vez debo sacar y colocar sobre una bandeja aparte todos los “gadgets” que me acompañan: portátil, cámara, móvil, cámara de acción, pulsera de actividad… de nuevo convertido en Robocop, recorremos el largo pasillo que lleva a la zona de puertas de embarque y localizamos la C32 cuando el reloj marca las 1:15, 30 minutos antes de la hora programada -que nunca se cumple- para el despegue.

Entramos en la cabina y esta vez la suerte está de nuestro lado: somos los dos únicos ocupantes en la fila de tres asientos que tenemos asignada. Eso nos permite que el vuelo sea algo más cómodo gracias a que podemos colocar las mochilas frente al asiento que no ocupamos para que no dispute el espacio a las piernas, así como que L se descalce y pase un rato acurrucada a lo largo de los tres asientos colocando los pies sobre mi regazo. Intentamos dar alguna cabezada, pero dormir y aviones siempre han sido conceptos poco compatibles a menos que viajes en primera clase. Cuando cuatro horas después anuncian por megafonía que el aterrizaje es inminente, nos asomamos a la ventana y recordamos extrañados cómo es un horizonte con edificios que se levantan hasta donde llega la vista.

Ya estamos en la etapa 9+1 del viaje. Sumando las horas de vuelo y la diferencia horaria de dos horas entre España e Islandia que debemos restablecer, son las siete de la mañana cuando ponemos los pies sobre la T4 del Aeropuerto de Barajas. Aquí todo parece en calma, pero las noticias que nos llegan desde Mallorca no son halagüeñas. Mi cuñado, que a las seis de la mañana debería haber salido de Palma con rumbo a Barcelona, está sufriendo un escandaloso retraso de seis horas y siendo testigo de cómo el Aeropuerto de Son Sant Joan queda sumido en el caos debido a cortes eléctricos provocados por la tormenta que está azotando las Islas Baleares. Recuperamos nuestro viejo rincón del Starbucks de la terminal para que pase el tiempo mientras esperamos las temidas noticias de que nuestro vuelo se vea afectado, pero la sangre nunca llega al río. Nuestro vuelo no anuncia ningún retraso, y cuando rondan las 11:00 nos dirigimos a la puerta de embarque para confirmar que podremos estar de nuevo en casa a la hora programada.

Nos despedimos de la efímera Madrid recordando que ya va siendo hora de volver -siempre nos gusta pasar unos días en ella, y ya ha pasado mucho desde la última vez-. La hora y media que nos separa de Mallorca, en comparación con lo que llevamos a las espaldas, es anecdótica. La isla nos espera con un cielo despejado que poco hace imaginar la tormenta que ha tenido lugar hace apenas unas horas.