Y por fin, Landmannalaugar

Día 8 | 8 de septiembre de 2017

Mapa de la etapa 8

Subimos la apuesta. No se puede decir que no hayamos amortizado nuestras visitas a Islandia. Ni ésta, ni la de hace dos años. Le hemos dado la vuelta y hemos visto cataratas -muy de cerca-, volcanes -de lejos-, fallas, cráteres, auroras… vaya, lo que se podría llamar la experiencia islandesa completa. Pero nos faltaba algo que pensamos cumplir hoy. Nos faltaba Landmannalaugar.

Es el gran día. Tras un intento frustrado hace dos años debido a las pésimas condiciones meteorológicas en el día reservado para tal fin,y tras cambiar múltiples veces la fecha en la que lo íbamos a intentar esta vez, el 8 de septiembre de 2017 es el elegido. Estamos en lugar adecuado: el Hotel Leirubakki, una de las últimas paradas del autocar de la empresa Trex antes de enfilar una carretera solo para vehículos todoterreno. Las condiciones son más que suficientes: cielo despejado, previsión de no sufrir lluvias durante todo el día y temperaturas agradables para el país y la época del año. Nos despertamos tras una noche que, una vez más, nos ha denegado esas auroras boreales que seguimos esperando, y 15 minutos antes de la hora programada tal y como recomienda el cartel con los horarios estamos ya preparados junto a la parada de los autocares.

El servicio de Trex, primero del día, llega con puntualidad británica. A diferencia de la mayoría de los demás pasajeros que aquí se suben tenemos que pagar in situ, ya que no nos atrevimos a hacer una reserva previa ante la incertidumbre meteorológica y para así tener la posibilidad de ajustarnos a lo que el tiempo nos dictara. Por problemas con la cobertura móvil, pasamos varios minutos esperando a que el TPV responda y podamos así abonar 9300 coronas por el trayecto de ida para dos adultos. La vuelta tendremos que abonarla cuando volvamos a subirnos al autocar horas más tarde. Escogemos dos de los múltiples asientos que quedan todavía disponibles en el interior y nos ponemos en marcha.

Tras una última parada en otro cercano campamento un poco más al norte, llegamos a la señal que indica a mano izquierda el inicio de una de esas famosas “carreteras F”. Y empieza el espectáculo. Durante los primeros minutos superando kilómetros de carretera de grava pensamos “pues no es para tanto, peor era la subida hasta Haifoss”. Entonces la cosa se empieza a complicar. Algunos tramos transcurren por un surco verdaderamente estrecho que se abre camino a lo largo de una infinita extensión solo interrumpida por pequeñas montañas a lado y lado. El terreno ya no es que esté bacheado: es que se encuentra en un estado muy cercano al de un suelo completamente salvaje, como si el único motivo por el que se nota que hay un camino marcado fuera el paso de vehículos por él. Cuando algún todoterreno nos alcanza en dirección contraria, la cosa todavía se pone más peliaguda poniendo en evidencia la estrechez de la calzada. Y cuando aparece el primer río a vadear, ya se comprende perfectamente el recelo de los islandeses al recomendar encarecidamente no transitar por estas carreteras a menos que tengas un vehículo de determinadas características y sepas lo que haces. El autocar atraviesa el río casi sin despeinarse, pero para un ojo inexperto es toda una lotería decidir por qué parte de las orillas será menor el riesgo de quedarse atrapado sin poder avanzar ni retroceder. Algunos coches que vemos pasando, llenos de dudas y a paso de tortuga, así lo confirman.

Viiiva nuestro conductor...

Tras alrededor de 90 minutos moviendo nuestras cabezas como Ace Ventura cuando conduce, aparecen los primeros coches estacionados y vemos ya aparecer a lo lejos los colores vivos de varias tiendas de campaña. Tras superar el último río -tan cerca del destino que algunos coches prefieren quedarse aquí y caminar para no correr ese último riesgo-, nos bajamos del autocar y por fin podemos decirlo. Estamos en Landmannalaugar.

¿Y a qué viene tanto alboroto? Pues a que Landmannalaugar es un enclave que reúne ciertas características que lo hacen destacar por encima del resto de posibles destinos en Islandia. Se encuentra en el límite de un campo de lava y es el extremo norte de la ruta de Laugavegur, una excursión para que la son necesarios cuatro días -o seis, si se quiere extender hasta Skógafoss- pasando la noche en refugios a lo largo del camino. Su complicada accesibilidad fruto del remoto enclave en el que se encuentra hace que sea la versión más virgen, salvaje, natural posible de lo que Islandia tiene que ofrecer, y la infinidad de excursiones de mayor o menor duración que aquí nacen lo convierten en un punto neurálgico para excursionistas que quieren ir más allá del clásico coche o autocar con pequeñas caminatas.

El autocar nos deja junto a la zona de acampada, en la alrededor de varias tiendas -unas más rudimentarias, otras auténticos palacios de tela- la gente desayuna o disfruta del entorno tranquilamente tras lo que debe haber sido una noche para recordar. En el aparcamiento, ocupado en su mayoría por vehículos todoterreno incluyendo auténticas salvajadas propias de un “derby de destrucción”, vemos también vehículos normales. No nos queda claro si están infringiendo la ley, o simplemente exponerse a un gasto considerable en caso de dañar el vehículo ya que ninguna empresa de alquiler del país se responsabiliza de daños en un coche que no sea todo-terreno si se han producido circulando por las carreteras F.

Misión cumplida
Bienvenidos a Landmannalaugar

Landmannalaugar es infinito, y sin la orientación apropiada no resulta evidente por dónde empezar a caminar cuando pones los pies sobre él. Afortunadamente traemos los deberes hechos en forma de una ruta planificada gracias a dos viajeros que nos precedieron y dejaron estupendamente documentada su experiencia. En concreto haremos la ruta número 8 de la Guía Rother, libro imprescindible para conocer las mejores rutas de senderismo del país. Dicha ruta traza un recorrido circular que nos llevará primero a través del campo de lava de Laugahraun hasta los pies de Brennisteinsalda, una montaña que llama la atención por su forma y colores. Tras alcanzar su cima bajaremos por otra de sus caras hasta aterrizar en el valle Namskivisl que, tras otro tramo por el campo de lava, conectará con nuestro punto de salida. Siete kilómetros en total con un desnivel de solo 300 metros (aunque la mayoría concentrado en la subida a la montaña) y una duración estimada, paradas aparte, de algo más de dos horas. Con la ayuda de la aplicación Maps.me en la que tenemos cargada la ruta sobre el mapa, nos orientamos y comenzamos a caminar por el interior de la garganta de Graenagil.

Paseando por la gargante de Graenagil

Acompañados por un día soleado que incluso nos hace considerar excesivas las capas de ropa que llevamos, el placentero paseo junto al río que atraviesa el interior de la garganta no dura mucho. En apenas unos minutos estamos ya superando el campo de lava, buscando con cautela cada estaca que marca el camino para no “enriscarse”. No tardamos en tener de frente la espectacular silueta de Brennisteinsalda, 855 metros de altura con forma picuda y un color naranja tan vivo que destaca. Entre ella y nosotros, podemos distinguir ya las columnas de vapor que emanan de las grietas en el suelo por las que escapa el calor de los manantiales sobre los que caminamos.

Brennisteinsalda asoma
Atravesando el campo de lava

Llegamos a la base y, imitando tanto a los que nos han acompañado por la lava como a los que han llegado hasta aquí mediante una alternativa más directa desde el campamento, nos detenemos unos instantes para deshacernos de algunas capas de ropa y reponer fuerzas con un bocado al fuet que llevamos en la mochila. Tras saludar a un dron de aspecto profesional que sobrevuela nuestras cabezas, iniciamos el que ya intuimos será el tramo más duro de la excursión de hoy.

Brennisteinsalda, ahora más cerca
Vigilados
Toca subir

Ganamos altura a gran velocidad para lo bueno y para lo malo. Por el lado positivo, enseguida tenemos unas vistas de infarto al campo de lava que acabamos de atravesar. Por el lado no tan agradable, las piernas no tardan en resentir la pronunciada pendiente que cuanto más nos acercamos a la cima no hace más que aumentar. Nada que no pueda superarse tomandoselo con calma y haciendo las paradas que sean necesarias para recuperar el aire. Alcanzamos la cima de Brennisteinsalda adelantando a grupos nunca mayores de cinco o seis personas, pero en esta meta intermedia nos aguardaba el peor de todos. Una concentración de 20 o más rusos que han venido mediante un viaje organizado acaparan el lugar, y eso no es lo peor. Lo que es para lamentar es lo escandalosos que son, hablándose los unos a los otros a gritos aunque no les separe ni un metro. Ante tal perspectiva, decidimos hacernos a un lado descendiendo varios metros hasta una pequeña antecima que nos dará mucha más tranquilidad con vistas hacia el campamento y el campo de lava del que procedemos.

Ponerse a la altura de Brennisteinsalda no es sencillo
Huyendo de los rusos como en una película de los 90

En lo que nos comemos uno de los dos sándwiches que traemos preparados y hacemos unas fotos, los rusos al fin siguen a su guía para abandonar la montaña. Podemos ahora sí disfrutar de la cima en compañía de otros turistas mucho más respetuosos con los vecinos. El paisaje es espectacular miremos donde miremos, con toda una paleta de colores en la que que según la dirección hacia dónde nos giremos puede predominar el naranja, amarillo, los verdes o la escala de grises del ya conocido campo de lava. Mirando hacia el sur tenemos una de las fotografías más recurrentes del itinerario: la de varias laderas de montaña amarilla solapándose las unas a las otras en compañía de pequeñas concentraciones de hielo que se resiste a derretirse. Vemos ya desde aquí la notable diferencia de alturas entre Brennisteinsalda y Bláhnjúkur, otro volcán solo 100 metros más alto que el que estamos pisando pero con un ascenso mucho más complicado tal y como se intuye desde la distancia.

Y por fin... sin palabras
360 grados de maravillas volcánicas
Verdes, naranjas y marrones en escalas descomunales

Mientras permanecemos en todo lo alto llenando la tarjeta de memoria de nuestra cámara, vemos llegar a otro grupo que en esta ocasión habla castellano. El guía, también español, les explica lo que estamos viendo y hace innumerables guiños a la serie de Juego de Tronos. Cuando el grupo se disipa y el guía se queda esperando, me acerco a él para pedirle el favor de que nos haga una foto, ya que andamos escasos de imágenes que demuestren que L y yo hemos venido juntos. Como esto suele funcionar con la estrategia “favor por favor”, la moneda de cambio es que yo haga una foto de todo el grupo con tres cámaras diferentes. Tras cumplir el trámite con dos cámaras compactas, llega a mis manos una DSLR Nikon… en modo automático. No puedo evitar cambiarlo a modo manual para tener un poco más de control sobre los parámetros, pero olvido devolverla a su estado original al acabar. Espero que algún miembro del grupo se diera cuenta a tiempo y no haya provocado que el resto de sus fotografías del viaje queden totalmente descompensadas.

Panorámicas...
... más panorámicas...
... un pato...
... y más panorámicas

Tras el sabotaje no intencionado llega el momento de bajar de Brennisteinsalda. No lo hacemos por la vertiente sur por la que hemos subido si no por su cara este. Esta nueva perspectiva nos permite acercarnos a la ladera de las montañas frente a nosotros e inevitablemente detenernos en cada pequeño saliente que parece hecho a propósito para seguir capturando imágenes. Según seguimos descendiendo, tenemos claro haber acertado con el sentido horario de nuestra marcha. El ascenso a Brennisteinsalda por este lado es mucho más duro, fruto de que debe superarse un desnivel aún mayor y mucho más prolongado que por su cara sur. Las caras de los pobres incautos que nos cruzamos son un poema, incluso cuando lo hacen en tramos ya muy lejos de la cima y desde los cuales sabemos que les queda todavía camino por subir como para pasar otro par de horas sufriendo.

A bajar y seguir boquiabiertos
Las sombras añaden todavía más matices

Los últimos 50 metros antes de alcanzar el valle son ya una completa locura. La pendiente obliga ya a avanzar de paso en paso, juntando los pies tras cada medio metro que superamos. Y el suelo, embarrado en la mayoría de la superficie, no ayuda a encontrar el sitio adecuado en el que dejar caer todo el peso. Por momentos parece que vayamos a terminar el descenso rodando, pero poco a poco el suelo se acerca y al fin volvemos al terreno llano cuando alcanzamos el valle. Sin embargo no siempre es necesario un terreno en mal estado para acabar con los pies llenos de barro: a veces basta con estar despistado unos segundos y pasar por alto una de las estacas que dicen sin palabras “gira, desgraciado”. Cuando oímos el “plof” de nuestras botas hundiéndose varios centímetros en el fango ya es demasiado tarde.

La locura del descenso final

Tras superar un valle en el que resulta obligatorio girar la cabeza cada pocos metros para admirar la barbaridad natural que estamos dejando atrás, volvemos a alcanzar el campo de lava. Justo antes superamos un pequeño lago cuyas aguas reflejan como un espejo las cumbres que quedan a nuestra izquierda y en las cuales siempre se ve algún pequeño punto en movimiento. En cuanto volvemos a pisar roca volcánica Brennisteinsalda reaparece a nuestra izquierda, poniendo en perspectiva toda la altura que hemos perdido. También reaparece tras ella Bláhnjúkur, dejando ahora totalmente claro que subir a su cima es doblemente duro ya que la subida se compone de dos largos tramos muy similares al que hemos sufrido para bajar de nuestro volcán.

Rodeados de Laugahraun
Superando el valle
Reflejos perfectos
Pocas, pero hay señales
Un último vistazo al valle

Son las 14:30 cuando cerramos el círculo y estamos de nuevo en Landmannalaugar. Habiendo comenzado a las 10:30, la estimación de dos horas y cuarto sin paradas de la Guía Rother parece correcta. Sin fuerzas ni tiempo para enlazar con una nueva excursión, tenemos que hacer tiempo en los alrededores del campamento hasta el siguiente autocar de regreso, que no saldrá hasta dentro de dos horas. Pasamos un rato sentados en una de las mesas junto al edificio de baños y duchas, y nos decidimos a caminar hasta los baños naturales muy cerca de aquí. Los carteles al inicio del pequeño paseo que lleva hasta ellos informan de que el baño está permitido pero queda bajo la responsabilidad de cada uno, ya que nadie se responsabiliza de quemaduras o picores que puedan aparecer en los bañistas.

De nuevo en el punto de partida

Llegamos a la pequeña construcción de madera junto a la zona que parece apta para el baño, y nadie parece estar sufriendo. Todo lo contrario, en el agua reposan unas 30 personas a las que me hubiera unido de haber sido previsor y haber traído mi toalla y bañador conmigo. Aunque hubiera sido una oveja negra: curiosamente, la mayoría de los bañistas tienen en común lucir cuerpos esculpidos. Y entre ellos, ¿quiénes podían ser los únicos que acompañan el baño con una cerveza fría en la mano? Efectivamente, los alemanes.

Y yo sin toalla

Tras regresar al campamento y pasar unos minutos simplemente contemplando el horizonte, alcanzamos las 16:30. Momento en el que volver a subir al autocar de Trex y volver a pagar, esta vez 9800 para que los dos podamos regresar hasta Leirubakki. Sin embargo, lo que en la ida era cobertura escasa aquí pasa a ser completamente nula, y los varios intentos de pagar mediante tarjeta de crédito terminan con un error de conexión. Acordamos con el chofer pagar antes de abandonar el coche, y nos ponemos en marcha. Otra vez el espectáculo de atravesar la carretera F con el cuello amortiguando los baches que nos hacen levantar del asiento.

Las vistas desde el aparcamiento
Y el propio aparcamiento
Pensando ya en cuándo volver
Viiiiva nuestro conductor (bis)
Impresionante también durante el regreso

Tras una nueva hora y media estamos de nuevo en Leirubakki, y tras otros minutos de espera el datáfono parece al fin conseguir conexión y obtenemos nuestro recibo conforme hemos pagado. Sin embargo, 12 días después el cargo de 9800 coronas siguen sin aparecer en el extracto de nuestra tarjeta de crédito, así que es muy probable que por algún error de conexión no informado por el terminal el viaje de vuelta nos haya salido gratis. No ha sido queriendo.

Regresamos a nuestra furgoneta con la satisfacción de haber cumplido uno de los puntos de la agenda que más temíamos pudiera descartarse por inclemencias del tiempo. Queda por decidir qué haremos esta noche, si permanecer de nuevo en este muy decente camping de Leirubakki o aprovechar las últimas horas de sol para ir ganando ya distancia hacia el oeste para no tener que recorrerla mañana en nuestra última jornada de viaje.

Gran parte de la decisión sobre si quedarnos o avanzar unos kilómetros vendrá condicionada por la situación de dos viajeras, M y A. L lleva ya tiempo intercambiando opiniones con M tras conocerse virtualmente a través de unos foros de viajeros, y el azar quiso que ellas llegasen a Islandia un día antes de que nosotros nos marcháramos. Hoy es ese día, y otro golpe de azar ha provocado que nuestro itinerario y el suyo se crucen, ya que tras recoger esta mañana su flamante autocaravana de alquiler han comenzado su periplo islandés recorriendo la zona del Círculo Dorado. Lo último que hemos sabido de ellas es que planeaban pernoctar en el pueblo de Selfoss, situado a menos de una hora de Leirubakki y precisamente en la dirección que debemos tomar. Esperamos durante unos minutos a que nos confirmen sus planes para no correr el riesgo de que cuando lleguemos allí hayan cambiado de parecer. La respuesta no llega, pero durante la espera vemos en el servicio meteorológico que esta noche es especialmente óptima para divisar auroras boreales cuando más al suroeste de Islandia nos encontremos. Así que, sin esperar a que nos contesten, decidimos decir adiós a Leirubakki e ir en su búsqueda.

Estando en marcha llega la respuesta, y efectivamente vamos a encontrarnos. En concreto acordamos vernos en el supermercado Bónus de Selfoss en el que están haciendo su primera compra del viaje. Llegamos pasadas a las 18:30, demasiado tarde para encontrar el supermercado todavía abierto pero justo a tiempo para descubrir lo que nos perdimos al escoger para nuestro viaje alquilar una furgoneta. Nos encontramos con M y A y nos dan la bienvenida a su palacio ambulante, una enorme autocaravana que por cuyo aspecto parece a estrenar. Un pequeño salón comedor, cocina, ducha y un dormitorio que no necesita montarse y desmontarse cada noche. Tras ocho noches sufriendo las estrecheces de nuestra Ex 1, basta unos segundos para decidir que así será nuestro vehículo la próxima vez que visitemos el país.

El tiempo pasa volando desvirtualizando a ambas y decidimos continuar con la conversación esta noche, ya instalados en el camping de Selfoss. M es otra aficionada a la fotografía y está ávida de cazar auroras, así que de ese modo tendré una aliada para permanecer esperando a oscuras a que el verde mágico aparezca. Nos despedimos y pasamos antes por el supermercado Netto, que al cerrar mucho más tarde que la franquicia Bonus nos permite hacer una de las últimas compras del viaje para tener algo sencillo que cenar esta noche. Localizamos el camping de Selfoss en el que la autocaravana de M y A ya ha encontrado una buena parcela, y hacemos lo propio con nuestro humilde hogar móvil.

Visitamos las instalaciones, que son muy buenas. El camping tiene a su entrada un amplio edificio con duchas calientes -dos por sexo- y, lo que más nos llama la atención, una gran sala de estar con fregaderos, sofás, mesas y enchufes. La obligación de descalzarse para entrar lo mantiene razonablemente limpio. Regresamos a la furgoneta en la que tras una cena rápida dejamos el dormitorio ya preparado, y vamos a visitar a nuestras vecinas. Retomamos entonces la conversación, que se alarga durante horas hablando en su mayoría de viajes pasados, destinos anhelados y calidad de vida. En uno de los pequeños descansos de la conversación, me asomo al exterior en condición de “observador experto” de auroras, ya que ellas nunca han tenido la fortuna de contemplarlas y no están seguras de si serían capaz de distinguirlas si son muy débiles.

Miro hacia el cielo con miedo a encontrarme la misma decepción que en tantas noches anteriores, pero… quizás no sea el caso. Mirando al cielo prácticamente en perpendicular al suelo creo percibir ese fenómenos extraño que parece una nube en las oscuridad, pero con movimientos demasiado rápidos y erráticos. Tras unos segundos fijando la vista creo concluir que además, esa nube tiene un tono más verde del que debería. Suficiente para dar la voz de alarma y salir los cuatro disparados al exterior, en el caso de M y mío cargados con la cámara y el trípode para hacer un primer disparo de advertencia. Con una configuración que priorice la velocidad en detrimento de la calidad, esperamos al resultado y… ¡premio!

Nada por ahora...
... hasta que al fin aparecen

Hemos tenido que esperar a la última noche de las nueve que constituyen nuestro viaje, pero al fin las hemos encontrado. Nos quedan por delante 20 minutos en los que mientras dos personas disfrutan simplemente mirando el cielo, otras dos se mantienen alerta para saber cuándo reorientar la cámara, qué parámetros reconfigurar y no perder ni un solo de esos preciados segundos en los que el cielo se ilumina. Las auroras boreales que tenemos hoy no son tan potentes como las que pudimos ver hace dos años en Akranes -aquello era cegador-, pero manteniendo el obturador abierto durante 10 o 15 segundos la imagen congelada las refleja a la perfección. Incluso tenemos la suerte, durante apenas unos instantes, de ver una aurora que esta vez sí tiene potencia suficiente como para distinguirse a la perfección a ojo desnudo. No ha sido la locura que anticipábamos teniendo en cuenta que llevamos dos días con alerta por tormenta solar, pero no nos podemos quejar.

Auroras sobre la campana (I)
Auroras sobre la campana (II)
Auroras sobre la campana (III)
Auroras sobre la campana (IV)
Auroras sobre la campana (V)

Con la guinda del pastel, tras regresar a la autocaravana y alargar durante unos minutos más la conversación, nos despedimos y le deseamos a M y A la mejor de las suertes en los días que tienen por delante para descubrir el país. Nosotros, en cambio, regresamos a nuestra modesta furgoneta para dormir en su interior por última vez. El día de mañana, aunque largo y lleno de posibilidades, será el último que pasemos en Islandia hasta quién sabe cuándo. Hay que aprovecharlo.