Háifoss sigue mereciendo un puesto privilegiado

Día 7 | 7 de septiembre de 2017

Mapa de la etapa 7

Nada me gustaría más que comenzar el relato de la séptima jornada diciendo que la noche que la precedió fue mágica. Que en uno de los momentos en los que interrumpía el sueño y me asomaba por la ventanilla del coche, el cielo se había tornado verde y me había obligado a salir a toda prisa al exterior para unas fotografías de infarto. Y que tras la tormenta de auroras, el cielo más estrellado que jamás haya visto apareció sobre mí para hacer la compañía perfecta a la montaña de Stora-Dimon junto a la que acampamos.

Pero no.

Parecían coincidir todos los requisitos para que el párrafo anterior fuese muy cercano a lo que pasó, pero algo se debió torcer. El cielo ligeramente nublado de la medianoche se fue despejando. El “índice KP” que mide la intensidad de las tormentas geomagnéticas estaba en un prometedor 6 sobre 10. Pero sobre Stora-Dimon no apareció ninguna aurora, y solo el cielo estrellado no me motivaba suficiente para abandonar el cálido interior del saco de dormir y exponerme a la fría noche islandesa. Las noches se van agotando y las formas verdes se resisten a visitarnos esta vez, pero no perdemos la esperanza.

Ausencia de auroras aparte, dormir junto a Stora-Dimon ha sido todo un acierto. Nadie ha venido durante la noche a recordarnos que la acampada libre ya no está bien vista en Islandia, y nuestros vecinos en tienda de campaña no han hecho ningún ruido. Más bien intentamos ser nosotros tan silenciosos que ellos, ya que mientras pasamos el trago de recoger el dormitorio ambulante su tienda de campaña permanece cerrada. Ya no hay rastro de la campista independiente que llegó a última hora, así que debía ser más madrugadora que nosotros. Cuando el interior de nuestro Transformer particular ha vuelto a su forma de medio de transporte, nos ponemos en marcha en busca de nuestra primera parada, muy cercana y frente a la cual ya pasamos durante la tarde anterior.

La catarata de Gluggafoss se encuentra a escasos cinco kilómetros de Stora-Dimon, justo frente al punto en el que la asfaltada carretera 261 ve nacer el desvío a la algo menos óptima carretera 250 y su pavimento más irregular. La encontramos acompañada de varios carteles de información que nos hacen saber que se trata de un paraje especialmente protegido, y dada su vistosidad parece una sabia elección. Tenemos el agua cayendo a tres niveles. El primero es ancho y poco alto, y varios metros tras él se encuentra un segundo ya mucho más alargado y estilizado. El tercero y más elevado de los saltos de agua se adentra más en la montaña, siendo imposible verlo desde la base de la catarata.

Dejamos atrás Stora-Dimon...
... para dar de frente con Gluggafoss

Al fin disfrutamos de un paraje natural islandés en completa soledad. Nadie nos acompaña durante los largos minutos que pasamos primero en el puente sobre el río en el que deriva la cascada, luego junto a su base y finalmente en el piso intermedio que divide los dos saltos de agua más inferiores. Si giramos el cuello, detrás de nosotros queda de nuevo la característica “chincheta” que es Stora-Dimon y su escasa elevación pero con una extensa llanura a su alrededor. Unido al buen tiempo que nos acompaña -frío pero sin lluvia ni viento-, Gluggafoss nos regala uno de los momentos que mejor nos sabe de todo el viaje.

El salto inferior, más cerca
El río sigue tras la catarata

Pasamos a puntos de la agenda con expectativas mucho mayores. Haifoss no figura entre los planes de la mayoría de los turistas que visitan Islandia aunque seguramente muchos de ellos la hayan visto sin saber lo que estaban mirando mientras ojeaban guías de viajes o listas de “las mejores cataratas del país”. El motivo de esa incoherencia es que Haifoss no es de fácil acceso. Más bien todo lo contrario. Pero nosotros ya nos la jugamos en 2015 y sabemos lo que podemos esperar. Y evaluando el largo y la altura respecto al suelo de nuestra Ford Transit, creemos que es posible llegar hasta ella.

Los primeros 90 minutos que nos llevan con un rodeo hasta el norte de nuestro punto de partida son plácidos, incluso aburridos. Todas las carreteras que nos llevan desde Gluggafoss hasta la base de la montaña que esconde Haifoss -a saber: la 261, la 1, la 30 y la 32- no suponen ningún reto ni riesgo, y es a 7,5 kilómetros de la meta donde empieza la diversión. Nos queda por delante tener mucha paciencia y medir cada metro a un máximo de 15 kilómetros por hora ascendiendo por una pista que hace que la “carretera mala” a Dettifoss parezca una autopista de peaje. Cambios de rasante criminales, baches del tamaño de una oveja y enormes charcos que no dejan saber si lo que hay bajo ellos es llano o un socavón que supondría el fin de nuestra aventura. Pero con precaución y sin tomar ni un solo riesgo -si no lo vemos claro, nos damos la vuelta- lo conseguimos, y tras más media hora alcanzamos un aparcamiento de Haifoss en el que ya esperan otros cuatro vehículos que, por supuesto, han tenido mucho más fácil llegar hasta aquí ya que todos son de tracción a las cuatro ruedas.

Llegamos

Haifoss sigue siendo la cascada favorita de L en toda Islandia, y basta con asomarse a uno de sus primeros miradores para entenderlo. Su altura, sus colores, su abundante caudal y su ubicación en un profundo cañón en cuyo fondo el agua sigue fluyendo hacia el suroeste a través del río Fossá. Y por si estar frente a la segunda catarata más alta de Islandia no fuese suficiente, pocos metros a su derecha le acompaña también la cascada de Granni, que por sí sola resultaría igualmente espectacular pero cuyo que al llevar menos agua y quedar más escondida pasa a un segundo plano.

Por esto soportamos la impracticable carretera

Contemplar de nuevo Haifoss ya era motivo suficiente para la pequeña tortura que ha supuesto subir hasta aquí, pero venimos con la intención de hacer algo más. Algo que desconocíamos por completo y no nos atrevimos a descubrir sobre la marcha en nuestra visita anterior es que Haifoss no solo se puede ver desde arriba. También puede verse desde abajo. Y para conseguirlo no hay más que seguir, alejándose del mirador y del aparcamiento, unas estacas artificiales de color naranja que hace dos años juraríamos que no estaban allí.

Avanzando de estaca en estaca

Las primeras estacas nos llevan por un terreno llano, permitiéndonos al girar la vista ver Haifoss con un ángulo más escorado. Granni quedó ya totalmente oculta desde hace muchos metros. Tras superar tres palos perfectamente alineados, el cuarto nos hace sospechar que quizás sea momento de comenzar a descender. Se encuentra mucho más pegado al precipicio, y está mucho más cerca de la marca anterior que sus antecesores. De hecho, está equidistante entre dos estacas, ya que estas siguen sucediéndose en el horizonte hasta donde se puede percibir. Nos asomamos a la derecha y efectivamente, aquí está la bifurcación. Podríamos seguir rectos que ya aquí nace otra excursión desconocida, pero no es a lo que venimos. Girando hacia la derecha, el terreno empieza a bajar pero afortunadamente las marcas reaparecen para impedir que nos vayamos por un terreno que dado lo irregular del piso podría atraer consecuencias. Debemos superar tramos “divertidos” de grandes rocas o piso lateralmente inclinado hasta que llegamos a la altura del río, y si levantamos la cabeza… ahí la tenemos. A escasos 100 metros de nosotros, Háifoss nos saluda ahora desde las alturas con el ruido de sus aguas impactando contra el río. Estamos en una distancia clave en la que unos metros más o menos suponen la diferencia entre permanecer seco o acabar empapado por el agua en suspensión que escupe la cascada. Si miramos hacia atrás y más arriba, vemos los pequeños puntos de aquellos que disfrutan de la catarata desde el mirador.

Vamos perdiendo altura...
... y al girar, está claro el destino
Conseguido, Háifoss desde abajo
Lejos queda ahora el mirador

Es momento de complementar la magnífica experiencia con fotos para el recuerdo. Y me dejo el alma en ellas… y algo más. Subido en una roca completamente rodeada por el río Fossa, me dispongo a desenroscar el filtro de densidad neutra -ese que permite hacer disparos de larga exposición a plena luz del día- para hacer alguna instantánea en la que el agua quede congelada. Empiezo a desenroscar y… algo se me escapa de las manos. Al parecer el filtro propiamente dicho se había desprendido de la anilla a la que va pegado, y al inclinar la cámara para desenroscarlo ha salido despedido hacia delante. En otras circunstancias eso significaría verlo rodar por el suelo, recogerlo, rezar para que no tuviera arañazos, sacudirle el polvo y esperar a conseguir algo de cola de contacto para intentar repararlo. Pero… ¿he dicho ya que estoy rodeado de agua? El filtro rebota sobre la roca en la que me encuentro, y su segunda caída ya no viene acompañada de un “clinc” si no de un “chof”. El oscuro círculo cae sobre el agua que fluye a toda velocidad por el río, y en menos de un segundo desaparece tras las algas del fondo fluvial. No es muy profundo, pero con la corriente es imposible saber si el ligero cristal se habrá depositado a los pocos metros o habrá iniciado su propia expedición hacia el sur. Paso unos minutos palpando el fondo con el bastón de senderismo de L -y casi termino yo en el río en el proceso-, pero no hay suerte. La visita a la base de Haifoss me ha costado unos 40 inesperados euros pero, mirándolo por el lado positivo, es lo menos valioso de todo cuanto llevaba colgado al cuello y se podría haber llevado la corriente.

El filtro se despidió por todo lo alto...
... antes de ahogarse

Con un recuerdo más y un filtro menos, iniciamos el camino de regreso hasta las alturas. Nos lleva unos pesados 40 minutos, pero alcanzamos de nuevo el mirador. Y junto a nosotros llega una lluvia que vuelve a confirmar con increíble precisión la previsión meteorológica de Vedur. En nuestros últimos metros de regreso a la furgoneta vemos a un solitario turista caminando siguiendo el acantilado en dirección contraria, dando fe de que es posible acercarse mucho al lugar en el que nace la caída de Granni. Eso nos da una idea: dado que tenemos bastante margen para el resto de la jornada y que la previsión es que la lluvia no dure mucho tiempo, podemos esperar comiendo en la furgoneta a que el cielo se despeje y seguir sus pasos dentro de unos instantes. Cuando llegamos al aparcamiento, nos encontramos a gente todavía más osada que nosotros bajando de un sedán cuyos bajos habrán temblado al atravesar la carretera que lleva hasta aquí.

Girando la cabeza durante el regreso
Recuperando la altura
Obligatorio volver a pararse
¿No te sobrará un filtro?

Una hora más tarde y con unos macarrones en el estómago, cumplimos nuestra amenaza de acercarnos al nacimiento de Granni. Para ello debemos caminar campo a través y superando áreas empantanadas, con cuidado de no poner los pies sobre un charco traicionero que esconda un accidente. Antes de llegar, nos cruzamos con una pareja joven que, viendo la tienda de campaña que han instalado y haciendo gala de nuestra perspicacia, diríamos que planean pasar la noche en un lugar de ensueño. Nos acercamos todo lo que podemos al lugar donde las aguas empiezan a caer y… bueno, está bien, pero no colma las expectativas. Pocas cosas pueden hacerlo en comparación al mirador oficial, en el que justo en estos momentos aterriza un helicóptero que ha venido presumiendo de modo mucho más cómodo de visitar Haifoss. Antes de regresar a la furgoneta camino lo más cerca posible del acantilado buscando el ángulo exacto en el que se tomó una espectacular fotografía que he encontrado por Internet, pero cuando veo el estrecho y peligroso saliente en el que debió plantarse el fotógrafo dejo las imitaciones para otro día.

El valle, camino de Glanni
La siempre menospreciada Glanni
Un helicóptero aterrizando en el mirador
La antesala al nacimiento de Glanni
Un último vistazo, y se acabó

Lo peor de Haifoss no es la carretera que hay que superar para llegar hasta ella. Lo peor es que luego hay que bajar esa misma carretera para marcharse. Y sin premio al final del camino y con más charcos que a la ida fruto de la lluvia de mediodía, el descenso se hace más pesado. No obstante y con mucha paciencia, regresamos al mundo del asfalto y tras varios kilómetros hacia el sur y tras tomar el que debe ser nuestro último desvío del día, reconocemos la carretera. Sin pretenderlo, nuestros planes para hoy pasan por la mitad norte de la carretera 26, de ingrato recuerdo para nosotros cuando hace dos años la recorrimos para visitar la catarata de Thjofafoss. Se trata de una carretera no solo sin asfaltar, si no que con un piso formado por constantes pequeños badenes que hacen estragos en la amortiguación del vehículo. Afortunadamente, parece que en los dos últimos años han extendido varios kilómetros la mitad asfaltada del sur, y el traqueteo termina antes de lo esperado. Poco después de regresar al asfalto alcanzamos nuestro último destino del día: el Hotel con camping de Leirubakki.

Hemos elegido este lugar para pasar la noche con un objetivo muy claro: Landmannalaugar. La previsión meteorológica por ahora es optimista respecto a mañana, y eso significa que si nada se tuerce podremos cumplir nuestra intención de dedicar el día de mañana a visitar el remoto lugar solo accesible con todoterreno o como pasajeros de un autocar de las varias empresas que ofrecen trayectos hasta él. Una característica de esos autocares es que, cuanto más cerca del destino es la parada en la que te subes a bordo, más barato es el billete de ida y vuelta. Y eso, en precios islandeses, supone toda una diferencia. Leirubakki es una de las últimas paradas disponibles antes de que el autocar comience a circular por la temida carretera “F”.

Leirubakki resulta ser uno de los mejores campings de nuestro viaje, si no el mejor. Para empezar, es el más barato, con un precio de “solo” 1100 coronas islandesas por persona. Para seguir, los baños y duchas, incluidos en el precio, parecen en buen estado y, lo más importante, con agua perfectamente calentada. Un punto muy a favor que nunca hay que dar por hecho tras experiencias como la del camping de Vík. Y para rematarlo, estar en el mismo complejo que un hotel ofrece varias ventajas. Por ejemplo, tener la opción de cenar en el restaurante, si bien tras consultar los precios es una opción que descartamos. Pero la más suculenta es la posibilidad que sí aprovechamos: darnos un baño en la “Viking Pool” que aguarda más allá de los edificios de habitaciones.

La “piscina vikinga” resulta ser un híbrido entre lo natural y lo artificial. Aprovechando el agua hirviendo que emana un manantial de la finca, el hotel ha construido una pequeña piscina cuya piedra en el interior se encuentra cubierta mayoritariamente por algas. Así que la experiencia de meterse en sus aguas muy calientes es muy, muy cercana a zambullirse en un arroyo de agua calentada de forma natural. Será el único baño que nos demos en todo el viaje, pero no se podrá decir que no lo hayamos aprovechado. Tras el trago de llegar hasta ella en bañador y sufriendo las bajas temperaturas, pasamos poco menos de una hora sin salir del agua. Cuando lo hacemos, falta un trago todavía peor que la ida: la vuelta, con el frío congelando el agua que no hemos podido despegar de nuestro cuerpo por mucho que nos frotáramos con la toalla.

La Viking Pool, un regalo inesperado
Una relajante hora en remojo
Levantando algas al pasar

En estas condiciones, la ducha caliente sabe todavía mejor. Cuando salimos de ella, comprobamos en la pequeña plaza a la entrada del hotel los carteles informando de los horarios de las dos empresas que tienen aquí una parada con destino a Landmannalaugar. Confirmamos a qué hora debemos levantarnos y descubrimos que, de no alojarnos aquí, deberíamos pagar 500 coronas por dejar el coche estacionado todo el día mientras estamos de excursión.

Terminamos el día como tantos muchos: cenando en la furgoneta, y con la esperanza de que esta noche podamos ver auroras. La previsión vuelve a ser esperanzadora, pero tras la experiencia de la noche anterior ya sabemos que con las “luces del norte” nunca se sabe.