Una catarata tras otra

Día 6 | 6 de septiembre de 2017

Mapa de la etapa 6

Sale el sol en Vík í Mýrdal. La noche en el camping del pueblo ha sido plácida una vez acostumbrados al viento que durante varias horas mecía la furgoneta. El solar secundario en el que anoche aparcamos nuestro hogar tiene ahora más vecinos que a nuestra llegada, pero con un poco de precaución podemos salir hasta la calle sin llevarnos por delante ninguna tienda de campaña y evitando que las ruedas pasen por las zonas más embarradas y el riesgo de quedarse atascado que ellas presentan.

Paramos unos minutos junto al edificio de instalaciones comunes con la esperanza de que esta mañana sí que funcionen los enchufes y podamos llevarnos algo de electricidad almacenada. No hay suerte. Definitivamente, el camping de Vík ha resultado decepcionante más aún considerando que es el único posible en 20 kilómetros a la redonda en una zona por la que pasan prácticamente todos los visitantes de país.

Heisenberg en Vík

No podemos pasar de largo el pueblo sin invertir una placentera hora en el mirador más conocido, ese que se encuentra varios metros por encima de la iglesia y justo frente al cementerio local. Desayunamos aquí en completa soledad, acompañados solo por un espléndido día cuya visibilidad nos permite ver en la misma dirección la iglesia, el pueblo, la playa y los trolls de Reynisdrangar al fondo de la imagen. Durante el descenso paramos unos minutos literalmente junto a la iglesia, pero la pérdida de altura y no disponer de la referencia del propio edificio quitan muchas posibilidades fotográficas. Tras detenernos de nuevo en el nuevo Kronan y gastar 1700 coronas en cuatro tonterías, nos despedimos definitivamente de una de las opciones más tranquilas y aun así bien comunicadas para los que se estén planteando mudarse a Islandia.

La inevitable fotografía
Madrugar, el único modo de estar solos
Un poquito más abajo...
Excursiones que nacen en la iglesia

Escasos 20 minutos sin prisas nos separan del aparcamiento junto a Kirkjufjara, la segunda de las playas negras cercanas a Vík y nuestra favorita en base a la experiencia de nuestra visita anterior. Sin embargo nos espera una profunda decepción cuando bajamos del coche: el acceso a la orilla está ahora cerrado, según los carteles como medida de precaución ante el fuerte oleaje por el viento y recientes desprendimientos del acantilado que queda tras la playa. Sí, efectivamente viendo las imágenes podemos verificar que el dibujo de la costa ha cambiado en el preciso lugar en el que dos años atrás nos relajamos un largo rato sentados en la roca. Molesta un poco más el otro motivo por el que cerrarla: al final, la actitud irresponsable de algunos visitantes que se acercan demasiado a las olas provocan que todos quedemos impedidos de poder bajar “por nuestro propio bien”. Permanecemos unos minutos en el mirador que separa las playas de Kirkjufjara y Reynisfjara, pero no es lo mismo. Nos vamos con el mal sabor de boca de no poder repetir una de nuestras experiencias favoritas en Islandia.

Reynisfjara a la izquierda...
... y Kirkjufjara a la derecha

25 kilómetros más allá en dirección oeste nos espera otra parada de las que suponen una novedad respecto a nuestro viaje anterior. Tras un corto desvío de cinco kilómetros por una carretera perfectamente asfaltada -parece que recientemente-, llegamos al aparcamiento que da acceso a la lengua glaciar de Sólheimajökull. Son las 11:00 cuando volvemos a poner los pies en el suelo y comenzamos a superar la corta subida que nos llevará hasta el mismo pie del glaciar.

La sopa de Sólheimajökull

Probablemente nos gustaría más si fuésemos novatos en esto de visitar glaciares desde una distancia prudencial. Ahí tenemos el hielo y ahí tenemos las aguas oscuras en las que la lengua termina. Pero no acaba de lucir. Especialmente si lo comparamos con otros destinos similares tanto en la propia Islandia -Svinafellsjökull y Skaftafelljökull, muy cerca de aquí- como en destinos alternativos como Canadá. Parece que el principal atractivo de este Sólheimajökull es lo fácil de su acceso, motivo por el cual numerosos grupos ataviados de cascos, piolets y crampones se dirijan hacia el hielo acompañados del guía de una empresa que debe estar haciendo su particular agosto. Nosotros nos limitamos a alcanzar el punto más cercano pero seguro a la lengua y pasar unos minutos contemplándola antes de dar media vuelta.

El punto de no retorno
Tanto gris no le favorece

Damos comienzo a una segunda mitad del día cuyo protagonismo será exclusivamente para las cataratas. El sur de Islandia es especialmente pródigo en saltos de agua fácilmente accesibles, y concretamente este tramo que va desde Hella hasta Vík se lleva la palma. Comenzamos con Kvernufoss, una cascada que permite pasar tras ella y que hace dos años parecía un pequeño tesoro oculto situado más allá del Museo Skógar. Al parecer el secreto se ha difundido, ya que cuando alcanzamos el museo son varios tantos los coches aparcados en los alrededores como los grupos de visitantes que saltan el mismo botador que nosotros y se dirigen hacia ella.

Tenemos que esperar a que alguno de esos grupos se marchen, pero Kvernufoss sigue siendo muy especial. Nuevamente disfrutamos muchísimo de ella, tanto desde la ladera y rocas que permiten verla de frente en diferentes ángulos como desde su interior, fácilmente alcanzable caminando con cuidado sobre rocas empapadas por el constante salpicar del agua que reciben. No nos importa invertir aquí todo el tiempo que podamos, motivo por el cual superamos ya las 13:30 cuando estamos de nuevo en nuestra furgoneta dispuestos a prepararnos la comida en compañía de un viento que se resiste a desaparecer.

No te habíamos olvidado, Kvernufoss
Nuestra 'cascada transitable' favorita
Las amplitudes dele interior
Y otro arco iris de regalo

Sería de locos transitar por este tramo sur de la Ring Road y no detenernos en la, probablemente, catarata más popular y fotografiada de todo Islandia. Aunque estemos convencidos de que la experiencia de plantarnos ante ella por segunda vez no sea mejor que la primera debido a la masificación, nos vemos obligados a aparcar junto a Skogafoss. Lo hacemos en un aparcamiento que aloja ya cientos de coches, pero de tales dimensiones que todavía podría alojar a muchos más. Efectivamente, las decenas de metros que nos separan de la catarata son un ir y venir constante de turistas de todas las etnias y culturas, como un hormiguero en el que es imposible contar cuantas criaturas van y vienen. Tal y como ocurría en 2015, el único modo de poder ver Skogafoss en relativa soledad es pasando la noche en el muy mediocre camping junto a ella y madrugando antes que nadie.

Por supuesto, Skógafoss
Usando el ajetreo para un timelapse
Con exposiciones largas algo se disimula

Pese a todo, la disfrutamos. Pasamos largos minutos a una distancia prudencial para exponernos luego a sus aguas acercándonos todo lo posible sin riesgos innecesarios. Subimos también a su mirador superior, ese en el que termina la aventura de seis días que los excursionistas más osados pueden realizar comenzando en Landmannalaugar. La subida ha sido reacondicionada y se ha cortado el acceso de las escapatorias a pequeños salientes que permitían ver la cascada a media altura. A más visitantes, más imprudentes. Y lo pagamos todos.

Más cerca
Más arriba
Skógar sigue su curso

Son las 15:50 cuando regresamos a nuestra furgoneta, previo paso por el edificio del camping para rellenar nuestra botella de agua y charlar dos minutos con un canadiense. Retomamos la marcha para continuar hacia el oeste, donde tras alrededor de media hora nos esperan otro par de cataratas ya conocidas. La mayoría de coches toman el desvío al aparcamiento de Seljalandfoss, otra muy popular catarata cuyo principal atractivo es poder rodearse interiormente. Nosotros pasamos de largo para llegar hasta la vía de servicio junto a otra cascada vecina, la escondida Gljufurarfoss. Y lo hacemos porque, a diferencia de Seljalandfoss cuyo parking ha pasado a ser de pago bajo tarifa de 700 coronas, en esta vía de servicio situada solo a cinco minutos a pie podemos aparcar sin coste alguno.

Hay otro motivo, y es que con Gljufurarfoss tenemos una deuda pendiente. Su naturaleza oculta, siendo solo visible tras avanzar varios metros en el interior de una grieta de la que sale un pequeño río, hace que la nube de agua frente a ella haga muy, muy complicado fotografiarla. Fruto de ello nuestras instantáneas del lugar en 2015 resultaron desastrosas, y queremos intentar mejorarlas en un segundo intento. Con mucho cuidado y colocando los pies en cada roca estratégicamente situada para no acabar con la suela en el río, llegamos hasta ella. Y sé más de fotografía que hace dos años, pero sigue siendo muy complicado. Guardamos turno para poder subirnos a la gran roca que constituye el lugar perfecto para retratarse junto a ella y hacemos lo que podemos. En los diez minutos que pasamos en las entrañas de este pequeño cañón y que terminan con una aglomeración de gente que hace incómoda la visita, acabamos empapados.

Una grieta...
... que guarda un secreto

Cuando volvemos al exterior descubro gracias a otras dos turistas que hay otra manera de ver Gljufurarfoss: subiendo a la complicada colina derecha junto a ella. Sin garantías de llegar hasta el final, comienzo a ganar altura colocando pies y manos donde buenamente puedo y alcanzo la meta, a una altura solo un par de metros por debajo de la del nacimiento de la catarata. Desde aquí, asomándome con mucha cautela, puedo contemplar aproximadamente cuatro o cinco metros del agua perdiéndose en la cueva, pero resulta imposible alcanzar a ver la base de la caída. Yo diría que es poca recompensa para el esfuerzo necesario. Desciendo casi con más problemas que durante la subida, y mientras L vuelve hacia el coche para secarse yo hago una segunda incursión a la grieta para intentar asegurar alguna fotografía más.

El nacimiento de Gljufurarfoss
Echando la vista atrás
Un último chapuzón

De nuevo en la furgoneta y tras quitarnos un poco de Gljufurarfoss de encima, dudamos durante unos minutos sobre caminar hasta Seljalandfoss. Finalmente desistimos, ya que la masificación que hemos visto a nuestro paso frente a ella nos hace preferir conservar algo de margen para ver con luz suficiente el siguiente hito del día.

Seljalandfoss saluda desde lejos

De nuevo hacia el oeste y tras un innecesario rodeo por culpa de las indicaciones de nuestro navegador GPS, aparece en el horizonte una aislada colina. Se trata de Stora-Dimon, y su aislamiento es precisamente lo que hace muy tentador subir hasta su cima para conseguir vistas en 360 grados a toda la zona. Mediante muy pocos kilómetros de carretera no asfaltada llegamos a su base, lugar en el que parece que al fin estaremos completamente solos… pero solo lo parece, ya que dos minutos después de apagar el motor aparece de la nada un coche y aparcar a cinco metros de nosotros. Ni siquiera aquí, en un sitio poco conocido y literalmente en medio de la nada, vamos a poder tener una propina de esas soledad islandesa de la que disfrutamos hace dos años.

A los pies de Stora-Dimon

Subir a Stora-Dimon… asusta. A escasos metros del aparcamiento se atisba algo parecido a un sendero para ascender, pero ya desde aquí podemos ver lo rudimentario y inclinado que es. Al empezar a transitarlo lo confirmamos: necesitamos parar para coger aire a cada pocos metros, haciendo que el tiempo necesario para coronar la cima sea mayor del que a priori cabría esperar dada la escasa altura de solo 178 metros que tiene la montaña.

Un corto pero intenso esfuerzo...
... para coronar la cima

Pero llegamos arriba y se olvida todo. Efectivamente, la curiosa situación de la colina rodeada de terreno absolutamente llano en varios kilómetros a la redonda hace que las vistas sean de infarto. Aunque no por ello dejan de ser impresionantes, falta alguna referencia que acapare la atención -desde aquí vemos la pared sobre la que caen las cataratas de hace unos minutos, pero es imposible distinguirlas-. La cima es lo suficientemente ancha como para poder convivir con los otros visitantes sin importunarse los unos a otros. Pasamos varios minutos en un extremo, pasamos varios minutos en el otro, y comenzamos a descender tras un rato totalmente solos en las alturas.

Mereció la pena
Mereció mucho la pena
Las inabarcables vistas

Según vamos perdiendo altura, vemos como nuestros vecinos tienen planes de quedarse aquí largo rato. Tan largo que están preparando junto a su coche la tienda de campaña para pasar la noche. Y quizás sea muy buena idea: parece muy improbable que aquí, sin una sola granja a la vista y resguardados por la propia montaña, pueda venir nadie para recordarnos que la acampada libre ya no está permitida en el país. Tras pensarlo unos minutos y comprobar con la previsión meteorológica actual que hacerlo no desbaratará nuestros planes para mañana, decidimos quedarnos nosotros también. Parecen silenciosos y respetuosos, y quiero pensar que nosotros también lo somos. Mientras nos instalamos y hacemos la cena, otra furgoneta llega y se instala varios metros más allá. En su interior parece haber una sola chica de aproximadamente nuestra edad. Hacer un viaje así solo también debe ser toda una experiencia.

A lo pies, nuestros vecinos dándonos una idea
Y sin planificarlo, este era nuestro hotel

Y así terminamos inesperadamente nuestra etapa de hoy, montando el dormitorio a los pies de una montaña de Stora-Dimon que vamos a recordar con mucho cariño. Con la única contrapartida de que una noche más el cielo nublado nos va a privar de lo que aquí sería un espectáculo de estrellas -y quién sabe si auroras boreales- impresionante, nos quedamos dormidos.

Hasta mañana, Islandia