El hielo de Jokulsarlon, Fjallsarlon y Svinafellsjokull

Día 5 | 5 de septiembre de 2017

Mapa de la etapa 5

Ha sido una noche algo complicada. El camping no se sumió en silencio hasta más tarde de lo habitual, el pijama, recién lavado, todavía estaba algo húmedo en algunas partes, y hemos pasado más frío que en noches anteriores. Quizás sea por la decreciente temperatura exterior o quizás por precipitarnos al meternos en el saco de dormir antes de entrar en calor. El caso es que el día 4 ya es historia, y es hora de arrancar la quinta etapa de nuestro periplo islandés. A diferencia de ayer, amanece despejado y la previsión meteorológica es esperanzadora.

Tras echar un vistazo webcam mediante a cómo está la laguna glaciar de Jokulsarlon, nos ponemos en marcha enseguida para poder esta vez sí disfrutar de una de las atracciones estrella de Islandia sin inferencias meteorológicas. No corren la misma suerte unas vecinas de campamento, que cuando intentan maniobrar con su Kukú Camper quedan atrapadas en el barrizal y no consiguen que el eje trasero de la furgoneta salga del barro por mucho que pisen el acelerador.

Un nuevo día en Svinafell
Una parada rápida en el edificio común
Nosotros nos vamos, pero otros no tienen tanta suerte

Los 45 minutos que separan Svinafell de Jokulsarlon tienen antes una parada obligatoria: la menos popular pero igualmente recomendable laguna glaciar de Fjallsarlon. Se trata de un lugar con un recuerdo especial para nosotros, ya que cuando en 2015 decidimos pasar frente a ella el quinto día de nuestro viaje tuvo a bien regalarnos las primeras auroras boreales de nuestra vida. El reencuentro no comienza con tanta emoción como esperábamos, ya que encontramos el acceso a pocos metros de la carretera principal muy cambiado. Lo que antes era terreno virgen y acceso directo al balcón hacia la laguna por una carretera de grava, es ahora un aparcamiento junto a un nuevo restaurante y un cordón imposibilitando alcanzar la laguna de otro modo que no sea a pie. Limitar el acceso motorizado hasta la mismísima laguna es comprensible, pero lo del restaurante le quita algo de magia a la situación.

Son las 9:00 cuando, lidiando con un frío creciente, estamos ya frente a frente con la laguna. Y qué laguna. Mucho más pequeña y modesta que Jokulsarlon, pero con un encanto especial dada la proximidad de todos los elementos. Con un objetivo con angular suficiente, todo cabe en el cuadro: la orilla, el agua estática, los bloques de hielo de colores variados flotando sobre ella y la lengua glaciar naciendo en las alturas y muriendo ante nosotros. Los colores son también muy diferentes al azul que predomina en Jokulsarlon, si bien el momento más espectacular de estos es cuando se tiñen de rojos y morados al atardecer.

Jo, Fjallsarlon

Como suele ser habitual, somos pocos a nuestra llegada pero poco a poco va aumentando la afluencia de público. Todavía en relativa tranquilidad podemos disfrutar del tremendo arcoiris de extremo a extremo de la laguna que aparece fruto de la tímida lluvia que ha venido a saludarnos. Como en tantos y tantos lugares de Islandia, es difícil encontrar el momento adecuado de despedirse y dar media vuelta, pero el show debe continuar.

Y por si fuera poco, esto
Regresando hacia el parking

Según nos acercamos a Jokulsarlon, nuestra intención es parar en varios de los aparcamientos a mano izquierda antes de alcanzar el puente y los accesos oficiales a la laguna. De ese modo deberíamos poder contemplar el lugar desde varios ángulos y alturas gracias a las pequeñas colinas que la separan de la carretera en este lado. Pero tras la primera de las paradas decidimos abortar la misión, ya que los bloques de hielo están hoy muy lejos de este punto y las nubes de la mañana todavía no se han disipado del todo en el horizonte. Eso hace desmerecer muchísimo el paisaje. Se puede ver perfectamente desde aquí el sendero de 15 kilómetros que separa las lagunas de Fjallsarlon y Jokulsarlon pasando a medio camino por la más desconocida de todas, la de Breidarlon. Ante lo apagado del paisaje, decidimos hacer tiempo hasta que las nubes se levanten parando primero en la playa frente a Jokulsarlon con la esperanza de encontrar los famosos bloques de hielo atrapados en la orilla.

Jokulsarlon hoy no luce tanto en este lado

Y los encontramos. Vaya si los encontramos. A diferencia de nuestro paso anterior por esta playa en la que apenas tres o cuatro grandes bloques reposaban sobre la oscura arena, hoy la orilla está totalmente invadida por ellos. Eso provoca también una mayor afluencia de visitantes, ya que este lugar es un auténtico templo y lugar de peregrinaje de fotógrafos tanto profesionales como aficionados. Es hora de jugar al límite, plantar el trípode, y mantener siempre un ojo en el irregular oleaje que en cualquier momento puede hacer llegar una ola que se lleve por delante a los más osados. La estrategia no siempre funciona, y cuando estoy concentrado en la enésima larga exposición del agua rodeando un enorme bloque de hielo una ola traicionera sumerge mis pies completamente en la fría agua. Tocará cambiarse los calcetines.

Hielo y arena
Hielo y luz
Hielo y Pato
Hielo y china
Hielo y gente

Visitada la playa, le damos todavía más margen a la laguna para despejarse almorzando durante unos minutos en la furgoneta antes de regresar hacia ella. La espera ha dado sus frutos, y cuando regresamos esta vez al aparcamiento más cercano al puente y su webcam la laguna ya es completamente visible. Inevitable pasar de nuevo aquí una larga hora mirando, disparando y volviendo a mirar. Con menos gente que ayer gracias a la menor afluencia de autocares, pasamos un rato muy agradable despidiendo definitivamente a los bloques de hielo. Volveremos algún día, sin duda.

Cómo no volver
Con el agua estática, aparecen los reflejos
Blancos y negros pasando por mil azules

Con la satisfacción de haber visto Jokulsarlon como es debido tras el relativo fiasco de ayer, deshacemos nuestros primeros kilómetros del día para regresar hasta los alrededores del Parque Nacional de Skaftafell. Buscamos un pequeño desvío al que llegamos por accidente hace dos años y nos permitía ver desde sus pies la lengua glaciar de Skaftafelljokull, pero en su lugar encontramos algo mucho mejor. Tras cinco kilómetros extremadamente bacheados que ponen a prueba la furgoneta, alcanzamos el parking junto al fin de la lengua glaciar de Snivafellsjökull. Basta caminar durante un par de minutos para ganar algo de altura que permita ver los últimos metros de la lengua, y es impresionante. Según giramos la cabeza hacia la izquierda, la enorme superficie de hielo bacheada remonta y remonta hasta perderse en las entrañas del país donde Vatnajökull, el mayor glaciar de Islandia y el segundo de Europa, la recibe junto al resto de brazos helados que se extienden por el sur del país. Dado lo sencillo del acceso a pie -en comparación con la carretera previa- nos acompaña aquí bastantes personas, siendo una de ellas un chico equipado con un dron conectado en tiempo real a las gafas VR que lleva equipadas. Debe ser toda una experiencia.

Lenguas glaciares desde lejos...
... y lenguas desde cerca
El hielo de Svinafellsjökull
Siempre disparando

Son las 14:00 cuando regresamos a nuestra furgoneta y nos vemos obligados a desprendernos de varias prendas. Lejos del frío de Jokulsarlon, aquí la ropa térmica interior está de más. Retomamos nuestro avance hacia el oeste parando ahora en el pueblo de infinito nombre de Kirkjubaejarklaustur. Antes de nuestro siguiente hito turístico, nos gastamos 2000 coronas en un par de wraps y unas patatillas en el supermercado Kjarval y 6000 coronas en la gasolinera OB -más barata que las N1- para la que también tenemos una tarjeta de descuento de tres coronas por litro junto a las llaves de Happy Campers.

Nuestra siguiente parada ofrece un gran atractivo a cambio de muy poco esfuerzo. Visible desde la carretera principal y accesible tras escasos 300 metros a pie desde el aparcamiento, la catarata de Stjornarfoss nos gusta mucho más de lo que esperábamos. Hace dos años nos limitamos a verla desde la carretera, a primera hora de la mañana y todavía dormidos. Pero hoy llegamos hasta sus pies, y es una belleza. No muy alta pero moderadamente ancha, tiene el caudal exacto para que la caída conforme pequeños hilos de agua sobre la gran roca por la que se deslizan. Pasamos unos solitarios minutos frente a ella antes de que llegue otro grupo, pero en todo momento se respira tranquilidad. Son las 16:40 cuando damos por finalizada la parada y nos ponemos rumbo a nuestro destino final del día: Vík í Mýrdal.

Iluminados por Stjornarfoss
Llegamos solos, la dejamos en compañía

Vík, para abreviar, es un pequeño pueblo situado en la zona más al sur de Islandia. Su encanto reside en su privilegiada ubicación cerca de infinidad de maravillas naturales y en el pueblo en sí, entre cuyas construcciones predominan las casas unifamiliares de poca altura. Su atracción estrella es el mirador al pueblo y los “trolls” de basalto de Reynisdrangar al fondo desde la colina en la que se encuentra la iglesia, pero de eso hablaremos más adelante. Por ahora lo que hacemos a nuestra llegada es entrar a un supermercado Kronan por cuyo aspecto intuimos que debe ser de reciente inauguración, y pasar de largo para seguir hasta la playa de Reynisfjara.

La iglesia desde el supermercado

Reynisfjara es una de las “playas negras” de este litoral sur de Islandia. No es nuestra favorita -ese lugar lo ocuparía Kirkjufjara- pero tiene el atractivo de permitir acercarse a escasos metros de esos tres grandes bloques de basalto que reposan en el agua. Además, su extremo más oriental está delimitado por un pequeño anfiteatro de columnas de basalto que parecen talladas expresamente en la roca. Pero cuando llegamos a ella recordamos que no todo es bonito: la afluencia de público es entre alta y muy alta para los estándares islandeses, la playa suele ir acompañada de un fuerte viento y el oleaje producido por ese vendaval hace que sea poco recomendable acercarse demasiado al agua, aunque sea el único modo de conseguir una buena fotografía de la orilla con los trolls al fondo. Si hay que resumir Reynisfjara en una palabra esa sería “inmensa”, debido a la sensación de ponerse junto al basalto, mirar hacia el oeste y contemplar cómo las fuertes olas y la oscura orilla se pierden en el horizonte.

El único metro de basalto sin gente subida a él
Y de aquí me llevé un pedacito de Islandia
Capturando a los trolls
Trolls capturados
El camino hacia Dyrhólaey
Inmensa

Son las 18:30 cuando con Reynisfjara damos por finalizada nuestra agenda turística del día, y disfrutamos de las igualmente maravillosas vistas a lado y lado de la carretera durante nuestro regreso hasta Vík. Localizamos aquí un camping que creíamos cerrado ya por fin de temporada, pero para nuestra suerte permanece abierto ahorrándonos así tener que desplazarnos hasta otro camping -el más cercano está a 20 kilómetros tierra adentro- o correr el riesgo de dormir en plena calle y que alguien tenga algo que decir al respecto.

No obstante, el camping de Vík resulta bastante decepcionante. Es razonablemente grande y posee de un edificio principal en el que se concentra la recepción, el baño con duchas y un decente salón comedor para que la gente no deba cocinar o lavar los platos a la intemperie. Pero todo tiene sus contrapartidas, siendo la más grave la de las duchas. Vík pertenece a ese escaso porcentaje del país que no calienta el agua mediante energía geotérmica, por lo que el camping recurre a los termos que, tras unas cuantas duchas consecutivas, quedan vacíos y condenan a los siguientes que quieran ducharse a hacerlo con agua fría hasta que vuelvan a llenarse. El lema de la gerencia del campamento es que te duches y, solo si has disfrutado de agua caliente, pases por recepción para pagar las 200 coronas correspondientes.

Como no podía ser de otra manera, a nosotros nos toca agua fría. De hecho, L se cruza con una chica que confiesa llevar ya cinco noches acampando aquí y no haber disfrutado todavía de una sola ducha caliente. Así que lavados con prisas y con dificultades para volver a entrar en calor, regresamos a una furgoneta que decidimos mover al solar contiguo, ya que el principal está empezando a llenarse hasta el punto de tener vecinos a menos de un metro y medio de las puertas de nuestra camper. Quizás todos se vayan a dormir tan pronto como nosotros y no haya ruidos, pero tras una última noche algo dura en ese aspecto preferimos minimizar los riesgos.

El día termina con nosotros sentados durante media hora en un banco junto al edificio principal, pasando frío pero lejos del saturado comedor y todavía con cobertura del wifi gratuito para los campistas. De todos modos, parece que ni uno solo de los enchufes de la sala común funcionan, así que cargar las baterías de nuestros móviles iba a resultar imposible. Con un fuerte viento del que afortunadamente parece que las instalaciones del camping nos resguardarán, terminamos el día de hoy a los pies de una blanca y roja iglesia de Vïk í Mýrdal a la que subiremos muy pronto.