Al mal tiempo, Jokulsarlon

Día 4 | 4 de septiembre de 2017

Mapa de la etapa 4

A quien madruga… le puede llover. Esa sería la adaptación Islandesa para el dicho. Y es que por mucho que comencemos el día más pronto que nunca, tan pronto como para estar ya sacando nuestra furgoneta del camping a las 7:00, todo apunta a que el de hoy será un día más bien perdido en lo que a visitar parajes naturales se refiere.

En cuanto salimos de Egilsstadir, el cielo cubierto pero contenido da paso al viento, la lluvia y la escasa visibilidad. Eso, unido a un tramo de nada despreciables 250 kilómetros que nos separan del pueblo de Hofn hacia el sur, consigue que nuestras primeras horas del día sean totalmente insípidas. Con la única compañía de nuestra conversación y el sonido del limpiaparabrisas -casi no hay emisoras de radio en Islandia y la furgoneta funciona con cintas de cassette-, vamos reduciendo penosamente la distancia respecto a nuestro destino planeado con absolutamente ninguna motivación para detenernos ya que las nubes nos privan de poder contemplar los fiordos que estamos rodeando mientras evitamos el peor tramo de toda la “Ring Road” mediante un rodeo a través de la carretera 96.

La salida de Egilsstadir no invita al optimismo

Son las 12:00 cuando alcanzamos Höfn y nuestros temores se confirman. El temporal está aquí asentado y ni ahora, ni a lo largo de las próximas horas, va a ofrecer una oportunidad de visitar las montañas de Vesturhorn. Se trata de una pequeña cordillera cuya forma y ubicación, frente a frente con una amplísima orilla de arena negra, hacen de ella una maravilla para la vista y el objetivo de la cámara. Hace dos años tuvimos la suerte de visitarla, si bien unas testarudas nubes nos impidieron poder ver la cima de todas sus montañas. Teníamos la esperanza de poder mejorar la experiencia en esta ocasión, pero en lugar de eso lo que hacemos en sentirnos afortunados por haber podido ver algo dos años atrás.

Entre las nubes debemos continuar
Solo carretera

Nuestros planes para hoy eran visitar Vesturhorn, hacer unas compras en el Netto del pueblo y asentarnos en el camping junto al cual ya acabamos de pasar. Pero siendo las 12:00 y ante la aterradora posibilidad de pasar la tarde entera -y visto la previsión, quizás también la siguiente mañana- sin poder salir de la furgoneta decidimos improvisar. Empezamos a escudriñar el mapa del servicio meteorológico islandés y encontramos un clavo ardiendo en el Parque Nacional de Skaftafell. Situado a dos horas al oeste de nuestra posición, parece ser el lugar más cercano que podría estar despejado desde primera hora del día de mañana. No entraba en nuestra agenda volver a visitarlo, pero hacerlo siempre será mejor que pasar las horas viendo como el agua cae a través del parabrisas. Así que volvemos a encender el motor y decimos adiós a Höfn llenos de frustración.

El camino que separa Höfn de Skaftafell no es una simple carretera. Aproximadamente equidistante de los dos extremos tenemos algo que ver. Algo insignificante, impopular, que nadie conoce… nada más y nada menos que la laguna glaciar de Jokulsarlon, uno de los referentes turísticos del país y que sí o sí queremos volver a disfrutar en este segundo periplo por la isla. La previsión para hoy en esta zona es igualmente mala así que nuestro plan era deshacer parte del camino para mañana en busca de mejor suerte, pero cuando pasamos junto a él resulta imposible aplazar el pararse a contemplar esos gigantescos bloques de hielo que siguen su curso hasta mar abierto. Así que justo antes de llegar al puente que atraviesa el río Jokulsa tomamos el giro a la derecha y nos unimos a la muchedumbre.

No hay horizonte visible que permita ver la lengua glaciar, pero tampoco lluvia ni viento. Nos conformamos con eso. Encontramos aparcamiento en un solar muy concurrido y nos dirigimos hacia la colina que permite ver desde un privilegiado mirador elevado los últimos metros de la laguna antes de alcanzar el puente que la comunica con el Atlántico. Es muy complicado que Jokulsarlon decepcione. Incluso para turistas que hayan visto y caminado sobre lenguas glaciares, la experiencia de ver como los enormes bloques de colores blancos, negros y azules se desprenden y viajan irregularmente hacia el sur no es algo que se pueda ver en muchos lugares.

Jokulsarlon salva el día
Barcos entre el hielo
El siempre bullicioso aparcamiento

Aprovechamos la parada para comer en el interior de nuestra Happy Camper y para cuando hemos terminado ha salido el sol, así que la decisión de volver a salir al exterior a contemplar la laguna viene dada. Nos coordinamos con un amigo en Mallorca -¡gracias Andrés!- para hacernos fotografías de larga distancia a través de la webcam instalada en uno de los pilares del puente. Notamos como con la salida del sol empiezan a llegar autocares que parecían estar esperando una ventana de oportunidad y la masificación que acarrean en la orilla entorpece un tanto la experiencia, momento en el que decidimos marcharnos con la esperanza de poder regresar mañana, esta vez con un horizonte que disfrutar.

Saludando a la cámara
¡Hola!
Él no podía perdérselo
Imposible dejar de mirar
Unos bloques destacan sobre otros

De nuevo conduciendo hacia el oeste, pasamos de largo el desvío a una más pequeña pero de grato recuerdo laguna de Fjallsarlon, y vemos en el proceso como lo que antes era un ascenso virgen sobre ruedas hasta la propia laguna ahora es un camino exclusivamente a pie que comienza en un restaurante en la base de la colina que hace dos años no estaba ahí. Mañana lo veremos más de cerca. 45 minutos más al volante transcurren hasta que alcanzamos el parque de Skaftafell, de nuevo acompañados de un temporal de lluvia y viento. Entramos por el acceso secundario solo para gente con la intención de acampar en el parque y abonamos las 3100 coronas que cuesta pasar la noche para dos personas dentro de una furgoneta.

Antes de buscar una parcela donde quedarnos hasta mañana, nos acercamos hasta el Centro de Visitantes de parque, cuyo aparcamiento ha dejado de ser gratuito pero estamos exentos de pagar al estar alojados en el campamento. Buscamos aquí una lavadora que comienza a ser necesaria si no queremos quedarnos sin ropa limpia y… sorpresa, la única máquina disponible en todo el camping no está operativa. Nos acercamos al edificio principal para aprovechar la decente conexión a Internet gratuita y, sin muchas esperanzas, preguntar en el mostrador si existe alguna alternativa para poder lavar la ropa. La empleada del parque nos dice que la única opción sería el otro camping de la zona, ubicado a siete kilómetros de aquí. Consultamos el mapa de campamentos y no nos explicamos cómo se nos pudo pasar por alto que existía esa alternativa. Probablemente como no entraba en nuestros planes pasar la noche en Skaftafell, considerábamos suficiente llevar apuntado el campamento oficial del parque.

Decidimos probar suerte y acercarnos hasta allí con la esperanza de poder usar las lavadoras pese a no estar alojados. Lo que encontramos es un camping muy decente, con un edificio común en el que la gente se acumula para cocinar, enchufar sus aparatos y relajarse y una recepción en la que el dueño, todo amabilidad, no tiene ninguna objeción en que utilicemos el cuarto de lavadoras -que no es gratis, que conste-. La parte negativa viene cuando bajamos al sótano bajo la recepción y nos encontramos una única lavadora y una única secadora. No somos los primeros en querer utilizarlas, y el tiempo estimado entre una y otra para conseguir la ropa limpia y seca es de prácticamente tres horas.

La perspectiva de pasar aquí todo este tiempo para luego regresar de noche a Skaftafell es desoladora, así que probamos un plan alternativo. Mientras yo me quedo aquí y guardo nuestro turno -están ocupadas, pero los siguientes en la cola seríamos nosotros- L vuelve hacia Skaftafell para intentar, sin muchas esperanzas, que nos devuelvan el dinero y así pasar la noche aquí en lugar de en el camping oficial. La espera se hace larga, pero trae buenas noticias. La empleada de Skaftafell es algo reacia a la situación -L se limita a decirle que hemos cambiado de planes- pero finalmente accede a el reembolso, así que está decidido: nos quedamos en el camping de Svinafell.

Aunque pasar aquí el resto del día facilita las cosas, tener que estar pendiente de las máquinas hacen que la tarde sea algo tediosa. 90 minutos de lavado y 90 de sacado, y las caras de terror de todo el que baja hasta el sótano y ve que ya somos hasta tres parejas guardando turno para utilizar las máquinas. Una de ellas, la tercera en llegar, son una chica de Barcelona y un chico de Alicante que vienen de realizar durante cuatro días la excursión de Laugavegur, esa que comienza en Landmannalaugar y puede realizarse con tienda de campaña o utilizando los refugios disponibles en cada fin de etapa. Ellos optaron por lo primero, pero por lo que cuentan y cómo lo cuentan parece claro que la diferencia de precio entre acampar -30 euros- y refugiarse -60 euros- cada noche hace que merezca la pena la inversión extra. Acceder a los refugios implica no tener que cargar a la espalda durante toda la excursión con la tienda de campaña ni los utensilios de cocina, hornillo portátil incluido.

Entre lavados, secados y conversaciones, hemos localizado un trozo bien nivelado al fondo de una de las extensiones verdes del camping. El problema es que el temporal ha hecho aquí estragos, y cada vez que nos acercamos y alejamos hasta la furgoneta debemos sortear un barrizal que pone a prueba nuestras botas. En uno de esos viajes nos dirigimos al edificio común, donde pasamos algo más de una hora cargando nuestros aparatos electrónicos mientras L navega por las redes sociales y yo voy un capítulo de Halt and Catch Fire. El wifi del camping funciona decentemente en la recepción, pero no en este edificio ubicado en el extremo opuesto del complejo.

Las largas tres horas de lavado llegan a su fin y por fin regresamos a nuestra camper con ropa limpia y razonablemente seca, aunque algunas prendas se quedarán colgando en el interior de la furgoneta de forma rudimentaria para darles un poco de tiempo adicional. Se ha hecho tarde, muy tarde para los estándares islandeses, y son las 23:30 cuando nos vamos a dormir. No ha sido un día fácil, aunque nos agarramos a la experiencia en Jokulsarlon para no considerarlo perdido del todo. El de mañana, con que tengamos un poco de suerte, seguro que será mejor.