Dettifoss sigue siendo muy bruto

Día 3 | 3 de septiembre de 2017

Mapa de la etapa 3

Segundo despertar en las estrecheces de la Happy Ex 1. Va a costar superar la comparación con la Ex 2 del viaje anterior. Para hoy damos prioridad a ponernos en marcha rápido sobre desayunar, así que abandonamos Myvatn tan temprano como a las 7:00. Es fácil empezar el día muy pronto cuando no tienes persianas y a las seis de la mañana ya hay una claridad absoluta. Además, somos viajeros partidarios de exprimir al máximo las horas de luz.

Abandonamos Myvatn por el este y, al paso por el lugar donde se celebra el festival de esquilar ovejas de cada año, esta vez encontramos los corrales vacíos. Pero no es porque no haya festival… es porque estaban de camino. Tan solo unos cientos de metros más adelante y justo cuando providencialmente decidimos parar un instante en un mirador a mano derecha, por el horizonte aparecen varios puntos blancos que al cabo de unos segundos se convierte en el mayor ejército ovino que hayamos visto jamás. Cada año cuando finaliza el verano, los pastores de toda Islandia celebran los llamados “réttir”, momento en el que se reagrupan las ovejas tras dejarlas pastar con libertad durante los verdes meses estivales. Y ya que se han juntado todos y también han asistido al evento amigos, familiares y turistas, qué mejor ocasión para comer, beber y bailar juntos.

Hasta la próxima, Myvatn

Por ese motivo estamos como estamos, aparcados en lo alto de una colina con vistas a Myvatn y viendo como toda la carretera a nuestra derecha, nuestra ruta de huida hacia el este, queda totalmente invadida por los cientos y cientos de ovejas acompañadas de pastores que velan porque en la medida de lo posible ninguna se salga del trazado. Si divertido es verlo, no digamos ya escucharlo. Una orquesta de balidos que van desde suaves hasta auténticos y violentos berridos de los machos alfa. Solo acompañarlo de la sintonía de The Walking Dead podría mejorarlo.

*sintonía de The Walking Dead*
Nadie podrá sobrevivir

Tras este inesperado evento turístico -sabíamos que se celebraba en estas fechas, pero no que nos estábamos dirigiendo de cabeza hacia él- el reguero de ovejas finaliza y por fin podemos incorporarnos de nuevo a la carretera, en la que pasamos de largo nuevas fumarolas de vapor o el desvío a Askja, un volcán al que se puede llegar mediante excursiones organizadas. Pasamos de largo el primero de los dos desvíos que llevan a la catarata de Dettifoss. Esta opción al oeste del río utiliza la asfaltada carretera 862 para alcanzar el mirador más oficial a la cascada, delimitado con cordones y que se asoma a las aguas por su derecha. Nosotros sin embargo preferimos cruzar el puente varios kilómetros más adelante y girar por la carretera 864, notablemente en peor estado pero que nos da acceso a nuestro preferido de los dos balcones a Dettifoss: el situado más al este y a mano izquierda según miramos hacia la cascada, totalmente desprotegido y en el que solo la precaución de los visitantes impide lanzarse al vacío y que lo último que vean tus ojos sea un espectáculo de agua cayendo.

La carretera 864 es de grava, pero en un estado razonablemente bueno dadas las circunstancias. No es raro encontrarse por ella coches de turistas a un lento ritmo de 30 o 40 kilómetros por hora, pero nosotros en su día ascendimos por ella rozando los 80 km/h y en esta ocasión, con nuestra modesta Ford Transit, se repite la historia. Durante el trayecto, se cruza un pequeñísimo zorro ártico que no debe estar acostumbrado a que los coches comienzan a asomar por su tranquilo hogar a horas tan tempranas.

Tan tempranas como para que cuando alcanzamos el parking para acceder a Dettifoss seamos los primeros en llegar. A diferencia de hace dos años donde había que armarse de paciencia para esperar a que quedase un hueco libre, esta vez tenemos el aparcamiento para nosotros durante varios minutos antes de que lleguen otro par de vehículos tan madrugadores como es nuestro caso. Sí se ve algo más de gente ya en el otro lado del río, el que se accede mediante la carretera “buena”.

El parking nos recibe en soledad

Caminamos los escasos cientos de metros que nos separan de la catarata y… nunca deja de sorprender su tamaño. No importa haber visto decenas o cientos de cascadas con anterioridad: Dettifoss es otra cosa. Vale, quizás Niágara o Iguazú tengan algo que decir al respecto -no tenemos el gusto-, pero es que Dettifoss se encuentra en Islandia, y eso suele significar la ausencia de elementos artificiales que estropeen alrededor lo que debe ser una descomunal imagen de naturaleza salvaje. Y pocas cosas pueden haber más salvajes que el agua, de tonos marrones por los sedimentos que arrastra, cayendo a razón de 200 metros cúbicos por segunda de media. No solo asombra a la vista, también al oído. Tanta agua no se precipita al vacío durante 44 metros de altura sin formar un escándalo. Podríamos volver a verlo 100 veces más, y en la visita 101 asombrarnos de nuevo ante tan colosal espectáculo.

Es que es muy bruta
Un, dos, tres...
... ¡Sonría!
El agua no deja de flotar metros más adelante
La única compañía son pequeñas siluetas al lado contrario
Poco más allá está Hafragilfsoss

Sale el sol y la afluencia de público por este lado sigue siendo bajísima, motivo por el que no tenemos ninguna prisa en terminar la visita y nos dan las 10:00. Para esta vez decidimos descartar el paseo de algo menos de una hora necesario para alcanzar Selfoss, otra catarata que precede a Dettifoss y cuyo principal atractivo es ir acompañada de pequeños saltos de agua a lado y lado de un río que en ese tramo forma pequeños acantilados. La temperatura ha subido tanto que debemos deshacer la carretera 864 con las ventanillas del coche bajadas. Pero el calor dura poco: cuando unos minutos más tarde nos detenemos en un mirador en medio de la nada y que ofrece paisajes dignos de marte, los escasos minutos que pasamos fuera del vehículo nos dejan helados.

Un lugar cualquiera

Con rumbo al sureste, nuestra siguiente parada se encuentra literalmente en el arcén de la carretera. Acompañados de un tiempo claramente a peor tal y como apunta el cielo cada vez más oscuro, una subida de apenas 20 minutos desde el aparcamiento nos lleva al balcón con vistas a las cataratas de Rjukandi, una joya poco anunciada en guías oficiales y que destaca entre el por otro lado desolador de montañas peladas que separa Akureyri de Egilsstadir. Aunque el aparcamiento estuviese lleno de campers y autocaravanas, apenas coincidimos en lo más alto del camino con cinco o seis personas en los momentos de mayor afluencia. La catarata es muy atractiva para su poca popularidad, aprovechando su caudal para dibujar varios pequeños saltos a lo largo de la montaña por la que desciende. En su base, las aguas siguen su curso por un río que acompaña el camino hasta el nivel de la carretera creando así una vistosa postal.

Rjukandi posa...
... y cumple
Otros minutos de tranquilidad
Reaparece la oveja que Gotham necesita

Seguimos sin cambiar el rumbo hasta alcanzar Egilsstadir, la principal ciudad del este de Islandia. Es la puerta oficiosa a los diferentes fiordos que el país ofrece en este litoral, y agrupa la mayoría de servicios que los viajeros pueden necesitar tales como supermercados, gasolineras, hoteles y camping. Por ahora solo aprovechamos para repostar en una gasolinera Orkan ridículamente más barata que sus competidoras -177 coronas por litro en comparación a las casi 200 de los demás- y pasamos de largo el pueblo para enfilar la carretera al principal de los fiordos que precede: Seydisfjordur.

La subida a Seydisfjordur, ya de por sí peliaguda por las fuertes pendientes desde el inicio, coge tintes épicos cuando nos espera con una densa niebla que no deja ver más allá de diez metros. Según pasamos el puerto y descendemos levemente, la fuerte lluvia baja un poco en intensidad y la niebla se disipa muy vagamente. En esas condiciones llegamos al apartadero que sirve de inicio de excursión para alcanzar Bjolfur, una cima alcanzable tras cinco kilómetros y que, en condiciones óptimas, debería ofrecer una vista de infarto a un fiordo que queda a los pies de aquellos que la coronan.

Dada la hora que es y ante la desoladora visibilidad que tenemos por ahora, decidimos hacer tiempo comiendo unos macarrones de sobre que traemos de casa. Nos lo tomamos con calma, pero la meteorología también. Cuando hemos repuesto el estómago y salimos al exterior, las condiciones no han mejorado. En un exceso de optimismo caminamos durante aproximadamente un kilómetro que ya gana algo de altura, pero llegado a ese punto es cada vez más evidente que el esfuerzo será en vano. La visibilidad no va a ir a mejor según ascendamos, y quedan pocas dudas de que cuando lleguemos a la cima todo lo que quedará bajo nuestros pies será un manto de niebla blanca sin pistas de que tras ella hay un espectacular fiordo. Por segunda vez, nuestro deseo de visitar Bjolfur queda truncado. Siempre hay que dejar motivos para regresar.

Hacemos tiempo dentro...
... pero las cosas no mejoran fuera
Bjolfur abortado

De vuelta en la furgoneta, dudamos entre continuar hasta el fiordo -a escasos 15 minutos, y a priori con algo más que ofrecer ya que al bajar al nivel del mar la niebla debería disiparse- o dar media vuelta para visitar una catarata que no conocíamos y hemos pasado de largo durante el ascenso. Dado que ya vimos el fiordo en nuestro viaje anterior, nos decantamos por lo segundo.

En cuanto alcanzamos de nuevo el puerto de montaña desde el cual Egilsstadir vuelve a ser visible al otro lado, el cielo cambia completamente y se tiñe de azul. Podemos así disfrutar de estas vistas panorámicas hacia la ciudad, cosa que hacemos durante unos breves minutos antes de iniciar el descenso final que nos lleva al pequeño parking de acceso a la catarata de Fardagafoss. Siendo una cascada que desconocemos por completo, todo lo que sabemos de ella es lo que podemos deducir viéndola a lo lejos desde el aparcamiento. Según nos acercamos a ella, va ganando enteros. Sus 20 metros de caída se hacen más y más grande a medida que nos acercamos, y cuando alcanzamos el mirador frontal ya tenemos claro que la visita ha merecido la pena.

Egilsstadir desde las alturas
Los miradores se cuentan a pares
Fardagafoss nos espera
Y Fardagafoss nos recibe

Y todavía faltaba lo mejor: mediante un rudimentario camino a mano izquierda según nos encontramos en el mirador, los excursionistas pueden entrar en una pequeña cueva justo detrás de la catarata, permitiendo así unas vistas mucho menos habituales. El interior de la cueva, aunque húmedo y lleno de piedras empapadas que exigen extremar la precaución, es lo suficientemente grande como para poder refugiarse en ella sin que el spray de agua que genera la catarata te cale hasta los huesos. Con el sol de frente generando un bonito contraluz respecto al agua, hemos encontrado nuestro tesoro oculto del día.

En las entrañas de Fardagafoss
Fotógrafos en el interior...
... y en el exterior
Saliendo de la cueva

La decisión de visitar Fardagafoss nos ha dado incluso el margen de tiempo necesario para volver a Egilsstadir antes de que los diferentes supermercados cierren. Hacemos una visita rápida al Bonus y Netto de la ciudad para reponer algunas cosas básicas que ya hemos ido consumiendo, y cuando alcanzamos el camping volvemos a encontrarlo igual que hace dos años: con la recepción cerrada. Ya fuera de los meses de temporada alta, el horario de la oficina se reduce drásticamente y lo habitual es encontrarla cerrada a la llegada y haber abandonado el camping antes de que abra a la mañana siguiente.

Eso no es impedimento para encontrar un espacio donde el césped esté nivelado y dirigirnos al estupendo edificio de instalaciones comunes que este camping ofrece y por el que teníamos claro que sería una de nuestras paradas en el itinerario. Los baños y duchas están muy cuidados e incluyen lo necesario para poder dejarlos limpios y recogidos tras su uso, lo cual ayuda a que el coste de mantenerlos sea menor siempre que sus usuarios tengan un poco de respeto. Tenemos también a nuestra disposición en el solar destinado a la acampada un pequeño kiosko perfecto para llevar nuestra cocina portátil y preparar la cena de hoy. Y en una de sus columnas, dos enchufes nos regalan la oportunidad de dejar al máximo todas las baterías que llevamos con nosotros.

Nuestro día termina temprano, ante la previsión de ponernos en marcha muy pronto. Mañana tenemos el último de los grandes tramos de carretera y, aunque la previsión meteorológica por ahora no es muy optimista, queremos superarla lo más rápido posible con la esperanza de que eso nos de más horas de luz para disfrutar de nuestro próximo destino. Con un cielo nublado que descarta totalmente la posibilidad de auroras boreales para esta noche, nos vamos a dormir acompañados en la parcela cercana por varios ciclistas y sus tiendas de campaña.