En Kirkjufell también sale el sol

Día 1 | 1 de septiembre de 2017

Mapa de la etapa 1

El de ayer fue un día largo y tedioso. El de hoy se presenta igualmente extenso, pero tendrá mucho más que ofrecer. ¿Y eso por qué? Pues porque cuando dan las ocho de la mañana y tras darnos una ducha en el cuarto de baño compartido de nuestro alquiler para la pasada noche, estamos listos. Y estamos en Islandia.

A estas horas de la mañana, en Keflavík, y procediendo de un clima como el de Mallorca en agosto… hace frío. Nos toca adaptarnos a toda velocidad a las nuevas temperaturas mientras esperamos pacientemente a que por la calle aparezca la “Happy Shuttle”, el servicio de traslado que va recogiendo a clientes de Happy Campers para llevarlos a sus instalaciones donde nos espera el que será nuestro vehículo y hogar para los próximos días. Los minutos van pasando y el frío se pega a los huesos, pero a las 8:30 aparece al fin la furgoneta y apenas unos minutos más tarde nos encontramos en las nuevas y coloridas instalaciones de la empresa de alquiler de campers.

No es nuestra primera experiencia con ellos. Ya en 2015 y tras sopesar todas las opciones, la relación entre precio, prestaciones de los vehículos y opiniones de sus clientes anteriores nos hizo decantar por Happy Campers para conseguir un medio de transporte y alojamiento ambulante durante nuestros días en Islandia. Otras empresas pueden llegar a ofrecer vehículos más económicos, pero la disposición de su interior -obligándote a salir al exterior para ciertas tareas- o la falta de algunas funcionalidades -¿sin calefacción? ¿en serio?- nos hacían descartarlas. También existen otras opciones, pero no nos convencían tanto. Un turismo normal y encadenar albergues reservados te priva de la libertad para improvisar y además no abarata el precio. Otro coche normal combinado con una tienda de campaña… no es para nosotros. Y una autocaravana, aunque tentadora, también exige un esfuerzo económico adicional y además nos presenta serias dudas si queremos transitar por algunas carreteras que, sin ser de tipo “F” y restringidas a vehículos 4x4, tienen un pavimento que pone a prueba la pericia y paciencia del conductor.

El caso es que nos presentamos ante el mostrador con nuestra reserva de una camper modelo “Happy Ex 1”. La empresa ofrece tres tipos de vehículo, a cada cual más grande y con capacidad para más plazas y espacio interior en el que moverse. Además, la coletilla “Ex” queda reservada para los vehículos de la flota “antigua” a cambio de una reducción en el precio. Por lo tanto, con una “Ex 1” lo que hemos buscado es priorizar absolutamente el presupuesto en detrimento de la comodidad. Albergamos todavía una mínima esperanza de que el destino nos tenga reservado un nuevo regalo en forma de mejora gratuita, tal y como ocurrió hace dos años cuando pese a reservar igualmente una “Ex 1” finalmente disfrutamos de una “Ex 2”, con todo lo que supone dar el salto de una Ford Transit a una Renault Traffic. Pero esta vez no hay suerte: pese a preguntarlo y estar dispuesto a pagar la diferencia, a Happy Campers las cosas le van muy bien y toda su flota está reservada. Esta vez sí tocará adaptarse a las estrecheces de una “Ex 1”. Nos queda el consuelo de que debemos estar protagonizando la reserva más barata de la historia de la empresa, gracias al descuento por fidelidad del 10% que Jon, uno de sus empleados, nos ofreció cuando durante nuestra comunicación previa a realizar la reserva. Para colmo, el siempre variable cambio de divisa entre euros y coronas islandesas parece jugar hoy a nuestro favor, ya que a la hora de pagar el resto de la reserva tras descontar la señal la cantidad se queda en unos 899€ muy lejos de los 950€ que esperábamos pagar.

Uno de los dos empleados dedicados a presentarle a los clientes sus nuevas camper nos acompaña al parking, donde nos espera probablemente el vehículo más antiguo y machacado de toda la flota de la empresa. Todo funciona, pero tanto por dentro como por fuera queda claro que esta Ford Transit ha tenido una vida movida. Dato que confirmamos al encender el contacto y leer la friolera de más de 230.000 kilómetros recorridos. La inevitable comparación del espacio interior disponible respecto a la Happy Ex 2 rebaja levemente nuestra excitación por iniciar el viaje, pero intentamos centrarnos en el dinero ahorrado con esta decisión.

Sin cambios drásticos en la previsión meteorológica respecto a lo que decía la noche anterior, no volvemos a cambiar nuestros planes. Iniciaremos nuestra aventura de nueve días dirigiéndonos a un norte que parece esperar mejor tiempo que el sur, y para fechas siguientes tocará adaptarse a lo que el inestable e imprevisible clima islandés tenga preparado para nosotros. Una hora y media y 111 kilómetros nos separan de la ciudad de Bogarnes, para la cual debemos gastar nuestras primeras 1000 coronas en una colapsada garita que da acceso al túnel de Hvalfjörður que permite atravesar el homónimo fiordo y evitar así un largo rodeo por el interior. Tras saludar a las primeras ovejas y caballos durante el recorrido, paramos el motor en el supermercado Bónus de la ciudad.

Viajar a Islandia es caro en muchísimos aspectos, y la alimentación es uno de ellos. No basta con tomar la decisión de preparar tu propia comida para evitar los prohibitivos precios de los restaurantes: también hay que saber elegir la franquicia más económica. Y ahí Bonus es claramente la opción a elegir, seguida de cerca por Kronan y ya lejos de los precios mucho más altos de Netto o Kjarval. Pese a ello, la cartera se resiente: nos gastamos 7000 coronas -unos 56 euros al cambio actual- en todo aquello que vamos a necesitar en los próximos días y requería mantenerse fresco, siendo así imposible traerlo en nuestro equipaje. Evidentemente, esos víveres indispensables incluyen varios yogures Skyr, postre local rico en proteínas y que poco a poco está introduciéndose en la europa continental. Los del Lidl no son ni mucho menos como los originales, pero sí una imitación aceptable.

Bogarnes nos espera a la salida del supermercado con un sol radiante y temperaturas que para los locales son suficientes para ir en manga corta, pero la alegría duraría poco. En cuanto emprendemos la marcha hacia el norte y ascendemos un puerto de montaña que nos separa de la península de Snaefelssnes, el sol da paso a un denso manto de nubes que viene acompañado por una fuerte lluvia y prácticamente nula visibilidad. Encontrándonos a apenas unas decenas de kilómetros de nuestra primera parada -¡y qué parada!- turística del viaje, nuestras caras son un poema. Pero… ¿hemos dicho ya que el tiempo en Islandia es una locura? Pues estábamos a punto de verificarlo. En apenas un minuto y como por arte de magia, el pueblo de Grundarfjördur se revela ante nosotros totalmente despejado, manteniendo a raya ese temido banco de nubes que parece haberse quedado agarrado en la ladera de la montaña de la que procedemos. Nos recibe también el pueblo con muchos más coches y gente por las calles de lo que recordamos, confirmando así que la popularidad de Islandia ha subido exponencialmente en apenas dos años.

Y llegamos a Kirkjufell. Y no se nos podría haber ocurrido un mejor estreno para el viaje. Uno de nuestros lugares favoritos no solo de Islandia, si no de la suma de todos los destinos que hemos visitado, nos espera con una ausencia de nubes que no pudimos disfrutar en los dos días que pasamos frente a él durante nuestra experiencia anterior. No nos podemos librar del molesto viento y el sitio se ha visto alterado levemente con la instalación de cordones de seguridad, pero eso es lo de menos.

Nos encontramos el pequeño aparcamiento entre Kirkjufell y sus cataratas vecinas de Kirkjufellsfoss completo, por lo que debemos esperar varios minutos hasta que uno de los coches enciende sus luces y se marcha para dejar un hueco disponible. Tras conseguir aparcar, solo queda una cosa que hacer: disfrutar. Cargamos con las mochilas, nos preparamos para el viento y enfilamos el camino hasta el estratégico balcón por encima de las aguas de Kirkjufellsfoss. No hay palabras para describir el nivel de disfrute que supone para nosotros ver la picuda montaña y las cataratas en estas condiciones de visibilidad perfecta, teniendo en cuenta lo difícil que resultó hacerlo en nuestra visita anterior de hace dos años.

Siempre Kirkjufell
Contra pronóstico, el día nos acompaña

Hay algo de gente, pero por ahora mucho menos de la que temíamos. Cuesta hacer una fotografía sin alguien cruzando entre la montaña y nosotros, pero en todo momento hay espacio disponible para plantar el trípode y dar rienda suelta al obturador. Durante este trance, una pareja de turistas parece sacar algo de su mochila y… sí, es una estelada catalana. No voy a meterme en temas políticos -ni siquiera tengo una opinión plenamente formada al respecto-, pero que al llegar a un lugar así tu prioridad sea hacerte una foto reivindicativa me resulta… extraño.

Nunca nos cansaremos de este lugar
Complicado encontrar un instante sin gente cruzando
Las montañas frenando a las nubes tras nosotros

Pasaríamos horas simplemente de pie frente a Kirkjufell y sus cataratas, pero en algún momento hay que cambiar de posición. Lo hacemos primero para rodear parcialmente el pequeño lago que forman las aguas de Kirkjufellsfoss tras superar sus escalones. Desde aquí la silueta de la montaña cambia, no tan radicalmente como cuando regresas a Grundarfjördur pero sí jugando con la perspectiva para que su cima parezca más picuda si cabe. A las 15:00 completamos el rodeo que nos lleva de regreso a nuestro vehículo y nos despedimos de Kirkjufell, presumiblemente esta vez para más que dentro de otros dos años. Cumplida la misión de verla acompañada de cielos despejados, ya solo queda en el “debe” poder disfrutarla bajo un cielo nocturno plagado de auroras. Eso quizás requiera pasar la noche en esas cabañas situadas a su izquierda y que vimos un día navegando por Airbnb…

Cambiando un poco la perspectiva
Otro punto de vista hacia Kirkjufellsfoss

Nos alejamos de la zona pasando de nuevo por Grundarfjördur, con parada obligatoria tras la salida del pueblo para un último vistazo a nuestra montaña favorita ahora desde el ángulo que muchos consideran “el lado feo”. Nuestro próximo alto en el camino se encuentra al noreste de nuestra posición, pero el camino más directo obliga a conducir por una carretera 54 que todos los servicios de navegación y viajeros que nos han precedido desaconsejan debido a su estado. Por ese motivo nuestros próximos kilómetros nos llevan de nuevo hasta Bogarnes para desde allí volver a ascender, en una alternativa que pese a incrementar la distancia en 40km supone, según los cálculos de Google Maps, alcanzar prácticamente a la misma hora nuestro siguiente destino.

Un último vistazo antes de perderla de vista
Grundarfjördur y su montaña

Remontando el puerto de montaña en el que horas antes los cielos se abrieron, sufrimos de nuevo escuchando como nuestra Happy Ex 1 lo pasa francamente mal remontando fuertes pendientes. Con la llegada de las cuestas, la velocidad de 90 km/h empieza a bajar rápidamente hasta los 60 pese a mantener el pie pisando a fondo el acelerador. Es en estos instantes cuando ocurre algo que nos mantendría preocupados durante un buen rato: nos damos cuenta de que una luz del cuadro de mandos está encendida. Somos incapaces de recordar si lleva encendida desde que comenzamos a conducir o ha sido ahora cuando se ha iluminado.

La preocupación no mejora cuando, consultando por internet, concluimos que ese es el piloto de “alerta por malfuncionamiento del motor”. Recién salidos y con nueve días de carretera por delante, una alarma como esa es lo último que quieres encontrarte a las pocas horas de salir del garaje. Como nos encontramos en un lugar relativamente remoto, decidimos enviar por ahora un correo a Happy Campers y esperar a alcanzar Bogarnes para, desde allí y si no hemos recibido respuesta previamente, llamarles por teléfono para recibir ayuda inmediata. Esos kilómetros de regreso hasta la ciudad transcurren en un silencio dentro del vehículo que hace palpable que ambos estamos preocupados ante lo que se puede avecinar. Un cambio de vehículo, acudir un taller… todas ellas opciones que irremediablemente nos harían perder unas valiosísimas horas nada más empezar una agenda ya de por sí apretada.

Llegamos a Bogarnes y, ante la falta de respuesta por correo electrónico, llamamos al teléfono de atención. El empleado que nos atiende, que sospecho que es el mismo que nos presentó la camper unas horas antes, nos tranquiliza inmediatamente. Se trata de un malfuncionamiento del piloto del que son plenamente conscientes y no acarrea detrás ningún problema real con el vehículo. Se disculpa por no haberlo mencionado durante el trámite de entregarnos la furgoneta y reconoce que ir por el país con un coche con esa luz encendida no es lo ideal, pero insiste en que no hay nada de lo que preocuparse. Por la confianza previamente adquirida con la empresa decidimos creerle y no darle más vueltas al asunto, aliviados al saber que por lo menos hoy no habrá que cambiar de planes. Aprovechamos el paso por Bogarnes para realizar un primer repostaje en una gasolinera N1, en la que nos beneficiamos de un simbólico descuento de tres coronas islandesas por litro gracias a la tarjeta de fidelidad que acompaña a las llaves del coche.

Nos quedan tres horas por delante en las que, al iniciar de nuevo el ascenso hacia el norte, descartamos ya por completo la que iba a ser nuestra primera excursión del viaje antes de que decidiéramos hacer saltar por los aires nuestros planes y rodear toda la isla. La catarata de Glymur se encuentra al este de Bogarnes y su inmensa altura -la segunda más alta conocida en toda Islandia- bien merece dedicar unas horas para llegar lo más cerca posible de ella. Sin embargo nuestra nueva agenda rodeando todo el país hacía muy complicado encajar esta parada así que, pese a ser una de las cosas inéditas que no habíamos hecho dos años antes, decidimos descartarla en favor del resto de nuestra intenciones.

De nuevo Vedur, el sistema meteorológico islandés, acierta lo imposible cuadrando exactamente las horas y las zonas en las que encontramos lluvia y aquellas en las que el cielo se despeja. Pasamos de largo junto a los desvíos para la catarata de Glanni y los cráteres de Grábrok, viejos conocidos a los que consideramos que no merece la pena hacer una revisita. Superamos los desvíos que a mano izquierda nos llevarían a los fiordos del oeste, esa poco explorada península en la esquina superior izquierda del país y que promete menor afluencia de público y paisajes espectaculares -nos quedamos con ganas de ver la catarata de Dynjandi- a cambio de un largo recorrido por sus carreteras.

Cuando faltan 20 kilómetros para alcanzar nuestro destino, superamos la ubicación de uno de nuestros campings favoritos de cuántos visitamos en 2015. Desgraciadamente Ferdabjónustan Daeli ha pasado a ser un negocio exclusivamente de alquiler de cabañas, quedando totalmente descartado volver a pasar la noche en sus ya inexistentes terrenos para acampada ni volver a encontrarnos con el perro de los dueños que vigilaba los alrededores. Es aquí donde abandonamos el cómodo asfalto de la “Ring Road” para dirigirnos al norte a través de una carretera 711 sin asfaltar y llena de baches, pero que podemos superar a velocidades cercanas a los 60 km/h pese a la fama que tiene de impracticable entre muchos de los compañeros viajeros con los que hemos intercambiado impresiones. La cubertería tras nuestros asientos supone toda una orquesta cuando superamos baches y más baches, pero sin mayor contratiempo llegamos al parking de Hvitsérkur a las 18:45.

Nadie no islandés llama a este lugar Hvitsérkur. En su lugar, se le conoce como aquel animal al que cada uno considera que se parece el pequeño arco de piedra que emerge de las aguas a pocos metros de la orilla y motivo por el cual encontramos en el mirador en lo alto del acantilado a seis o siete personas. Algunos le llaman el perro, otros el mamut… nosotros pertenecemos a ese grupo que ha optado por llamarle El Elefante. Y ante él estamos, tras bajar con cautela por el rudimentario descenso embarrado que nace en el mirador y encontrándonos en la orilla apenas otras dos parejas haciendo lo mismo que nosotros: sentarse ante el arco y ver como las olas rompen contra él antes de seguir su curso hasta nosotros. Hay marea baja, pero no la suficiente para poder acercarse a pie hasta la mismísima piedra.

Cuando despertó, el elefante seguía ahí
La marea alta impide acercarse, pero otros podrían intentarlo
Las orillas de Hvítserkur, ahora desde el mirador

Con la larga hora que pasamos frente a Hvitsérkur termina nuestra primera etapa del viaje, satisfechos por haber podido hacer todo lo previsto y con un tiempo que ha sido benevolente en los momentos clave. Falta ahora el último y más pesado tramo de carretera del día, deshaciendo primero los 20 bacheados kilómetros de nuevo hacia el sur para retomar la carretera circular y seguir avanzando hacia el este. Son las 21:30 cuando alcanzamos nuestro primer camping del viaje, en este nuevo escenario en el que ya no está permitido acampar prácticamente en ningún sitio que no sean los campamentos especialmente habilitados para ello. Tenemos ciertos problemas para localizarlo ya que las coordenadas GPS que traemos de casa parecen no ser las correctas, pero finalmente damos con él un par de kilómetros antes de lo previsto. A razón de un total de 2700 coronas por dos personas podemos pasar la noche aparcados sobre una de las múltiples superficies de hierba afortunadamente resguardadas del fuerte viento por filas de altos árboles.

Es turno de disfrutar de nuestra primera cena ambulante, y nos espera una desagradable sorpresa cuando sacamos por primera vez nuestros víveres de la nevera. Pese a mantenerla todo el día configurada al mínimo de potencia (en modo “Enfríar” y no “Congelar”), todo lo que extraemos de ella está absolutamente solidificado. Los yogures, la leche… incluso el queso y la sobrasada están tan helados que es imposible cortar ni untar nada. Improvisamos con cosas que no era necesario mantener en frío y decidimos dejar la nevera apagada, ya que la ausencia de calor y el estado actual de las cosas deberían asegurar que nada se eche a perder en el corto plazo. No es lo ideal, pero cenamos.

Siendo la primera noche, esperábamos que la adaptación a este nuevo y más pequeño modelo de furgoneta fuera duro. Y así es. Cuesta acostumbrarse al reducido espacio disponible en el interior de la Ford Transit cuando desplegamos por primera vez la cama, la vestimos con el cubre colchón y las almohadas proporcionadas por Happy Campers y extendemos sobre ella los dos sacos de dormir de Decathlon que traemos de casa. Una vez instalados y con la calefacción afortunadamente funcionando a la perfección, es evidente que las dimensiones de la cama son muy inferiores a los de la Happy Ex 2. Estamos apretados pero con la esperanza de que con el paso del día nos acostumbremos a nuestro nuevo hogar dormimos por primera vez bajo el techo de nuestra furgoneta, un descanso que veníamos mereciendo tras las pocas horas de sueño de la noche anterior.