El camino a Keflavík

Día 0 | 31 de agosto de 2017

Septiembre. Nada especial. Lunes. Menos especial todavía. Una tarde más en una isla de Mallorca en la que las temperaturas vuelven a repuntar tras lo que parecía una tregua por debajo de los 30 grados. ¿Dónde está lo remarcable? Pues en que hace 36 horas estábamos surcando los aires en plena noche para regresar de nuestro segundo paso por ese irreal paraíso que es Islandia. Y como no hay viaje sin diario, aquí estamos. Listos para convertir esas rudimentarias y crípticas notas tomadas con Google Keep en un texto con una mínima coherencia y que sirva de recuerdo de los que ocurrió durante los diez días anteriores. Comencemos.

No hay viaje sin traslado y en eso consiste este “Día cero” que, dado que va a ser más corto de la habitual, aprovecharé para ampliar con una introducción del qué, el cómo y el por qué -no necesariamente en ese orden-.

Este 2017 ha sido especialmente pródigo en viajes para nosotros. Con el objetivo de cambiar la estrategia de un solo viaje de muchos días por varios más contenidos, comenzamos nuestras desventuras en junio con un salto al Parque Nacional de Yosemite. Lo seguimos con algo más modesto pero igualmente espectacular, visitando por primera vez el Principado de Asturias a principios de agosto. Y solo un mes después, lo completamos con la que es nuestra segunda visita a Islandia en dos años.

¿Y por qué repetir tan pronto? Pues por una suma de motivos. El primero, que el recuerdo de esos quince días recorriendo el país con una camper es tan magnífico que desde el mismo instante en que terminaron, teníamos claro que no sería la última vez que pisaríamos el país. El segundo, que Islandia ha sufrido un repentino e imparable aumento de popularidad, provocando que lo que hace dos años eran rincones que disfrutar en completa soledad se estén convirtiendo en parada de autocares con grandes y ruidosos grupos de turistas. Así que mejor volver antes de que sea impracticable. Y por último, en lo que supone un objetivo ya recurrente, volvemos a viajar hacia el norte en busca de temperaturas más frías que las que azotan las Baleares cada verano.

Para el cómo, por supuesto y tras lo bien que resultó en la experiencia anterior, nuestro alojamiento y nuestro medio de transporte iban a ser lo mismo: una camper de la ya conocida empresa Happy Campers, de nuevo reservando el modelo más pequeño y económico “Happy Ex 1” aún a sabiendas de que eso supondrá una pérdida de espacio respecto al modelo “Ex 2” que acabaron entregándonos en 2015.

Y vamos a lo más importante, el qué. Tan solo tres días antes de emprender el viaje, nuestro plan era muy conservador. Dada la duración de solo nueve días y el hecho de que la mitad suroeste del país concentra un porcentaje muy alto de los puntos a visitar sin vehículo todoterreno, nuestra agenda incluía un itinerario discreto y con margen de maniobra suficiente que se limitaba a visitar esa mitad, en concreto el tramo que va desde la montaña de Kirkjufell (al norte de la península de Snaefellsnes, en la costa oeste) hasta la cordillera de Vesturhorn, en el sureste y justo donde la carretera circular inicia su desvío hacia el norte.

Sin embargo, uno de los muchos encantos -o maldiciones, según a quién preguntes- de Islandia es lo volátil y radical de su meteorología, y en este caso parecía destinada a estropearnos gran parte de la experiencia. Para los primeros días en los que estaríamos recorriendo la ruta prevista, parecía no haber escapatoria. Comenzáramos por donde comenzáramos el viento, la lluvia y los cielos totalmente cubiertos iban a ser nuestra compañía, algo que en algunos de los puntos sobre el mapa iba a deslucir completamente la experiencia. Sin embargo, si echábamos un ojo a la previsión para la mitad norte del país, el resultado era totalmente distinto. Cielos mayormente despejados solo interrumpidos por breves ventanas de nubes, y rara vez acompañados de lluvia.

Así que con muy poco margen pero con la ventaja de conocer ya el país, las distancias y lo que se puede y no se puede hacer, pusimos patas arriba nuestros planes con un claro objetivo: ¿Podríamos dar la vuelta completa? Y renunciando a los “días comodín” para improvisar ante imprevistos y haciendo un esfuerzo adicional de tiradas de carretera especialmente durante los primeros días, las cuentas salían. Era posible trazar un círculo con inicio y fin en Keflavík -zona en la que aterrizamos y recogemos nuestro vehículo- que recorriera todo el perímetro, a excepción de esa península del noroeste muy pocas veces incluida en los planes de los viajeros debido a los rodeos y tiempo que requiere para visitarse como es debido. Todavía manteniendo ambos planes y sus distintas variantes -comenzando en un sentido u en el otro-, estaba decidido. Íbamos a dar la vuelta entera.

Finalizada esta breve introducción para ponernos en contexto, vamos hacia el aeropuerto. En lo que supone un cambio ante la tónica habitual de coger vuelos de primera hora de la mañana para así tener ya un día para disfrutar en el destino, esta vez salimos hacia Son Sant Joan en la tarde de un jueves, pocas horas después de haber salido de nuestros puestos de trabajo. Por algún motivo que desconocemos, los vuelos a Keflavík tanto desde Madrid como Barcelona tienen la costumbre de aterrizar en el destino muy tarde, con el agravio que supone tener que buscar un alojamiento para esa noche si la empresa de alquiler de camper no ofrece servicio de recogida de 24 horas.

El Aeropuerto de Palma de Mallorca está relativamente tranquilo, considerando que hoy es el último día de agosto y la isla se ha convertido en un parque temático sobreexplotado. No tardamos en localizar los mostradores de Iberia Express, nuestra compañía aérea para esta ocasión. Y aquí llegan los primeros nervios. Pese a llegar con un buen colchón de tiempo y tener hasta tres empleados dedicados a la facturación, la cola avanza a un ritmo exasperante. Observamos a los empleados y, a excepción de una mujer que sí parece diligente y tener claros los pasos a seguir, sus dos compañeros más jóvenes invierten muchos más minutos de los que debería ser necesario para facturar el equipaje de los pasajeros. Miradas perdidas hacia el monitor, largos momentos esperando a que el ordenador responda… todo señales que no hacen ninguna gracia cuando sigues en la cola, con varios pasajeros más por delante de ti, y apenas quedan 20 minutos para la hora a la que supuestamente se inicia el embarque.

Afortunadamente alguien toma la obvia decisión de que tengan prioridad para facturar los pasajeros del vuelo cuya hora de salida empieza a acercarse, y gracias a eso ganamos varios puestos en la fila que permiten que llegue nuestro turno. Tenemos la suerte de que nos atienda la experimentada mujer, así que no tardamos en despedirnos de nuestros dos bultos de 11 y 13 kilos y enfilar el camino hacia la planta superior, tarjeta de embarque en mano. Quedan 30 minutos para despegar cuando llegamos a la puerta desde la que abordaremos el avión, que todavía no ha empezado a engullir la inevitable cola de pasajeros que esperan ya frente al mostrador.

El primer salto, desde Mallorca hasta Madrid, transcurre sin problemas y en la poco más de una hora prometida. Tenemos por delante tres horas hasta poder tomar nuestro próximo vuelo en una puerta de embarque cercana a la que nos ha recibido, así que prisa es lo último que tenemos. Nos sentamos en uno de los sillones cercanos a un enchufe de la cafetería Starbucks para pasar el rato a golpe de redes sociales y un café. A menos de 24 horas de recibir nuestro vehículo todavía nos replanteamos qué recorrido hacer y en qué sentido iniciarlo, siempre con un ojo puesto en la previsión meteorológica de los próximos días en el servicio meteorológico islandés. La “vuelta completa” comenzando por el norte se ha estropeado un poco, pero sigue siendo nuestra mejor apuesta.

Entramos en el avión y despegamos de Barajas, demasiado tarde para un vuelo que nos mantendrá encerrados en cabina durante cuatro horas y media. Alcanzar la medianoche y el cansancio acumulado de un día que ha incluido jornada laboral hace que el trayecto hasta Keflavík se haga largo, muy largo. Solo la bendita compañía de series -ya había olvidado qué buenas es Halt & Catch Fire- ayudan a sobrellevar el trago, solo animado durante la última hora cuando por la ventana una tenue y suave mancha verde llama la atención de los pasajeros a nuestro lado del avión. Configuro la cámara para ganar fotosensibilidad en deprimento de calidad y… efectivamente, una aurora boreal nos está dando la bienvenida al espacio aéreo islandés. Emite muy poca luz y el foco situado en el ala junto a nosotros no ayuda, pero no se puede decir todos los días que hayas visto estas hipnóticas luces mientras vuelas.

Si el objetivo era ver auroras, es un buen comienzo

Cuando nuestro avión toma tierra, alcanza la terminal y ponemos los pies sobre el Aeropuerto de Keflavik es… madre mía, es muy tarde. Para los islandeses pasa una hora de la medianoche, pero debido a la diferencia horaria para nosotros son las tres de la madrugada. Desactivamos el modo avión de nuestros teléfonos móviles y, tal y como nos prometió Movistar, se conectan a la red de Siminn mediante roaming sin necesidad de ajustes adicionales. ¡Y por fin sin pagar más!

Salimos al vestíbulo de la terminal y cambiamos en la oficina de divisas 80 euros por el equivalente en coronas islandesas, probablemente más cantidad de la que necesitemos ya que prácticamente todo se puede pagar con tarjeta de crédito. Perdemos por el camino un buen pellizco en concepto de comisiones y un cambio “no tan favorable”, pero el resultado no hubiera sido muy diferente de haber realizado el trámite en una entidad bancaria de España antes de venir. Ya con un poco de efectivo en el bolsillo, hacemos un recorrido visual del vestíbulo para encontrar a un hombre con una tablet en la que figura el nombre de L. Es el dueño de la casa cercana al aeropuerto y a la oficina de Happy Campers en la que pernoctaremos esta noche, reservada a través del portal de Airbnb.

El propio dueño nos saca de la terminal a cambio de pagar 1500 coronas -bastante aceptable, teniendo en cuenta que solo el aparcamiento ya cuesta 500-. Al principio no parece querer mucha conversación, pero tras unos minutos se suelta y hablamos sobre cómo todos los vuelos de sus huéspedes españoles llegan tardísimo. En apenas diez minutos estamos frente a su casa, en la que la planta inferior queda reservada para las tres habitaciones de alquiler y el salón, baño y cocina comunes para todos sus huéspedes.

Nuestro efímero dormitorio

Con el cansancio acumulado y la necesidad de estar listos para que nos recoja Happy Campers dentro de 5 horas, no queda mucho más que decir ni hacer. Tras un breve recorrido por las instalaciones para no andar perdidos cuando queramos aprovechar el desayuno incluido en la reserva, nos despedimos de nuestro anfitrión y perdemos el mínimo tiempo necesario en enchufar nuestros teléfonos, preparar la ropa para mañana y meternos en la cama. El primer objetivo ya está cumplido. Estamos en Islandia.