Senda del Oso, Oviedo, vuelta a casa

Día 7 | 8 y 9 de agosto de 2017

Mapa de la etapa 7

Picadillo. Ahora que ya he soltado la inevitable primera palabra del día tras tenerla muy presente durante toda la noche, podemos empezar.

Empieza nuestra penúltima mañana en Asturias, si bien tiene gusto a despedida. En 24 horas estaremos ya con toda seguridad en el aeropuerto esperando para embarcar así que realmente podríamos decir que este séptimo día es el último de cuántos habremos vivido en el Principado.

Va a ser una última jornada muy ligera en contenidos. Nuestro plan inicial era ambicioso, aprovechando el recorrido que va desde el Valle de Somiedo hasta el aeropuerto junto a Avilés para hacer dos últimas excursiones. La primera sería la Ruta de las Xanas, un recorrido que, salvando las distancias, recuerda a la Senda del Cares abriéndose paso a través de una pared montañosa. La segunda iba a ser una porción de la Senda del Oso, un larguísimo paseo por el que lo habitual es encontrar familias a bordo de bicicletas de alquiler. Sin embargo, el encontrarnos en el último de varios días en los que siempre ha habido alguna actividad de senderismo, el deseo de revisitar Oviedo para algunas compras gastronómicas y la necesidad de llegar no demasiado tarde a nuestro último alojamiento en previsión del madrugón de mañana nos hace replantear nuestra agenda. Nuestras botas de montaña no volverán a caminar por Asturias... por lo menos por ahora.

Amanece la Pola de Somiedo con el cielo más despejado de cuantos hemos visto a primera hora desde que nos alojamos aquí. Es solo un espejismo, ya que cuando volvemos del desayuno la niebla vuelve a asomar la cabeza y, lo más significativo, las nubes empiezan a cubrirlo todo dando paso a una débil lluvia que todo apunta será la introducción de un día más bien desapacible. La novedad que introduce el tercer y último desayuno del Palacio Flórez-Estrada son crepes o, como les llaman aquí, frixuelos. Las tomamos combinadas con la mermelada de cada mañana y el plátano que sirven hoy como pieza de fruta.

A las diez de la mañana ya no podemos posponer más nuestra salida. Durante el proceso en el que completar el pago de 240 euros por las tres noches, Manuel nos agradece el comentario positivo acerca del hotel que anoche publicamos en el servicio de opiniones de Google. Oímos a otros huéspedes decir algo acerca de una botella de sidra como obsequio por cada habitación alquilada, pero como el anfitrión no dice nada al respecto preferimos no preguntar. Cargamos todo el equipaje en el coche y ponemos rumbo a Oviedo. Con permiso de las demás zonas visitadas, el Valle de Somiedo nos ha brindado probablemente las dos mejores jornadas del viaje. Y es algo que tiene mucho mérito teniendo en cuenta su especialmente inestable meteorología y el requisito de transitar lentas carreteras de montaña para recorrerlo. Pero el infinito paisaje, la paz que respira cada uno de sus rincones y la sensación de reposo que transmiten las calles y fachadas que constituyen sus pequeños núcleos son un acompañamiento perfecto para los lagos que en retrospectiva solo son una excusa para visitar este paraíso.

El modo de abandonar el Valle de Somiedo rumbo al norte es mediante el Puerto de San Lorenzo, y hacia allí nos dirigimos. Otra vez esa serpenteante carretera de montaña que tres días atrás descendimos en dirección contraria, y otra vez una testaruda niebla que va aumentando en densidad según ganamos altura, teniendo su clímax en los 1.347 metros del puerto de montaña. Esta vez, sin embargo, no encontramos vacas en medio del camino que hagan especialmente peligrosa la poca visibilidad de la carretera. Y como regalo de despedida, la niebla se abre tímidamente en el preciso instante en el que coronamos la cima y nos detenemos un minuto para hacer un cambio de conductor.

Con mucha niebla subimos...
... y con menos niebla bajamos

Todo lo que sube tiene que bajar, y nuestro Volkswagen Polo no es una excepción. Perdemos toda la altura que nos ha dado el puerto y con ello la temperatura exterior, que había alcanzado un mínimo de 8 grados, se dobla hasta alcanzar los 16. El aumento de temperatura viene acompañado de un cielo mucho menos amenazador, sustituyendo el oscuro gris de Somiedo por nubes blancas con pequeñas grietas que dejan ver el brillante azul.

Pasamos de largo el desvío al desfiladero de la Ruta de las Xanas, sin remordimientos. Y llegamos a la Senda del Oso, a la cual pese a haber decidido no recorrerla si pretendemos dar un poco de atención en forma de un leve paseo para ver el que para nosotros resulta ser su mayor atractivo: los ejemplares de oso cantábrico que viven aquí bajo el atento cuidado de una fundación cuyos esfuerzos se centran en preservar la especie. Detenemos el coche en el amplio aparcamiento del Área Recreativa de Buyera y caminamos hacia el inicio de la senda, pasando previamente por unas instalaciones que incluyen el alquiler de bicicletas, un bar y una piscina sorprendentemente cuidada que visto el suave clima que tenemos en pleno agosto, no sabemos cuándo debe amortizarse.

Conectamos con el tramo de la Senda del Oso que pasa por aquí y comenzamos a caminar hacia la derecha. Según los carteles, en apenas un kilómetro de paseo alcanzaremos los cercados donde es posible -pero no seguro- ver alguno de los cuatro especímenes. Alcanzamos dichos cercados. A mano izquierda tenemos el Cercado 1, que se extiende en paralelo al camino y en el que solo se encuentra Molina, el más joven de los osos del área de tan solo cuatro años de edad. A la derecha y por debajo de nuestra altura se encuentra el Cercado 2, en el que deberíamos ver a tres osos más que al parecer ahora se encuentran refugiados en la instalación cubierta donde pasan la noche.

Caminando por la Senda del Oso
Un poco de introducción y orientación
Las vistas junto a la senda

Pasamos aquí varios minutos y lo único que conseguimos ver es el lomo de la pequeña Molina que duerme tras una roca. Un energúmeno, cigarro en mano y cumpliendo todos los requisitos para ser nominado a Cuñado del Año, se dedica a dar voces, palmas e incluso tirar alguna piedra contra la valla para intentar despertar al animal. Y no lo consigue inmediatamente, pero tras unos minutos y cuando estábamos a punto de dar media vuelta, Molina interrumpe brevemente su siesta matutina y nos regala un par de minutos en los que retoza contra la hierba y su cabeza es completamente visible a través de la cerca.

Molina despierta
Molina saluda

El joven oso vuelve a lo que mejor sabe hacer -dormir- y pasamos diez minutos observando la apertura del Cercado 2, donde un hocico asomado al sol da esperanzas sobre ver a otro de los animales. Pero el tiempo pasa y la situación no cambia, así que finalmente enfilamos el camino de vuelta. Si ayer en el Lago del Valle parecía ser el día de alemanes visitando Asturias, hoy parecen haber tomado el relevo los turistas italianos. Son las 12:00 cuando regresamos a un aparcamiento que, pese a sus notables dimensiones, empieza a presentar el riesgo de quedarse sin plazas libres.

Seguimos hacia Oviedo, dejando definitivamente atrás las carreteras de montaña y transitando por cómodas nacionales. Nos dirigimos directamente al mismo barrio en el que encontramos una aislada plaza libre varios días atrás pero esta vez no tenemos tanta suerte. Incluso nos vemos en apuros para encontrar un aparcamiento delimitado como zona azul, pero tras varias vueltas damos con él. Gracias a que la tarificación se detiene a las 14:00 y no se reactiva hasta las 16:30, nos basta con un euro para asegurar tiempo más que suficiente para nuestro cometido en esta segunda y última visita a la capital asturiana.

Las calles ovetenses están mucho más pobladas hoy pese a que nuestro anterior paso por ellas fuese en sábado y hoy estemos a martes. No tardamos en alcanzar el Mercado del Fontán, a pocos metros de la plaza de la catedral. Comenzamos a recorrer los locales en busca de la mejor oferta de quesos típicos de la región, con el objetivo de llevarnos varios para nosotros y varios para mis suegros. Finalmente nos llevamos tres quesos pequeños y una cuña de cabrales por 16 euros.

Mercado del Fontán
Difícil elegir

Sin intención de revisitar nada de lo que ya vimos días atrás en la ciudad, regresamos al coche y comenzamos el último "gran" tramo del viaje, el que separa las ciudades de Oviedo y Avilés. Y sobre la campana y gracias a que dispone de un local en la ciudad cercana al aeropuerto, para el almuerzo de hoy probaremos por primera vez lo que tiene que ofrecer una franquicia muy habitual entre las recomendaciones gastronómicas de la región. Nos vamos a Tierra Astur.

Las calles de Oviedo, por última vez
De nuevo junto al Ayuntamiento

La entrada a Avilés... no se puede decir que sea bonita. Nos dan la bienvenida numerosas columnas de humo procedentes de chimeneas y las calles tampoco ofrecen ningún espectáculo destacable. Nos vemos obligados a aparcar nuevamente en plazas de pago, y con el importe mínimo de 70 céntimos tenemos derecho a permanecer estacionados hasta las 17:02. Algo menos de diez minutos nos separan del local de Tierra Astur y son las 16:10 cuando podemos hacer el pedido, así que será una experiencia contrarreloj.

Tierra Astur es... lo que tenía que ser una franquicia gastronómica en una tierra como ésta. Imagínate un Foster's Hollywood pero cambiando la ambientación y la materia prima por las que corresponden en un surtidor de carnes de primera calidad como es el Principado de Asturias. Encontramos su salón rústico basado en madera y botellas de sidra abarrotado pero conseguimos una mesa junto a la barra, lo cual no nos impide pedir platos de la carta de comidas. Y vaya carta. Un libro ilustrado de muchísimas páginas en las tras cada foto lo más suave que se puede decir es "madre mía".

Miedo ante lo que puede llegar

Pedimos pollo al ajillo y un plato de ternera troceada y en lo que esperamos y vemos salir platos por el montacargas de cocina nos asustamos. Vemos costillares de cerdo más largos que mi brazo. Fuentes de carne en los que decenas y decenas de jugosas piezas compiten por alcanzar la cima de una montaña de calorías. Nos sirven una cesta de pan en la que cada trozo sería suficiente para hacerse un bocata. Y llegan los platos. Y el pollo está bueno, pero la ternera... ay, la ternera. Cortada en trozos del tamaño preciso para que conserven todo el sabor y jugosidad, cada bocado nos enamora un poco más -si eso era posible- de Asturias. Pese a las prisas por el tiempo limitado de aparcamiento, disfrutamos del sitio como se merece. Pedimos la cuenta y ahí encontramos el único pero: es algo caro... para el estándar asturiano. 35 euros por los dos platos y las dos bebidas es un precio aceptable, pero es igualmente cierto que en Asturias puedes comer así de bien y en estas cantidades por mucho menos. En cualquier caso debo imitar a los que nos recomendaron esta visita y reconocer que Tierra Astur es parada casi obligada para cualquiera de buen comer que visite la región.

El pollo al ajillo...
... y la ternera, ay la ternera

Salimos a la plaza del Ayuntamiento de Avilés con menos de diez minutos para alcanzar nuestro coche. Nos acompaña a través de la plaza y la calle comercial que de ella emerge un cielo azul que hubiéramos preferido disfrutar a nuestro paso por Oviedo. Alcanzamos el coche y misión cumplida. Las 17:04, solo dos minutos por detrás de la hora límite y sin rastro de multa ni agente encargado de ponerla.

Hola y adiós, Avilés

Arrancamos nuestro último tramo de carretera. Apenas 15 minutos por autopista nos separan del que será nuestro último destino del viaje antes de devolver mañana el vehículo en la terminal del aeropuerto. Alcanzamos los alrededores del municipio de Soto del Barco y en el proceso debemos pasar junto a una iglesia donde se está celebrando un funeral y tanto asistentes como protagonista están ya en la puerta. Pasamos de largo el cementerio y alcanzamos una casa amarilla con aspecto de recién reformada -o levantada...- en lo alto de una colina. Hemos llegado.

La Casa de Aldea de Los Sombredales, que a cambio de 70 euros nos permitirá pasar nuestra última noche a diez minutos del aeropuerto, nos ofrece mucho más de lo que esperábamos. Una construcción cuyo interior alberga un comedor y cinco habitaciones y junto a la cual se encuentra la vivienda particular de su anfitrión. Una ubicación perfecta con vistas de 270 grados hacia el valle, las montañas e incluso una pequeña porción de Mar Cantábrico en el horizonte. Saludamos a mi tocayo antes de acceder a la habitación, que es de tamaño más que suficiente para nosotros dos y ofrece maravillosas vistas al valle... cementerio incluido. Por lo menos eso nos garantiza que no tendremos ruido durante la noche procedente del exterior. Espero.

Los Sombredales
La entrada a la Casa de Aldea
El horrio junto a la casa del anfitrión

Nuestro nuevo casero nos recomienda acercarnos en cinco minutos a un mirador a apenas un kilómetro de aquí, y así lo hacemos. Dejamos nuestras cosas, tomamos la carretera alejándonos del cementerio y enseguida estamos en lo alto de otra colina, con la única compañía de una enorme casa rural cuyos ancianos dueños se encuentran faenando en el exterior. Giramos la vista y tenemos el valle en todo su esplendor ante nosotros. Cuatro vacas sueltas disfrutan del paraíso varios metros por debajo de nuestra posición. Pasamos aquí varios minutos con aires de despedida, tan convencidos como siempre de que no será nuestra última visita a Asturias. Parece mentira que a apenas unos minutos de Avilés el Principado vuelva a brillar con luz propia.

Las vistas a Soto del Barco
Los locales, faenando
Un poco más de detalle del pueblo

A las 18:00 ya estamos de nuevo en nuestra habitación de la Casa de Aldea. Echados en la cama, con la ventana abierta para no perder las vistas ni un solo instante, no nos cabe duda. Nos gustaría vivir aquí. Hasta el punto de echar un vistazo rápido a portales inmobiliarios para tener una referencia respecto a precios... y encontrarnos a la venta una de las casas rurales que vemos desde la ventana. Voy al banco un momento, ahora vuelvo.

Las últimas vistas desde la habitación

Encendemos la tele por primera vez en todo el viaje y nos hace compañía durante el rato que pasamos confeccionando el equipaje definitivo y posteriormente escribiendo la etapa del diario y haciendo copia de seguridad de la última tanda de fotografías y videos. En ese rato el Real Madrid se proclama Supercampeón de Europa, como si eso importase. Son las 23:00 cuando apagamos las luces con la previsión de volver a encenderlas en menos de ocho horas. Todo está listo. Asturias 2017 llega a su fin.

La última cama

(ocho horas de reparador sueño después)

En marcha. A las 6:40 suenan nuestros teléfonos móviles para recordarnos que hoy no hay tiempo para dormitar. Saltamos de la cama como un resorte, guardamos neceser, cerramos bolsas, y bajamos éstas al maletero del Volkswagen Polo cuyos servicios están a punto de llegar a su fin. Poco antes de las 7:00 y tal y como habíamos acordado nuestro anfitrión aparece para servirnos el desayuno. Tenemos que conformarnos con el café, zumo, tostadas y bollería industrial, ya que la temprana hora impide que estén listos el bizcocho y pan casero. Desayunamos con relativa urgencia y tramitamos la salida. Resulta que el desayuno, que creíamos estaba incluido en la reserva, se debe pagar aparte a razón de cuatro euros por persona. De haberlo sabido probablemente hubiéramos decidido desayunar en el aeropuerto una vez facturados y listos para embarcar.

Pero no hay tiempo para lamentos: nos ponemos al volante y en menos de 15 minutos estamos de nuevo en ese aparcamiento del que salimos hace ya una semana. El cuentakilómetros se detiene en los 753 km, una distancia más que considerable teniendo en cuenta la extensión de Asturias de punta a punta. Llave de contacto, maletas fuera y nos dirigimos al mostrador de Europcar para cumplir el trámite de entregar las llaves. Llegamos a facturación y seguridad con miedo a lo que podamos encontrar, ya que nuestro último anfitrión nos advertía de que el Aeropuerto de Asturias presenta a menudo problemas de largas esperas para estos trámites. Pero nada más lejos de la realidad: encontramos absolutamente cero cola para facturar y el mismo escenario para pasar el arco de seguridad. Con una hora de antelación estamos ya frente a la séptima de las nueve puertas de embarque del coqueto Aeropuerto de Oviedo-Asturias y no queda mucho más que hacer. La conexión gratuita de AENA a cambio de reproducir el video de un anunciante nos aporta todo el entretenimiento que necesitamos hasta que a las 8:30 se abre el proceso de embarque.

A las 9:00 el avión comienza a moverse, y Asturias queda tras nosotros. ¿Nos ha gustado? Vaya. ¿Volveremos? Sin duda. ¿Nos mudaremos? Lo planteamos muy en serio. ¿Lo recomendamos? Sí, pero no nos pasemos y vengamos en tropel. No convirtamos esta joya en una Mallorca en la montaña.