Somiedo - Lago del Valle

Día 6 | 7 de agosto de 2017

Mapa de la etapa 6

Noche de récord. Tras nueve horas de un dulce sueño -diez en el caso de L, que yo me lío por las noches- abrimos los ojos en nuestra segundo amanecer en Pola de Somiedo. Le hemos cogido el punto rápidamente a nuestra pequeña habitación del Palacio Flórez-Estrada, que ayuda a pasar una noche placentera con sus normas respecto al ruido a partir de ciertas horas de la noche.

Volvemos a ser los primeros en bajar a desayunar estando ya listos para sentarnos a las 8:30. El servicio sigue siendo algo extraño, con Micaela -la mujer de Manuel, presumimos- yendo y viniendo constamente cargada cada vez de un plato diferente. La disposición de la casa, con las cocinas en un extremo y el porche reconvertido en comedor en el otro, no le pone las cosas fáciles. Hoy el desayuno sufre ciertas variaciones respecto al de la mañana anterior: en lugar de melón, sandía, y en lugar de bizcocho de naranja y chocolate, unas delicias creemos que de almendra y dos rebanadas de "bollo preñao" de chorizo, potentes como ellas solas.

Nuevo día, nuevo desayuno

Nos vamos hacia el aparcamiento a las 9:30. El desplazamiento de hoy es de solo ocho kilómetros, menos de la mitad respecto a los 20 que ayer nos separaban del Alto de la Farrapona. Nos dirigimos hacia el pueblo de Valle del Lago y esos ocho kilómetros no están exentos de dificultad al dibujar sobre la montaña un recorrido de fuerte pendiente en zig-zag que nos hace ganar altura a pasos agigantados, ofreciendo unas vistas a Pola de Somiedo que serían mucho más destacables si la ya tradicional niebla no se estuviera interponiendo en nuestro camino.

Cuando ya hemos ganado toda la altura posible y alcanzamos las primeras calles del rústico pueblo la niebla nos come por completo. Alcanzamos el parking al final del pueblo, con sus plazas separadas del arcén mediante un pronunciado desagüe que nos obliga a ser muy cautelosos al pasar con el coche para evitar sorpresas. Por ahora solo somos cuatro coches y de uno de ellos se baja una pareja alemana cargando al hombro con su bebé de escasos meses. La visibilidad sigue siendo prácticamente nula, ofreciendo una interminable pared blanca en dirección al este. Exactamente hacia donde nos dirigimos.

Niebla para empezar...

Para hoy tenemos planificada la actividad que complementa la excursión de ayer. La "Ruta de los Lagos" de Somiedo conecta el Alto de la Farrapona con el pueblo de Valle del Lago en el que nos encontramos, y en su transcurso pasa junto a los Lagos de Saliencia que visitamos ayer y, ya más cerca del este extremo, el "Lago del Valle". Con tal de no sufrir una maratoniana jornada de un solo día en la que hacer y deshacer los mismos 12 kilómetros que separan la Farrapona del último lago en ambos sentidos, decidimos partir la visita en dos mitades. En la de ayer recorrimos en total 12 kilómetros de ida y vuelta desde la Farrapona hasta algo más allá del Lago Cerveriz. En la de hoy, comenzamos por el extremo opuesto y haremos y desharemos los algo más de seis kilómetros que separan el pueblo de Valle del Lago y el lago de Lago del Valle. Sí, mencionarlo uno tras otro puede hacer que te explote la cabeza.

Ya desde un inicio el camino no es tan escénico como el de ayer. En parte por el hecho de encontrarnos en cotas mucho más bajas -el lago está en alto, pero hay que remontar desde el pueblo- pero sobre todo debido a que la niebla no parece tener intención de disiparse. Solo muy puntualmente podemos intuir la silueta sombreada de alguna de las cimas a lado y lado del camino, y es misión imposible percibir los prados verdes que deberían estar acompañándonos a cada paso. Además el camino es mucho más cercano a una carretera que a un sendero, ya que está mínimamente acondicionado para que los vehículos de los ganaderos -los únicos que lo tienen permitido- transiten por él.

Las cumbres, apenas siluetas
Este va a tardar más en llegar...
Vistas desmejoradas

Alcanzamos la primera bifurcación, una con la que no contábamos. Al parecer existe una ruta alternativa que permite llegar hasta los Lagos de Saliencia -los más altos y que ya visitamos ayer- sin necesidad de alcanzar primero el Lago del Valle. Evidentemente es un sinsentido para nuestra situación, así que tomamos la vía de la derecha sin dudarlo. El camino no deja de subir, en algunos casos con pendientes suaves pero reservándose el derecho a exigir esfuerzos puntuales de vez en cuando. Cuando quedan tres kilómetros para alcanzar el lago, llegamos a una segunda bifurcación con la que sí contábamos.

La distancia oficial entre pueblo y lago es de 6,2 kilómetros y sus últimos 3.000 metros transcurren por un camino que ofrece pocas sombras en las que cobijarse. Para visitantes que le tengan aversión al sol existe un camino alternativo que, a cambio de ofrecer más rincones a la sombra, requiere de una distancia algo mayor a caminar -no conocemos la diferencia exacta- antes de alcanzar la meta.

Sol a la izquierda, sombra a la derecha

L tiene algunos problemas de piel que le obligan a ser especialmente prudente con el sol, así que pese a que ahora mismo no parece que las nubes vayan a dar tregua nunca hay que desperdiciar una oportunidad para reducir riesgos. Eso, sumado a que los primeros metros de una y otra opción presentan una clara diferencia de desnivel -el camino de sol sube desde el primer instante, el de sombra por ahora sigue llano- nos hace tomar la decisión de seguir a mano derecha ante la promesa de más sombras. Más adelante veríamos que quizás no era la decisión más acertada.

Evidentemente el camino empieza llano, pero no tardará también en subir y subir para ganar altura. A fin de cuentas, el Lago del Valle está por encima de nuestra posición y en algún momento hay que compensar esa diferencia. Lo que más nos hace creer que la decisión no ha sido la correcta es que la diferencia de distancia se hace notar, y el camino hasta el lago se hace interminable. En situaciones de sol y cielo despejado probablemente nos alegraríamos de no estar sufriendo el calor en nuestras cabezas, pero lejos de ese escenario lo que vemos a mano izquierda es el valle totalmente cubierto de niebla. Así que ni sombras que aprovechar, ni vistas que contemplar durante el largo caminar que nos queda por delante.

La niebla sigue penalizando las vistas

Atravesamos un bosque y empezamos a superar algunas casas de piedra, creyendo que el fin debe estar cerca. No. El camino nos obliga a pasar una barrera de alambre mínimamente abierta para permitir el paso de senderistas, y creemos que tras ella debe estar el lago. No. Seguimos ganando altura en compañía de vacas que se nos quedan mirando a nuestro paso tan impasibles como siempre, y estamos convencidos de que el lago está al caer. No. Vemos acercarse en el horizonte lo que parece un muro de contención y seguro que el lago tiene que estar tras él. No. Ah no, espera. Sí. Por fin tenemos ante nosotros el puñetero Lago del Valle.

Dónde estará el lago...
Dónde estará el puñetero lago...

Se ha hecho de rogar, y ahí no acaba el drama. Tenemos el lago delante, sí, pero no sabríamos decir si es tan grande como esperábamos o no... porque no se ve el final. La niebla llega hasta aquí y por ahora anula toda visibilidad a partir de 20 o 30 metros desde nuestra posición. Agotados por el esfuerzo de la subida -la incertidumbre del ¿cuánto falta? no ha ayudado- y ante tal perspectiva, no podemos esconder que estamos algo desmoralizados. Pero en algún momento las malas noticias deben terminar, y la fortuna meteorológica que nos había acompañado hasta hoy vuelve a hacer acto de presencia. Como por arte de magia, la niebla comienza a disiparse a los pocos minutos de llegar al lago y casi sin darnos cuenta de repente podemos ver completamente todas las paredes de piedra y vegetación que lo rodean.

Así están las cosas cuando llegamos
Pero al poco tiempo empiezan a mejorar
Y por fin, el Lago del Valle

Y sí, es sin duda el más grande de los lagos de Somiedo, pero no tenemos tan claro que sea nuestro favorito. No por lo menos desde esta posición, desde la cual sus orillas y sus aguas no son tan atractivas como lo serían desde un mirador más elevado. Comenzamos a caminar hacia la izquierda con la intención de ponerle remedio, conectando primero con la orilla a la que llega el camino "al sol" para luego, quizás, encontrar algún sendero que nos permita ascender y alejarnos de la orilla.

Aparecen los reflejos cuando el viento se para

Alcanzamos no solo la conexión con el otro acceso, si no una pequeña playa varios metros más allá tras superar una nueva casa de pastores. Hasta aquí todo va bien. Tenemos un ángulo diferente, podemos sentarnos sobre una piedra y ver las aguas y las nubes moverse como consecuencia del viento. Pero la tregua de la niebla llega a su fin, y un nuevo y espeso banco comienza a emerger desde el oeste, desde el valle del que procedemos. En cuestión de minutos la escena vuelve a teñirse de blanco y esta vez no parece que vaya a marcharse en el corto plazo. No necesitamos hablar entre nosotros para decidir que aquí termina nuestra visita al Lago del Valle. Tras una última media hora "disfrutando" del monótono paisaje damos media vuelta, no sin antes contemplar una vaca que se moja hasta las rodillas para poder echar un trago con comodidad. Somos varios los que nos encontramos por la zona, pero nunca superando las siete u ocho parejas y algún grupo más numeroso. La sensación de tranquilidad es absoluta.

Cambiando de ángulo desde una orilla
Vuelve la niebla...
Vuelven las vacas
Aquí no hay mucho más que ver

La suma de cansancio, meteorología y variedad de paisajes hace que para nosotros no haya discusión. Si hay que elegir entre los Lagos de Saliencia desde Farrapona y el Lago del Valle desde el cercano pueblo, nos quedamos rotundamente con la primera opción. Quizás sea una percepción muy condicionada por el azar meteorológico, así que no tiene por qué ser necesariamente compartida por todo el mundo.

Iniciamos el camino de vuelta, esta vez por el "sendero al sol" ante la perspectiva de que el rey del Sistema Solar no tenga mucha ocasión de saludarnos. Se percibe claramente que esta vía es mucho más directa, serpenteando muchísimo menos que la que hemos tomado durante la ida. Sin embargo, psicológicamente subir por ella puede ser tanto o más duro, ya que precisamente el hecho de tener tan pocas curvas permite ver en el horizonte -con permiso de la niebla- las fortísimas cuestas que todavía quedan por delante antes de alcanzar el lago. Eso sí, las vistas de los alrededores son un gran aliciente. Igualmente supeditadas a la meteorología pero con algo más de margen para ofrecer algo incluso con niebla, tenemos a lado y lado verdes prados en primer plano y altas montañas de roca delimitando el valle.

Regresando por el camino 'al sol'

Los seis kilómetros de regreso son muchísimo más llevaderos como no podían ser de otra manera al tratarse de un prolongado descenso. Nos cruzamos con vecinos de excursión comiendo pipas y nos parece una idea horrible ante la perspectiva de tener que beber litros de agua para compensar toda esa sal. A las 14:30 hemos vuelto ya a nuestro coche, viendo por el camino como los dos aparcamientos siguientes están completamente vacíos. Quizás haya épocas del año en las que Somiedo esté al límite de su capacidad, pero esta no es una de ellas. En los últimos metros hemos podido disfrutar de algunas vistas a Valle del Lago desde la distancia, cosa impensable hace unas horas cuando la niebla arrasaba con todo.

Mejores vistas durante la vuelta
Discretas vistas a Valle del Lago

Es hora de comer y desde el desayuno solo nos hemos echado a la boca un pequeño trozo de empanada que llevamos cargando desde hace dos días. Casualmente -sí, claro...- en Valle del Lago se encuentra otro de los restaurantes que se nos ha recomendado a partir del amigo de un amigo. Así que, ¿qué otra cosa podemos hacer? Nos plantamos en el pequeño y difícil de maniobrar aparcamiento de Casa Cobrana, un restaurante a la entrada del pueblo. Nuestra intención es disfrutar de la comida de la zona pero con más prudencia que ayer vistas las consecuencias del atracón en El Meirel. Pedimos unas croquetas y un "cachopo de setas con cabrales" que al no tener relleno de ternera debería ser bastante más fácil de digerir que el más tradicional. Yo no aguanto más y hago mi segundo pedido de sidra del viaje. Esta vez no debo molestar al camarero cada vez que quiera un culín, ya que sirven la botella con un escanciador automático. Traen las croquetas... y cómo iban a estar malas. Unas esferas perfectas con un rebozado duro y crujiente cuyo interior esconde otro relleno de campeonato con trozos de jamón. Y el cachopo... pues a mí no me gustaba el cabrales antes de llegar a Asturias y esta vez dejo el plato limpio, con eso lo digo todo. Y como hemos sido prudentes, todavía queda sitio para el postre: una "tarta de queso" que en realidad es más bien flan, muy similar a uno que L prepara varias veces al año con ayuda de la ultraamortizada Thermomix. Por 28 euros nos vamos más que satisfechos con la decisión tomada de dónde y qué comer. Un nuevo acierto.

Ay, las croquetas
Ay, el cachopo
Ay, la sidra

El remate lo ha puesto la otra mesa ocupada del comedor, de nuevo consistente en una pareja y, esta vez, su único hijo. Pero vaya diferencia: la niña se porta infinitamente mejor que el pequeño diablo canario que tuvimos hace 24 horas como comensal vecino y que nos agrió la velada durante los primeros instantes. En ocasiones como esta me dan ganas de acercarme a la mesa y felicitar a los padres, ya que estas cosas no ocurren por casualidad.

Bajar a Pola a Somiedo -con un obligado cambio de conductor, cosas de la sidra- es mucho menos traumático que subir desde él. Ayuda el hecho de encontrar muy poco tráfico en dirección contraria, y cuando alcanzamos el pueblo hacemos una parada rápida en el camping gestionado por el cercano hotel Castillo del Alba. Teníamos la esperanza de encontrar aquí algún tipo de lavadería de autoservicio, pero nada más lejos de la realidad. Parece que tendremos que sacrificar una de nuestras maletas cargándolo con toda la ropa sucia del viaje.

Estamos de nuevo en el Palacio Flórez-Estrada a las 16:00 pero antes de ducharnos decidimos salir hacia las calles de Pola para visitar una pequeña tienda de souvenirs. Se llama Casa Siri y nos permite hacer por primera vez una visita a pie por el pueblo, que hoy lunes está ya muchísimo más tranquilo que durante el fin de semana. Llueve tímidamente y el frescor del agua sienta de maravilla. De la tienda solo nos llevamos un dedal, subiendo así a tres los trofeos conseguidos durante este viaje para la "operación dedal" de mi madre.

Se acercan las 19:00 cuando llevamos ya un largo rato en la habitación. Duchados y con el texto del día prácticamente listo, podemos proceder al temido momento de volver a hacer todo nuestro equipaje tras dos días con lo más parecido a un hogar estable. Una vez superado el trance y tras seguir con el nunca suficiente relax, llegan las 21:00 y con ello el momento de aprovechar la sabia decisión de no excederse durante la comida: ¡podemos cenar!

La experiencia de ayer al mediodía en el Hotel-Restaurante El Meirel fue tal que desde el preciso instante en el que salimos por la puerta sabíamos que nos iba a apetecer repetir. Situado a diez míseros minutos a pie -o tres en coche- de nuestro hotel sería absurdo no aprovechar la oportunidad de volver a disfrutar de las maravillas que salen de su cocina. Y aquí estamos, en nuestra última noche en el Valle de Somiedo y tras sufrir varios minutos por la ausencia de aparcamiento en unas calles que tres horas antes tenían plazas libres por todas partes.

Nuestra intención es "cenar con calma, de tapas", pero... esto es Asturias. Y en Asturias, o por lo menos en el tipo de locales que frecuentamos, los precios de la carta -no hay menú para las cenas- son tan bajos que las tapas se reducen apenas a varios entrantes, ya que no tiene sentido pedir una ración cuando por el mismo precio tienes platos enteros. Así que las "tapas" se convierten en una ensaladilla rusa para compartir, un escalope para L y, recobles de tambor... picadillo para mí. La ensaladilla bien, gracias. El escalope correcto, sin reproches. Y el picadillo... mi madre, el picadillo. Una bandeja de chorizo desmigado con patatas cuyo fondo esconde grasa pura en la que podrías bañarte. Buenísimo, sabroso, pero potente y capaz de mantener caliente a un alpinista colgado de una pared helada. Y eso no es todo: le he cogido tal gusto a la sidra que me pido la segunda del día, y en Asturias pedir sidra significa una botella entera para ti solo en la mesa. Que sí, no hay obligación de tomársela entera, pero... es que entra sola. En resumen, disfrutamos como enanos y rematamos en el postre con un tchambique, que es la suma de arroz con leche y tarta de queso en un mismo plato. Y todo por la correctísima cantidad de 28 euros. Por una parte nos apena abandonar Somiedo dentro de unas horas, pero por otra quizás sea lo mejor para nuestras dietas y estómagos. Qué difícil es comer mal aquí.

Mmm, picadillo...

Regresamos al hotel en coche, aunque el fresco de la noche y la timida lluvia invitan a dar un paseo a pie. Son las 23:00 cuando llevamos ya rato echados en la cama, asimilando la digestión que está por venir y con la habitación parcialmente recogida en previsión de la mañana siguiente. Queda poco para despedirnos del Palacio Flórez-Estrada, del Valle de Somiedo y casi, casi, del Principado de Asturias. Las vacaciones llegan a su fin. Y tan felices.