Somiedo - Lagos de Saliencia

Día 5 | 6 de agosto de 2017

Mapa de la etapa 5

Hace tan solo un par de etapas decía que la Ruta del Cares podría considerarse la etapa estrella de nuestro viaje por Asturias. Mentía.

El Valle de Somiedo tenía algo que decir respecto a esa afirmación. Y es que no es casualidad que Somiedo fuera precisamente la chispa que encendió nuestro interés por visitar Asturias este verano. Diarios de viajeros anteriores a nosotros que habían visitado esta zona al oeste del Principado fueron los que nos hicieron saltar todas las alarmas y considerar que ya iba siendo hora de ser turistas nacionales por una vez. La experiencia de este, el primero de los dos días completos que pasaremos sin salir del valle, ha sido la confirmación de que había razones más que suficientes para desplazarse hasta aquí. Empecemos el relato y veamos por qué.

El primero de nuestros tres días en el Palacio Flórez-Estrada comienza a las siete de la mañana. Ha sido una noche tranquila: algo antes de las 23:00 todo ruido que procedía tanto del interior del palacio como de los alrededores había cesado, y de ahí en adelante solo nos acompañó el silencio y la falsa lluvia en los altavoces de nuestro ordenador portátil. La habitación, en la más absoluta oscuridad por haber cerrado las ventanas antes de dormir, vuelve a revelarse cuando abrimos una de éstas descubriendo tras de sí un día nublado y con niebla pero que según la previsión debería ir a mejor.

A las 8:30 estamos ya en el pequeño porche cerrado que hace las veces de comedor para el servicio de desayuno pero parece que todavía no está preparado. Decidimos darle cinco minutos de margen con un breve paseo por los aledaños del palacio, viendo ahora en absoluto silencio la piscina y la zona de juegos a la que da nuestra habitación con su pista de tenis, una cama elástica y una canasta. Regresamos al comedor y, ahora sí, el desayuno empieza a llegar para los primeros huéspedes de la mañana que somos nosotros.

El desayuno consiste en café, zumo de naranja natural, pan de centeno, pan dulce, bizcocho casero de naranja y chocolote, un plato de lomo y queso, mermeladas, miel, yogur casero de arándanos y dos tajadas de melón. Va llegando gradualmente por lo que no parece tan copioso en el momento pero volvemos a la habitación convencidos de que el almuerzo de hoy llegará tarde, muy tarde. Mientras comíamos el dueño del hotel comentaba con otros huéspedes que ayer Oviedo estaba llena de gente debido a ser un sábado lluvioso. Nosotros estuvimos allí... y eso no era gente. Visto así es comprensible que en algunas regiones de España no comprendan la mal llamada "turismofobia" emergente, entre otros, en las Islas Baleares.

Manuel, ese mismo dueño, nos saluda y se ofrece a responder cualquier duda o consejo que requiramos sobre visitar el valle, pero traemos los deberes bastante bien hechos. Cualquier lista de cosas a visitar en el Valle de Somiedo tiene en su primera posición lo mismo: la "Ruta de los Lagos" que va desde el Alto de la Farrapona hasta el pueblo de Valle del Lago mediante un camino de algo menos de 15 kilómetros de longitud y una diferencia de alturas de más de 600 metros a través de varios ascensos y descensos. Recorrerlo de una vez es una opción, si bien obliga a deshacer luego el mismo camino ya que no se trata de un recorrido circular. En nuestro caso decidimos ser más conservadores y visitarlo en dos tandas, cada una comenzando desde un extremo. Hoy, en previsión de que sea la vertiente más dura y aprovechando nuestras descansadas piernas tras la jornada de ayer, haremos el tramo que va desde lo más alto del camino hasta el último de los valles más cercanos a Castilla y León. La previsión meteorológica dice que por la zona de la excursión los cielos permanecerán despejados por lo menos hasta el mediodía, así que todas las piezas encajan.

Entramos en el coche y nos ponemos manos a la obra. Antes de salir de Pola de Somiedo paramos unos minutos en un colmado/supermercado literalmente al lado de nuestro hotel. Nos llevamos de aquí un "bollo preñau" relleno de atún, solo como prevención por si la excursión se alarga más de lo esperado y el hambre aparece en plena naturaleza. Abandonamos las calles de Pola de Somiedo y enseguida nos encontramos reduciendo la distancia de 20 kilómetros que nos separan del Alto de la Farrapona. 20 kilómetros que sin embargo requieren de poco menos de una hora para ser recorridos ya que pese a que la carretera se encuentra en magníficas condiciones el dibujo de ésta superando bosques y precipicios para finalmente ganar altura metro a metro obliga a circular a velocidades rara vez por encima de los 40 kilómetros por hora.

Alcanzamos a las 10:40 los 1.708 metros de altura del Alto de la Farrapona. El aparcamiento, de notables dimensiones y capacidad para varias decenas de vehículos, alberga a nuestra llegada apenas seis o siete coches. Nos asomamos al cambio de rasante que separa las comunidades de Asturias y Castilla y León, confirmando lo que habíamos leído acerca del ascenso desde la segunda: la carretera cambia abruptamente y el bien preservado asfalto asturiano da paso a la no tan practicable grava de la vertiente castellana. El termómetro de nuestro Volkswagen Polo ha ido bajando a cada pocos metros y al final, poco antes de alcanzar la meta, ha bajado la barrera psicológica de los 10 grados. Equipados con pantalón largo de caza y una chaqueta polar encima de una camiseta de manga corta, estamos en la gloria.

Temperaturas que nos alegran la vida
El complicado ascenso desde Castilla y León
Empezando por todo lo alto
La ruta que incluye nuestra excursión para hoy

Comenzamos a seguir el sendero hacia el suroeste y el camino ancho y bien acondicionado comienza a bajar, bajar y bajar. La visibilidad es entre moderada y buena, con un persistente banco de nubes que cubre las cumbres pero sin testaruda niebla que nos impida echar la vista abajo y disfrutar de las inabarcables vistas al valle. No tardan en aparecer a nuestro paso las primeras vacas asturianas de la mañana, tan impasibles como siempre. Nos cruzamos inicialmente con otras dos jóvenes parejas pero no tarda en sonar tras nosotros el primer grupo familiar del día. No nos alcanzan hasta que nos hemos detenido en el primero de los lagos que esperamos alcanzar durante la mañana: el Lago de la Cueva.

Primeras vistas del día
Seguimos con la mirada la carretera que nos ha traído hasta aquí
Verde y marrón atravesado por caminos rojizos

El primero de los lagos que conforman los conocidos como "Lagos de Saliencia" es una masa de agua de notables dimensiones y un color azul intenso, en parte gracias a unos cielos que están siendo benevolentes y han decidido que no todo sean nubes. Al fondo de la imagen podemos distinguir perfectamente lo que otrora era la lengua glaciar que abastecía al lago, convertida ahora en una ladera tan verde como casi todos los alrededores. La excepción la ponen algunos caminos en los que el pavimento conserva un tono rojizo, consecuencia de las minas de hierro ahora abandonadas pero que un tiempo atrás constituyeron una fuente de empleo y riqueza para la zona.

Bienvenidos a mi casa
Lago de la cueva

Algunos de los grupos que nos seguían toman el desvío a la izquierda que, tras un largo trecho, alcanza y creemos que atraviesa la mencionada lengua glaciar extinta. Parece una opción más que interesante pero nosotros nos decantamos por continuar la visita a otros lagos vecinos a través del que será el tramo más duro del día: una larga subida que en poco más de un kilómetro debería lanzarnos hasta lo que desde aquí parecen cimas, pero que no son más que altiplanos intermedios antes de continuar la excursión. Nos lo tomamos con la calma y prudencia que requiere, ayudados por el hecho de que girando la vista hacia el lago siempre tenemos la excusa de parar unos segundos para tomar una nueva fotografía. En menos tiempo del esperado nos encontramos ya en las alturas y no tardamos en distinguir varios metros bajo nosotros lo que debería ser el Lago de la Mina, pero que en los meses de más calor se convierte en tan solo una huella verde que marca el lugar donde el resto del año se acumula el agua. Velan por él varias vacas que han decidido que el húmedo terreno es un lugar estupendo para echar una siesta de día completo.

Superando el tramo más duro
De las pocas vacas suizas que vemos
El Lago de la Cueva, ahora desde arriba
El Lago de la Mina... o lo que queda de él

Ahora que hemos alcanzado el altiplano podemos ver cómo el camino sigue hacia el oeste hasta desaparecer en el horizonte, descendiendo gradualmente por amplias praderas igualmente atestadas de ganado bovino. Ese camino nos llevaría hasta el Lago del Valle, el mayor de los lagos de la zona y que hoy no contemplamos en nuestra agenda ya que mañana lo atacaremos accediendo por el otro lado. Además en esa dirección se está aproximando un banco de niebla que amenaza con echar al traste las opciones de visibilidad para nuestros compañeros de excursión que sí decidan realizar la ruta completa. Nosotros, en cambio, tomamos hoy la opción más conservadora y centramos la atención en un Lago Cerveriz que tenemos junto a nosotros y que, como decirlo sin ofenderle... sería el menos agraciado de todos los lagos de la zona. Sus aguas estancas de un tono verdoso y cuya superficie acumula sedimentos de vegetación hace que no sea tan atractivo a la vista como sus vecinos, y ni siquiera el perfecto espejo que proyecta reflejando las cumbres tras de sí consiguen compensar esa primera mala impresión.

El Lago Cerveriz y la continuación del camino

Todavía nos queda un lago por visitar, y está cerca aunque no lo parezca ya que no se intuye por ninguna parte. Un poste con indicaciones da la pista de la dirección a seguir para acercarse al Lago Calabazosa, otro cuerpo de agua que esta vez sí que guarda similitudes respecto al atractivo Lago de la Cueva. De hecho podríamos decir que es nuestro favorito de cuántos hemos visto estos días: su color vuelve a ser de un azul brillante y su ubicación lo aisla todavía más de la civilización, siendo en este caso más infrecuente ver pequeños puntos en movimiento caminando por su orilla. Encontramos además el mirador perfecto, uno que se desvía de la ruta señalada y consiste en un saliente de roca que permite ver toda la extensión de agua desde la mayor altura posible y sin ninguna cornisa de piedra que obstaculice la vista.

Calabazosa y Cerveriz, tan cercanos y tan distintos
¿El mejor momento de todo el viaje?

Quedamos tan prendados de Calabazosa e invertimos tanto tiempo ante él, que la niebla ha empezado a ganar terreno y cuando giramos la vista ya tapa casi por completo la continuación del sendero hacia el oeste. Una opción perfectamente válida sería dar por finalizada aquí la excursión e iniciar el camino de vuelta, pero dada la temprana hora -ni siquiera es mediodía- y que el viento hace avanzar la niebla a toda velocidad decidimos continuar unos metros con la esperanza de poder disfrutar de las siguientes praderas con cierta visibilidad. La apuesta nos sale bien y cuando alcanzamos un nuevo cambio de rasante cercano a una caseta de pastores nos sentamos en una roca para ahora sí contemplar el valle por última vez antes de iniciar el regreso. El rato que pasamos viendo a las vacas pastar sigue brindándonos momentos de completa soledad solo interrumpidos cada varios minutos por alguna nueva pareja o familia que se cruza en nuestro camino. Es domingo y es agosto, y sin embargo da la sensación de que seamos cuatro gatos. El sol obliga a protegerse con gorra y crema solar pero la brisa que corre es agradable.

Corriendo contra la niebla
Los prados más allá de los lagos
Señalizaciones por aquí y por allá
La niebla, constante amenaza
Echando la vista atrás
La excusa perfecta para sentarse otro rato

Caminando ya de nuevo hacia el coche, una niña pequeña acompañada de sus padres se sorprende al ver una etiqueta en las orejas de todas las vacas. Su comentario es adorable cuando se encuentra a la enésima vaca marcada: "esta también tiene precio". Con paciencia remontamos la altura perdida hasta el altiplano desde el que acceder a Cerveriz y Calabazosa, y a diferencia de apenas dos horas antes la visibilidad hacia el Alto de la Farrapona es ahora nula. Dicho fenómeno no impide sin embargo volver a contemplar el Lago de la Cueva según descendemos, ya que la niebla se concentra solo en las cotas más altas y el lago queda varios cientos de metros por debajo de ellas. Tomamos un atajo durante el descenso -más fácil de distinguir que durante la subida- y en el proceso nos topamos con el acceso a una de esas minas de hierro abandonadas. Todavía se pueden distinguir los raíles por los que debían circular vagonetas cargadas de material.

Entradas a la mina

Con paciencia y tras superar de nuevo el Lago de la Cueva, deshacemos los últimos kilómetros ahora en ascenso que nos separan del aparcamiento. Lo encontramos mucho más poblado que a nuestra llegada pero todavía con capacidad para alojar varios coches más. Conducimos de vuelta hasta Pola de Somiedo pero hacemos un alto en el camino al alcanzar Saliencia, aprovechando que son las 15:00 y que traemos recomendado el restaurante del albergue que aquí se encuentra. Sin embargo encontraríamos el raro caso en el que un local asturiano no está dispuesto a darnos de comer: al parecer Saliencia está en plenas fiestas y por ese motivo el restaurante cierra hoy al mediodía tras lo que parece haber sido una larga noche. Algo decepcionados volvemos al coche situado en el límite del pueblo -solo los residentes pueden acceder en su vehículo- y seguimos hasta Pola.

Todo lo que baja, sube
El parking, ahora más poblado

Estamos de vuelta a las 15:50 pero no alcanzamos todavía el hotel. Entre la lista de restaurantes recomendados por el amigo de un amigo se encuentra uno ubicado en la propia Pola de Somiedo: se trata del Hotel-Restaurante el Meirel que localizamos a nuestro paso por la calle principal y al que accedemos tras pasar algunos apuros para encontrar aparcamiento unos metros más allá. Entramos tímidamente en el salón temiendo que las cocinas ya hayan cerrado pero nos esperan buenas noticias. No solo se siguen sirviendo comidas, si no que incluso quedan todavía varias opciones del menú del día que hoy, por ser fin de semana, cuesta 15 euros -los días laborables el precio baja hasta 12-.

Lo que llega a continuación es un festín solo entorpecido levemente por la única mesa ocupada en el salón además de la nuestra, en la que un niño de los que fomentan la vasectomía no deja de hacerle la vida imposible a sus padres a base de remilgos, quejas y gritos fuera de lugar. Afortunadamente el pequeño diablo y su mucho más soportable hermano salen afuera a jugar y podemos centrarnos en la maravilla que tenemos sobre la mesa. De primero, paella para L y pote de berzas para mí. El pote llega en un cuenco del que podrían comer tres y está fuertísimo debido al pimentón, pero me duele en el alma no comérmelo entero. Es sin embargo la opción más sensata para lo que está por venir: sendas raciones de carrillada de ternera con patatas y una salsa para la que no hay pan suficiente en todo el Principado de Asturias. De postre una copa de plátano casera con sabores muy similares al banoffe y un arroz con leche tostado por encima como si de crema catalana se tratase. Todo acompañado de vino de la casa, agua y gaseosa. Somos incapaces de probar un bocado más, pero no nos arrepentimos. Era cierto lo que decían: es muy complicado comer mal en Asturias.

La carta del Meirel
Vaya...
... pedazo...
... de atracón
Salimos rodando entre horrios

Regresamos al hotel, ahora desierto y en el que L cae rendida en la cama invitada por la pesada digestión. Yo todavía me resisto y vuelvo al exterior para hacer algunas fotos de la fachada y los jardines, y cuando paso por la zona de juegos no puedo resistirme. Echo mano al balón de baloncesto y todavía puedo defenderme. Cojo una de las raquetas y ahí la cosa cambia. Decido finalizar mis días como tenista en la cúspide de mi carrera, cuando consigo conectar un saque sin cometer falta al quinto intento. 15-30. Con el calentón del esfuerzo decido unirme al reposo de L y regreso a la habitación, no sin antes descubrir en el río que atraviesa los jardines una práctica al parecer muy común en los pueblos asturianos: enfríar la sidra directamente en el río dejando las cajas sumergida junto a alguna roca que impida que se las lleve la corriente.

Interiores del Palacio
La sala de desayunos
Exteriores del Palacio (I)
Exteriores del Palacio (II)
Exteriores del Palacio (III)
Exteriores del Palacio (IV)
La sidra, bien fría

Las siguientes horas definen perfectamente el sentido más tradicional de las vacaciones. Descanso absoluto en la habitación, con una ducha reparadora y la brisa de Somiedo entrando por la ventana entreabierta. Regresan al complejo algunos vecinos que pasan varios minutos en la zona de juegos junto a la ventana, pero por lo general sigue reinando la tranquilidad.

Y así, de forma especialmente temprana, termina nuestro quinto día en Asturias y primero en Somiedo. La pesadez del estómago y lo relajante del entorno nos empujan a la cama, desde la cual es inevitable escuchar el crujir de la madera al paso de huéspedes por el descansillo de la primera planta. Afortunadamente y al igual que durante la noche anterior, antes de las 23:00 todo ruido desaparece y el Palacio Flórez-Estrada se adentra en el más absoluto silencio.