Oviedo - Monumentos prerrománicos, Casco histórico

Día 4 | 5 de agosto de 2017

Mapa de la etapa 4

Asturias es verde, muy verde. Desde que llegamos no hemos hecho más que atravesar prados, colinas y valles en los que la hierba y los árboles son los protagonistas en competencia directa con los cientos de vacas que pastan en ellos. Y cuando una región entera tiene ese aspecto no es difícil entender el porqué: llueve, llueve mucho.

Tres días con cielos despejados o solo parcialmente nublados ya suponían todo un récord, y nuestra cuarta jornada era el momento de romperlo. Langreo amanece completamente cubierta por una espesa capa gris, y sus calles y aceras presentan charcos fruto de la intermitente lluvia que ha ido cayendo a lo largo de la noche y no parece tener intención de despedirse.

Nuestro plan para hoy era realizar una ruta que, sin pertencer a ninguna de las dos áreas principales del viaje -Picos de Europa y Valle de Somiedo-, se encontraba estratégicamente situada en el camino que une ambos extremos del Principado y nos iba a servir para rellenar esta etapa de transición. La "Ruta del Alba" es una excursión que nace en Ríoseco y transcurre junto al Río del Alba para ofrecer vistas a cómo el agua fluye y en algunos puntos realiza pequeños saltos para seguir su curso. Para alcanzarlo deberíamos deshacer los 20 kilómetros que lo separan de Langreo y que recorrimos ayer rumbo al oeste, por lo que prácticamente se podría decir que lo tenemos aquí al lado. Sin embargo el tiempo actual y la predicción a corto plazo auguran más chubascos y no parece que caminar junto a un río sea el mejor plan ante tal perspectiva.

Como plan de emergencia y sin que sirva de precedente, daremos un respiro a las excursiones y la naturaleza cambiando la tierra por el asfalto y las aceras. A tan solo 20 kilómetros al norte se encuentra la capital de Asturias y la lluvia puede ser la excusa perfecta para invertir una mañana en visitarla. Tras estudiar levemente qué zonas de la ciudad y los alrededores podríamos visitar, tomamos la decisión. Nos vamos a Oviedo.

Pero antes, demos al espectacular cachopo de la noche anterior un relevo a la altura. Nos desplazamos apenas 300 metros a pie para visitar un local de la franquicia "+ que churros" y pedimos para desayunar sendos cafés con leche y una ración para dos. Tras probar los decentes churros de la zona de La Falguera volvemos al hotel para ahora sí volver a cargar nuestro equipaje en el maletero y abandonar Langreo definitivamente. Nos llevamos en el proceso un paraguas cortesía del recepcionista del hotel.

Comenzando el día con churros

Son las 10:30 cuando el Volkswagen Polo echa a rodar, recorriendo parte de los primeros kilómetros que visitamos durante nuestro primer día tras salir del aeropuerto. En apenas unos minutos gracias a un tráfico muy por debajo de la capacidad de las autopistas nos plantamos en nuestra primera parada de la ciudad ovetense. Subimos por empinadas cuestas hasta aparcar junto a un mirador en la zona de los Monumentos Prehistóricos. Estamos en las faldas del Monte Naranco.

La densidad de las nubes ha aumentado y la lluvia ahora es ya constante aunque ligera, dando lugar a lo que se conoce como "chirimiri" o "calabobos" según dónde preguntes. Comenzamos la visita acercándonos a uno de los dos mejor conservados edificios del complejo: el Palacio de Santa María del Naranco. Se trata de una construcción de piedra de dos niveles de forma alargada, con una verde caída ante ella y alrededor de la cual se acumulan los turistas que han tenido la misma idea que nosotros para un día como el de hoy. Es bonito, es coqueto y es muy difícil de retratar sin algún chubasquero, paraguas o coche "contaminando" la imagen. Una de las puertas se abre y gran parte de los presentes se apiña contra ella. Se trata de un grupo que estaba esperando a su turno con un guía cuyo trato es de lo más deficiente que he visto y oído en mucho tiempo. Tosco, borde, lleno de odio... sea a sueldo o voluntario, si guiar a grupos le quita las ganas de vivir tal y como deja intuir su voz quizás debería plantearse dejarlo.

Santa María del Naranco
Comenzando las visitas de un día de paraguas
Complicado encontrar diez segundos sin gente cruzándose
El Palacio, desde un punto de vista más elevado

Subimos por el arcén de la carretera hasta la otra construcción del complejo: la iglesia de San Miguel de Lillo. Se trata de una edificación parecida en materiales pero algo más grande y parece que mejor conservada y/o restaurada. Llega tras nosotros de nuevo el alegre guía y sigue con su festival de malas respuestas al grupo al que atiende. Mientras tanto una grúa acude al rescate de un coche que se ha quedado atascado al intentar pasarse de listo y aparcar en un arcén imposible junto a la iglesia.

El agradable guía
San Miguel de Lillo, sin gente

Mientras en el Palacio era imposible disfrutar de un solo segundo en soledad, junto a la iglesia sí que podemos disfrutar de unos gloriosos minutos cuando todos los presentes acceden al interior siguiendo obedientemente al guía. Aprovechamos la ocasión para hacer fotografías de la mejor cara del edifcio: en escorzo y dejando la vegetación tras de sí. Visitadas los monumentos, bajamos por la carretera hasta el coche viendo a mano derecha como el Carlos Tartiere, estadio de fútbol del Real Oviedo, es apenas perceptible por la poca visibilidad que ofrece el temporal. El "calabobos" ha ascendido a lluvia en toda regla cuando regresamos al vehículo.

El día no mejora...
Carlos Tartiere y el resto de Oviedo tras la lluvia
No, definitivamente el día no mejora

Bajamos ahora hasta las entrañas de Oviedo, donde tras cinco vueltas a las mismas manzanas encontramos un sitio en los límites donde el aparcamiento es gratuito. Una calle más allá, y deberíamos pasar por caja para poder estacionar en zona azul. Son las 12:15 cuando ligeros de equipaje nos dirigimos hacia el casco antiguo de la ciudad. En los bares, los televisores están retransmitiendo el descenso de cientos de canoas y piraguas por ese Río Sella que cruzamos hace ya tres días.

Recorriendo las calles de Oviedo

Alcanzamos la plaza frente a la Catedral de Oviedo. Una chica nos recomienda la visita guiada por el casco antiguo de la ciudad invirtiendo cuatro euros y 90 minutos, pero preferimos ir por libre. La plaza está moderadamente ocupada por turistas, muchos de ellos ataviados con ropa más propia de excursión que de visita urbana. No somos los únicos.

Acercándose a la catedral
La catedral, de frente
Lluvia y grupos organizados

Bajamos hacia los jardines del Campo de San Francisco pero por el camino nos vemos obligados a parar. Encontramos una cornisa anunciando una Confitería Rialto, responsables de uno de los dulces favoritos de L: las moscovitas, unas galletas asturianas finas y crujientes recubiertas de chocolate. Descubiertas hace años a través de una cesta de navidad, es literalmente imposible que nos marchemos de aquí sin comprar unas cuantas. Nos llevamos una caja de 250 gramos por 12,5 euros y de propina por un euro y medio más un "mini carballón" para saciar el capricho de dulce que nos ha entrado al aguardar frente a tan tentador mostrador.

Las tentaciones de Rialto

Seguimos el rumbo hacia los jardines y en el último momento viramos hacia la derecha. Encontramos ahí una de las múltiples estatuas que invaden Oviedo, pero una especialmente curiosa por lo contemporáneo del personaje al que homenajea. Pasamos unos minutos retratando a Woody Allen, el director de cine galardonado con el Príncipe de Asturias y que ahora observa con su característica postura y expresión de "la vida no va conmigo" las calles ovetenses. Cuando llegamos hay que guardar turno para poder fotografiarlo, pero cuando llega nuestro momento pasamos varios minutos sin nadie que nos suceda. Tanto la estatua como su ubicación y orientación la hacen tremendamente fotogénica desde todos los ángulos posibles.

Woody
Woody, de cerca
Esto es hacia donde está mirando Woody

Comenzamos el camino de regreso hacia el coche y en ese momento el cielo nos da una tregua y deja de llover. Las campanas de la catedral comienzan a sonar, pero hay algo extraño en ellas... efectivamente, no se limitan a sonar sin más. Entonan nada más y nada menos que el "Asturias, patria querida". Seguimos caminando y pasamos junto a más y más bares y restaurantes, anunciando menús del día que en rara ocasión bajan de los 15 euros. Tras toparnos con una pequeña banda de gaitas y tambores y rodear la catedral por detrás, son las 13:40 cuando estamos de nuevo en el coche. Nos despedimos de Oviedo.

La entrada lateral a la catedral
Un último vistazo antes de continuar
Música en directo
Ayuntamiento de Oviedo

Regresamos al Carrefour de Azabache, ese que visitamos durante nuestras primeras horas en Asturias y que está estratégicamente situado entre Oviedo y nuestro próximo destino del día. Aprovechamos la parada para comer en el mostrador anexo al hipermercado. Por 11 euros compartimos unas generosas raciones de ensalada de cangrejo y macarrones con tomate. Antes de reemprender la marcha, repostamos en la gasolinera del hipermercado 30 euros que sirven para volver a llenar el depósito, cuya aguja se había situado ya por la mitad. El precio no es especialmente bajo (1,24 euros por litro de gasolina) pero con la tarjeta cliente del Club Carrefour recibimos un descuento directo del 8% aplicado en el "cheque ahorro" que la franquicia nos entrega cada varios meses.

Nos dirigimos ahora hacia Mieres, ciudad en la que esperamos poder dar una sorpresa a un "conocido por la red" que, creemos, no se imagina que planeamos desvirtualizarle. Tras varios minutos haciendo tiempo en el coche para asegurar que nuestra víctima esté presente en su puesto de trabajo, accedemos al interior y allí le encontramos. El pobre diablo, al que para preservar su anonimato llamaremos Jon Snow, es todo amabilidad y pasamos una larga hora charlando con él y poniéndole voz a una cara que solo conocíamos por fotografías. Al terminar aprovechamos la cercanía con un supermercado de la franquicia local Alimerka para cazar algo que poder cenar esta noche en la habitación, ante la previsión de llegar un poco tarde y sin ganas de investigar los aledaños. Nos hacemos con una empanada de pollo que nos hace desear que llegue la hora de abrirla.

Pato, desvirtualizando

Son las 18:35 cuando damos por finalizado nuestro tiempo en Mieres -que oye, es bastante agradable para pasear- y ponemos rumbo al que será nuestro hogar los próximos días y embrión del que nació la idea de visitar Asturias este año: el Valle de Somiedo. 77 kilómetros de previsible carretera de montaña nos esperan antes de poner fin a la jornada en carretera de hoy.

La cosa pinta fea...

Se confirma que no vamos a volver a ver nada parecido a una carretera nacional -y no digamos ya autopista- hasta que enfilemos el camino hacia el aeropuerto dentro de tres días. La ruta hasta el Valle de Somiedo es una serie de infinitas curvas sobre un asfalto bien cuidado pero estrecho y que empieza con abundante vegetación a lado y lado de la carretera. Comenzamos a ganar altura para subir a un puerto, y con ella vuelve la omnipresente niebla asturiana. Lo que empieza siendo un pequeño banco que podría confundirse con un parabrisas empañado va creciendo en densidad hasta alcanzar una espesor que apenas nos anticipa las cuatro vacas que encontramos atravesadas en la carretera dos metros delante de nuestra posición cuando coronamos un puerto de montaña. Con cuidado y prudencia continuamos la ruta y con la cabeza algo cargada alcanzamos Pola de Somiedo, uno de los núcleos urbanos que acogen a los visitantes del valle.

... y se pone peor

Nuestro hotel, a diferencia de la mayoría, no se encuentra a pie de una de sus calles si no un poco más allá, tras coger un desvío que hace bajar altura por un estrecho camino hasta alcanzar la superfície en la que está construído. Se trata del Hotel Palacio Flórez-Estrada, un hotel rural que por 240 euros -desayuno incluído- nos dará cobijo durante las tres próximas noches. Llegamos a un aparcamiento con capacidad para 12 o 14 coches y que no tardaría en prácticamente llenarse y accedemos al edificio de la recepción. Micaela nos recibe, tramita nuestra entrada y nos acompaña a la "Habitación Inés", una de las dos únicas que se encuentran en la planta superior del mismo edificio de la recepción. El resto de estancias, consistentes en apartamentos completos, se hallan en un edificio aparte y con aspecto mucho más moderno que el palacio restaurado en cuyo interior vamos a dormir.

La habitación es modesta, con el espacio justo para que dos personas puedan convivir junto a la cama de matrimonio, un armario y un pequeño mirador elevado de piedra con vistas a la pista de tenis del complejo. El baño tiene una ducha moderna y eso es todo lo que necesitamos. Regresamos al coche para recoger nuestras cosas y cuando volvemos a la habitación será para no salir de ella hasta la mañana siguiente. Hasta bien pasadas las diez de la noche seguimos oyendo pasos -el suelo cruje mucho, pero el caminar de algunos es para hacérselo mirar- y conversaciones a viva voz, lo cual no encaja mucho con las "normas de respeto y convivencia" que se pueden leer en la página web del hotel. Manteniendo la esperanza de que a partir de esta hora se respete un silencio como el que el lugar merece cenamos la empanada de pollo del supermercado de Mieres y nos regalamos para el postre dos galletas moscovitas cada uno. Están exactamente tal y como recordábamos: de muerte.

Terminamos así el día en el que era nuestro principal destino del viaje -Picos de Europa y Oviedo se subieron después al carro- pero por desgracia sin poder todavía disfrutarlo a causa de la niebla. La previsión para los próximos días en Pola de Somiedo no es mucho más alagüeña, pero en cambio la zona de lagos y prados a una hora en coche de aquí y en la que esperamos realizar sendas excursiones presenta la promesa de cielos más despejados y ausencia de lluvia. Con esa esperanza, nos vamos a dormir.