Picos de Europa - Ruta del Cares

Día 3 | 4 de agosto de 2017

Mapa de la etapa 3

La noche ha sido más accidentada de lo deseado. Comenzó con nuestra intención de dejar la ventana entreabierta, ya que al estar nuestro cuarto en la planta más superior el calor acumulado durante el día hacía que la temperatura interior fuese algo elevada. Nuestro gozo en un pozo: en cuanto abrimos, pudimos percibir como desde algun lugar llegaba el sonido de música lejana, enemigo número uno a la hora de conciliar el sueño. Resignados a pasar algo de calor, cerramos y procedimos a nuestro ritual de dejar encendido el ordenador portátil emitiendo el "ruido blanco" de lluvia que siempre nos acompaña, especialmente necesario en esta ocasión ya que podíamos escuchar en las habitaciones cercanas a nuestros vecinos hablar y caminar. Sin embargo dejarlo en una zona cercana a donde pueda amortiguar el ruido para nosotros suponía colocarlo cerca de una pared, y ya habíamos comprobado que las paredes no son especialmente gruesas. Así que no tardamos en percibir que el ruido estaba llegando a los vecinos, y aunque nosotros estemos acostumbrados a él y de hecho nos ayude a dormir puede que ellos no lo percibieran del mismo modo. Ante el riesgo de que decidan acudir a la fuente de esa lluvia fantasma para pedir explicaciones, no nos quedó más remedio que dejar el portátil en un punto tan alejado que tampoco nos suponía una gran ayuda, y hasta que al cabo de una hora no cesaron las idas y venidas de los huéspedes en las plantas inferiores tuvimos que recurrir a unos tapones para los oídos que nunca resultan cómodos.

En resumen: no hemos dormido tan bien como querríamos, pero hemos dormido. Especialmente en las últimas dos horas, tras abrir de nuevo la ventana con las primeras luces del día y disfrutar ahora sí del fresco de la noche sin que venga acompañado de ruido alguno.

La habitación...
... y las vistas desde ella

Cuando dan las 8:00 bajamos a consumir ese desayuno no incluido en la reserva del hotel pero disponible a razón de cinco euros por cabeza, y aunque nos satisface tampoco nos parece un banquete por ese precio. Tenemos el obvio café y zumo, dos piezas de bizcocho y pequeñas rebanadas de pan a las que acompañar con mantequilla, mermeladas, miel o el plato de jamón serrano y queso del centro de la mesa.

Regresamos a la habitación con el único objetivo de comenzar a cargar de nuevo el coche, y cuando dan las 9:00 estamos tramitando la salida del hotel. Pagamos los 65 euros de la noche más los 10 por el desayuno y nos ponemos en marcha. Para hoy tenemos una de las visitas más obvias, esa que cuando dices "Voy a visitar los Picos de Europa" siempre llega introducida con la frase "Pues no puedes marcharse sin visitar...". Frase que, dicho sea de paso, resulta odiosa. Evitadla, por favor.

Vamos a visitar la Ruta del Cares. O por lo menos parte de ella. Dicha senda consiste en una excursión de 13 kilómetros que enlaza las localidades de Caín de Valdeón y Poncebos, y lo hace acompañando al Río Cares a lo largo de una garganta comprendida entre dos altas paredes de piedra. El trazado que dibuja el sendero, cruzando el río en numerosas ocasiones y ganando altura a través de pequeñas pasarelas talladas en la pared, hace de él una de las atracciones turísticas principales del Parque Nacional.

Nosotros no tenemos intención de hacer el recorrido íntegro, ya que tras alcanzar el otro extremo regresar a la casilla de salida solo presenta dos opciones: o deshacer los mismos 13 kilómetros en sentido contrario o gastarse hasta 100 euros en un taxi que te devuelva a la casilla de salida tras un largo rodeo -similar al que nosotros hicimos ayer- por Asturias y Castilla y León. Porque esa es otra de las peculiaridades de la ruta: tiene repartida su longitud casi a partes iguales entre las dos comunidades autónomas.

Tras un estudio previo de los desniveles y el paisaje desde cada extremo decidimos que lo que más nos convenía era acercarnos a él por el sur, motivo por el cual ayer recaímos en Castilla y León y ahora conducimos hasta la población de Caín de Valdeón. Aquí la garganta es más estrecha y los desniveles iniciales mucho más suaves, motivos más que suficientes para que nos merezca mucho más la pena que recorrer la mitad norte. Avanzamos kilómetros a través de una carretera de montaña cada vez más estrecha y que atraviesa algunos pueblos de calles en las que es mejor no encontrar tráfico en dirección contraria. Las pendientes son cada vez más agresivas, llegando a atravesar subidas y bajadas con desniveles de hasta el 20%. Alcanzamos las casas de Caín de Valdeón y tras ver que en plena calle las pocas plazas de aparcamiento ya están ocupadas nos desviamos por uno de los múltiples letretos con la leyenda "Parking" que asoman a cada pocos metros. Según nos estamos bajando del coche un hombre de pelo blanco se acerca a nosotros y a otro vehículo que acaba de llegar y nos informa de que el aparcamiento es privado y el coste de permanecer en él es de tres euros para todo el día. No entrega a cambio ningún tipo de resguardo o comprobante, así que nos quedamos con la duda de si hemos topado con un "gorrilla" leonés. Son las 9:30 cuando cambiamos neumáticos por botas de montaña y nos dirigimos hacia el cañón.

Comencemos
Montañas a mano izquierda se despiden de nosotros

No tardamos en convencernos de que hemos tomado la decisión correcta entrando por el sur. La garganta es ya espectacular desde el primer instante, cuando una pequeña presa pone freno a las aguas que a partir de aquí pasarán, en parte por el río que sigue varios metros por debajo de nuestra posición, y en parte por un canal construido a propósito para que circulen a toda velocidad. La presa da lugar a las primeras cornisas lo suficientemente anchas como para no suponer un problema incluso sufriendo de vértigo y apenas pasan unos minutos cuando nos encontramos atravesando unos pequeños túneles escarbados en la piedra y que a estas horas apenas reciben luz natural, provocando que pisemos charcos que no podemos anticipar. Esa misma ausencia de luz provoca que el cañón permanezca por ahora completamente a la sombra, lo cual es un alivio para nuestras cabezas. Y también para la fotografía, ya que toda la escena permanece alumbrada de forma homogénea y es más sencillo conseguir que todo el cuadro aparezca correctamente iluminado.

Acercándonos a la presa
Alcanzando la presa
Primeros metros por la Senda del Cares
El momento del día es perfecto
Tenemos que atravesar oscuros túneles

Si los Lagos de Covadonga nos recordaban a algunas zonas de Banff en Canadá está clara nuestra referencia para la Senda del Cares. Este caprichoso camino atravesando a un cañón es muy similar al que recorrimos hace unos años en el Zion National Park, cambiando los tonos grisáceos de esta roca por los colores rojizos de Utah. Seguimos la marcha con el ánimo alto al ver que en los siguientes metros a recorrer no hay previsión de grandes pendientes a superar y que la sombra todavía nos acompañará durante un buen rato.

El cañón se va alumbrando
Todavía disfrutamos de sombra
Cruzamos sobre el río varias veces durante el camino

Cuando llevamos alrededor de dos tercios de los 13 kilómetros recorridos el sol empieza a asomar tras las cimas más bajas de la pared derecha. Todavía no alcanza a demasiados tramos pero los rostros de los primeros grupos que nos cruzamos en dirección contraria -presumiblemente procedentes de Poncebos- nos hacen pensar que en la mitad norte el sol ya está dando con fuerza y el calor que lo acompaña no es precisamente un aliado para el senderismo. Cuando estamos ya acariciando el ecuador de la ruta, una señalización nos informa de que desde aquí nace un desvío que tras nueve horazas de camino nos llevarían hasta la zona de Covadonga. Solo apta para valientes.

La luz es cada vez más intensa al fondo

A las 11:15 y con una distancia de 6,7 kilómetros recorridos decidimos que es momento de dar la vuelta. Hemos superado la división de Asturias y León -distinguible por un simple letrero de la Junta de Castilla- hace ya un rato y el paisaje ante nosotros no parece que vaya a aportar nada que no hayamos visto ya. La garganta se ha ensanchado hasta tal punto que la sensación de atravesar un cañón comienza a disiparse y la ladera izquierda en la que nos encontramos no tiene ya ningún rincon a salvo del fuerte sol que nos obliga a cubrir nuestras cabezas.

Encontramos algunos grupos de vecinos
Separando Asturias de Castilla y León
Más túneles, ahora más alumbrados
El sol se presenta al fin
Y ya alumbra toda la pared izquierda

La vuelta es algo menos placentera que la ida por dos motivos. El primero, que el sol ha seguido subiendo y muchos de los tramos que antes estaban en sombra ahora están ya iluminados y debidamente recalentados. El segundo, que el tráfico ha ido creciendo a cada minuto haciendo honor a eso de que estamos en "La ruta de senderismo más visitada de España" y ahora es común adelantar, ser adelantados, y cruzarse con grupos de mayor o menor número a cada pocos metros. Viendo el fuerte calor que nos acompaña solo podemos dar gracias a que ayer en Covadonga tuviéramos un día más bien nublado, ya que sin lugares en los que resguardarse pasar cinco horas visitando los lagos Ercina y Enol a pleno sol hubiera sido una experiencia mucho menos placentera.

La vuelta es más dura...
Pocos tramos escapan ya al sol

Son las 12:30 cuando alcanzamos de nuevo el extremo sur de la garganta, haciendo antes de buen samaritano al utilizar la linterna del móvil para ayudar a una familia valenciana que no le veía mucha gracia a atravesar esos túneles que, aunque ahora ya están ténuamente iluminados, seguían sin dar muchas pistas sobre el terreno que pisamos.

Y salimos de la garganta

A las 12:45 alcanzamos de nuevo el coche, reencontrándonos con nuestro potencial gorrilla que parece que pese a todo era el legítimo dueño del solar. Antes paramos en un pequeño kiosko de recuerdos junto a la salida de la ruta en el que por 2,20€ engordo las arcas de la "Operación Dedal" en la que intento traerme de cada viaje uno o más dedales para ampliar la colección de mi madre. Cuando entramos en el coche, que descansa a pleno sol, el termómetro marca 33,5 grados. Decidimos ponernos en marcha ya ante la previsión de que la carretera de montaña que nos ha traído hasta aquí y ahora tenemos que deshacer pueda complicarse debido al tráfico en sentido contrario.

Un último vistazo a Caín de Valdeón

Los astros se alinean y solo sufrimos tráfico opuesto en algunos tramos donde no es necesario dar marcha atrás para buscar la zona donde la carretera se ensanche. Alcanzamos el Mirador de Panderrueda, ese en el que la niebla nos privó hace menos de 24 horas de disfrutar de vistas hacia la silueta de los Picos de Europa. Esta vez no hay rastro de ella y podemos disfrutar del paisaje en compañía de unos pocos vecinos.

El Mirador de Panderrueda, ahora sin niebla
Merece la pena la parada

Apenas recorremos unos kilómetros por una carretera nacional antes de desviarnos de nuevo hacia una comarcal, la que nos llevará hasta el Puerto de Tarna donde reentraremos en Asturias. La carretera está en bastante buen estado, pudiendo alcanzar velocidades entre los 60 y los 90 kilómetros por hora según lo tortuoso del camino. Superamos más casas que encajarían perfectamente en nuestra definición de hogar ideal y según volvemos a perder altura el termómetro sube y sube hasta unos 31 grados que deben estar provocando estragos entre unos asturianos -porque ya hemos vuelto a Asturias- que no deben estar acostumbrados a este calor.

Subimos puertos de montaña...
... y regresamos a Asturias

El camino se hace más pesado desde el Puerto de Tarna hasta Ríoseco, ya que las curvas no dan un respiro y en varias ocasiones debemos esperar la ocasión adecuada para superar con garantías un tractor o camión que ralentiza nuestra marcha. A escasos siete kilómetros de nuestra meta de hoy y cuando dan las 15:00 paramos en un Hipermercado Alcampo para reponer nuestras reservas de agua y refrescos y conseguir una comida de emergencia que no sea excesiva, ante la previsión de cenar en algun restaurante esta misma noche.

Un último esfuerzo hasta Langreo

A las 15:15 alcanzamos Langreo y más concretamente el Langrehotel & Spa que será nuestro campamento base para la próxima noche. Reservado a través de centraldereservas por 70 euros, venimos especialmente ilusionados por esa coletilla de "y Spa" ya que un tratamiento de aguas termales tras tres días de excursiones suenan como la tierra prometida. Por ahora comenzamos tramitando la entrada y encontrando las primeras sorpresas desagradables. La cama y el wifi están incluidos, pero poco más. El recorrido de 90 minutos por la zona termal tiene un precio de 12 euros para los huéspedes, 15 para los que no estén alojados en el hotel. El desayuno -esto ya lo sabíamos- no está incluido. Y tampoco el aparcamiento, que tiene un coste de más de ocho euros por noche pero afortunadamente no tenemos que pagar ya que encontramos plazas libres en la calle trasera del hotel. Esta zona de Langreo, por su parte, nos recuerda a los nucleos de L'Hospitalet junto a Barcelona o San Sebastián de los Reyes junto a Madrid: eminentemente residencial y basada en grandes bloques de hormigón que hacen las veces de ciudad dormitorio.

Subimos a la habitación 301 que nos ha sido asignada y vemos con recelo que se encuentra justo enfrente del vestíbulo de ascensores. No es un buen presagio estar a pocos metros de un lugar que presumiblemente será zona de paso hasta más allá de nuestro toque de queda, así que bajamos y preguntamos si sería posible un cambio. En este caso la dirección del hotel sí está a la altura y nos reasigna la habitación 307, perdiendo por el camino una bañera que ahora es solo un plato de ducha y sustituyendo la cama de matrimonio por dos camas individuales instaladas una junto a la otra. Nos compensa.

Veníamos tan ilusionados ante la perspectiva del spa que accedemos a pagar esos 12 euros por cabeza. Tenemos que sumarles 1,5 más por persona por nuestro descuido de no traer en el equipaje gorros de baño, pero ahí acaba la inversión. Reservamos "hueco" para las 17:00 y tras un breve repaso a las redes sociales desde la habitación volvemos al ascensor para descender hasta la planta -1.

A nuestra entrada a la zona termal, solo estamos nosotros dos. Un minuto después llega una segunda pareja, y así nos quedamos durante unos minutos en los que comenzamos a relajarnos. Tenemos a nuestra disposición una piscina con agua caliente e instalaciones de hidromasaje, dos jacuzzis, hasta cuatro tipos diferentes de ducha, un pediluvio y dos saunas, una seca y una húmeda. En lo que vamos trazando un recorrido llega otro grupo más numeroso, esta vez de cuatro chicas y una mujer. Para cuando salgo de los 15 minutos de sauna en los que me traslado a la Mallorca de agosto ya somos hasta 15 personas en el complejo. Sigue habiendo espacio para todos, pero el incesante run-run de las conversaciones -algunas a demasiado volumen- ya empieza a dificultar eso de relajarse. En cualquier caso amortizamos los 12 + 1,5 euros y vamos alternando piscinas y jacuzzis hasta las 18:45, hora en la que volvemos a la habitación para rematar la relajación con una ducha y una larga hora tumbados en la cama. Turno para hacer copias de seguridad de fotografías, escribir el relato de la jornada y buscar la mejor opción a pie -por aquello de no perder la plaza de aparcamiento- para darnos un homenaje en forma de cena para esta noche.

El spa, cuando estaba tranquilo
Complicado hacer fotos prácticamente a oscuras

Una breve búsqueda utilizando como punto de partida TripAdvisor y tirando del hilo a partir de sus resultados nos lleva a elegir un ganador: la Sidrería y Pulpería Casa Arca, convenientemente situada a cinco minutos a pie de nuestro hotel y cuyas opiniones auguran el festín que andamos buscando. Algo más tarde de las 20:00 nos echamos a la calle -¡por primera vez sin ropa de excursión!- y atravesamos la vía en la que se encuentra, una suerte de bulevar copado de bares y restaurantes. Entramos a un salón para el que somos los primeros comensales de la noche y lo que viene a continuación no defrauda.

Una clara de limón para L y sidra para mí, en la primerísima ocasión que pido y pruebo el inevitable brebaje asturiano. Me plantan la botella, me escancian el primer vaso y durante el resto de la noche llegaría hasta el fondo de la misma culín a culín. De la carta pedimos una ración de croquetas con jamón, pero el plato fuerte es uno que no aparece porque, supongo, dan por hecho que todos los clientes saben que disponen de él: un cachopo de ternera que es plato casi obligado para todo carnívoro que pasa por el Principado.

Las croquetas, ocho bolas rebozadas servidas en un plato alargado, están de muerte. No solo sabe el jamón, si no que la corteza está en su punto perfecto y la bechamel está suave y jugosa. Y llega el cachopo, que tal y como nos había asegurado el camarero bastaba para dos. Y vaya, si bastaba. Una aberración de la naturaleza con el largo de dos cuchillos uno tras otro, con un crujiente rebozado cuyo interior esconde dos láminas de filete de ternera, queso fundido, jamón serrano y adornado por encima con pimientos asados. Cada bocado es una fiesta. Y no hay que desmerecer la bandeja de patatas que lo acompaña: doradas por fuera y suaves por dentro. Más por educación que por necesidad ante la insistencia del camarero, pedimos una tarta de queso para postre y ahí nuestros estómagos llegan a su límite -en realidad lo habían pasado hace ya muchos minutos, pero una noche es una noche-. Por 45 euros hemos salido con la mision más que cumplida: cachopo devorado, sidra volatilizada y barriga a reventar. Volvemos hacia la habitación y solo queda disfrutar, haciendo la pesada digestión, del capítulo filtrado de la séptima temporada de Juego de Tronos. Tenemos HBO y preferiríamos esperar al lunes para verlo en condiciones óptimas -alta definición, subtítulos...-, pero es una de nuestras series favoritas y propensa a los "spoilers" así que preferimos no correr el riesgo. Nos alegramos de haberlo hecho.

Las croquetas...
... el Cachopo, con c mayúscula...
... y la cuenta

Y así, entre dragones y cachopos, termina este día que comenzó al norte de Castilla y León y terminó al sur de Asturias. Para mañana se anuncian lluvias pero albergamos la esperanza de que no sean tan abundantes como para desbaratar nuestros planes para la cuarta etapa. Y si no, qué demonios, hace falta lluvia para mantener todo este verde que nos rodea.