Picos de Europa - Lagos de Covadonga

Día 2 | 3 de agosto de 2017

Mapa de la etapa 2

Con lo pronto que nos fuimos a dormir anoche debido al madrugón del primer día no es de extrañar que esta segunda jornada comience para nosotros tan temprano como a las siete de la mañana. Tras un reparador sueño gracias al cómodo colchón y la ausencia de ruidos durante la noche, tenemos dos horas por delante hasta que podamos bajar a la zona común para desayunar. El sonido de los cencerros y la brisa fresca al abrir las ventanas nos dan la idea perfecta para ocupar ese tiempo: dar un breve paseo por el interior y los alrededores de La Casona de Con. Con la única compañía de otro huésped con el que nos cruzamos una sola vez, contemplamos los valles que nos rodean y las ovejas y caballos de los alrededores.

Paseando por La Casona de Con (I)
Paseando por La Casona de Con (II)
Paseando por La Casona de Con (III)
Paseando por La Casona de Con (IV)
Nuestra rústica habitación (I)
Nuestra rústica habitación (II)
Y las vistas desde ella

Dan las nueve y bajamos a por el desayuno, que consiste en café, zumo natural de naranja, pan de hogaza tostado con mermeladas varias y miel, membrillo, queso de cabrales, bizcocho de limón... todo en cantidades normales, pero que en su conjunto suponen todo un festín para abrir el día. Y acompañados en todo momento por las vistas al valle en el amplio ventanal junto a nuestra mesa.

Desayuno con vistas

De nuevo en nuestra habitación conectamos con la cámara online de los Lagos de Covadonga y vemos que no hay rastro de niebla. Así que no hay tiempo que perder: tramitamos la salida del alojamiento pagando los 45 euros restantes a sumar a los 50 de la señal y nos ponemos en marcha. Paramos antes en el colmado de Casa Luis para tantear la posibilidad de comprar unos bocadillos en previsión del almuerzo en plena excursión, pero la larga cola esperando a su turno nos quita la idea de la cabeza. Ponemos rumbo a Cangas de Onís, el pueblo que habilita hasta cinco aparcamientos desde los que coger uno de los autobuses que suben a visitantes hasta los Lagos de Covadonga. Alcanzamos el 4, el más alejado del pueblo, y no encontramos excesiva competencia para aparcar. Pagamos los dos euros del aparcamiento y los ocho por persona para tener derecho al trayecto de ida y vuelta hasta los lagos, con la posibilidad de bajar y subir del autocar para aquellos que deseen visitar también otros miradores en la ruta o el Santuario de Covadonga.

Uno de los múltiples autocares de Alsa que cubren el servicio llega a la parada. Subimos junto al resto del pasaje, se pone en marcha y da comienzo a un espectáculo de curvas, subidas, vacas en el arcén, maniobras imposibles y emisora de radio en la que conductores se coordinan informando de la situación y tráfico que se va encontrando cada uno cuando supera un tramo. Un auténtico show digno de las carreras de Fórmula 1 cuando éstas tenían emoción.

Ganamos y ganamos altura y con ello el derecho a unas vistas cada vez más espectaculares. Vistas que ya deben haber disfrutado los conductores que descienden con su vehículo privado y deben haber alcanzado los lagos antes de las 8:30, hora a la que durante todo el verano el acceso queda restringido a solo las empresas de transporte que operan el recorrido. La pendiente del asfalto crece hasta unos 13 grados de inclinación que ponen a prueba la pericia de nuestro conductor.

Subiendo a los Lagos (I)
Subiendo a los Lagos (II)
Subiendo a los Lagos (III)

Llegamos al aparcamiento en las alturas alrededor de las 11:00 y nada más bajar un trabajador del parque nos introduce la zona y las posibilidades que hay para recorrerlo, haciendo especial hincapié en la ruta corta que sube hasta un mirador y alcanza las orillas del Lago Ercina. Cuando el grupo se disipa le pedimos más información sobre la alternativa más larga, esa que en algo menos de tres horas visita el mismo mirador, el mismo Lago Ercina, pero da luego todo un rodeo por el sur para pasar también junto al Lago Enol. Tras escuchar sus indicaciones y confirmar que el desnivel es asequible, nos ponemos en marcha.

Un poco de información para los recién llegados

Empezamos por el Mirador del Príncipe, que por su cercanía al aparcamiento y su facilidad de acceso -apenas unos cientos de metros en subida por un camino empedrado- es de lo más concurrido del parque. Nos regala este balcón vistas a un prado bajo nosotros en el que las vacas viven en total tranquilidad. Desde luego, más tranquilidad que la que pueden gozar las que tenemos a lado y lado de los senderos, constantemente importunadas por turistas que no hacen especial acopio de prudencia cuando posan acercándose a ellas e incluso tocándolas sin tener ninguna garantía de que alguna pueda reaccionar inesperadamente ante tanto afecto.

Subiendo al Centro de Visitantes
No tardamos en conseguir vistas...
Superamos ya el Centro de Visitantes
Las vistas desde el Mirador del Príncipe
Hay quien ya está almorzando

Tomamos tras el mirador un desvío a la derecha que sigue subiendo, con la esperanza de que nos brinde algunas vistas adicionales. Lo hace pero no lo suficiente para justificarlo, así que nos podríamos haber ahorrado el esfuerzo y deshacer el camino al Mirador del Príncipe sin perdernos nada del otro mundo. Bueno, no es del todo cierto: cuando giramos noventa grados y comenzamos a descender, tenemos el Lago Ercina visible desde una altura mucho más grande que la que suelen disfrutar el grueso de visitantes. Comenzamos a bajar a través de la pradera hasta alcanzar la orilla, previo paso por una acequia natural invadida por el barro y que hace estragos en nuestras botas.

Ellas, siempre tan tranquilas...
Pato. No.
Aproximándonos al Lago Ercina

Alcanzamos la orilla del Lago Ercina, uno de los dos que conforman los Lagos de Covadonga. Nos instalamos durante media hora a escaso medio metro de un agua en la que aclaramos como podemos las botas, y echo mucho de menos el trípode fotográfico que se ha quedado en el maletero para así no cargar tanto peso a la espalda. El viento que mece las aguas y mueve a toda la velocidad las nubes podría haberme brindado algunas fotos de larga exposición dignas del lugar. Surca las aguas un solitario pato encantado de recibir atenciones en forma de trozos de pan lanzados por unos vecinos. Nuestra tranquila parada se ve alterada por la llegada de una vaca que decide que el mejor sitio para echar un trago es a escasos dos metros de nuestra posición, trayendo tras de sí a todo un rebaño de turistas cámara en mano para generar megas y megas de nuevo material.

El Lago Ercina, desde su orilla
La vaca sedienta

Nos alejamos de la orilla de Ercina y pasamos de largo, por ahora, uno de los tres refugios con servicio de bar disponibles a lo largo de las rutas que corren los lagos. Comenzamos a subir escalones para alcanzar el Mirador de Entrelagos, el único sitio en el que con solo mover la cabeza pueden contemplarse tanto el Lago Ercina como su vecino, el Lago Enol. Disfrutamos de la brisa que aquí corre y hace aún más llevaderos unos 20 y poco grados que para unos mallorquines y siendo agosto ya sabían a gloria, y deshacemos la misma escalera. Visitamos ahora sí el Bar Maria Rosa donde un filete cuesta 9 euros, los bocadillos rondan los 4, y el menú del día sube hasta los 12. Podría ser mucho peor, pero de todos modos salimos con las manos vacías ya que esperamos alcanzar otros locales durante nuestro itinerario.

Mirador de Entrelagos, con Ercina a la izquierda y Enol a la derecha
El Lago Enol, ahora perfectamente visible. Luego ya será otro cantar...

Volvemos a acercarnos al Lago Ercina, pero antes de volver a alcanzar su orilla giramos a la derecha para comenzar el tramo que da inicio a la "versión larga" de la Ruta de los Lagos. El terreno se complica pasando de la hierba y la tierra compacta al empedrado en ocasiones algo difícil de atravesar, pero afortunadamente el desnivel sigue sin ser un problema. El Lago Ercina desaparece a nuestra espalda y cobran protagonismo los helechos que crecen a lado y lado del camino, solo interrumpidos por los pequeños refugios de piedra que vamos superando.

Pasando junto al Lago Ercina
Refugios, vacas... el paisaje no cambia
Comenzamos a superar territorio más salvaje
Vacas de cerca y vacas de lejos
Mientras veas estas cosas, todo va bien
El barro en algunos tramos del sendero

Antes de alcanzar el Lago Enol una señal nos obliga a decidir entre una versión corta y directa u otra un poco más larga con la recompensa de atravesar un pequeño bosque. Ya puestos, nos decantamos por la segunda, y tras algo más de tiempo el lago comienza a asomar en el horizonte. El paisaje se abre y nos reencontramos con las praderas plagadas de vacas y más vacas. Alcanzamos la cuesta que tras unos pocos metros alcanza el Refugio Vega de Enol, en el que se halla otro de los bares de la zona. Este sí que es el elegido y por 12 euros nos regalamos un bocadillo de lomo y queso, otro de "chorizo sidra" y una cerveza. Los comemos fuera, apoyados en la pared del refugio y contemplando como la niebla hace acto de presencia y empieza a engullir el Lago Enol que queda ahora a unos 500 metros de nuestra posición.

Regreso a los prados
Con esta creo que van 91.523 vacas, ya
El refugio...
... y sus tesoros

Cuando son las 15:00 y nos volvemos a poner en pie, el lago ya ha sido devorado por completo por la niebla. Según nos acercamos a él va costando más y más distinguir el horizonte hasta terminar literalmente dentro de la nube de vapor de agua. Nos unimos así al éxodo de excursionistas que se dirigen en masa hasta el aparcamiento y de los que solo podemos ver aquellos que se encuentran a menos de 10 metros de nuestra posición. Esa migración masiva nos lleva a tener que esperar unos largos 20 minutos en la cola que precede a los andenes donde los autocares cargan para el regreso, por lo que son ya casi las 16:00 cuando subimos a bordo de uno de los coches y comenzamos a descender de nuevo. El viaje de vuelta resulta muchísimo menos vistoso que el de la ida ya que la niebla se niega a desaparecer hasta haber perdido mucha altura y nos priva así de las magníficas vistas en las cotas más altas.

La niebla se ha comido a Enol
Y ahora se nos come a nosotros
Pero cariño, dijiste que iríamos a un lago...

Niebla aparte, hay que reconocer que el servicio ofrecido por Alsa es admirable. No solo por la pericia de sus conductores si no por como todos sus empleados, incluidos los numerosos asistentes en tierra, velan para que todo transcurra de forma civilizada y no se entorpezca el tráfico ni siquiera en los aparcamientos. Además, vista la dificultad de la carretera y los problemas que representa el cruce de dos vehículos, parece plenamente justificado restringir el tráfico en las épocas de mayor afluencia de turistas. El precio del pasaje podría ser algo menos elevado, pero nadie es perfecto.

Pasamos de largo el Mirador de la Reina, en el que nadie se plantea parar ya que desde los asientos resulta evidente que no tiene ningún sentido quedarse mirando a la más absoluta nada provocada por la persistente niebla. Bajamos y bajamos y alcanzamos el Santuario de Covadonga, que desde la distancia resulta muy atractivo pero que desistimos visitar por temor a sufrir otra larga cola cuando decidamos regresar a bordo de un autocar. Con todo ello son las 17:00 cuando estamos de nuevo en el aparcamiento P4, en la zona de El Repelao.

Lo más cerca que estaremos del Santuario

Tras descansar unos minutos los pies, nos ponemos en marcha y atravesamos la vía principal de Cangas de Onís, llena de coches en doble fila que dificultan el tráfico y evidencia un claro problema en cuanto a las plazas de aparcamiento disponibles en el pueblo. Abandonamos Cangas y empezamos a superar uno tras otro pueblos mucho más modestos, tanto que en algunos casos consisten en apenas cuatro o cinco casas a pie de la carretera. Pasamos de largo el Río Dobra, desde el cual nace la excursión de la Olla de San Vicente que tanto nos recomendó nuestro anfitrión en La Casona de Con pero que a estas horas preferimos no realizar. Avanzamos y avanzamos y llegamos así al inicio de una carretera de montaña que atraviesa el punto más bajo de un cañón por el que transcurre un viejo conocido: el Río Sella. Empiezan a sucederse curvas y más curvas que hacen imposible intentar siquiera superar el límite de velocidad marcado en 60 kilómetros por hora, y tras un buen puñado de esas curvas abandonamos temporalmente Asturias para adentrarnos en tierras de Castilla y León.

La niebla desaparece tras perder altura

Tras superar otros tantos pueblos minúsculos -a excepción de uno: Oseja de Sajambre- reentramos en el Parque Nacional de Picos de Europa. Cuando faltan 10 kilómetros para alcanzar nuestro próximo alojamiento topamos con un mirador muy prometedor, pero en el preciso instante que nos apeamos del coche el ya recurrente banco de niebla aparece tras nosotros y empieza a cubrir esas vistas que tanto queríamos retratar. Habrá que recordar volver a parar mañana, cuando volvamos a atravesar esta carretera en sentido contrario.

Pero vuelve a aparecer cuando menos la necesitas

Continuamos la marcha, perdiendo altura ahora a toda velocidad en comparación a los modestos 30 o 40 kilómetros por hora a los que conducíamos hasta aquí. Ganamos algo de terreno a la niebla y eso nos permite disfrutar por primera vez de la silueta de los Picos de Europa desde la distancia. Es la última parada, ya que la siguiente tiene lugar en el aparcamiento del Hotel Rural Picos de Europa, un alojamiento que ofrece cabañas y habitaciones y en el que pasaremos la noche de hoy por unos muy aceptables 65 euros.

Un último vistazo a la silueta de Picos de Europa

La encargada nos da la bienvenida y nos informa de que el desayuno, no incluido, tiene un coste de 5 euros por persona y comienza a las 8:30, aunque a petición de los huéspedes puede adelantarse a las 8:00. Nos acompaña hasta nuestra habitación y encontramos en ella un espacio pequeño pero acogedor. Hay armario, hay cama, y hay baño completo, no necesitamos más. El extra son las espectaculares vistas a la cordillera sin tener siquiera que levantar la cabeza de la cama. La habitación se encuentra en la tercera y más alta planta del edificio, así que el riesgo de ruido por vecinos se reduce al mínimo.

Aprovechamos el regreso al coche del que recoger nuestro equipaje para parar antes en la piscina, cuya agua está fría pero no gélida para lo que podíamos esperar. La piscina está también estratégicamente instalada para tener vistas a los Picos desde el mismo agua... agua cuya superficie está plagada de pequeñas moscas que perecieron en su intento de echar un trago.

Subimos nuestras cosas a la habitación y bajamos, móvil y portátil en mano, hasta el salón de la planta inferior en el que poder disfrutar de la conexión a internet gratuita que no alcanza las habitaciones. Nos ponemos al día y escribo el relato de la jornada acompañados de una Estrella Galicia y una San Miguel con limón junto a una tapa de queso y jamón serrano. Junto a la brisa que entra por la ventana con vistas a las montañas, el momento es perfecto. Dan las 20:30 cuando regresamos a la habitación ya sin intención de abandonarla hasta mañana, dado que los bocadillos del mediodía parecen haber sido suficientes para llevarnos hasta la noche con poca necesidad de comida. Los plátanos y las patatillas que llevamos con nosotros serán más que suficientes para aguantar hasta el desayuno.

Las vistas desde el salón

Dicho y hecho. Tras subir a la habitación, hablar con las familias y darnos una merecida ducha cerramos el día con nuestra extraña "cena de picoteo" antes de apagar las luces. Pasan las diez de la noche y los Picos de Europa se han ido a dormir, cubriéndose con la sábana que supone la espesa niebla que, esperemos, mañana vuelva a levantarse para que podamos disfrutar como es debido de lo que se anticipa como una de las excursiones estrella del viaje.