Gas Works Park, descanso en Londres y a casa que ya es hora

Día 23 | 16 y 17 de septiembre de 2016

Mapa de la etapa 23

Todo tiene un final. O por lo menos, todo tiene un final hasta que a Hollywood le sale de las narices reflotar una franquicia que lleva años preservada en el recuerdo de sus fans. Nuestro viaje, aunque en ocasiones no lo pareciera, no podía ser una excepción. Y así, 23 días después de que pisáramos suelo en el estado de Washington, ese mismo estado se prepara para decirnos adiós y lanzarnos al aire rumbo a casa.

El último desayuno no podría ser mejor. Bueno, mentimos. Quizás teletransportarse a Jasper y regalarse otro de esos desayunos calientes de Lou Lou’s Breakfast & Pizzeria hubiera sido la mejor opción pero los muffins y la tarta de arándanos con los que Allison nos obsequió ayer son un gran plan alternativo. Los disfrutamos tras la última ducha y yo me despido de ese salón y televisor de los que me he enamorado viendo un nuevo capítulo de You’re The Worst. Comenzamos a subir nuestro pesado equipaje desde el sótano hasta el coche frente al garaje, dejando por el camino un par de bolsas con los excedentes de nuestras compras para que nuestra anfitriona conserve lo que quiera de entre varios cereales, unas pringles o un par de paquetes de tallarines para hacer en agua hirviendo entre otros. Ha sobrado menos de lo que esperábamos pero bien podríamos subsistir un par de días más con ello. Nos despedimos de Allison, nos despedimos de ese discreto pero omnipresente y precioso gato que lo controla todo y por supuesto nos despedimos de las tres bestias melenudas que no dejan de saltar y ladrar de euforia con cada una de nuestras apariciones. Son las 9:30 cuando marcha atrás salimos de la rampa y nos alejamos de Everett.

El cine en casa de Allison (I)
El cine en casa de Allison (II)

Como nuestro vuelo no sale hasta las 19:10 y entre nosotros y el aeropuerto se encuentra la ciudad de Seattle nuestro plan para este último día es aprovechar estas horas de propina para visitar alguno de los parques urbanos al norte de la ciudad. Y lo hacemos empezando por el que más nos llama la atención por diferente y original: el Gas Works Park. Por el camino el Monte Rainier vuelve a aparecer en un horizonte que nos está indicando que quizás no sea el mejor día para visitar parques, con un cielo cubierto y poca luz natural. En cualquier caso no nos desviamos por ahora de nuestro camino.

El Gas Works Park es un parque urbano que llama la atención por haberse levantado alrededor de una fábrica abandonada. El marrón del óxido de la instalación original contrasta con el verde del césped plantado a su alrededor, desde el cual se tienen vistas de la silueta de los rascacielos de Seattle a cierta distancia incluyendo el inevitable Space Needle a la derecha de nuestras pantallas. Completan la escena una amplia comunidad de gansos que no hacen necesario cortar el césped y el ir y venir constante de hidroaviones que amerizan entre nosotros y la gran ciudad. A nuestra tranquila llegada se le empieza a unir público organizado en grupos a través de los tours de la ciudad. Nos dan las 10:45 y es hora de replantear el resto del día.

Gas Works Park junto al Lake Union
La vieja fábrica de carbón
Vistas al skyline de Seattle
20 días después le devolvemos la mirada al Space Needle
Gansos jugando a ser Cary Grant
Seattle más allá del lago
Detalle de la malograda fábrica
Jugando con la Space Needle
Jugando con la arquitectura

Efectivamente la meteorología está lejos de ser la adecuada para visitar parques y miradores. Ya desde aquí hemos visto como el paisaje queda deslucido por la escasa luz, y los Discovery Park y Green Lake Park de nuestra agenda no parece que vayan a correr mejor suerte. Con todavía más de cuatro horas por delante del margen que nos hemos marcado antes de poner rumbo al aeropuerto debemos pensar qué hacer. ¿Y qué hacen los americanos cuando hace mal tiempo? Algunos se encierran en casa a comer nachos y ver televisión, pero para eso nos falta una casa y unos nachos. Su segunda afición la conocemos bien... y es ir de compras.

“Pero tío, ya fuisteis ayer al outlet, ¿acaso vais a volver?”. Buena observación, anónimo lector. Efectivamente ayer ya estuvimos en el Seattle Premium Outlets y no se nos ocurre ninguna razón para volver hasta allí pero quizás olvidé contar que dos días atrás, cuando finalizábamos nuestro interminable regreso por carretera hasta Seattle, pasamos de largo las señales para un tal North Bend Premium Outlets que no nos habíamos planteado visitar. Situado a solo 30 millas de nuestra posición y a la misma distancia del aeropuerto, parece que ya tenemos plan.

No resulta fácil circular durante las primeras millas, volviendo a recordar que la red de carreteras del área metropolitana de Seattle es abrumadora y nuestro GPS de Garmin no se lleva muy bien con ella. Pero tras unos 40 minutos conseguimos alcanzar el objetivo y aparcamos en pleno corazón de un outlet que en esta ocasión tiene forma triangular. Lo que encontramos allí es más bien discreto, especialmente para los estándares de los Premium Outlets. Hay ausencias notables de algunas de nuestras marcas favoritas dejando el interés centrado en Nike y, por supuesto, una GAP Factory Store que vuelve a llevarse algunos de nuestros dólares, siempre cantidades ridículas comparadas con las invertidas ayer. Sí nos llama la atención, y puede ser un aliciente para alguien que obviamente no somos nosotros, la cantidad de comercios enfocados a la ropa infantil concentrados en estas instalaciones.

El parking de North Bend Premium Outlets

La visita improvisada a un outlet ha sido como revivir parte del día de ayer, y no iban a quedar ahí las similitudes. Pensando ya en qué comer y en tener que desplazarnos al aeropuerto, la providencia nos muestra que Applebee’s tiene un local a apenas dos millas de la oficina en la que debemos devolver el vehículo de alquiler. Y si nuestras numerosas experiencias previas comiendo con ellos siempre han terminado bien, ¿por qué no añadir una más al historial? Allí que vamos y tras otros 15 minutos de despedida del maldito tráfico de Seattle, estamos sentados haciendo nuestro pedido.

L quiere un entrecot como el que me comí yo ayer pero acompañado de “mac & cheese” y brócoli, mientras que yo me siento aventurero con un “Fiesta Lime Chicken”, un plato que combina pollo a la parrilla, queso gratinado, chips de tortilla con pico de gallo y arroz picante con lima. Y está bueno, pero la estrella del día es el batido de galletas Oreo con el que me despido a lo grande. La “limanada” –limonada de lima- de fresa de L no tiene nada que hacer contra él. 38 dólares menos en el bolsillo y ponemos rumbo a SeaTac cuando son las 14:45.

Fieles a Applebee's hasta el final

Las distancias no engañaban y en apenas cinco minutos estamos subiendo las rampas del amplio aparcamiento donde se concentran todas las empresas de alquiler de coches que operan en el aeropuerto de Seattle. La despedida de nuestro Chevrolet Cruze es rápida y carente de emoción, injusta con ese amasijo de hierro sobre el que hemos rodado durante más de 20 días. Casi como hecho a propósito entregamos el coche con el depósito en las últimas, siendo capaz de recorrer solo 70 millas más según el ordenador a bordo. El justificante de devolución deja la cifra final en 3.052 millas recorridas, lo que significa un nuevo récord en nuestro historial equivalente a unos nada despreciables 4.600 kilómetros conducidos.

Subiendo una planta más hasta el tejado del edificio damos con el punto de salida de los autobuses gratuitos hasta las terminales del aeropuerto. Volvemos a ver desde aquí la silueta de un Mount Rainier que se resiste a darnos la despedida definitiva. En apenas 10 minutos estamos en la terminal sur de SeaTac desde la que operan la mayoría de compañías aéreas. Tomamos un ascensor para llegar hasta la planta 2 del “ticketing” y al contrario que en Barajas esta vez sí encontramos una báscula encendida en la que pesar nuestro equipaje antes de proceder a facturarlo. Y menos mal que lo hacemos, ya que otra vez mi monstruosa maleta excede el límite de 23 kg por apenas 400 gramos. Lo arreglamos moviendo algunas cosas de sitio y nos dirigimos a los pocos mostradores que British Airways tiene abiertos en este momento. Nos despedimos de los dos pesados bultos y, con las tarjetas de embarque tanto para ir a Londres como para llegar luego a Mallorca en nuestro poder, seguimos el proceso acompañados ya de solo una mochila y una maleta de mano cada uno.

Pasamos el control de seguridad, cruzamos el ya habitual escáner de cuerpo completo y ya estamos en las entrañas de la terminal principal. Nos queda sin embargo un desplazamiento más, el que a través de un tren circular subterráneo conecta con las terminales satélite para las puertas B primero y las S después siendo estas últimas nuestro objetivo. Tras subir las escaleras mecánicas damos de bruces con la puerta S10 en la que embarcaremos pero, tras descubrir que el vestíbulo S es el peor nutrido de servicios y que todavía nos quedan tres horas de espera por delante, decidimos dar media vuelta y volver al tren circular para ir hasta el bastante más atractivo vestíbulo de las puertas B.

Los pasillos de SeaTac

En cinco minutos estamos allí y en cinco segundos localizamos el Starbucks en el que tomar nuestro último café y sentarnos durante una larga hora. Con más cafeína en el organismo y una taza conmemorativa del aniversario de la franquicia en la mochila regresamos a nuestra puerta de embarque donde minuto a minuto y desde los cómodos sillones del vestíbulo se van acumulando los que serán nuestros compañeros de vuelo. La espera se hace amena gracias a las estaciones de carga para móviles y a la conexión a Internet gratuita, que tampoco es para tirar cohetes pero suficiente para poder actualizar las redes sociales. A las 19:00 se abre el embarque escalonado, primero por clases y luego dando prioridad a las filas más al fondo de la cabina. En nuestros últimos minutos antes de entrar en el avión el Monte Rainier nos ofrece , esta vez sí, una despedida por todo lo alto con un último vistazo a su silueta desde uno de los ventanales de la terminal. Podríamos encontrarnos con él 1000 veces y nos seguiría impresionando.

Gracias por todo, Rainier

El avión que nos llevará en nueve horas desde Seattle hasta el aeropuerto de Heathrow no es especialmente amplio pero está bien nutrido de servicios. El entretenimiento a bordo cuenta con un puerto USB para cargar el teléfono y una pantalla interactiva con una selección de series y cine que, una vez más, resulta bastante aceptable. Pierdo las primeras dos horas del vuelo viendo The Nice Guys (Dos Tipos Buenos), una comedia bastante aceptable en la que lo mejor es reconciliarme con un Ryan Gosling que no podía ver desde Drive.

El servicio de comida de British Airways llega unas tres horas después de despegar y... bueno, es comida de avión. Un pollo con puré y salsa de tomate muy mediocre pero una porción de tarta de fresa y queso que pese a ser industrial deja un buen sabor de boca. Nos llama la atención lo insistente que es la tripulación al ofrecer vino a los pasajeros, dándome incluso dos botellas sin pedirlo cuando cedo ante tanta presión. Una señora española en una butaca cercana a la nuestra no se corta ni un momento y ya de inicio se toma un combinado de cola con whisky para acto seguido dormir en los laureles. Así no hay vuelo que se haga largo.

Seguimos recortando distancia a toda velocidad abandonando el continente americano tras unas cuatro horas en el aire que hemos intentado rellenar, además de con cine, con alguna partida a crucigramas y varios juegos de tipo puzzle disponibles en el entretenimiento a bordo. El sueño empieza a afectar, y es que aunque en cuatro horas aterrizaremos en el mediodía de Londres a efectos de nuestro organismo ya hemos superado la medianoche.

Más allá del vino, no se puede decir que la gente de British Airways se estire demasiado durante este vuelo de nueve horas. La tripulación no vuelve a repartir nada salvo zumos y aguas hasta varias horas después, cuando estamos ya a 90 minutos de alcanzar Londres. La merienda consiste en un bollo relleno de queso y una barrita de cereales. Mientras, termino de ver X-Men: Apocalypse en una muestra más de lo difícil que es conseguir esa cohesión interna que las películas del Universo Marvel alcanzan en algunos casos. El vuelo, por su parte, se sigue desarrollando con total tranquilidad solo interrumpida por algún pequeño tramo de turbulencias. Se trata de uno de los vuelos transoceánicos más silenciosos y tranquilos que recordamos. Pero la total ausencia de niños no debe tener nada que ver. Seguro que no.

Nuestra jaula durante nueve horas

Completamos el trayecto con el único agravante de 20 minutos no previstos dando vueltas en el aire debido a la congestión del espacio aéreo en Heathrow. Tras la clásica tortura que supone pasar junto a las clases superiores del avión y ver de cerca los sillones reclinables y los reposapiés que hubieran agradecido tus atrofiadas articulaciones comenzamos el paseo por el interior de la terminal 5. El único trámite que debemos superar es el control de pasaportes al cruzar la frontera del Reino Unido. En lugar de seguir las indicaciones para pasajeros que estén realizando una escala, nos dirigimos hacia la salida del aeropuerto. Y es que nuestro siguiente salto entre Londres y Palma de Mallorca no saldrá hasta siete horas después por lo que traemos tomada una decisión.

Una espera tan larga en el aeropuerto, especialmente tras un vuelo de nueve horas y con nuestras cabezas convencidas de que son las cuatro de la madrugada, era un trago que no nos apetecía probar. Nuestro primer instinto fue estudiar las opciones de acercarnos hasta el centro de la ciudad pero eso suponía, además del nada despreciable precio del Heathrow Express que conecta el lejano aeropuerto con el centro urbano en alrededor de una hora, correr el riesgo de que llegáramos a la ciudad tan agotados que lo último que quisiéramos fuese dar un solo paso por sus calles. La segunda opción era estudiar las “Salas VIP” del aeropuerto, un espacio exclusivo en el que por un módico precio puedes pasar tu larga escala rodeado de sillones y otras comodidades. Fue una idea rápidamente descartada ya que el precio era equiparable al de un hotel, y eso sin incluir el sobrecoste para utilizar las duchas. Descartadas esas dos opciones teníamos claro lo que queríamos: un hotel que no se alejase mucho del aeropuerto y en el que poder tumbarse, relajarse y quién sabe si disfrutar de un par de horas de reparador sueño.

Semanas antes de salir rumbo a Seattle nuestros navegadores web recayeron en la página de Yotel, un hotel construído literalmente dentro de Heathrow que ofrece pequeños cubículos privados en los que poder descansar y dar la ilusión de encontrarse en un hogar. Sin embargo nos obligaba a desplazarnos de terminal perdiendo una valiosa media hora –por lo menos- por trayecto y el precio no era precisamente una ganga. Por ese motivo terminamos realizando una reserva en el Renaissance London Heathrow, un hotel normal y corriente situado a una distancia de la terminal 5 tan escasa que desde las habitaciones pueden verse perfectamente a los aviones circulando por las pistas. Por un precio no superior a ninguna de las opciones anteriores teníamos un cuarto completo con su cama doble, su televisor, su escritorio y su baño con ducha. Y para rematarlo el servicio de autobuses de Heathrow tiene coste cero para desplazarse entre las paradas situadas a menos de una milla de la terminal, así que el desplazamiento era gratuito.

No nos cuesta mucho dar con el andén 6 en el que paran los autobuses de la línea 423. No tenemos apenas tiempo de disfrutar la conexión gratuita del aeropuerto ya que a las 13:30 -hora británica- aparece ya el vehículo que tras apenas 10 minutos atentos a las paradas que estamos superando nos deja en Bath Road / Nene Road, con el Renaissance a pocos metros esperando en la acera contraria. El vestíbulo del hotel nos sorprende por ostensoso, con amplias zonas de sofás y varios locales de restauración que contrastan con la idea preconcebida que traíamos de un edificio más modesto. El trámite de conseguir nuestra habitación lo lleva a cabo un chico claramente todavía en prácticas, perdiendo unos valiosos minutos por el camino debido a sus dificultades para utilizar el sistema informático. Finalmente alrededor de las 14:00 estamos entrando en nuestra habitación 2306, situada en un extremo del edificio y obligándonos a caminar bastante rato por sus largos pasillos.

El experimento de reservar unas habitaciones para unas pocas horas no parece salir demasiado bien. El ruido de aviones susurrando a varios cientos de metros no se puede ignorar pero es fácilmente asumible. El problema son los golpes y otros ruidos constantes de vecinos que van y vienen por el pasillo, en muchas ocasiones arrastrando y moviendo sus maletas. Para colmo, nuestra habitación es contigua a uno de los cuartos privados donde el personal del hotel almacena sus herramientas, con el ir y venir constante de pasos y puertas abriendo y cerrándose que eso conlleva. Tememos que las circunstancias trunquen ese descanso en el que hemos invertido el dinero pero finalmente estamos tan agotados que ni un terremoto podría evitar que conciliáramos el sueño. Dormimos durante unas gloriosas dos horas tras las cuales volvemos a ser personas medio decentes. Tras una reparadora ducha en el correcto cuarto de baño de la habitación volvemos definitivamente del mundo de los zombies. Son las 17:20 y todavía nos han sobrado incluso 30 minutos hasta que tengamos que salir de nuevo hacia la Terminal 5 para coger nuestro último vuelo, tiempo más que suficiente para relajarse un poco más tumbados en la cama en compañía de los varios canales de televisión disponibles. Nos quedamos en Food Network y su programación sin descanso de “Man vs. Food” –Crónicas Carnívoras en España-.

La habitación del Renaissance
Venir de Seattle, parar en Londres y encontrarse la Catedral de Palma

Algo antes de las 18:00 y con energías parcialmente renovadas ponemos fin a nuestra efímera estancia en el Renaissance Hotel. Encontramos a nuestro paso por la recepción una muchedumbre tal de jóvenes, en su mayoría chicas, que nos planteamos si hay algún evento especial del que no tuviéramos constancia. Y así es, ya que resulta que hoy comienza en las salas comunes del hotel la cuarta edición del Wolfsbane, un congreso temático de la serie de televisión Teen Wolf. Si por lo menos fuera de alguna de las decenas de series que vemos...

Nota: debido a lo accidentado de nuestra estancia en el Renaissance y cómo hicieron caso omiso de nuestra petición expresa de alojarnos en una habitación alejada de zonas de paso ya que dormir era una prioridad, a nuestra vuelta a casa procedimos a hacerles llegar nuestro malestar. Para nuestra sorpresa la respuesta del hotel fue además de rápida muy considerada: sin necesitar más pruebas, nos solicitaron los datos bancarios para proceder al reembolso completo de la reserva. Un par de semanas después el importe de la habitación había regresado a nuestra cuenta.

Con un buen colchón de seguridad en forma de tiempo restante hasta la salida de nuestro último vuelo estamos de nuevo en la Terminal 5 de Heathrow, gracias otra vez al autobús gratuito en una milla a la redonda del aeropuerto. Tras pasar un control de seguridad que por momentos parece desbordado localizamos el Starbucks del vestíbulo junto a las puertas de embarque, en el que pasar una hora en compañía de señoras españolas lanzándose puñaladas traperas cuando alguna de ellas va al baño o a pasear entre las tiendas. Cuando salgo yo a dar un paseo por la terminal lo que encuentro es la “Quiet area”, una zona apartada del bullicio del área de servicios en la que las sillas se convierten en algo más parecido a tumbonas, hay enchufes disponibles por todas partes y rige la norma de guardar silencio para permitir el descanso de los vecinos. Nunca me ha gustado especialmente Heathrow pero esto es todo un puntazo a su favor.

Esperando el bus a Heathrow
Estas cosas hay que aplaudirlas

A las 20:50, con unos 20 minutos de retraso sobre la hora programada y tras encontrarme en la puerta de embarque a una compañera de trabajo el avión de Iberia Express que nos dará el último salto enfila la pista para despegar. Nos quedan por delante, según la tripulación, una hora y cincuenta minutos hasta tocar tierra al fin en Son Sant Joan, casi cuatro semanas después de dar allí el pistoletazo de salida. Aprovechamos el viaje, mucho más corto que el anterior pero sin la ayuda del entretenimiento a bordo, para hacer ciertas cuentas domésticas y saber cuánto hemos gastado cada uno en los outlets –respuesta: unos 500 dólares- y quién y cuánto dinero debe al otro tras equilibrar gastos y aplicar cambios de divisa.

Tomamos tierra en Palma de Mallorca a las 23:00 horas previstas. Aunque tardan un poco nuestras maletas aparecen cerrando así el último riesgo de tener algún problema durante el regreso. Eso sí, como es costumbre, en lugar de asomar por las cintas del vuelo desde Londres lo hacen en las dos cintas aisladas para equipaje procedente del exterior de la Comunidad Europea. Sin embargo no tiene mayor consecuencia, ya que a nuestro paso por la salida de dicha sala aislada no hay rastro de la guardia civil en el puesto donde supuestamente deberían consultarnos si traemos algo que declarar. Mallorca nos recibe con algo menos de 25 grados, haciendo menos traumática la adaptación nuevamente al clima húmedo y cálido de la isla. Cuando son las 23:30 estamos ya en casa y solo queda recapitular y regresar a la normalidad. Parece que la decisión de descansar y disfrutar una pequeña siesta en Londres ha sido acertada, ya que a las dos de la mañana –una hora no tan extraña para un sábado- nos vamos a dormir y no despertaremos de nuevo hasta las nueve del día siguiente. A este ritmo, para el lunes ya no habrá rastro de ese horario del Pacífico que temíamos nos tuviera desorientados durante varios días.

Y aquí termina el viaje. Algo más de tres semanas que han pasado tan rápido como tres días pero han cundido tanto como tres meses. Una muesca más en nuestro historial y una deuda pendiente saldada, conociendo al fin por primera vez las bondades de Canadá. Queda por delante el laborioso esfuerzo de poner orden sobre las más de 4000 fotografías tomadas, más de dos horas de video grabado y entre 120 y 140 páginas de texto que compondrán este diario que quedará para revivir el recuerdo. Ya habrá tiempo de hacer resúmenes, pero parece claro desde ya que la gran decepción del viaje fue el mal tiempo sufrido en las alturas de Sunshine Meadows. Es una excusa perfecta para regresar a Banff algún día. En el lado positivo… muchísimo por elegir, aunque los paisajes de hielo y montaña tienen un hueco especial en nuestra memoria.

Como siempre espero que hayáis disfrutado del denso y excesivo en detalles relato de este viaje. No ha sido sencillo, pero como siempre al mirar atrás me alegro de haber hecho el esfuerzo regular de haberlo escrito con la mayor premura posible para conseguir plasmar en él toda la información amasada antes de que caiga en el olvido. Volveremos a las andadas en 2017, de eso no cabe duda... aunque el destino todavía es incierto. Antes hay que poner algo de orden en la vida más doméstica, pero ideas como siempre nunca faltan.