Regreso a Washington desde Montana

Día 21 | 14 de septiembre de 2016

Mapa de la etapa 21

Hay un riesgo que siempre hay que evaluar cuando te adentras en un "road trip". Cuando las ciudades, parques y otras paradas del itinerario trazan en el mapa un recorrido circular, todo va como la seda. La búsqueda de vuelos es más sencilla, los días disponibles se optimizan y el coche de alquiler no presenta ningún problema ya que se devuelve en la misma oficina (o por lo menos, el mismo Estado) en el que se recogió. Por desgracia ese no es siempre el caso habitual, y un ejemplo es este viaje. Recorrer la distancia que va desde Seattle hasta Glacier National Park atravesando Canadá ha sido una gozada, pero nos presenta el "pequeño" problema de que estamos ahora a casi mil kilómetros de distancia de la casilla de salida y debemos dirigirnos de vuelta hacia ella. Y tenemos que hacerlo porque las alternativas no cuajaron: conseguir que nuestro vuelo de regreso partiera desde Montana no solo limitaba mucho la oferta aérea si no que añadía un considerable recargo al alquiler del transporte. Así que hoy no hay grandes paisajes ni esfuerzos para las piernas. Hoy solo se trata de conducir durante horas y horas por la Interestatal 90 en dirección al oeste.

La habitación alquilada en Columbia Falls a través de Airbnb ha sido correcta aunque bastante accidentada. La estancia ya empezó turbulenta por el malentendido que nos tuvo 20 minutos esperando en el coche la noche anterior. Sumémosle la imposibilidad de utilizar la cocina compartida por verse afectada de lleno por las reformas en curso en el interior de la vivienda. No olvidemos tampoco el habernos encontrado en nuestro cuarto de baño restos en forma de pelos de, probablemente, los inquilinos anteriores. Y rematémoslo con varios ruidos ambientales durante la noche que no ayudan a huéspedes con el sueño ligero, siendo especialmente molesto el sonido de los trenes que pasan a poca distancia del hogar. No ha sido el mejor descanso del viaje, pero algunas fuerzas hemos podido recuperar.

La habitación de Columbia Falls (I)
La habitación de Columbia Falls (II)

El objetivo para esta mañana era ponernos en marcha cuanto antes y lo conseguimos con creces. Cuando el reloj todavía marca las 7:20 y el coche vuelve a presentar algo de hielo sobre él –aunque no en cantidades tan dramáticas como las de la noche anterior- encendemos la calefacción para despejar las ventanas y nos lanzamos a la carretera. Previamente nuestro anfitrión Dave nos ha recomendado algunos desvíos y lugares a visitar por el camino, pero debo reconocer que no le prestamos mucha atención porque todavía estábamos desperezándonos y nuestra comprensión auditiva todavía tenía que despertar. Solo tenemos una misión: llegar cuanto antes a Everett, la ciudad varios kilómetros al norte de Seattle que nos acogerá en nuestras dos últimas noches de viaje.

Comenzamos a recorrer junto a las primeras horas de luz el estado de Montana en dirección al oeste. ¿Y qué tiene Montana que ofrecernos una mañana de miércoles antes de que siquiera hayan abierto los comercios? Pues autopistas de las que te obligan a aminorar de tanto en cuando para atravesar pequeñas villas, prados, tractores y más prados y contemplar vacas descansando, pequeños ciervos cruzando la carretera y un pequeño fragmento del Lolo National Forest, siendo esto último lo más atractivo de nuestros últimos momentos en el estado que alberga Glacier National Park.

Recorriendo Montana
Unos ciervos que decidieron obligarnos a aminorar
Todavía nos faltaba toparnos con algún tren kilométrico más

9:40. Por fin terminan las “highways” de un solo carril por sentido y enlazamos con la Interestatal 90, ésa que recorre el país de costa a costa muy cerca de la frontera con Canadá. El límite de velocidad asciende hasta las 75 millas por hora y eso nos anima ante la perspectiva de poder ir descontando millas hasta el destino con mayor velocidad.

10:00. Nos despedimos de Montana y empezamos a rodar sobre, según rezan algunas matrículas de nuestros compañeros de viaje, el estado de las “Famous Potatoes”. Estamos en Idaho, rincón estadounidense por el que ya transitamos en nuestro camino hacia Wyoming y el Parque Nacional de Yellowstone.

Bienvenidos a Idaho
Ni una sola carretera estadounidense sin su concentración de comida basura

Las virtudes de la interestatal se ven en ocasiones interrumpidas debido a los numerosos “road work”, esos tramos donde aparecen conos, desaparecen carriles y, lo que más nos afecta, el límite de velocidad se ve reducido drásticamente. Es imposible librarse de ellos: los hay por todas partes. Dado lo numerosas que son estas zonas de obras en la carretera y lo difícil que resulta distinguir qué están mejorando o manteniendo exactamente, sigo sin descargar la teoría de que sean excusas que los estados fabrican para generar empleo.

Circulamos durante varios kilómetros a poca distancia de un coche que necesita un buen lavado y tiene en la parte trasera una pegatina donde reza “Hillary 2016”. Nos aporta cierta sensación de alivio, ya que hasta el momento todos los carteles que habíamos visto circulando por Estados Unidos eran de apoyo a su rival político en la campaña presidencial, un Donald Trump que no necesita presentación. Sin embargo, cuando nos acercamos un poco y podemos distinguir el texto completo de la pegatina vemos que en realidad dice "Hillary for Prison 2016". Ay, madre.

Mucho de esto y nada de lo otro...

11:00. Realizamos la primera parada del día tras un buen primero tirón de algo más de 200 millas recorridas en más de tres horas y media. El descanso es la excusa para tomar café en un Starbucks de la ciudad de Couer d’Alene. El exterior nos recibe con unos 15 grados que ya auguran que las temperaturas de días anteriores son cosa del pasado. Solo unas nueve millas después hacemos una segunda parada, esta vez más larga, para saldar cuentas con la cadena de supermercados Walmart. Y ah amigo, ahora sí. Los establecimientos de la franquicia en Estados Unidos son exactamente lo que recordamos y buscábamos, y no la decepción constante que suponían sus equivalentes del vecino en el norte. No solo encontramos cosas de las que no había rastro en Canadá sino que además los precios son sensiblemente más bajos, incluso utilizando una moneda a priori más fuerte como el dólar estadounidense. Nos tenemos que llevar sí o sí un par de esos “Wraps de pollo barbacoa” que nos hicieron salivar en viajes anteriores. Caigo en la tentación de un par de camisetas, una de Star Wars y otra de Los Vengadores, a 7,50 dólares cada una. Renovamos nuestro stock de tapones de los oídos, tan útiles en noches difíciles. Y nos llevamos todo un cargamento de barritas de bálsamo para los labios ChapStick, un pequeño fetiche que tanto yo como L compartimos desde que las descubriéramos años atrás. Nos las llevamos de varios tipos: de manzana, de tarta –sea lo que sea eso…-, de calabaza…

No nos arrepentimos

12:40. Retomamos nuestra misión de circular por la Interstatal 90 rumbo al oeste. Quedan 320 millas cuando llegamos al que fue nuestro primer y será nuestro último Estado del viaje: Washington. Le ganamos con el cambio una hora al reloj, ya que volvemos a la zona horaria del Pacífico tras varias semanas en la “Mountain Time Zone”. Repostamos, probablemente por última vez, 33 dólares de combustible en una gasolinera de la cadena Conoco, la cual no nos permite indicar previamente qué cantidad queremos autorizar en la tarjeta de crédito.

12:50. ¿Qué separa a Seattle de la frontera oriental del estado de Washington en el que se encuentra? Pues la más absoluta nada. Millas y millas de granjas custodiando enormes parcelas solo interrumpidas por incontables pequeños tornados que remueven la tierra.

13:30. Superamos la barrera de las 200 millas restantes. Seguimos rodeados de granjas y tornados. Que nuestra discografía para viajes haya llegado a la selección de temas de Mumford & Sons viene al pelo para este paisaje.

13:50. Paramos unos minutos en un área de servicio en medio de ninguna parte para comernos uno de los dos wraps de pollo a la barbacoa y volver a turnarnos al volante.

14:10. Otra vez en marcha tras la comida, utilizando el enorme posavasos del vehículo para dejar reposar un “Dr. Pepper Diet” comprado en el área de servicio. Los 26 grados del exterior nos recuerdan lo que es vivir en manga corta. 170 millas para el destino.

Cosas que se ven al volante (I)
Cosas que se ven al volante (II)
Cosas que se ven al volante (III)

15:05. Superamos la barrera psicológica de las 100 millas para llegar. Nos adentramos en un nuevo National Forest que nos brinda algunas vistas a un bonito lago antes de atravesar un largo puente.

16:10. Termina nuestro periplo por la I-90, tomando el giro a la derecha que enlaza con la I-405 rumbo al norte. 40 millas para llegar.

16:15. Me acaba de adelantar un Delorean con matrícula "OUTATME" -¡casi!- y he enloquecido. Si había un momento para hacer un Grand Theft Auto en toda regla saltando de un vehículo a otro, era este. Quizás nunca sea millonario para poder tener el mío propio, pero ya he podido tener uno cerca circulando.

¡¡¡Deloreaaaaaaaaan!!!

Estábamos haciendo un gran tiempo. Diez horas después de haber iniciado la marcha estábamos ya a apenas 30 millas del destino, lo cual era todo un logro ya que esperábamos que el viaje nos ocupara unas 12 horas incluyendo paradas intermedias. Pero entonces tenía que llegar Seattle. Y su tráfico infernal. Pasamos media hora avanzando penosamente para alcanzar por fin la salida 26 que nos llevará hasta Everett.

16:52. Cogemos por fin la salida. Al traste el tiempo récord para llegar al destino. 10 millas hasta Everett.

17:30. Seguimos sin llegar porque el maldito desvío no suponía el fin de los atascos. Y ahora hay que sumarle eternos semáforos y un accidente múltiple que ha dejado dos coches en estado deplorable para disfrute de los mirones que consideran buena idea casi detenerse por completo para echar un vistazo. Es como estar de nuevo en Mallorca.

18:00. Pensé que nunca íbamos a decir que habíamos llegado, pero aquí estamos. Aparcamos frente a la casa de Everett, y vaya casa. Tres plantas de las que solo ocuparemos el salón, dormitorio y baño privados del sótano, aunque tendremos acceso a la cocina de la planta baja y el cuarto de lavadora de la planta superior. Nos recibe Allison, una señora canadiense que es todo amabilidad. Más efusiva que sus dos gatos, que… bueno, como buenos gatos, prefieren optar por el "paso de ti" en lugar de darte una calurosa bienvenida. Pero menos efusiva que sus tres golden retriever que enloquecen y saltan de alegría, especialmente los dos machos. Todavía queda el recorrido por las instalaciones, que… madre mía. El dormitorio y el baño, más que correctos. Muchos detalles de bienvenida de de Allison para sus huéspedes tales como barritas energéticas, caramelos, cápsulas de Starbucks para la cafetera o una nevera llena de yogures. Pero la palma se la lleva el salón. Una gran estancia con sofás y motivos cinéfilos, empezando por unas paredes cubiertas de carteles enmarcados de películas como The Usual Suspects, Inception, Jaws o Back to the Future –ay, el Delorean…- y acabando por lámparas y decoración en las estanterías siempre conservando la temática cinéfila. Y la estrella, como era de esperar visto el escenario, es el televisor. Un pantallón de… ¿65? ¿70 pulgadas? Quién sabe, una barbaridad. Y conectado oportunamente a un Apple TV con el que tenemos acceso a infinidad de canales e incluso al catálogo de Netflix.

Nuestro nuevo hogar

Muy satisfechos tras el tour de bienvenida a la casa empezamos a descargar el coche por penúltima vez tras una bastante larga y animada conversación con Allison. Sus perros no dejan de juguetear alrededor de nosotros y exigir atención y mimos de vez en cuando. Tras liberarnos de su acoso, nos duchamos y subimos a la planta superior para hacer nuestra última lavadora del viaje.

Dan las 20:00 –de un día de 25 horas, recordemos el cambio horario- cuando tomamos la decisión de aplazar nuestra comida en Applebee’s –obligatoria en cada viaje- para mañana al mediodía. Tendremos un local de la franquicia a dos millas del lugar en el que pasaremos toda la jornada y es más aconsejable dar tales patadas al estómago al mediodía que por la noche, con menos margen para asentar el banquete. Esta noche toca aprovechar algunas de las comidas que nos quedan y que a buen seguro no podremos agotar antes de regresar a casa.

Tras un capítulo de Braindead en el mejor “cine en casa” que jamás hayamos disfrutado, a las 22:10 y pese a no tener ninguna necesidad de madrugar al día siguiente, decidimos que el día ha terminado. ¿Qué pasa mañana? ¿Por qué demonios estamos en Everett y no cerca de algún remoto parque o bosque nacional, o incluso cerca del aeropuerto para marcharse al día siguiente? La razón es muy sencilla: nuestro viaje a Norteamérica está terminando y todavía no hemos cubierto un hito obligatorio. Todavía no hemos hecho la tradicional visita y consiguiente arrase a las tiendas de un centro comercial de estilo “Outlet”. De mañana no pasa.