Un helado Hidden Lake Overlook

Día 20 | 13 de septiembre de 2016

Mapa de la etapa 20

Son las siete de la mañana en nuestra cabaña número 5 de las Glacier Trailhead Cabins en Babb, Montana. Arrancamos el día con un nuevo desayuno doméstico que esta vez incluye un “breakfast burrito” con huevo, queso y salchicha calentado al microondas y que llena tanto como se su composición da a entender pero no resulta tan sabroso como esperaba.

Nos asomamos por la ventana y el cielo es azul, de un azul que asombra. Podemos entrever ya entre los árboles algunas cumbres nevadas del entorno y parece que será un día inmejorable. Pero hay algo que pasamos por alto y no recordamos hasta ver el estado de nuestro vehículo: esta noche se preveía una fuerte helada y parece que la predicción ha acertado. Cuando nos fijamos en él, nuestro Chevrolet Cruze parece el Delorean tras regresar de su primer viaje en el tiempo en el aparcamiento del Twin Pines Mall. Está totalmente helado, con una capa que brilla bajo el sol cubriendo cristales y carrocería. Tenemos que echar mano de paños calientes para derretir la peor parte de los cristales y debemos empujar algunas puertas desde dentro para conseguir que se abran. Cuando arrancamos el coche el termómetro marca -3 grados. Si a las 9:00 esa es la temperatura que tenemos, qué cota inferior debe haber alcanzado durante la noche.

Nuestro Chevrolet tras viajar por el tiempo

Recogemos nuestras cosas, las cargamos en el maletero –que también necesita un poco de insistencia para abrirse-, dejamos en la cabaña comunitaria las tazas y cucharas que habíamos tomado prestadas para el desayuno y nos despedimos definitivamente de Glacier Trailhead Cabins. Ha sido un alojamiento correcto, con tarifas algo caras -170 dólares por noche- pero acordes a los precios de la zona. Ponemos rumbo nuevamente a St. Mary donde tras cuatro millas repostamos 23 dólares –lo que cabe en el depósito a medio llenar- antes de entrar en Glacier National Park previsiblemente por última vez. La Ranger de la garita nos informa de que la “Going-to-the-Sun Road” sigue cortada durante un tramo que impide alcanzar la zona de inicio de excursiones de Logan Pass y no digamos ya nuestro próximo alojamiento de Columbia Falls en el lado completamente opuesto de parque. Eso significa que, salvo que demos considerable rodeo por el sur del parque, por ahora estamos atrapados sin poder continuar nuestra ruta. Afortunadamente tenemos el ya familiar centro de visitantes de St. Mary a nuestro lado para ofrecernos cobijo y conexión a Internet mientras esperamos. El cielo sigue totalmente despejado y en este breve lapso de tiempo la temperatura ya ha subido hasta uno o dos grados sobre cero, así que hay esperanza de que el corte de circulación no dure demasiado.

Nos despedimos de la cabaña número 5
Pasamos por última vez junto a la cabaña comunitaria
El acceso a Glacier National Park por St. Mary

Son las 10:00 cuando los agentes del parque actualizan los carteles de aviso del centro de visitantes, indicando ahora que ya es posible alcanzar Logan Pass pero a partir de ahí el tráfico sigue cortado. Por ahora es suficiente para satisfacer nuestros planes, así que allá vamos.

La “Going-to-the-Sun Road” es, siendo breves, una animalada. Con un cielo totalmente despejado que hace que las condiciones sean óptimas para conducir por ella, somos incapaces de pasar de largo ni uno solo de las decenas de miradores que se suceden cada pocos metros. El rodeo que da la carretera a un descomunal valle rodeado de altas montañas, incluida la que esperamos ver en unas horas desde el Hidden Lake Overlook, hacen que cualquier otra ruta que tenga la osadía de hacerse llamar “ruta escénica” deba replantearse si merece el título. Nos reencontramos con la nieve pese a que la temperatura ha subido ya hasta unos perfectamente soportables seis grados centígrados. Tras unas 15 millas desde St. Mary alcanzamos el enorme aparcamiento de Logan Pass donde se encuentra un nuevo centro de visitantes del parque y señales y más señales indicando la gran cantidad de rutas que los senderistas pueden tomar desde aquí. Efectivamente la carretera permanece abierta solo hasta aquí, impidiendo seguir conduciendo rumbo al al oeste y truncando nuestros planes de enlazar desde aquí con el acceso al parque por West Glacier que posteriormente nos llevaría hasta nuestro próximo alojamiento. El tráfico no es el único sacrificado por la helada: el Visitor Center también permanece cerrado, desconocemos si por haber destinado todo el personal a informar de las precauciones a tomar a lo largo del parque o por no poder garantizar la seguridad en sus accesos, ya que está construido en varias plantas y los escalones para llegar a las más superiores están totalmente cubiertos por varios centímetros de nieve. En sus alrededores la nieve se torna hielo en las partes con sombra, siendo muy desaconsejable intentar siguiera caminar sobre él. El inicio del camino hacia Hidden Look Overlook, sin embargo, parece haber sido sometido ya a los esfuerzos de los empleados del parque ya que se puede distinguir perfectamente una vía libre de nieve y hielo abriéndose hueco a lo largo de él.

La Going-to-the-Sun, espectacular desde el inicio
Desvíos a acampamentos estratégicamente ubicados
Uno de los autobuses lanzadera del parque
Es imposible pasar de largo uno solo de los miradores
Un prodigio de la naturaleza a pie de carretera
El camino sigue...
El precario estado del centro de visitantes
Pisa bajo tu propia responsabilidad

Hidden Lake Overlook es uno de los puntos más visitados de Glacier National Park. Alcanzarlo requiere recorrer los dos kilómetros y medio que lo separan de Logan Pass, durante los cuales se gana una altura algo superior a los 150 metros. Dicho ascenso está concentrado en en el primer kilómetro, ayudado por una serie de largas escaleras y pasarelas de madera que ahora presentan el riesgo adicional del hielo esperando las lisas suelas de un incauto. Según ascendemos el paisaje que dejamos a la espalda se torna colosal y el que tenemos enfrente tampoco desmerece, con la Bearhat Mountain hacia la que nos dirigimos creciendo más y más en perspectiva a cada paso que damos. L preferiría que el paisaje no fuese tan mayoritariamente blanco y poder disfrutar de los distintos colores de la flora y vegetación de los prados que atravesamos. Yo estoy encantado con el cambio de paisaje, ya que por nuestra costumbre de iniciar nuestros viajes a finales de agosto no solemos coincidir con climatologías que nos brinden este tipo de escenario.

Avanzando lentamente sobre la nieve
Hacia lo blanco vamos...
... y de lo blanco venimos
Bonito, pero monótono tras unos minutos
Bearhat Mountain, cada vez más cerca

Debido al estado del terreno y las precauciones contra el hielo, los dos kilómetros y medio se tardan en recorrer lo que en circunstancias normales se avanzaría el doble. Al hacerlo, alcanzamos el mirador al Hidden Lake... y ahora sí debo darle la razón a L. Aún siendo magnífico, el paisaje queda aplanado por estar cubierto de nieve por todas partes. Las fotos que vimos durante nuestra investigación mostraban junto al lago acumulaciones de flores de distintos y vivos colores sobre un manto de vibrante verde, dándole una cantidad asombrosa de matices al paisaje. Sin embargo toda ese regalo para los ojos ha quedado cubierto por la nieve, que también amenaza con cubrir partes de la ladera de la montaña que normalmente dejan distinguir su textura. El mirador consiste en una pasarela de madera de unos 10 o 12 metros sobre la cual la nieve todavía está lejos de desaparecer pese a estar constantemente pisoteada por los visitantes. Desde aquí se puede continuar y descender hasta la orilla del lago, pero ello implica dos kilómetros y 260 metros de descenso a avanzar que luego hay que remontar, reto que no suena muy apetecible conociendo el estado de la superficie.

Bordeando colinas en los últimos metros
Hidden Lake Overlook, en su versión más navideña
Útiles carteles informativos para conocer el entorno
A ver si te vas a caer otra vez...

Iniciamos el regreso hasta Logan Pass, todavía con más cuidado sobre las pasarelas ya que al inclinar el peso hacia adelante debido al descenso la posibilidad de un inoportuno resbalón es todavía mayor. Se acercan las 14:00 cuando alcanzamos el aparcamiento y tanto el Centro de Visitantes como la prolongación de la carretera permanecen cerrados para nuestra desgracia. Tras comer en el coche sendos rollos de pollo –sabor salsa césar para ella, picante del suroeste para mí- consulto a un Ranger qué opina sobre esperar un poco más por si abre la carretera o empezar el largo desvío hacia el sur. Me informa de que la zona cortada es de apenas tres millas, pero el hielo que está allí estacionado se resiste a derretirse y, si a estas horas del mediodía todavía no lo ha hecho, hay una alta probabilidad de que no lo haga hasta el día de mañana. Teniendo ya claro que vamos a tener que rodear el parque y con el añadido de inesperado tiempo en carretera que ello implica, descartamos nuestra intención inicial de recorrer durante 10 o 15 minutos el Highline Trail, otra excursión estrella que nace aquí y que si bien no planeábamos realizar completa –demasiado larga- si queríamos disfrutar en su arranque. Volvemos hasta nuestra casilla de salida de St. Mary para desde allí emprender la ruta por el sur. Nos despiden de Logan Pass unos muy notables 12 grados que hacen que la experiencia de detenerse nuevamente en miradores a lo largo de la Going-to-the-Sun sea muy agradable, y algo casi obligatorio ahora que el sol está más alto y nos permite disfrutar de las vistas en dirección opuesta a la de esta mañana.

¡Cuidao!
El poblado aparcamiento de Logan Pass
Interminables vistas durante el regreso

Durante la marcha un nuevo oso negro con aspecto de ser bastante joven se cruza justo delante del coche tras el que circulamos. Solo le podemos ver galopar durante tres segundos antes de perderse en el bosque a nuestra izquierda, pero con este ya van cinco avistamientos de osos en libertad durante todo el viaje. Viniendo de tres viajes anteriores donde no se cumplieron nuestras expectativas de poder ver estos animales en libertad, parece que toda la suerte que nos faltó entonces se ha concentrado en esta ocasión. Realizamos nuestra última parada a lo largo de la ruta escénica en el mirador hacia el pequeño islote del “Wild Goose Island”, que en realidad ofrece mucho más gracias al lago que lo rodea.

El muy atractivo mirador a Wild Goose Island

Llegamos a nuestro Visitor Center favorito en St. Mary, donde por enésima y última aprovechamos la conexión a Internet grauita. Ahora sí, no queda más remedio que comenzar el inesperado desvío. Lo que iban a ser 63 millas atravesando el parque se convierten en 97 rodeándolo por el sur, pero dado que son las 15:30 creemos que todavía nos da tiempo a hacer una incursión al parque desde ese lado antes de alejarnos en dirección suroeste hasta Columbia Falls. El paisaje de hielo y nieve enseguida deja paso a páramos verdes y marrones con el único rastro de tonos blancos en el horizonte gracias a los picos que siguen asomando a nuestra derecha.

La ruta alternativa atraviesa varios poblados. Y vaya poblados... consistentes casi por completo en autocaravanas con vallas para delimitar las fincas y todo tipo de mobiliario improvisado al aire libre en lo que se supone que son mesas, toboganes y otros construidos con piezas sueltas. Los coches y furgonetas con aspecto abandonado se pueden contar por decenas. Desde luego quizás los habite gente encantadora, pero el aspecto de estos pequeños núcleos de pobñación no invita a detenerse en ellos para saludar.

Desde este lado y a esta distancia, Glacier National Park parece un parque temático. Vemos a lo lejos una densa concentración de montañas nevadas, pero todas perfectamente delimitadas por un muro natural de montañas más bajas y sin ninguna relación con el resto del paisaje, que es más bien desértico y otoñal. Es como acercarse a Port Aventura y ver la silueta del Dragon Khan o el Shambala rodeadas de la más absoluta nada.

Glacier desde la distancia

¿Dije cinco avistamientos de osos en libertad? Pues ya son seis. Durante la segunda mitad del desvío hasta West Glacier, una pareja de osos negros intenta cruzar la carretera segundos antes de que nosotros y el camión que nos precede pase por ella. Nos sorprende que el camionero haya sido capaz de verlos desde su cabina y detenerse a tiempo, momento que el primero de los dos osos aprovecha para cumplir su objetivo de cruzar la carretera y perderse en la vegetación del arcén izquierdo. El segundo parece acobardarse al ver el tráfico y vuelve a refugiarse entre los arbustos de la derecha, esperando a la próxima oportunidad para reunirse con su hermano, colega de pandilla o vaya usted a saber.

¿Por qué el oso cruzó la carretera?

Al fin alcanzamos la señal de West Glacier tras una hora y media de conducción que se ha hecho más pesada de lo que imaginábamos. No perdemos el tiempo y nos adentramos en el parque por este lateral, alcanzando primero la orilla sur de un inmenso Lake McDonald que nos acompaña a nuestra izquierda durante nueve millas. Sin embargo el bosque entre él y nosotros nos brinda pocas oportunidades de poder apreciar sus magníficas dimensiones.

Continuamos la marcha con la intención de alcanzar el corte de la carretera desde este lado y a partir de ahí empezar a descender. Para ello todavía nos quedan unas 20 millas, solo tres menos de lo que nos llevaría alcanzar de nuevo el Logan Pass por este lado si la carretera no estuviera cortada. El recorrido se torna monótono... bueno, puede que haya a quien le apasione, pero a nosotros más de dos millas con solo bosques a lado y lado nos aburren tras la espectacular mitad este de la Going-to-the-Sun de la que hemos sido testigos esta mañana. La carretera tarda en comenzar a ganar altura pero cuando lo hace, lo hace con una pendiente muy pronunciada. Empiezan a aparecer en la distancia esas cumbres nevadas que ya nos resultan familiares, pero ahora parece que estén dándonos la espalda. Hacemos una única parada antes de alcanzar el final, en la que podemos presenciar los 140 metros de caída de las Bird Woman Falls desde la ventanilla del coche.

Bird Woman Falls

Llegamos al fin a esa valla con el texto de “Road Closed” que nos confirma que horas después el tramo que falta para alcanzar Logan Pass continúa cortado. El cierre tiene lugar a la altura del Weeping Wall, un muro de piedra vertical que a lo largo de varios metros se torna oscuro por la caída de agua sobre él, dándole así el nombre de “muro llorón”. Tenemos aquí, junto al aparcamiento con bastante más gente de la que esperábamos, una tímida pero alargada catarata que en varios tramos llega hasta nosotros desde las alturas. Sin embargo somos de los pocos que parece que le hagamos caso, ya que la mayoría de los presentes están más atentos a varias carneros de las Rocosas que están pastando unas cuantas decenas de metros por encima de nuestras cabezas. Nosotros ya vimos varios de estos ejemplares ayer y a una mejor distancia, así que no nos mostramos tan emocionados como los demás.

Uno de los saltos de agua junto al Weeping Wall
Las vistas a Logan Pass desde el este

Comenzamos el descenso de vuelta hasta West Glacier y lamentablemente el momento del día es el menos adecuado para las vistas que el trayecto podría ofrecernos. A las 18:33 el sol está ya preparándose para su despedida por el oeste, así que los miradores al valle, con el río serpenteando varios metros por debajo de nosotros, quedan totalmente deslucidos por el resol. Carece de sentido detenerse a presenciar el Lake McDonald, ya que la luz nos cegaría igualmente si intentásemos mirar hacia él. Llegamos por tanto en poco tiempo a West Glacier, donde entramos en otra fallida tienda de regalos. La verdad es que el viaje no ha sido muy pródigo en tiendas de souvenirs que nos hicieran gracia –exceptuando las tiendas de regalos de Banff Avenue- y ni siquiera los imanes de nevera que planeábamos llevarnos de cada destino están a la altura de lo presenciado.

Nos vamos ya a Columbia Falls, un pequeño pueblo a 17 millas de West Glacier en el que se encuentra la habitación que tenemos alquilada a través de Airbnb. Durante el día de ayer contactamos con los anfitriones para avisarles de que nuestra hora de llegada sería bastante tardía, a lo que respondieron con facilidades para poder acceder pese a que ellos no volvieran hasta las 21:30 y una lista de restaurantes de la zona que podrían interesarnos. Entre ellos estaba un tal “The Back Room” especializado en carnes y, dato importante, costillas de cerdo a la barbacoa. Ese es uno de los platos favoritos de una L que lleva esperando poder degustar desde que aterrizamos en Seattle, así que la decisión es casi inmediata. Dado que ya son las 20:00 decidimos parar primero en él y cenar antes de descubrir nuestro hogar para esta noche. Lo que encontramos es un local con aspecto rústico, algo antiguo, y una carta de precios que nos parece aceptable. Ambos pedimos raciones pequeñas de costillas, que resultan más que suficientes y dignas de su nombre. La sorpresa del plato se la lleva una suerte de “pan frito” exclusivo de la casa que por fuera tiene aspecto de pan chino pero por dentro sabe como un donut. Acompañamos todo –incluyendo judías negras, ensalada de col y patatas al horno- con una Pepsi para L y una “Moose Droll” para mí, cerveza negra elaborada en el cercano pueblo de Missoula y que resulta exquisita. La cuenta de nuestra camarera Edna, incluyendo su propina, es de 46 dólares.

Una buena cena

Nos vamos ahora sí hasta la casa de Airbnb, a apenas seis manzanas del restaurante. Pese a las dificultades por la casi completa oscuridad de la calle conseguimos localizarla pero al intentar entrar a ella nos encontramos la sorpresa de que la puerta está cerrada pese a que los anfitriones nos aseguraron que la dejarían abierta. Son las 21:10 y según su respuesta estarían de vuelta a las 21:30, así que solo nos queda esperar en el coche hasta que efectivamente a las 21:35 aparece un vehículo que se detiene frente a la casa.

Ben y Karen son un matrimonio alrededor de los 50 que tienen en común su pasión por los instrumentos de viento –no me preguntéis cuáles exactamente, mi comprensión oral no estaba muy fina en ese momento- y ponen en práctica tocando para una "big band". Cuando nos ven esperando fuera no entienden qué puede haber ocurrido, pero al poco se resuelve el misterio. Están realizando reformas en el suelo del salón, y olvidaron mencionar al chico encargado de realizarlas que no cerrara la puerta con llave al salir.

Despejada la incógnita sobre qué había ocurrido, por fin podemos entrar y alcanzar nuestra habitación. Es enorme, con una cama de una amplitud como nunca antes habíamos visto, una alfombra a sus pies y todo tipo de mesas, cajoneras y sillas además de una nevera y un microondas. Un router “de los buenos” nos da conexión a Internet mientras ellos dejan listo el baño de la planta baja, que es exclusivo para nosotros ya que ellos utilizan el del sótano. Son las 22:00 cuando al fin podemos ducharnos y encerrarnos en nuestra habitación para empezar a guardar ropa en lo más hondo de las maletas, ya que tras el día de hoy nuestro invierno particular ha terminado. Mañana nos espera un día duro, muy duro, tan duro como conducir aproximadamente 1.000 kilómetros hacia el oeste hasta prácticamente alcanzar el Pacífico. Hoy ha terminado la naturaleza. Adiós a Glacier, y con él a todo el recorrido de parques que empezó hace ya muchos, muchísimos días con la llegada a Wells Gray. Los escenarios han estado a la altura, y ahora solo queda mentalizarse de que el final está cerca. Ya casi estamos en él.

Buenas noches