Las St. Mary Falls de Glacier bajo el temporal

Día 18 | 11 de septiembre de 2016

Mapa de la etapa 18

Empezamos a recobrar la conciencia a las 7:00 acompañados por el sonido de la lluvia golpeando el exterior de nuestra pequeña cabaña en Twin Butte. Con la perspectiva de un nuevo desayuno a las 8:30 y la casi total seguridad de que hoy no vamos a poder visitar prácticamente nada debido al fuerte temporal sobre Glacier, no tenemos ninguna prisa por levantarnos, ni siquiera para empezar a preparar nuestro equipaje. A través de las ventanas, además de las esperadas gotas de agua pegadas al cristal, vemos un coche desconocido que debe pertenecer a nuestros vecinos, aunque no hemos oído su llegada durante la noche. Nos desperezamos y revisamos fotografías y videos –con especial atencion a las de los osos de hace unas horas- mientras el interior de la cabaña se va iluminando poco a poco con luz natural.

Para el desayuno de hoy Dallas nos tiene preparadas unas espectaculares “french toasts”, algo que podríamos definir como la versión internacional de las torrijas españolas. Con sirope de arce y, para el que lo tolere, un poco de bacon o mantequilla por encima, son un primer bocado del día exquisito. Nuestros nuevos vecinos y compañeros de mesa son un agradable matrimonio de Austin, Texas. Con motivo del fallecimiento de la madre de él, original de Montana, han aprovechado el desplazamiento para pasar una semana lejos de los niños visitando la zona. Se gana la vida como policía estatal, y cada cierto tiempo debe pasar nueve días al otro lado de la frontera con Mexico. Casi nada. Pasamos un agradable rato compartiendo anécdotas y planes de viaje hasta que nos despedimos y tramitamos el pago de 199,5 dólares por las dos noches que hemos permanecido en Drywood Creek, utilizando otra vez un lector de tarjetas de crédito acoplado al teléfono móvil de nuestra anfitriona.

Solo queda hacer un poco de tiempo en el interior de la Randy’s Roost antes de despedirnos de ella, esperando desde la ventana a que un pequeño parón en el aguacero que no deja de caer nos permita llevar el equipaje hasta el coche sin quedar empapados. Pero lejos de amainar, cada vez aumenta más la cantidad de copos de nieve que aterrizan en el césped por segundo. Así que no queda más remedio que hacer acopio de capas impermeables y optimizar los viajes necesarios para llevar nuestras maletas, mochilas, bolsas isotérmicas y bolsas de la compra hasta el maletero del Chevrolet Cruze. Lo hacemos –bueno, lo hago yo mientras L se queda en el coche abriéndome el maletero- en cuatro viajes y nos ponemos en marcha para solo cuatro kilómetros después volver a detenernos en el excepcionalmente cerrado General Store de Twin Butte para aprovechar su conexión a Internet.

Viendo el temporal desde la Randy's Roost
La cosa no pinta bien...
Nieve cayendo sobre Drywood Creek
La distancia hasta el maletero se hace más y más larga

Mientras ponemos al día a familia y redes sociales el tiempo parece violentarse todavía más. No nieva pero la lluvia es fuerte, de la que aconseja conducir con mucha precaución. Así lo hacemos, pasando de largo el desvío a Waterton Lakes y tomando la ruta que nos llevará, unos 40 kilómetros después, hasta el paso fronterizo de Chief Mountain. Afortunadamente parece que estamos adelantando a esa tormenta canadiense que promete hacer estragos en las próximas horas, ya que según las negras nubes van quedando en nuestros retrovisores la conducción se torna mucho más agradable. Eso sí, el encantador paisaje alpino que caracteriza esa unión del “Waterton-Glacier International Peace Park” queda oculto tras las espesas nubes.

Alcanzamos el control por el que abandonar Canadá tras haberla descubierto y explorado durante dos semanas. Tras un mero trámite de pocos segundos con una robusta agente fronteriza nos encontramos ya de vuelta en los Estados Unidos de América, nada más y nada menos que en las primeras horas de un nuevo 11-S. Circulamos a 3.000 metros de altura, nada mal para un reencuentro con el país de las barras y estrellas. Y durante nuestros primeros kilómetros avanzando hacia el sur nos topamos con varios rebaños de vacas campando libremente por la carretera.

Vacas de Montana
Estábamos deseando volver a ver los paisajes estadounidenses....

A un mucho mejor ritmo gracias a una simple lluvia mucho menos peligrosa que el diluvio con el que arrancamos, alcanzamos las casas dispersas que forman el pueblo de Babb y tras pasarlo de largo alcanzamos el complejo de Glacier Trailhead Cabins. Encontramos la oficina cerrada y unas indicaciones algo vagas sobre cómo encontrar a la gerencia, pero tras un par de vueltas conseguimos dar con ella. La mujer encargada del complejo lamenta que nuestra habitación todavía no esté lista, ya que con un temporal como el de hoy aumentan las salidas tardías. Abonamos la mitad restante de la reserva y recibimos la llave de la cabaña de todos modos por si queremos dejar nuestro equipaje, pero decidimos no ir a echarle un vistazo hasta que esté lista.

Sin gran cosa que hacer debido al temporal, vamos hasta el cercano pueblo de St. Mary donde se encuentra una de las dos entradas más cercanas al Parque Nacional. Alcanzamos, tras pagar los 30 dólares del pase para siete días –nada de pases anuales esta vez-, el centro de visitantes de este acceso al complejo. Junto al comprobante de nuestro pago nos entregan ya mapas y el “periódico del parque”, un buen compendio de información muy útil durante la visita y algo que hemos echado en falta en los accesos a parques canadienses. Y es que desde el minuto cero la diferencia con los Parques Nacionales de Canadá es abismal. El mimo por el detalle, la inversión del gobierno estadounidense y el orgullo por su red de “National Parks” es algo que jamás hemos visto en ningún otro lugar. Nos recibe un agradable salón con todo tipo de detalles como una gran pantalla con la previsión meteorológica, una maqueta detallada de toda la superficie del parque, un pequeño museo sobre la historia y fauna del lugar y, lo más sorprendente, un auditorio con capacidad para más de 200 personas donde cada 30 minutos se exhibe una película introductoria con las bondades del Parque Nacional de los Glaciares.

El auditorio del Visitor Center de St. Mary
Una maqueta del Waterton-Glacier Peace Park

Aprovechamos la conexión a Internet –suficiente, pero no para tirar cohetes- para tranquilizar a la familia respecto al trance en carretera que hemos debido pasar. Cumplido el trámite, hacemos saber nuestros planes y preferencias a uno de los siempre voluntariosos Rangers antes de pedirle consejo acerca de cómo distribuir las horas que la meteorología nos permita disfrutar del parque. Por último buscamos lavanderías de autoservicio cercanas para de ese modo aprovechar las circunstancias de hoy y liberarnos de tareas y recados, intentando así que las dos próximas jornadas estén íntegramente destinadas a aprovechar el escenario.

La previsiblemente encantadora Ranger que nos atiende en el mostrador confirma lo que creíamos que era nuestra mejor opción: reservar para un posible soleado martes aquello que más nos interese ver en su máximo esplendor –Hidden Lake Overlook-, confiar en que cuando mañana a mediodía pase lo peor del temporal podamos atender nuestra segunda opción más prioritaria –Grinnell Glacier o Iceberg Lake, con ella compartiendo nuestra opinión de que, si bien merece la pena recorrer los dos, en caso de elegir se quedaría con el primero-, y que para esta tarde, si no queremos dejar el día en blanco, nos acerquemos a las St. Mary Falls tras un paseo moderadamente corto bajo una lluvia que no va a desaparecer en las próximas horas. Seguiremos su consejo pero antes de eso hay que comer, que ya han pasado las 13:00.

Tras un par de intentos fallidos parando junto a cafeterías que resultan estar cerradas probamos suerte en el “Johnston Café”. Se encuentra puerta con puerta con el Red Eagle, un hotel con precios similares a nuestra cabaña que en su día descartamos por las horribles críticas que ha recibido en Tripadvisor. Entramos en el local, que en realidad es más un restaurante familiar que una cafetería, y nos espera un interior rústico sin nada que parezca forzado o artificial pensando en los turistas. Están de servicio dos camareras, una que nos insta a tomar asiento y otra que nos toma el pedido. Ignoramos el especial de los domingos -un plato de pollo frito con sopa y salsas varias por 18 dólares- y nos decidimos por una hamburguesa con queso para L y una “Johnston Melt” para mí, siendo igualmente una hamburguesa pero acompañada de jamón, queso y lo que aquí conocen como “banana peppers”, que un tipo de pimiento bastante potente. L lo acompaña con la “sopa de cosas” incluida en el precio pero yo lo sustituyo por patatas fritas a cambio de un dólar y medio más.

La carta del Johnston Cafe

Acertamos con el pedido. Las hamburguesas están ricas –me arde la boca-, las patatas tienen buen sabor y la enigmática sopa efectivamente lleva de todo, incluida carne de ternera que le da aspecto de estofado. No queda más remedio que acompañarlo de refrescos y agua ya que no se sirve alcohol en local. Acabamos satisfechos y pagando, incluyendo la propina, 31 dólares que ojo, ahora ya son americanos y al cambio no resultan tan favorables como los canadienses. Volvemos al sistema en el que te hacen dos cargos en la tarjeta: uno por la cantidad original que jamás se llega a confirmar y el definitivo incluyendo la propina que dejas indicada en el ticket que te entregan al pagar. Firmamos en el libro de visitas con un “Ready for another hike!” –¡Listos para otra excursión!-, y no estamos mintiendo.

El Johnston Melt

Ahora sí, vamos a intentar sacarle algo de partido a esta descafeinada bienvenida a Glacier National Park con una excursión corta y accesible. Tras unas 10 millas al volante –con lo bonito que era pensar en kilómetros...- damos con el aparcamiento desde el que arranca el sendero que lleva a las St. Mary’s Falls, un trazado que atraviesa mayoritariamente cuesta abajo un bosque que el año pasado se quemó tras un incidente en un área de picnic. Sin embargo y tal y como sabríamos más adelante, al parecer el incidente tuvo consecuencias positivas para el ecosistema ya que de todos modos la naturaleza del bosque estaba muerta. Entre los árboles calcinados, la escasa visibilidad debido al temporal de lluvia y niebla y el aguanieve que a ratos aprieta con fuerza, es una de las excursiones más esperpénticas de nuestro viaje. Tapados hasta las cejas con supuesta ropa impermeable –algunas piezas más que otras- y tras alrededor de media hora esquivando charcos y piedras resbaladizas alcanzamos el puente y el mirador natural frente a las cataratas. Y no están nada mal, pero las circunstancias tampoco nos invitan a disfrutar de esta meta más que unos diez minutos.

El lúgubre camino hasta St. Mary Falls
Un paseo deprimente solo superado por Sunshine Meadows
St. Mary Falls, nuestra única visita del día

Desde este puente y añadiendo otro kilómetro y medio más el camino lleva hasta otras cataratas, pero como no sabemos nada sobre ellas -¿son bonitas? ¿hay mucho desnivel hasta alcanzarlas?- decidimos no correr el riesgo. Es hora de regresar al coche, muriéndonos de ganas por quitarnos una capa de ropa que está ya totalmente empapada y que no ha conseguido aislar completamente nuestra indumentaria interior de los destrozos de la lluvia. Son las 16:00 cuando estamos de nuevo en el interior del vehículo, y aprovechamos que falta una hora para que cierre el Visitor Center de St. Mary’s para hacer una nueva parada durante la cual volver a conectarnos a Internet y de paso pedir un folleto específico con información sobre todas las excursiones del parque.

Algo antes de las 17:00 llega el momento de descubrir al fin qué tal es nuestra cabaña número 5 de Glacier Trailhead Cabins. No nos cuesta mucho encontrarla siguiendo las indicaciones que horas antes nos dio su dueña, y lo que nos espera allí es una construcción bastante más amplia que la de Drywood Creek con un sofá acompañando a la amplia cama, un baño con ducha prefabricada algo más pequeña de lo deseado y, primera vez en todo el viaje, sin televisor a la vista. El interior está algo frío, así que ponemos la calefacción con la doble función de calentarnos y ayudarnos a secar las empapadas chaquetas y botas. El truco funciona de maravilla y en apenas 10 minutos quedan listas para una nueva aventura. Todavía nos queda ducharnos para así añadir más ropa al saco que vamos a lavar en unos minutos y es entonces cuando descubrimos que la ducha es lo peor de las instalaciones: además de pequeña, la presión es la justa y necesaria y el mando está instalado al revés con la consecuente pérdida de tiempo esperando a un agua caliente que no parecía llegar nunca hasta que nos damos cuenta del equívoco.

Es hora de ganar tiempo a futuros días lavando ya la ropa en algún servicio cercano, pese a que la intención inicial fuese hacer nuestra última colada dentro de dos días aprovechando la lavadora y secadora incluída en nuestro siguiente alojamiento. La mejor opción que hemos encontrado por Internet es la lavandería del KOA Campground, un camping a una escasa milla de la entrada al parque por St. Mary’s. No cuesta nada encontrarlo gracias a la buena señalización desde la carretera principal, y nos da la bienvenida con exactamente lo que necesitábamos: un cuarto con unas 15 lavadoras y casi las mismas secadoras, necesitando para todo el proceso un total de alrededor de cinco dólares en monedas. En una esquina con sofás y televisor unos pocos ancianos están disfrutando de Casablanca en su versión particular de “Cine de barrio” de todos los domingos. Anexa a la lavandería se encuentra la tienda de regalos y pequeño colmado del campamento, modesta pero suficiente para poder sacar de un apuro en casos de emergencia.

Lavando la ropa con Humphrey

En lo que esperamos a que los electrodomésticos cumplan su función, Casablanca se despide con sus títulos de crédito y la división veterana de la lavandería abandona el lugar. Unos minutos más tarde la cuenta atrás de nuestra secadora llega a cero y estamos listos para empaquetar nuestras cosas y salir del camping. Al hacerlo vemos como el tiempo ha mejorado levemente, deteniéndose al fin la lluvia y aumentando muy ligeramente la visibilidad en el horizonte, donde ya se intuyen los incontables montes helados que forman el Glacier National Park. La cosa promete y mucho, y hace que deseemos todavía con más fuerza que mañana el cielo se abra y nos deje ver esa maravilla que nos está rodeando sin ser conscientes de ello.

Algo bueno asoma tras las nubes...

Ya solo queda regresar de nuevo a nuestra cabaña número cinco y preparar la cena, que esta vez se apoyará principalmente en nuestro microondas particular ya que el frío, la humedad y el terreno embarrado no invitan a hacer viajes de ida y vuelta hasta la cabaña común con cocina completa y comedor. Solo paramos junto a ella para conseguir un abrelatas y un par de tazas y cucharas para el desayuno de mañana, y encontramos en su interior a una chica londinense que enseguida adivina nuestro origen, desconocemos si debido a nuestro acentazo castellano o porque ha reconocido el idioma mientras L y yo hablábamos entre nosotros.

Cenamos pasta con atún y una “clam chowder” enlatada, esa crema de almejas típica en las dos costas y que puede consumirse en versión “low cost” en el resto del país gracias a las conservas de supermercado. Junto a un par de cervezas, un café con leche y una cookie para el postre cerramos el servicio de cenas, y son las 21:30 cuando ya estamos listos para ver uno o dos capítulos de Masterchef antes de apagar las luces. Mañana, si todo va como esperamos, al mediodía el cielo debería dar el pistoletazo de salida para poder disfrutar al fin de Glacier en todo su esplendor. No vemos el momento de que eso ocurra.