Osos y jorobas en Waterton Lakes

Día 17 | 10 de septiembre de 2016

Mapa de la etapa 17

Tenemos un despertar dulce en la cabaña de Twin Butte tras más de ocho horas recuperando fuerzas. Los excesos del restaurante mejicano solo han requerido echar mano a las botellas de agua de vez en cuando y el absoluto silencio no se ha visto interrumpido siquiera por la llegada de nuestros vecinos de Edmonton, cuyo coche está aparcado frente al nuestro pero no tenemos idea de a qué hora ni cuánto ruido provocaron al regresar.

Son las 7:30 y, sorprendentemente sabiendo que el hábito en Norteamérica es cenar muy pronto, el desayuno de Drywood Creek no se sirve hasta las 8:30. Así que pasamos una hora esperando en la cómoda cama de la Randy’s Roost resguardados del a buen seguro fresco del exterior del que nos protege la calefacción de la cabaña. Con las persianas bajadas la única luz natural es la que entra por la pequeña vidriera de la puerta, dando la sensación de estar más en una capilla que en una cabaña.

Como despertar en una capilla
El edificio principal de Drywood Creek
Un detalle de nuestro hogar

Puntuales como un reloj, a las 8:30 entramos en casa de Dallas, nuestra anfitriona. Ya esperan allí sentados Shawn y Jane, nuestros vecinos de Edmonton con los que ya tuvimos una primera toma de contacto a nuestra llegada el día anterior. Empieza aquí un desayuno que se alarga durante una hora gracias a la estupenda conversación en la que participamos todos, siendo la mejor práctica posible para perfeccionar nuestro inglés. Hablamos de todo: diferencias culturales, situación política en uno y otro país, anécdotas del idioma, etc. Aprendemos, por ejemplo, que pese a ser cooficial en todo Canadá el idioma francés solo se enseña en las escuelas de la zona francófona, en el este del país. El desayuno, por su parte, es excelente: al zumo y café le añadimos un plato de fruta fresca y, como manjar estrella, una suerte de tortilla con queso, jamón, pimientos y más cosas envuelta en pan tostado. Incluso sin demasiada hambre por el atracón de la noche anterior nos sabe a gloria.

Son las 9:30 cuando regresamos a la cabaña tras despedirnos de nuestros vecinos y sus mascotas con la única misión de coger nuestras cosas y echar a andar. Antes de seguir el curso, nos paramos tras cuatro kilómetros junto a la General Store y restaurante mejicano, que va a estar cerrado todo el fin de semana debido a una competición anual de golf para los locales. Sin embargo su conexión a Internet sigue activa, así que aparcados junto al edificio podemos conectar nuestros móviles para ponernos al día con la familia. La mala noticia nos la trae la predicción del tiempo: no solo nos confirma que el temporal de viento de hoy en Waterton será todavía más violento que el de la jornada anterior, si no que añade la previsión de un temporal todavía más virulento en Glacier National Park para las tres etapas próximas que pasaremos allí. Lo que hasta ayer se vaticinaba como un día de aguanieve y dos soleados se ha convertido ahora en uno de aguanieve, otro de nieve y solo un último día soleado. Mejor no sacar conclusiones todavía, pero parece muy probable que debamos replantear nuestra agenda para el último National Park del viaje.

Ayer comimos nachos, hoy comemos wifi

Poco después de las 10:00 nos ponemos otra vez en marcha para, ahora sí, comenzar a visitar más bondades de Waterton Lakes National Park bajo los 16 grados que marca ya el termómetro a estas horas. Empezaremos con la esperanza de que el viento no sea tan violento en su mitad norte, más alejada de los lagos. Nos espera allí un recorrido que combina un cañón rojizo y unas nuevas cataratas, previo paso nuevamente por las taquillas de entrada al Waterton Lakes National Park donde en esta ocasión nos ahorramos la cola pasando por el carril donde un lector de código de barras levanta la barrera tras escanear con él nuestro pase anual.

Aviso de zona frecuentada por osos de camino a Red Rock Canyon
Parada improvisada para admirar los paisajes de Waterton

Alcanzamos el aparcamiento P1 de Red Rock Canyon, el más cercano al inicio del recorrido que rodea este cañón que se caracteriza por el color rojizo de las rocas que el río va moldeando. Ya hay varios coches, aunque pocos para tratarse de un sábado a las 11:00. El puente superior que cruza el cañón está cerrado así que la corta cuesta que ascendemos a mano derecha es en vano porque debemos deshacerla. Descendemos toda la longitud del cañón a su izquierda, cruzándonos con un poblado grupo de turistas asiáticos por los cuales decidimos pasar de largo los miradores del cañón y seguir nuestro camino para visitarlo a la vuelta.

La invasión de Red Rock Canyon

Entonces empezamos a encontrar algunos problemas. Continuando este sendero, debería iniciarse la ruta que tras un escaso kilómetro lleva a unas cataratas, las Blakiston Falls. Sin embargo encontramos el puente de acceso cerrado hasta previo aviso debido a obras en la zona. Regresamos por el lado opuesto del cañón y en el punto de inicio de otras excursiones mucho más largas y exigentes vemos que hay gente regresando sin aspecto de haber hecho demasiado esfuerzo. Preguntamos a uno de ellos si podemos alcanzar las susodichas cascadas y nos responde afirmativamente.

Echamos a andar y el camino es vistoso, rodeado de vegetación en unos tramos y con miradores que se abren a nuestra izquierda hacia las atractivas montañas del Blakiston Valley. La pendiente es nula por momentos pero cambia intermitente dando paso a pequeñas pendientes o descensos. Llevamos ya 20 minutos caminando a paso ligero cuando intuimos que algo no va bien. A estas alturas deberíamos estar ya en las cataratas o, por lo menos, intuirlas. Y entonces, con ayuda de unos mapas descargados en el móvil, caemos en la cuenta. Por supuesto que por aquí podemos alcanzar las cataratas, pero no antes de recorrer los más de 20 kilómetros necesarios para rodear todo el valle. Por mucho que el paseo sea agradable, no estamos tan ansiosos por ver esa cascada así que damos media vuelta.

Los caminos embarrados de Blakiston Valley
Una panorámica de postal antes de dar media vuelta

Regresamos al Red Rock Canyon, donde ya no hay rastro del grupo numeroso y podemos acercarnos hasta la orilla del cañón con mucha más tranquilidad. De todos modos se nota que es fin de semana por la presencia de muchos más niños que en otros días y la proporción de gente con aspecto de “salida al campo” más que excursionista. Saltamos la valla como todos los presentes y llegamos a centímetros del agua, siempre prudentes siguiendo las recomendaciones de las señales. Como la gente con la que coincidimos apenas pasa más de 10 minutos junto al cañón, tenemos intermitentes momentos en los que disfrutar del fluir del agua en relativa soledad. Ponemos fin a nuestra visita de la zona y deshacemos varios kilómetros para llegar a Crandell Lake, dirigiéndonos a su acceso por el norte e ignorando al GPS que nos intenta llevar por el sur en una vía ahora cerrada por las obras en Cameron Lake. La sensación es que Waterton está un poco desatendida, ya que los periodos de tiempo en los que se cierran las zonas se antojan exagerados para la naturaleza de la obra que está teniendo lugar y algunos avisos de caminos y accesos cerrados podrían estar mejor indicados a lo largo del parque.

Red Rock Canyon, ahora más transitable
Bajando hasta las aguas del cañón
Aprovechando los puntuales momentos de soledad

Aprovechando que son las 13:00 hacemos una pausa para comer en la perfecta plaza de aparcamiento que encontramos libre prácticamente junto al inicio de la excursión. Es hora de amortizar esa monstruosa bandeja de nachos que nos sobró de nuestra última cena, de la cual solo hemos traído parte dentro de un tupper. Completamos el banquete con las sobras del rollo de pollo con patatas del plato de L y un tubo a estrenar de Pringles “perrito caliente” que, como siempre, clavan el sabor que anuncian. Un plátano, mochila a la espalda y a por el lago.

Solo dos kilómetros separan nuestro coche de Crandell Lake, distancia que gana 150 metros de altura gracias a una pendiente en su mayoría suave con solo algún tramo más pronunciado. Cuando alcanzamos el lago a mano izquierda encontramos bastante gente repartida entre la orilla y un pequeño refugio para ese molesto viento que aquí vuelve a aparecer. Un buen puñado de caballos esperan a que vuelvan a requerir sus servicios atados a un poste, y encontramos nuestro sitio en un largo tronco echado sobre el suelo a mano izquierda del lago. Tal y como esperábamos el viento hace imposible que el agua quede estática para provocar ese efecto espejo tan buscado, pero aun así el sitio es agradable y relajante cuando los momentos de brisa suave lo permiten. Iniciamos el camino de vuelta en el que adelantamos a una pareja anciana con la que hemos ido alternando la excursión hasta ver cómo el bueno de su perro se daba un baño en el lago primero y se rebozaba en la orilla después. No son todavía las 15:00 cuando ya hemos regresado al Chevrolet y decidimos hacer un alto en la agenda de naturaleza del día. Volvemos a Waterton para hacer un poco de turismo de tiendas.

El camino a Crandell Lake
Crandell Lake
Nuestros vecinos de Crandell Lake iniciando el regreso

Hacemos una parada en Waffleton siguiendo el olor de los gofres. L se lleva uno de plátano y nata y yo prefiero consumir mi segundo "frozen yogurt" del viaje, esta vez con sabor a yogur griego. Frente al local vemos una pequeña multitud alrededor de una casa, y el motivo es que los mismos pequeños ciervos que ayer vimos esparcidos por campos de fútbol del pueblo hoy están reunidos en un jardín particular, refugiándose a la sombra de la casa de un sol que ya ha subido el mercurio hasta los 20 grados. No se inmutan ni lo más mínimo ante el ir y venir de gente.

Hoy los residentes de Waterton prefieren la sombra
Impasibles ante los turistas

Son las 16:00 y ha llegado el momento de hacer otra de las mías. L me suelta en el aparcamiento del Visitor Center del parque, al otro lado del desvío que lleva al Prince of Wales Hotel, y se marcha de nuevo al pueblo donde tomará un café aprovechando la conexión gratuita a Internet de un local. Mientras tanto en mi cabeza solo cabe una cosa: Bear’s Hump.

Ese es el nombre que recibe la colina que gana 200 metros de altura sobre la superficie en la que se encuentran tanto hotel como centro de visitantes, ofreciendo así las posiblemente mejores vistas a toda la extensión del Parque Nacional. El precio a pagar es una notable pendiente en la que por cada siete metros avanzados hacia adelante se sube uno hacia arriba, ya que el camino desde el pie hasta la cima es de solo 1,4km. L tiene claro que esa elevación supera su umbral de tolerancia y yo ayer me achiqué debido al fuerte viento, pero tras haber disfrutado de partes parciales de Waterton Lakes por separado no puedo abandonarlo sin ser testigo de esa vista que lo incluye todo. Así que dibujamos un plan con el que L podrá relajarse mientras yo me quedo sin aire, y no será hasta que yo le avise mediante una llamada perdida cuando volverá a la base de la excursión para recogerme. Dejo en el maletero todo lo que no es indispensable para subir -por ejemplo, un trípode que no me imagino utilizando ante tal viento- e inicio el ascenso.

La subida al Bear's Hump

El saber a lo que me enfrentaba y la técnica de aligerar peso consiguen que no sea tan duro como ese ascenso al Big Beehive que casi puede conmigo hace ya unos días, pero eso no quita que no haya un esfuerzo de por medio. Evitando paradas –ya haré fotos arriba- y manteniendo un ritmo no exagerado pero constante consigo alcanzar la meta en 20 minutos. Y, por supuesto, ahí está la madre de todos los vendavales para recibirme.

Las vistas del Bear's Hump no decepcionan
Upper Waterton Lake en todo su esplendor

Es el único aspecto negativo de la experiencia pero no uno cualquiera. Los súbitos golpes de viento me impiden mantener la vertical sobre las rocas que ofrecen la mayor vista panorámica de Waterton Lakes, con el horizonte mucho más allá del Prince of Wales Hotel y perdiéndose en dirección al Glacier National Park. Es, y no exagero, una de las mejores vistas panorámicas de todo el viaje. A la derecha del lago puedo distinguir perfectamente las pocas casas de Waterton Village entre las cuales esa chica de pelo castaño oscuro debe estar navegando a costa del wifi de una cafetería como si no hubiera un mañana. Consigo que un grupo de cierta edad aquí presente me haga una foto como prueba y tras 20 minutos en la cima empiezo a bajar.

El Prince of Wales desde las alturas
Luchando por retratarse pese al viento
Un último vistazo a las preciosa postal desde la joroba del oso

Alcanzar la base no me hubiera llevado más de 10 o 12 minutos pero en el camino adelanto a ese mismo grupo con el que había coincidido en la cima y charlamos durante algo más de cinco. Resulta ser un grupo de amigos de los cuales varios proceden de Utah y otros viven en el propio Waterton. Tenemos una agradable conversación y, cuando ya me despido para seguir bajando a mi ritmo, uno se despide diciendo “You speak a perfect English” –Hablas un perfecto inglés-. En ese momento se me hincha el pecho de orgullo y me prometo enviar en algún momento un correo a mis profesoras de la Escuela Oficial de Idiomas para agredecerles los servicios prestados.

Son las 17:00 cuando llego de nuevo a la casilla de salida y tal y como hemos acordado hago una llamada perdida a L para que recorra los escasos cinco minutos en coche que le separan de mi posición. Intento hacer tiempo entrando al Visitor Center pero acaba de cerrar. Reviso fotos, tomo notas, y el Chevrolet no aparece. Hago una segunda llamada. Nada. Envío un SMS a sabiendas de que me va a costar 1,20€ por las tarifas en el extranjero de Pepephone. L aparece a las 17:35, 30 minutos más tarde de lo esperado. Resulta que las llamadas jamás sonaron en su extremo aunque yo obtenía tono desde mi lado, y hasta que no ha visto el SMS no ha sabido que estaba listo para la recogida. Bueno, peores cosas podrían haber pasado.

Como me aburría esperando, hice fotos patrióticas

Aprovechando la cercanía nos volvemos a acercar al amplio mirador frente al Prince of Wales Hotel con la esperanza de que el viento sea benevolente y L pueda disfrutar también de esas impresionantes vistas. Tenemos una tregua... a ratos, ya que algún fuerte empujón seguimos recibiendo. Y no importa acabar de descender del Bear’s Hump: la vista desde aquí sigue siendo espectacular como la primera vez. No terminamos nunca de asombrarnos ante lo inmenso y bonito de este conjunto de lagos.

Por última vez, las vistas desde el Prince of Wales
Alaska, donde siempre hace calor y sale el sol

Regresamos al pueblo de Waterton en el que tras hacer una parada para comprar cerveza en la tienda de bebidas alcohólicas nos espera a la salida un cachorro de pastor alemán hembra de tan solo cinco meses que agota nuestras reservas de babas. Es nuestra raza favorita de perro, esa que queremos tener con nosotros el día que consigamos vivir en un lugar adecuado para ello, y el primer perro de este tipo que vemos tras casi tres semanas de viaje. La dueña parece encantada con la atención que le prestamos a su nueva mejor amiga. Antes de abandonar Waterton Village aparcamos frente a la misma cafetería donde L estaba esperando mi llamada, que aunque haya cerrado a las 17:30 deja activa su conexión a Internet por lo que podemos aprovecharla desde el asiento del vehículo. La previsión de Glacier National Park se pone más y más interesante cada vez que la consultamos: ahora la alerta hasta el lunes a mediodía es de “tiempo invernal”, lo cual en un parque que se hace llamar “De los Glaciares” promete emociones fuertes a partir de mañana. Son las 19:30 cuando, casi 10 horas después de salir de allí, ponemos rumbo a Drywood Creek para nuestra segunda noche aquí.

Pero, ¿sabéis qué ocurre? Que son las 19:30, hora en la que el cielo se empieza a teñir de naranja para empezar el espectáculo del atardecer. Y es precisamente en las primeras y últimas horas de sol cuando los animales salvajes se acercan a las carreteras en busca de hierba fresca para la cena. Sabiendo esto, decidimos correr el riesgo de perder unos minutos recorriendo el desvío que va hasta Red Rock Canyon, precisamente esa carretera en la que esta mañana hemos visto una zona delimitada como de “alta probabilidad de cruce de osos”. Comenzamos a conducir por ella a escasa velocidad, aprovechando que nadie nos sigue detrás y así poder hacer barridos a lado y lado de la carretera a la búsqueda de algo que se mueva. Pasan los minutos y parece que no tendremos suerte. Y justo cuando tras unos tres o cuatro kilómetros estoy esperando al próximo apartadero para dar media vuelta vemos a lo lejos un coche detenido prácticamente en medio de la carretera. En ese momento vemos lo que parece un coyote pastando entre dos pequeñas colinas, pero no tenemos tiempo de fotografiarlo antes de que desaparezca por el cambio de altitud. Nos acercamos al coche parado, que ya tiene varios vecinos igualmente detenidos tras él y... ¡premio! Ahí los tenemos, una “Black bear” hembra y sus retoños cenándose la hierba del arcén que queda a nuestra izquierda.

¡Premio! (I)
¡Premio! (II)
¡Premio! (III)
¡Premio! (y IV)

Ni qué decir tiene que entre todos provocamos un caos circulatorio, pero uno que no parece importar a ninguno de los presentes. Nadie parece tener ninguna prisa por dejar de fotografiar a los osos, a escasos tres metros de distancia, desde la seguridad de las ventanillas solo bajadas lo mínimo para asomar la cámara. Nosotros ya venimos con la réflex preparada con una configuración lo más óptima posible y el mayor objetivo del que dispongo –un 80-200mm de prestado, gracias Andrés- así que conseguimos unas imágenes bastante decentes tanto de una madre que a L le parece más pequeña de lo esperado como de unos pequeños osos de color de pelo más claro que el de su madre. Son adorables, aunque como ya sabemos por las múltiples advertencias no hay que dejarse llevar por la ternura de su apariencia ya que pueden ser peligrosos e incluso letales si se sienten amenazados. No parece el caso viendo que prácticamente ni se inmutan ante los ya cinco o seis coches detenidos junto a ellos, y ni siquiera huyen cuando el más torpe de los conductores –no, no era yo- comete algún error con el freno de mano que provoca un ruido de los que apuntan a visita al mecánico. Tras un buen rato concentrados en la presa y con un buen puñado de fotos bajo el brazo damos media vuelta y regresamos a la carretera que sale de Waterton, no sin antes circular unos kilómetros más a velocidad reducida por si la suerte sonríe dos veces. No lo haría.

Son las 20:30 cuando volvemos a Drywood Creek tras un paseo de 20 kilómetros en el que nos han acompañado los últimos y espectaculares colores del atardecer. Nuestra cabina vecina ya no presenta rastro de Shawn y Jane y, aunque no haya ningún otro vehículo aparcado además del nuestro, el cartel de “No Vacancy” indicando que ambas cabañas están ocupadas para esta noche sigue luciendo colgado del edificio principal. Solo queda invertir nuestras últimas fuerzas del día en ducharnos, hacer inventario de fotografías y notas y relajarnos con una cerveza bien fría y alguna de las comidas que podemos preparar con agua hirviendo o microondas, ya que son los únicos medios de los que disponemos en ausencia de una cocina. Nos despedimos de día viendo Saturday Night Live desde la cama, en esta noche de septiembre presentado por Ryan Gosling.

Dicen que una jornada es tan buena como el sabor que deja y siguiendo esa máxima el día de hoy, que no se presentaba precisamente como una montaña rusa de emociones, ha resultado ser de los destacables. El quitarme la espina por mi parte de subir al Bear’s Hump y la guinda de haber visto varios de esos preciosos osos casi al alcance –ni se os ocurra- de nuestra mano han dejado el listón muy alto. Y mañana nos aguarda un nuevo cambio de escenario. Abandonaremos Canadá tras dos semanas conociendo por primera vez el país de los castores y regresaremos a Estados Unidos a través de un Glacier National Park que parece tener reservado para nosotros emociones muy fuertes. Esperemos que sean todas buenas.