Waterton Lakes y sus Bertha Falls

Día 16 | 9 de septiembre de 2016

Mapa de la etapa 16

La mañana en Nanton empieza más temprano que nunca para mí. Son las 5:00 cuando abro los ojos y, siendo incapaz de conciliar el sueño de nuevo, consulto la predicción meteorológica. Verifico primero el buen tiempo que vamos a encontrar en el Waterton Lakes National Park para luego consultar en tiempo real qué está ocurriendo sobre nosotros. Y lo que está ocurriendo es que las nubes del anochecer han desaparecido y tenemos un cielo totalmente despejado. Me asomo tras la cortina y efectivamente, ahí está lo que me imaginaba: un negro techo invadido por las estrellas gracias a la escasa contaminación lumínica.

Sé por experiencia que estas escapadas improvisadas nunca resultan tan productivas como una salida planificada y orientada a la fotografía, pero no puedo quedarme en la cama sin intentarlo. Como prevención ante los cuatro grados del exterior me abrigo todo lo que puedo sin armar un escándalo, me equipo con el trípode y la cámara y salgo al exterior. El resultado, no obstante, es bastante pobre. Si apunto hacia el este las primeras luces del amanecer ya dificultan las largas exposiciones, y si apunto al oeste tengo que separarme mucho de la casa para conseguir un buen ángulo. Como no tengo ni idea de qué tipo de fauna frecuenta la zona a estas horas, prefiero ser prudente y no avanzar con mi linterna más allá de unos pocos metros. Saco un par de fotografías tirando de intuición –ISO alta pero no exagerada, diafragma abierto, la velocidad más lenta posible que me permite la fórmula a partir de la distancia focal- y, aunque algo obtengo, mis imágenes para nada pueden considerarse dignas rivales de las impresionantes fotos de cielos estrellados que circulan por la red. A las 5:30 regreso al confort del salón donde ya me quedo acompañado del ordenador portátil a que L aparezca por las escaleras.

Las estrellas sobre Nanton

Hemos dormido bien, aunque con un pequeño problema alrededor de las cuatro de la mañana. En ese momento la calefacción, que hasta entonces había permanecido en silencio, ha empezado a sonar con fuerza. El ruido similar a un ventilador no era problema, pero los conductos deben ser bastante viejos y provocaban unos irregulares crujidos que hacían complicado volver a caer dormido. Pero no hay problema sin solución: la hemos apagado y las múltiples capas de ropa de cama han sido suficientes para mantenernos calientes.

A las 7:30 y con el horizonte ya iluminado en tonos que van desde el naranja suave hasta el azul pálido bajamos a la planta baja donde Pam ya está lista para servirnos el desayuno. Empezamos con unos yogures aderezados con trozos de fruta y granola para luego pasar al plato fuerte de la mañana: salchichas, tomate al horno y algo que consiste en un pimiento rojo asado relleno de queso y huevo cocido. Ponen la guinda unas tostadas pasadas por sartén y unas magdalenas. Lo probamos todo hasta acabar hinchados y le felicitamos tanto por el desayuno como, por enésima vez, la maravillosa y cuidada casa en la que convive con sus huéspedes.

Llegan las nubes para ver el amanecer
Pero no tarda en despejarse de nuevo
El desayuno está servido

Intercambiamos un poco de nuestras historias, ella explicando que no se mudaron aquí hasta jubilarse y nosotros contestando sus dudas sobre cómo es la vida en Mallorca. Entregamos en mano los 120 dólares que ha costado la estancia de esta noche y en el recibo artesano que nos entrega nos desea lo mejor en nuestro próximo paso por Waterton y Glacier. Firmamos el libro de visitas y volvemos a bajar todo el pesado equipaje dispuestos a marcharnos. Según estamos sacando nuestras cosas de la nevera reaparece Len, el marido de Pam, y nos obsequia con un pequeño adorno de Navidad consistente en un árbol que, al verlo en horizontal, descubre la palabra “Nanton”. Se lo agradecemos y, a lo largo de la amigable conversación sobre la casa, nos ofrece un recorrido por la nueva construcción en la que viven ellos. Con solo las formas que apunta su morada desde la puerta que conecta su cocina y la nuestra, quién puede negarse.

Alucinamos. El recorrido empieza por la mencionada cocina que ya es más grande y mejor equipada que todo nuestro salón. Pasamos a la coladuría, un larguísimo pasillo donde podrían montar su propio negocio de lavandería autoservicio. Nos asomamos a la terraza anexa, igualmente enorme. Y pasamos al salón y ahí la cosa ya se va de madre. Un sofá que dibuja una semicircunferencia apuntando a una chimenea. Nos invita a subir a la planta superior y el asombro continúa, con un dormitorio que ocupa todo el ancho de la casa. Terminamos con un cuarto de costura en el que Pam crea mantas para una iniciativa contra el cáncer infantil. Todo el recorrido va acompañado de las completas, concisas y apasionadas explicaciones de Len. La casa la ha construido él mismo durante tres años y medio –antes de retirarse se dedicaba a la construcción- y en cada palabra se le nota lo apasionado y orgulloso que está por su trabajo.

El tiempo pasa volando de nuevo en la planta baja, conversando sobre los distintos estilos de vida de los que hemos sido testigos, las diferencias culturales y la toma decisiones vitales a lo largo de una vida. Llegados a un punto de la conversación vuelve a ofrecerse a abrirnos las puertas de su patrimonio, esta vez para ver el interior de esa monstruosa casa móvil que tiene aparcada junto al garaje. Lo último que nos preocupa en estos momentos es demorar la hora de salida, así que aceptamos la invitación encantados. La “motorhome” tampoco se queda atrás en el impresionante currículum: entre 12 y 13 metros de largo cuyo interior alojan un salón completo, baño, cocina, ¡lavadora y secadora! y todas las comodidades imaginables –televisión, Internet...- con las que no quedar aislado gracias a una conexión vía satélite. Nos cuenta la historia de cómo un golpe de suerte le dio la posibilidad de comprar este vehículo, con solo 5.000 kilómetros y uso cuyo precio de mercado supera los 300.000 dólares, por poco más de una cuarta parte de su valor original.

No podemos agradecer lo suficiente la exquisita y acogedora amabilidad de Len. Antes de despedirnos definitivamente todavía le queda tiempo para primero sacar un paño y aclarar las ventanas de nuestro coche cubiertas de escarcha y posteriormente señalarnos un pequeño ciervo y su madre que llevan unos días merodeando la zona. Arrancamos lamentando muchísimo no poder quedarnos más a hacernos mutua compañía y los dos ciervos parecen querer despedirse de nosotros recorriendo varios metros en paralelo hasta dar con un pequeño estanque en el que los dejamos atrás. Lo que ayer nos parecía un páramo en medio de la nada ahora a plena luz del día y tras la experiencia vivida nos parece un paraíso en forma de granja en el que nos quedaríamos a vivir. Configuramos el navegador GPS para que este nos dirija durante los 170 kilómetros rumbo al sur que nos separan del área de Waterton.

Pam y Len quieren que los huéspedes se vayan como amigos, y lo consiguen
Hasta siempre, Rendezvous Ranch...
Comenzamos la ruta hacia el sur

Tras acercarnos gradualmente a las montañas que marcan la frontera entre Canadá y Estados Unidos y ya que nuestra ruta nos lleva junto a él, decidimos hacer una parada antes en el Drywood Creek de Twin Butte que nos acogerá durante las dos próximas noches. Con un poco de suerte y si nuestra cabaña ya está lista podremos aligerar la carga del maletero y evitar pasearla durante lo que queda de día. Antes de llegar conducimos eternas rectas con monótonos paisajes a lado y lado solo interrumpidas por vacas, caballos, más vacas, más caballos disfrutando de los infinitos verdes prados.

Llegamos a las cabañas a las 11:00 y nos recibe desde el porche de la construcción principal nuestra nueva anfitriona, que precisamente acababa de enviarnos un correo para saber nuestra hora de llegada ya que estaba a punto de salir a hacer unos recados hasta las 15:00. Nuestra cabaña, la pequeña Randy’s Roost, está lista para acogernos y junto a ella tendremos como vecinos en otra cabaña un poco más grande a una joven pareja de Edmonton que viaja con cuatro perros. Charlamos con ellos un rato mientras acariciamos a las mascotas –sobre todo a la más joven pero más grande, los “perros penalty” no son lo nuestro- y accedemos al interior de la Randy’s.

La Randy's Roost de Drywood Creek

Es de dimensiones muy reducidas, tal y como ya sabíamos y habíamos decidido expresamente para abaratar costes. Tenemos una estancia principal que hace de dormitorio y sala de estar con una pequeña nevera y al fondo un cuarto de baño con ducha justo después de pasar el pequeño sobrante donde descansa un microondas. No tiene ningún exceso pero nos bastará para descansar las próximas noches en, si nuestros peludos vecinos lo permiten, absoluto silencio gracias a lo apartadas que las instalaciones se encuentran de toda carretera. Entramos nuestras cosas y salimos rumbo al sur para aprovechar el fantástico día de cielos totalmente despejados y temperaturas por encima de los 15 grados que nos aguarda.

La aproximación final al Parque Nacional de Waterton es de las buenas, viendo con cada vez más detalle la altura y textura de las incontables montañas frente a nosotros. Pasamos las garitas en las que usaremos por última vez nuestro pase bianual para toda la red de parques y tras algo más de 20 kilómetros desde la cabaña aparcamos frente al Prince of Wales Hotel.

Waterton National Park no es uno de los parques más populares de Canadá, lejos de la alta ocupación que registran otros como Banff o Jasper gracias al reclamo de las Montañas Rocosas. Si lo miramos en un mapa, se podría considerar el hermano menor al norte del estadounidense Parque Nacional de Glacier. Tan evidente es su convivencia que ambos parque están hermanados bajo el nombre de Waterton-Glacier International Peace Park. Delimitan uno con el otro y comparten las aguas de un lago que arranca aquí bajo el nombre de Waterton Lake. A los pies del lago el pueblo de Waterton Village ejerce de campamento base para la mayoría de sus en esta época escasos visitantes. Y erigiéndose como una de las estrellas del lugar el muy vistoso por su forma y colores Prince of Wales Hotel preside la escena desde una colina junto al lago ofreciendo el perfecto primer mirador para familiarizarse con el escenario.

El Prince of Wales Hotel

Pero hay un enemigo con el que no contábamos. No es la temperatura, que sigue siendo agradable. No son las nubes, que de momento no han hecho acto de presencia. Es el viento, cuyo primer golpe cuando salimos del coche traslada mentalmente por unos segundos a Hverjfall –un cráter islandés en el que la fuerza del viento nos arrastraba los pies-. El fuerte vendaval, que parece ser habitual en este pasillo natural que conforman las paredes del lago, pone serias trabas para disfrutar el mirador al cien por cien. Luchamos contra él de todos modos para rodear el hotel y pasear por la superficie frente a él que ofrece las vistas -hay que reconocer que impresionante- y acto seguido accedemos al interior para ser testigos de ese aire de lujo que venden y con el que probablemente justifiquen su elevado precio por noche. El salón principal está decorado de forma simple pero atractiva y por él pasean los empleados del establecimiento, todos ataviados con ropas típicas de gales –camisa blanca, falda, calcetines altos, gorro a juego con la falda…-. Sorprendentemente los precios de la tienda de regalos están bastante contenidos.

Las tremendas vistas a Waterton Lake desde el hotel...
... y el tremendo viento que las acompaña
Un detalle a Waterton Town desde las alturas
El interior del Prince of Wales

Al volver a salir al exterior echamos una mirada al Bear’s Hump. Se trata de una colina a mano izquierda del lago desde la cual, según hemos podido saber por nuestra investigación, las vistas son insuperables gracias a la altura que gana respecto al altiplano del hotel. Desde su cima puede verse todo el área del Parque Nacional, pero presenta un inconveniente: su ascenso es bastante duro. En apenas 1,4 kilómetros debe ganar una elevación de 200 metros, cifras que se parecen alarmantemente a las de ese Big Beehive junto a Lake Louise que casi acaba con mis piernas. Para L subirlo está totalmente fuera de la ecuación y yo tengo mis dudas, pero el temor a que arriba el vendaval sea todavía peor me hace inclinarme a desestimarlo... por ahora.

Son las 15:55 y tenemos que pensar en qué invertir este primero de los dos días que tenemos reservados para Waterton. Tras ver que por desgracia Cameron Lake, un lago al que planeábamos llegar y rodear, está cerrado durante todo 2016 mientras levantan la nueva zona de recreación, nos decidimos por otro hito de nuestra agenda: las Bertha Falls.

Hacemos antes una parada en las calles del pueblo de Waterton junto al lago. Nos aguardan prácticamente sin salir del coche Cameron Falls, un salto de agua del que esperábamos mucho menos precisamente por estar tan cerca de las viviendas del pueblo. En cambio lo que encontramos en un conveniente y bonito apartadero con mirador es una pared donde el agua dibuja una suerte de letra hache en cursiva gracias al modo en el que las rocas se acumulan. Es un lugar agradable en el que nos acompañan en su mayoría parejas de ancianos a excepción de dos chicas que parecen estar aprendiendo a utilizar su cámara de fotos.

La coqueta Cameron Falls

Solo 500 metros después alcanzamos el aparcamiento de Bertha. Sale de aquí un sendero que puede ser tan largo como uno quiera: 5,2 kilómetros entre ida y vuelta ganando 175 metros de altura para llegar a las Bertha Falls o 10,4 kilómetros y una elevación total de 460 para alcanzar el Bertha Lake. Nosotros nos conformamos con lo primero y empezamos a llevarlo a cabo atravesando un muy estrecho camino de tierra tras atender a las señales que exigen precaución por encontrarnos en “Berry season”, esa época del año en el que las bayas esperan colgando de los arbustos y pueden así atraer la atención de los no necesariamente ofensivos pero poco fiables osos. Las recomendaciones son las habituales: ser especialmente prudentes y hacer ruido a lo largo del recorrido, especialmente si el viento nos da en la espalda.

Comenzando el camino a Bertha Falls

El sendero va ensanchándose a nuestro avance hasta que aparecen las primeras vistas a Waterton Lake desde este lateral. Podemos verlo como antesala a una gran cordillera que se levanta tras ella e intentamos adivinar cuál de las paredes que las montañas forman debe corresponderse con la meta de la excursión a Crypt Lake. Dicha excursión es una de las más exigentes de Waterton y requiere primero un traslado en barco, pero tiene como premio darse de bruces con una alta pared helada que hace las veces de frontera natural entre Canadá y Estados Unidos. Sin embargo, según nos ha explicado la dueña de Drywood Creek, hoy está totalmente cerrado el acceso por la alta afluencia de osos en la zona.

El Prince of Wales, a nuestra espalda
¿Canadá o Estados Unidos?

Continuamos por el camino, que al ser apto tanto para ir a pie como a caballo presenta bastantes “sorpresas” en forma de orgánicos obsequios equinos. En otras palabras, que debemos ir esquivando no solo los charcos si no también abundantes cagadas de caballo. Por lo menos, prácticamente desde que hemos bajado hasta Waterton Town el fuerte viento que nos ha dado la bienvenida ha desaparecido y podemos avanzar sin tener que combatir golpes que nos lleven a lado y lado.

Llegamos a la meta poco después de empezar a escuchar el sonido del agua... y el camino ha merecido la pena. Precedida por un puente que sin embargo es peor mirador que la pequeña cuesta de rocas que queda a su derecha Bertha Falls es grande, alta, lleva mucha agua y dibuja bonitas formas gracias a los escalones que forman las rocas tras ella. Pasamos aquí un merecido rato de descanso, equipándonos gradualmente de capas de ropa que hemos ido quitando durante el camino como consecuencia del fuerte sol y la falta de viento.

Las recomendables Bertha Falls
Buen caudal, buena altura, bonito dibujo...
... y algunos bichos

Completamos el camino de vuelta, como suele ocurrir en los descensos, en mucho menos tiempo que el de ida. Enseguida estamos de nuevo en el coche y conduciendo hasta el Prince of Wales para un segundo intento de disfrutar las vistas panorámicas sin la molestia del viento, pero este no cede. Sigue dando con tanta fuerza que L decide quedarse en el coche mientras yo hago vanos esfuerzos de sacar fotos panorámicas. Gente que llega en compañía de sus perros termina cargando con ellos en brazos por miedo a que se vayan colina abajo. Vuelvo a mirar con una mezcla de testarudez y tristeza al Bear’s Hump... pero no, subirlo hoy es una locura.

Otra vez frente al Prince of Wales
El Bear's Hump, observando a mano izquierda
Un último vistazo a la izquierda del hotel

Antes de abandonar Waterton por hoy hacemos un último paseo cuesta abajo hacia Waterton Village para localizar un buen mirador hacia el hotel desde esta altura y distancia. Lo encontramos junto al embarcadero del que parten las excursiones marítimas y nos esperan allí dos nuevas sillas rojas a modo de “mirador relajante”. El viento sigue creando un fuerte oleaje en el lago, que alcanza hasta donde se alcanza la vista en dirección a Estados Unidos.

Los locales de Waterton, echando la tarde
Más sillas rojas frente al Prince of Wales
Otro punto de vista para disfrutar de Waterton Lake
Desde abajo el lago parece tan grande como desde arriba
Que no, que hoy no subo

Damos por finalizada la visita de hoy, esperando mañana poder disfrutar de la zona norte del parque y, solo quizás, alguna de las asequibles excursiones que nacen de Cameron Lake y que debido a su cierre solo pueden iniciarse tras un traslado en el autobús lanzadera gratuito que ha habilitado la dirección del parque. Decidimos, antes de volver a casa, deshacer otros 20 kilómetros más hacia el norte para saldar un par de cuentas pendientes en un Walmart que hemos pasado de largo unas horas antes. Paramos primero en un edificio a pocos metros de Drywood Creek que aloja una tienda de regalos, un colmado y, lo que más nos interesa, un restaurante mejicano. Tras echar un vistazo a la carta y sus precios decidimos disfrutarlo y esta noche y reservamos ya una mesa por recomendación expresa de la camarera que nos atiende.

Alcanzamos el citado Walmart del extraño pueblo de Pincher Creek en el que el ambiente parece enrarecido, más propio de un barrio marginal de una gran ciudad. El interior del hipermercado nos convence relativamente, a sabiendas ya desde fuera de que sus dimensiones no son tan exageradamente grandes como las de otros locales de la franquicia. Nos llevamos unas galletas, unos caramelos y un par de guantes impermeables y de mucho abrigo en previsión contra las temperaturas extremas que se anuncian para nuestras futuras fechas en Glacier National Park. Al salir y antes de emprender el camino a casa repostamos en una gasolinera de la cadena de supermercados Co-Op 30 dólares más de gasolina a razón de 96,4 centávos por litro.

A las 19:00 estamos de nuevo en nuestra coqueta cabaña Randy’s Roost, con una hora por delante para descansar antes de lanzarnos a por la cena. Llega el momento y nos dirigimos al Twin Butte General Store en lo que iba a ser el broche perfecto para el día.

Hemos accedido a cenar en el restaurante mejicano de la zona por tres motivos. El primero, que los precios de la carta eran más que aceptables, teniendo en cuenta antecedentes sobre lo caro que había resultado comer incluso comidas calientes de un supermercado. El segundo, que a L le apetecía y como en toda pareja mixta, lo que ella quiere es ley. Y el tercero, que desde que se inició el viaje llevo arrastrando un fuerte antojo de un burrito, recordando una bestia que no dejaba pasar la luz del sol en Boston hace ya tres años. Pues bien, aquí estamos, y obviamente yo voy a pedir el burrito. L se decide por un wrap de pollo con patatas rústicas. Pero claro, si vienes a un restaurante mejicano con al parecer muy buena fama no puedes marcharte sin probar los nachos. Y claro, si media ración cuesta 15 dólares y la ración completa solo sube a 17, parece absurdo conformarse con medias tintas. Y evidentemente, esto es Norteamérica y una ración completa de nachos podría alimentar durante varias noches a toda una familia europea. Y así acabamos con un tremendo y exquisito festín que termina con casi dos tercios de la ración de nachos y medio plato de L en cajas para llevar, prometiéndonos que no dejaremos que la comida se malogre. Yo, por cabezón y por antojo, me termino con apuros al más estilo “Crónicas Carnívoras” el denso burrito con “black beans and spanish rice”, una pequeña bomba de las que hacen bola en el estómago y prometen requerir mucha agua durante la noche. Las dos cervezas tradicionales con las que lo acompaño ayudan a superar el trago.

Muerte...
... a la mejicana

El local por otro lado nos parece auténtico, siendo esto lo mejor que podemos decir cuando llegamos a un sitio durante el viaje y notamos que no está descaradamente enfocado a los turistas. Alguna opinión en TripAdvisor mencionaba como algo negativo que era un “lugar frecuentado por rednecks” a lo que nosotros respondemos... ¿y eso es malo? Por lo que hemos podido observar esta parte del sur de Canadá tiene una población bastante alta que se ajusta a ese estereotipo –a la que juraría que no les gusta esa denominación- así que encontrarse un local lleno de ellos significa que estás viviendo la verdadera experiencia de residir en la zona. ¿Cuándo ha sido eso peor que ir a un lugar artificial que crea una atmósfera con poco o nada que ver respecto a la zona en la que se encuentra?

El tremendo banquete que nos hemos dado, incluyendo el refresco de L y mis cervezas –que no eran baratas- ascienden la cuenta a 50 dólares, que se quedan en 58 tras añadir la propina de rigor del 15%. Estamos hablando de unos 40 euros al cambio por una cena copiosa que ha dejado sobras para una y probablemente dos comidas más. Sí, definitivamente estaba muy bien de precio.

Regresamos a nuestra cabaña a las 21:30, sin rastro de nuestros vecinos ni su coche aunque vemos una tenue luz encendida en el interior de su hogar, quizás dejada así a propósito para poder orientarse cuando regresen durante la oscura noche. Solo nos queda acomodarnos, hacer un poco de zapping en el pequeño televisor casi a la altura del techo y esperar a que la digestión haga su efecto y nos obligue a cerrar los ojos. Mañana nos espera otro despejado y cálido día, pero desgraciadamente acompañado de un viento incluso mucho más violento que el de hoy. Así que confiamos en que el norte de Waterton esté mejor protegido del vendaval y nos permita disfrutar de la segunda tanda de un parque discreto pero encantador.