Tunnel Mountain, Minnewanka Lake y rumbo a Nanton

Día 15 | 8 de septiembre de 2016

Mapa de la etapa 15

Un dulce y reparador sueño llega a su fin cuando arranca nuestra tercera y última mañana en Banff, Alberta. Aprovechamos los minutos previos al desayuno comenzando a empaquetar nuestro equipaje tras dos días sin tener que preocuparnos de ello, y cuando dan las 8:00 bajamos por última vez al comedor de nuestra anfitriona Freda para ver qué nos ha preparado para nuestra última mañana. La novedad de hoy, en sustitución de los rollos de canela del primer día y la tremenda tarta de ciruela del segundo, son unas delicias de manzana y hojaldre. Y ver para creer, son todavía mejores que la tarta. Qué mujer. Le damos ya en este momento los 360 dólares en efectivo acordados por pasar tres noches viviendo en la planta superior de su rústica casa.

Freda deslumbrando hasta el final

Empezamos el día con lo que va a ser nuestra despedida de Banff y también probablemente el único esfuerzo físico de la jornada. Todavía con el regusto a manzana y en plena digestión llegamos al aparcamiento superior del sendero que lleva hasta la cima de Tunnel Mountain, de 1.692 metros de altura. De no haber encontrado sitio en este no muy grande apartadero deberíamos habernos dirigido al aparcamiento inferior, que añade 40 metros de desnivel respecto a la cima a los 200 a los que nos vamos a enfrentar.

Carreteras de Banff
Aparcamiento superior de Tunnel Mountain

El inicio es algo duro al sumar el estar todavía fríos, la digestión en curso y lo rápido que ganamos altitud gracias a la notable pendiente y el recorrido en zig-zag del, por otra parte, excelente sendero de tierra compacta. La segunda mitad, cuando la altura empieza a provocar que baje la densidad y tamaño de la vegetación, es mucho más suave y agradecida al ofrecer a lado y lado vistas desde una altura ya muy respetable tanto a Banff como al paisaje opuesto presidido en primer plano por un campo de golf. Alcanzamos la cima tras pasar de largo dos nuevas sillas rojas instaladas estratégicamente para contemplar la ciudad con la espalda apoyada. Por supuesto las mejores vistas las encontramos al coronar la cima, con un paisaje no solo protagonizado por los edificios y calles de Banff si no también por las incontables montañas y bosques que rodean el valle hasta donde alcanza la vista, con nieve muy escasa repartida entre unas pocas cumbres.

Notable pendiente desde el principio
Enhorabuena, has llegado
Banff desde las alturas

Compartimos unos minutos aquí arriba con la escasa compañía de un solitario hombre que permanece sentado todo el rato sin girar la cabeza, un par de parejas que se marchan antes que nosotros y un excursionista local que da un recital propio de un guía turístico a una visitante londinense que viaja por su cuenta y se desplaza mediante una compañía de autobuses. Iniciamos el descenso y a nuestro paso por las sillas rojas llega a la ciudad el enésimo tren, permitiéndonos por primera vez observar íntegramente la larguísima longitud del convoy que forma la locomotora y todos los vagones que lleva detrás. Estamos de nuevo en el aparcamiento a las 10:53, dispuestos a deshacer los escasos tres kilómetros que nos llevan de vuelta al centro urbano.

Tunnel Mountain y el hombre impasible
Las sillas rojas justo antes de la cima
El largo convoy, de principio a fin
Un último vistazo al valle

Turno para hacer un recorrido póstumo a Banff Avenue, ciñéndonos a entrar en las tiendas donde he localizado en días anteriores los souvenirs que quiero llevar a la familia. Aprovechamos la circunstancia para cumplir otra tradición: la de llevarnos con nosotros un peluche de cada viaje para acumularlo en una sala en la que empezamos a tener serios problemas de aforo. Nace así “Rocki” (por “Rockies”, el modo informal de nombrar a las Montañas Rocosas), un alce abrigado para el frío invierno que se unirá al clan formado por perros, osos, puffins, ardillas e incluso otro miembro de su especie que nos trajimos de New Hampshire.

Despidiéndonos de Banff Avenue
La familia crece

No son todavía las 12:00 cuando aparcamos por última vez frente al Odenthal’s Bed and Breakfast. Solo nos queda llevar en varios viajes nuestro equipaje desde el cuarto de la planta superior hasta el maletero del Chevrolet y despedirnos de Freda agradeciéndole su hospitalidad. Sin tener material para compararlo con otras alternativas, su cómodo hogar y el gran atractivo de sus desayunos nos hacen creer que es una opción recomendable para pernoctar en el pueblo a un precio contenido.

Nuestro tiempo en Banff está a punto de terminar pero antes haremos una última y no demasiado larga parada. Al este de la ciudad se encuentra el Minnewanka Lake, el mayor –aunque artificial- lago del área y otra de las más populares paradas a lo largo y ancho del Parque Nacional. Llegamos tras unos escasos 10 kilómetros de carretera, pasando de largo desvíos a otros lagos más pequeños como el Cascade Ponds, el Two Jack Lake o el Johnson Lake. El día no se presenta apacible para dar paseos junto a las aguas, así que limitaremos la visita a los alrededores del punto de inicio de numerosos trails junto a Minnewanka y con eso cerraremos esta etapa.

Encontramos el acceso a la orilla junto a un aparcamiento preparado para acoger a muchísimo más público del que ha decidido acercarse hasta aquí en esta mañana de jueves, y cuando empezamos a recorrer el lateral izquierdo del lago debemos sumar a la temperatura de ocho grados un viento creciente que hace algo molesta la experiencia. También provoca que sea imposible ver nada reflejado en el agua, pero eso no quita que acercarse a uno de los extremos del embarcadero del que nacen las excursiones marítimas sea una visita obligada aunque insuficiente para hacerse una mínima idea de la ofensiva magnitud de la superfície cubierta por el agua. Caminamos brevemente hasta alcanzar unas nuevas sillas rojas de la red de National Parks y emprendemos la vuelta hasta el coche regados por una tímida lluvia que empieza a caer sobre Banff para despedirse.

El inacabable Minnewanka Lake
Ambiente tranquilo y relajado entre los pocos visitantes
Los ferries no paran de circular
Despidiéndonos del embarcadero
Más sillas rojas
Otro hito a tachar de la lista

Se acercan las 13:30 cuando, ahora sí, abandonamos uno de los parques y zonas más populares de las Montañas Rocosas de Canadá. El Banff National Park nos ha dejado satisfechos pese a los reveses que su meteorología nos ha dado y con sumo gusto hubiéramos permanecido aquí un par de días más con la esperanza de poder visitar Sunshine Meadows en mejores condiciones o ampliar nuestra ruta con alguna excursión más. Quizás no supere nuestras sensaciones en Yoho National Park, el cual daba todavía una mayor sensación de estar inmerso en la naturaleza, pero el equilibrio entre servicios ofrecidos y entorno en el que se ubica hacen del Banff National Park una cita en letras mayúsculas para cualquier recorrido por las Rocosas.

Tras varios días de recorridos cortos, llega el momento de afrontar un nuevo tramo de tres dígitos. Unos 220 kilómetros nos separan de nuestro próximo hogar que supondrá una parada intermedia en la ciudad de Nanton antes de continuar rumbo al sur. Antes de llegar hasta allí pasaremos junto a la ciudad Calgary, una de las principales urbes de todo de todo el país, circunstancia que aprovecharemos para hacer algunas compras de hipermercado y una pausa para comer.

Los primeros kilómetros alejándose de Banff hacia el este son preciosos. Más montañas, más lagos, el cielo mayoritariamente azul y el sol calentando el interior del coche varios grados por encima de los 16 que marca el termómetro exterior. Rocki ve por primera vez las afueras de su pueblo natal mientras nos dirigimos de lleno hacia una escandalosa tormenta que parece estar descargando en Calgary. El límite de velocidad es de 110 kilómetros por hora pero circulando a ese ritmo todos los coches nos adelantan.

Rocki saliendo del pueblo por primera vez

Las buenas sensaciones en la carretera se van al traste según nos aproximamos a la gran ciudad. La inminente hora punta, el fuerte temporal y algunas obras en el arcén provocan un caos circulatorio que nos tiene avanzando a velocidades ridículas durante varios minutos. Tomamos el desvío al sur y, aunque la congestión de tráfico mejora, el temporal sigue sin remitir del todo. Las gasolineras que marcaban precios de 0,99 dólares por litro han bajado ya hasta los 0,92 dólares. Nosotros, horas antes, hemos rellenado el depósito a razón de 1,09 dólares el litro. Debimos haberlo previsto.

Pasan ya varios minutos de las 15:00 cuando localizamos el aparcamiento de Walmart, con gente dirigiéndose disparada hacia sus coches cargada con las compras para refugiarse del viento y esa fría lluvia que no para de caer. Quedo congelado durante los minutos que paso localizando nuestra comida de hoy en el maletero: un par de wraps de pavo y una ensalada de patata con “deviled eggs” que sabe a Big Mac. A las 15:30 y a la vista de que las nubes todavía tardarán un rato en dar una tregua, nos decidimos a salir nosotros también a toda velocidad hacia el interior del hipermercado.

Por fin encontramos un Walmart que, si bien sigue perdiendo en la comparación, se acerca al nivel de surtido de los establecimientos de la franquicia en el país vecino. Hacemos acopio de algunas proteínas más en forma de bistecs y congelados, nos paseamos por la sección de ropa donde al fin encuentro el peligroso rincón de “moda casual” con cientos de camisetas con motivos de cine, cómic y televisión a precio de saldo y nos agenciamos algo de ropa interior térmica en previsión al infierno helado que al parecer nos espera dentro de tres días en Glacier National Park. Entre unas cosas y otras, se suman otros 80 dólares más al presupuesto del viaje. Al regresar al exterior el clima ha mejorado y nos acompaña plácidamente a lo largo de casi todos los 80 kilómetros que nos faltan hasta llegar a Nanton. Solo durante los últimos minutos vuelven las nubes oscuras y su ya recurrente lluvia.

¿Eleven?
La obsesión de perder peso en el paraíso de la obesidad

A tres kilómetros del destino el navegador GPS nos hace tomar una salida casi clandestina de la autopista hacia una carretera de tierra. Según avanzamos metros nos vamos alejando de toda civilización conocida y nuestra única compañía pasa a ser los verdes prados y alguna esporádica granja muy apartada de la ruta que transitamos. Finalmente llega nuestro giro final y damos con nuestro coche frente a un garaje más allá de la señal de bienvenida. A la izquierda del garaje nos espera una impresionante y bastante nueva RV (un hogar móvil de las dimensiones de un autocar) de la que baja un hombre con cara de bonachón que debe rondar los 70 años. Tras darnos la bienvenida y un apretón de manos nos acompaña al interior de la casa donde espera su igualmente encantadora mujer.

El camino de acceso...
... a Rendezvous Ranch

Nos quedamos boquiabiertos. Resulta que lo que este matrimonio alquila como “Rendezvous Ranch” es en realidad la construcción original de su casa, la única que había levantada en esta parcela antes de que decidieran levantar una versión mucho más grande junto a ella. Con entradas independientes y la única conexión de una puerta entre su cocina y la nuestra, tenemos la vivienda original para nosotros solos al ser los únicos huéspedes para esta noche. Un acogedor salón con televisión con cable que comparte espacio con una cocina completa dónde nos espera un plato de dulces a modo de bienvenida por cortesía de la anfitriona. Y en la planta de arriba, la misma cantidad de metros cuadrados ocupada por un dormitorio con cama de matrimonio, cama individual y un pequeño escritorio. Tras la puerta del fondo, un baño completo en el que llama la atención la bañera de estilo clásico, de esas que se apoyan sobre patas de hierro.

Rendezvous Ranch, el salón
Rendezvous Ranch, el salón (II)
Rendezvous Ranch, la cocina
Rendezvous Ranch, la cocina (desde el salón)
Calorías de bienvenida
Rendezvous Ranch, el dormitorio
Rendezvous Ranch, la bañera

Damos vueltas y más vueltas por la casa boquiabiertos y con música de lluvia sonando en el exterior. La ubicación, la soledad, la distribución interior, el contar con una casa móvil para los viajes. Es como mirar a través de la mirilla al y echar un vistazo a lo que querríamos que fuese nuestra vida. Y eso que no hemos visto la construcción moderna en la que viven ellos. Por último, estar aislado del mundo no está reñido con estar incomunicado: la conexión a Internet devuelve unos aceptables 5 Mbps de ancho de banda.

Si el tiempo pusiera de su parte incluso apetecería dar un paseo por la carretera superando granjas a lado y lado, pero el frío y la intermitente lluvia nos obliga -una tragedia- a pasar aquí encerrados el resto de la tarde cuando apenas son las 18:00. El desayuno, incluido en el alquiler y cuyo horario hemos acordado con la Sra. Briemon –de nombre Pam- no estará listo hasta las 7:30, así que aunque no debamos dormirnos en los laureles tampoco debemos madrugar de forma particularmente dolorosa. Por supuesto esa bañera no se va a librar de nosotros, y una báscula en el baño –la primera que vemos en lo que va de viaje- nos confirma lo que creíamos: que las excursiones casi diarias han podido más que los excesos gastronómicos, marcando un peso tres kilogramos inferior a con el que salimos de Mallorca.

Aprovechamos de nuevo disponer de una cocina completa para confeccionarnos la cena. Un grueso bistec, sopa de champiñones, ensalada césar y un pan que, pese a estar blando como todas las baguette que se venden en este país, tras pasar por el horno queda aceptable. Tras un capítulo más de Masterchef USA tumbados en el sofá, aprovechando la gran idea que fue traer un adaptador HDMI que nos permita conectar el tablet a los televisores que vamos encontrando. Subimos a la primera planta y apagamos las luces. Va a ser una pena disfrutar tan pocas horas de un lugar que parece hecho a nuestra medida, pero no se dirá que no las hemos aprovechado.