Johnston Canyon, Vermilion Lakes y un baño caliente

Día 14 | 7 de septiembre de 2016

Mapa de la etapa 14

El atracón de anoche provocó que antes de las 22:00 tuviéramos las luces del dormitorio apagadas, así que esta mañana a las 6:00 ya nos estamos desperezando. Aprovecho el silencio de la noche para afeitarme, descargar algunos capítulos nuevos en previsión de ratos muertos y escuchar por la ventana como los trenes no cesan en su empeño de hacer sonar el silbato. Según nos explicó Freda ayer el sonido no va tan dirigido a las personas como a los animales, ya que no sería la primera vez que un tren choca con un oso despistado.

No es hasta las 8:00 cuando bajamos a ver qué desayuno nos ha preparado esta vez nuestra anfitriona. Tras pedirle prestado un abrelatas que necesitaremos más tarde para preparar nuestro almuerzo, nos sentamos a la mesa donde hoy tenemos algunas diferencias respecto al desayuno de ayer. Por ejemplo, en lugar de rollos de canela hoy nos esperan panecillos calientes que poder untar con queso y mermelada de arándanos. Y en lugar de cookies, tenemos una impresionante tarta casera de ciruela que casi nos terminamos entre los dos –bueno, sobre todo yo-.

A Freda hay que quererla

Tras felicitar a la cocinera y regresar al cuarto aprovecho los 30 minutos que cada día L se da de margen para asegurar que el desayuno no le provoca problemas de estómago y hacer una pequeña escapada en solitario. A escasos diez minutos a pie de nuestro hogar se encuentran los Cascade Gardens, punto de origen de una de las fotografías más famosas de Banff: la de Banff Avenue perdiéndose en el horizonte donde le esperan los 2.998 metros de altura de Cascade Mountain.

Tras un breve y muy agradable paseo cruzando un gran puente alcanzo unos jardines que por desgracia no lucen todo lo que deberían a causa de unas obras que mantienen el estanque vacío y provocan ruido constante de maquinaria. Tampoco la vista es la ideal: el momento óptimo para estar aquí es entre las 14:00 y 16:00 de un día despejado, cuando la fachada de Cascade Mountain queda completamente iluminada por el sol. Yo me la encuentro en sombra y con la cima cubierta por unas testarudas nubes que se resisten a dejarse llevar con el viento al igual que hacen sus demás compañeras. De todos modos el paisaje merece la pena incluso en estas circunstancias y la nula afluencia de turistas, siendo los operarios tras de mí mis únicos vecinos, me permite pasar unos agradables 15 minutos.

Cascade Gardens... y algunas nubes
Haciendo lo que se puede
Banff Avenue y Cascade Mountain
El edificio que preside Cascade Gardens
Puente de ida...
... puente de vuelta...
... y las vistas desde él
No solo desde los jardines se puede ver la montaña

Regreso ya al encuentro de L, quien parece estar en plena forma y lista para la acción. Alrededor de las 9:15 salimos rumbo a nuestra primera y esperamos que no única parada del día, ya que nos hemos marcado como objetivo exprimir al máximo la buena previsión meteorológica de hoy para compensar los problemas del día anterior. Conducimos 25 kilómetros en dirección noreste para alcanzar Johnston Canyon.

Llegamos al aparcamiento pasadas las 10:00, todavía con bastante espacio disponible. Para variar nos encontramos unas instalaciones con unos baños completos que cuentan con electricidad y fontanería a diferencia de los habituales “hoyos” que suelen aguardar tras una modesta caseta de madera. Avanzamos unos metros y pasamos de largo la pequeña villa junto al aparcamiento de autobuses donde los visitantes tienen a su disposición un restaurante, una tienda de regalos y un puesto todavía cerrado de zumos y helados. Echamos a andar por el único –o por lo menos, el único anunciado- sendero posible y enseguida vemos que hemos escogido el día y momento perfecto para visitar la zona.

Primeros pasos junto al Bow River

Johnston Canyon es un cañón por cuyo interior atraviesa un río bravo que, entre otros saltos de agua, protagoniza dos cataratas de cierta entidad a las que muy originalmente han decidido llamar Lower y Upper Falls (cascadas inferiores y superiores). Tanto ambos saltos como el resto del río pueden visitarse gracias a un camino y una serie de pasarelas colgantes perfectamente acondicionadas para cualquier tipo de público. Por eso se trata de una de las atracciones más populares de Banff, siendo capaz de acumular tal densidad de público que el tránsito por dicho sendero se asemeja más al de un paseo por una calle comercial.

El río Bow atravesando el cañón
Pequeños tramos donde el agua gana velocidad

Sin embargo ya desde nuestros primeros pasos vemos que la afluencia de gente es totalmente soportable y permite pasear junto a los primeros tramos de río con total tranquilidad. Para rematarlo este es un lugar que conviene visitar en horas en las que el sol no incida directamente sobre el cañón, ya que de lo contrario la combinación de luces y sombras hace complicado tomar fotografías equilibradas. Y eso es lo que hemos hecho: antes de que sean las 11 y con el sol sin alcanzar todavía el punto más alto podemos ver todos los matices de las paredes del cañón sin entrecerrar los ojos.

En un santiamén –que en nuestra unidad de medida equivaldría a 1,1 kilómetros con apenas 30 metros de elevación- alcanzamos las Lower Falls. Una pequeña pero vistosa cascada que ofrece a su derecha un pequeño túnel con un último mirador a escasos metros de ella y en cuyo acceso se guarda turno debido al poco espacio disponible en éste. Pasamos los minutos de rigor viendo como el agua cae y sigue su curso, tras lo cual retomamos el sendero para afrontar ahora los algo más de dos kilómetros y ascenso de 120 metros que llevan a las Upper Falls.

Las Lower Falls...
... y la cola para poder verlas

Pero antes tenemos una misión que cumplir. En alguna parte de este Johnston Canyon, y mediante un acceso no anunciado entre las Lower y las Upper Falls, se esconde una pequeña cueva secreta. Lo sabemos porque en búsquedas de imágenes del cañón en Internet no es difícil que las primeras páginas muestren ya alguna espectacular imagen de dicha cueva, desde cuyo interior se puede disfrutar de un balcón a un pequeño meandro que el río rodea tras aparecer previamente a través de una pequeña catarata. Tras nuestras investigaciones todo lo que sabemos es que de un modo u otro desde el sendero oficial puede verse claramente una vía fuera de ruta, pero lo más detallado que hemos encontrado es que esta vía aparece “tras 30 minutos subiendo desde la catarata inferior”. No es una información muy precisa, así que tras unos pocos minutos empezamos a escudriñar con la mirada todo lo que pueda parecer un camino que nazca a nuestra derecha y en cada candidato me avanzo unos metros para averiguar si es lo que andamos buscando.

Seguimos acompañando al río

La misión nos supone pasar nervios y algún disgusto. Los tres o cuatro primeros intentos me llevan por rutas que a cada paso más parecen caminos que descienden hasta la orilla del río pero abruptamente terminan en un precipicio unos diez o doce metros sobre el nivel del agua. Además el primer intento tiene lugar por una fuerte bajada de tierra húmeda en la que resbalo, consiguiendo evitar el descenso en modo tobogán al agarrarme por instinto a una raíz de un árbol. Me llevo para el recuerdo el susto y un buen montón de tierra pegado al pantalón. Sigo intentando dar con el camino acertado pero con un cabreo creciente.

Y entonces todo empieza a mejorar. Pasada la señal que anuncia que faltan solo 900 metros para las Upper Falls y cuando ya creemos que no encontraremos la cueva, se abre a la derecha un nuevo camino con buen aspecto. Tampoco tenían mal aspecto los anteriores, así que comienzo a andarlo con esperanzas moderadas. Pero avanzo, avanzo y entonces veo claramente que es aquí. El meandro que espero alcanzar está frente a mí desde hace varios segundos sin que me diera cuenta, y cuando a mano izquierda asoma una amplia orilla con ruido de agua cayendo por su extremo izquierdo ya no me cabe duda. Regreso para avisar a L de que debe seguirme e iniciamos el descenso, que se complica ligeramente más por el barro y algunas piedras mojadas que por el desnivel en sí. Pero aquí estamos. Hemos llegado a la cueva y, aunque no tan secreta ya que encontramos aquí a un solitario fotógrafo y una pareja, si está lo suficientemente escondida para ser obviada por el grueso de los visitantes.

Y encontramos la cueva

El lugar se merecía el esfuerzo invertido para encontrarlo. El meandro, de dimensiones reducidas, recuerda a esos grandes pilares de piedra del planeta nativo de los protagonistas de Avatar. La catarata a la izquierda, aunque no muy alta, tiene una amplitud considerable y el caudal se encarga de elevar su vistosidad. El río continúa cuesta abajo tras rodear la roca dando sensación de simetría. Nos instalamos en el punto de vista más elevado que el interior de la cueva permite y pasamos largo rato observando y tomando toda fotografía y video que se nos ocurre. La poca afluencia de gente y lo respetuoso de su comportamiento completan la escena con un silencio que te permite disfrutar el lugar con todos los sentidos.

La cueva secreta en todo su esplendor
El agua que aparece a mano izquierda
Hay que aprovechar cada segundo
Hasta él ha sabido encontrarla

Todo debe tener un final y la visita a “Cueva secreta” no es una excepción. Remontamos la altura perdida con menos dificultad de la esperada gracias a unas rocas que hacen las veces de escalones y continuamos en dirección a las Upper Falls para completar la excursión. Para poder ubicar mejor el acceso al escondido lugar, justo tras haberlo superado encontramos un nuevo mirador al río y unas escaleras con la señal que indica que las Upper Falls aguardan 100 metros más lejos a mano derecha. Decidimos primero tomar el camino izquierdo que, tras 300 metros de subida, nos permitirán asomarnos a esa misma catarata pero desde su nacimiento. Tomamos las fotos de rigor y empezamos a bajar, desechando la posibilidad de ampliar la excursión con cinco kilómetros más que nos permitirían ir y volver junto a un notable desnivel a los Ink Pots, una serie de lagos en altura que preferimos descartar para poder dotar de más variedad a la jornada.

Si alcanzas esto, ya te has pasado el desvío
Un pequeño salto del agua antes de alcanzar las Upper Falls
Y en las Upper Falls, saltan de verdad

Al descender nos asomamos al mirador inferior de las Upper Falls, pero su altura y forma puede apreciarse mucho mejor desde el balcón superior. Deshacemos el camino hasta haber superado los siete kilómetros previstos entre ida y vuelta, y cuando son alrededor de las 13:30 aprovechamos la pausa en el aparcamiento para comer la pasta con atún y salchichas que traemos preparada. Algo antes de las dos de la tarde y con una agradable temperatura de 17 grados decidimos aprovechar la supuesta ventana de tiempo ideal para hacer un segundo intento, esta vez conjunto, de observar Cascade Mountain desde los Cascade Gardens.

Cosas extrañas en el camino de vuelta

No hacemos pleno de circunstancias óptimas pero nos acercamos lo suficiente. Tras aparcar en la zona superior de Cascade Gardens y descender a pie hasta el mirador nos recibe una Cascade Mountain que estaría iluminada si las nubes no se interpusieran entre ella y el sol. Por lo menos, esas nubes quedan ya lejos de la cima permitiéndonos ver toda la montaña. Nos conformaremos con eso. Pasamos aquí unos minutos durante los cuales nos saluda otro turista procedente de Seattle y regresamos al coche con tal de hacer una nueva visita: la de Vermilion Lakes.

Cascade Gardens, mejor que unas horas antes

Los Lagos Vermilion son una serie de superficies inundadas al norte de Banff, literalmente junto a la carretera principal que pone rumbo a Jasper. Una de sus principales características es que dichos lagos se extienden durante cinco kilómetros hacia el oeste junto a una carretera construida a propósito, la Vermilion Lakes Road, a lo largo de la cual los visitantes puedan apearse y disfrutar de varias zonas de picnic habilitadas en la orilla.

No recibimos exactamente el espectáculo que esperábamos. Como ya sabemos por experiencia el mejor momento en el que visitar cualquier lago canadiense es a primera hora por la mañana, justo cuando la niebla se disipa y el viento diurno todavía no ha hecho aparición permitiendo que el agua continúe estática para generar el reflejo de las montañas que lo rodean. Como ha pasado ya mucho desde eso, en Vermilion encontramos las aguas en movimiento por el viento. Termina de estropear la escena una nueva tormenta procedente del noroeste que empieza a ganar terreno a algunas de las cumbres del horizonte. Llegamos hasta el final de la carretera y la deshacemos con alguna parada por aquí y por allá desde la que poder distinguir los patos pero no invertimos en la zona más de 20 minutos.

Vermilion Lakes
Mount Rundle, tras las nubes
Un paisaje desmejorado
Último vistazo a Vermilion Lakes

Pasan ligeramente las 15:00 y, con esa nueva tormenta en camino y la certeza de que ningún lago volverá a estar en calma hasta la mañana siguiente, nos encontramos con la agenda libre de propuestas viables. Decidimos volver a nuestra casa en Odenthal’s para estudiar un poco qué hacer hasta la hora de la cena. En una nota al pie de nuestro dossier de viaje tenemos apuntada la existencia de las Banff Upper Hot Springs, unas piscinas termales a pocos minutos de aquí que sabíamos que podrían sernos de ayuda en momentos de indecisión. Dado que la tormenta no parece que vaya a durar eternamente –y aunque así fuera- la idea de un relajante baño en aguas turbias nos suena muy bien para cerrar la jornada de hoy, así que nos preparamos y cuando pasan unos minutos de las 16:00 nos dirigimos hacia ellas.

Solo cuatro kilómetros de empinada carretera nos separan de las Banff Upper Hot Springs. Llegamos a su aparcamiento muy cerca del de otra atracción que seguramente no disfrutemos: la del “Banff Gondola”, un teleférico que sube a la cima de Sulphur Mountain para ofrecer vistas a Banff y sus alrededores desde allí. Llevamos ya demasiado presupuesto del viaje invertido en teleféricos y esperamos en cualquier caso poder disfrutar de vistas panorámicas a Banff de un modo más económico más adelante.

Caminamos hacia el edificio de las Hot Springs todavía no convencidos, ya que sabemos que presentan un problema: consiste de una única piscina y la afluencia de público es grande. La dirección el recinto admite un aforo, supongo que en un intento de maximizar beneficios, superior a los 200 bañistas, pero probablemente con más de 100 la sensación ya empiece a ser de agobio. Así que antes de entrar nos asomamos al mirador superior desde el que se puede ver toda la instalación y... bueno, podría ser peor. Efectivamente hay gente y el espacio disponible no es excesivo, pero no parece haber riesgo de no tener dos metros cuadrados en los que apoyarse y, lo más importante, parece que el público presente entiende eso del respeto y el espacio vital ya que mantiene el volumen de sus conversaciones muy bajo, lejos del infernal alboroto que podríamos encontrar en, no sé, otros países y culturas...

Banff Upper Hot Springs, desde fuera

Nos decidimos y bajamos al piso inferior, ese que tiene la recepción para los baños y el acceso a vestuarios. Afortunadamente traemos bañador de casa y la toalla se la hemos tomado prestada a Freda. De no haberlo hecho, el alquiler de cada cosa costaría 1,90 dólares, pero al ahorrarno todo lo que debemos pagar son los 7,30 dólares por persona de la entrada. Hay que hay sumar una moneda de dólar no retornable por cada taquilla de los vestuario que pretendamos usar. La instalación abre entre las 9:00 y las 10:00 y no cierra hasta las 22:00 o las 23:00 en función de la época del año, y pertenece a un compendio de varias piscinas termales y spas repartidos a lo largo de las Montañas Rocosas de Canadá, estando las otras dos “Hot Springs” en Radium y Miette, lejos de nuestro recorrido.

Nos separamos para entrar cada uno en su vestuario y en solo cinco minutos nos reencontramos en el exterior. La temperatura fuera del agua es fría pero podría ser mucho peor. Nos sitúamos alrededor de los 15 grados pero los vapores del agua probablemente hagan que los aledaños de la piscina sean algo más cálidos. Las vistas al frente, aunque entorpecidas por los árboles, no desmerecen: nos contemplan varias de las cimas hermanas de la Cascade Mountain con solo una de ellas conservando algo de nieve en lo más alto. A los pocos minutos aparece un arcoíris de tamaño descomunal atravesando las alturas pero para entonces ya estamos dentro del agua.

El agua se mantiene siempre entre los 37 y los 40 grados y en este caso un cartel nos informa de que la temperatura que nos recibe es de 39. Hay indicaciones de seguridad por todas partes, algunas de sentido común –no correr, no dejar niños fuera del alcance de un adulto, etc- y otras que entiendes enseguida, como la que aconseja refrescarse e hidratarse tras 10 minutos en el agua. Y es que tras más de esos diez minutos metidos hasta el cuello en las relajantes y muy calientes se te empieza a ir la cabeza y necesitas un poco de fresco para despejarte. En los alrededores, además de una hilera de sillas casi siempre ocupadas, se dispone de una fuente de agua potable y unas duchas de agua muy fría para experimentar el contraste entre frío y calor.

Banff Upper Hot Springs, desde dentro

Pasamos aquí, y no es una exageración, unos 90 minutos sin movernos apenas del sitio que hemos escogido en la bancada sumergida en el agua que rodea toda la piscina. Esta tiene una profundidad de 0,6 metros en un extremo y 1,4 en el otro, pero casi nadie permanece en pleno interior. La mayoría de la gente se acumula en ese asiento continuo, desde el que dejar los pies en alto dentro del agua y mantener alternativamente la cabeza o el torso en el exterior según a qué altura te sientes. Durante esos 90 minutos que nos sientan a gloria vemos de todo, incluida una pareja valenciana que pasaba por allí y nos hace el favor de tomarnos unas fotos o un alemán que al salir del agua se enfunda en su toalla con un “Mallorca” en letras grandes acompañando la imagen de un toro y los colores patrios. Ah, El Arenal, qué poco te echamos de menos.

Son las 18:30 cuando volvemos al vestuario, donde las duchas no son todo lo cómodas que debieran ya que hay que irlas pulsando alrededor de cada diez segundos para que siga fluyendo el agua. Mucho más práctico es el secador de bañadores junto a los lavabos, con un tambor que gira a toda velocidad y en pocos segundos deja el mojado bañador lo suficientemente seco para que no empape la mochila al guardarlo. Vaciamos nuestras taquillas, nos despedimos del dólar necesario para abrirlas y regresamos cuesta abajo hacia casa, donde tras relajarnos largo rato decidimos que nuestra última noche vendrá acompañada de una cena conseguida en el mismo sitio que todas nuestras noches anteriores en Banff: el “deli” del supermercado IGA.

No lo podemos evitar. La variedad, precios y calidad de lo que comimos las dos ocasiones hacen que casi no nos planteemos gastar maás dinero en otro tipo de cena. Para esta ocasión L vuelve a hacerse un “mix” de patatas, alitas y delicias de pollo y yo me lanzo a una de esas barcazas de sushi que ayer estuve tentado de llevarme. Por 11 dólares, lo mismo que en un Carrefour o Alcampo cuesta una pequeña bandeja, aquí me llevo una dosis familiar con un buen puñado de piezas y, sobra decirlo, está bastante más bueno. Lo rematamos con un “frozen yogurt” a granel del mismo establecimiento en el que conseguimos nuestra crepe de la noche anterior. Una pequeña bomba con sabor a algodón de azúcar y aderezada con unos pocos M&M’s, trozos y virutas de chocolate y algún veneno más que cuesta algo menos de diez dólares. Es un exceso en toda regla, pero llevaba varios días encaprichado de alguna bomba dulce para terminar el día.

Pensando en esto desde la noche anterior

Nos vamos muy pronto a dormir, tras pasar el rato haciendo zapping entre los cientos de canales del paquete que Freda tiene contratado con la operadora Shaw. Entre la ceremonia de apertura de los juegos paralímpicos, un partido del US Open y otro de béisbol de los Red Sox de Boston los párpados van cayendo hasta cerrarse completamente alrededor de las 22:00. Banff se acaba.