La fallida excursión de Sunshine Meadows

Día 13 | 6 de septiembre de 2016

Mapa de la etapa 13

Nuestra primera mañana en las calles de Banff arranca con un buen despertar. El silbato que los trenes siguen haciendo sonar hasta bien entrada la noche quedó asimilado rápidamente y no nos impidió conciliar el sueño. Aunque llevemos en pie desde algo más tarde de las 6:00 no es hasta las 7:30 cuando bajamos las escaleras y nos dirigimos al comedor principal, a la búsqueda de ese desayuno que Freda debe tenernos preparado.

Nos encontramos una mesa con platos y cubiertos suficientes para acoger a un grupo de ocho o diez huéspedes, pese a que por lo que sabemos somos los únicos comensales para esta mañana. Acompañan a vajilla y cubertería todo un banquete a base de rollitos de canela, cereales, fruta fresca, mermelada, pan de molde, queso, jamón y alguna cosa más. Siguiendo las preferencias que le comunicamos el día anterior, Freda nos ha dejado preparadas jarras con leche, zumo de naranja y té pero ha omitido el café. Sorprendentemente y contra todo pronóstico, no hay bacon por ninguna parte. En el preciso instante en el que llegamos al comedor creemos oír a su marido salir por la puerta trasera de la cocina para pasear al perro, alimentando nuestras sospechas de que no tienen ningún interés en cruzarse con los huéspedes. A las 7:50 ya estamos de nuevo en nuestra habitación con la única meta de hacer tiempo hasta salir de casa.

El banquete de Freda

No tardamos mucho más en salir de casa, y es que a las 9:00 debemos estar presentes en la terminal inferior de la estación de esquí de Sunshine Village situada a unos 20 kilómetros de aquí. Lo que nos espera al llegar es un autobús lanzadera que, al igual que para el caso de Lake O’Hara, traemos contratado previamente por Internet. Sin embargo las diferencias son muchísimas, siendo mucho más sencillo conseguir plaza para subir a las Sunshine Meadows que conseguir un asiento para llegar a la celosamente protegida zona de Lake O’Hara. No obstante siguen repitiéndose las señales y consejos de los empleados para que respetemos los alrededores, caminemos solo sobre los senderos y pasarelas señaladas y tengamos presente lo que a estas alturas nos parece ya un mantra canadiense además de un muy buen eslogan: “Take only pictures, leave only footprints” (llévate solo fotografías, deja solo pisadas).

El frío y las nubes son de las que asustan cuando aparcamos junto a una estación de Sunshine Village ahora desolada, sin el ajetreo de gente cargada de equipo que debe concentrarse aquí durante la temporada de esquí. El interior es acogedor y gracias a esa falta de público está muy tranquilo, con apenas media docena de turistas incluyéndonos nosotros paseando de aquí y allá. Canjeamos en el mostrador de venta de tickets nuestra reserva del autobús, viendo que podríamos haber esperado hasta el último momento para reservar ya que no hay problemas de aforo. Bueno es saberlo cuando el tiempo es tan inestable, ya que de no haber tenido el pasaje reservado podríamos haber esperado hasta el último momento para decidir llevar a cabo la visita o no en función de la meteorología. Tras unos pocos minutos que pasamos contemplando con terror como la nieve y la niebla protagonizan las imágenes de las cámaras en directo que muestra un televisor, llega el autobús escolar que nos llevará hasta las alturas.

Las imágenes en directo no invitan al optimismo

Son las 9:05 cuando empezamos a rodar, circulando enseguida a un ritmo muy lento por una empinadísima carretera de montaña. Sobre nuestras cabezas quedan colgadas las cabinas del teleférico de la estación, las cuales precisamente ayer se activaron por última vez hasta la próxima temporada. Cuando a las 9:30 alcanzamos la terminal superior Chris, nuestro conductor y el único realizando el servicio de autobuses durante el día de hoy, nos da un estupendo repaso informativo sobre las excursiones disponibles tanto para visitantes de un solo día como gente que piense pernoctar en las cabañas de la zona.

La terminal superior puede parecer desangelada pero los baños y el “Mad Trapper’s Saloon & Restaurant” estarán abiertos para por lo menos dar servicio de bebidas y comidas calientes hasta la tarde, cuando a las 16:30 el último autobús de regreso vuelva a la estación inferior. Empezamos los cuatro gatos que somos a dirigirnos a la zona de arranque de excursiones, siguiendo todos el mismo camino que lleva al altiplano en el que empiezan a aparecer las bifurcaciones. Los senderos de la estación están bien señalizados, indicando en todo momento cuál es el giro correcto para cada destino y la distancia restante para alcanzarlo. El que a nosotros nos interesa es el Rock Isle Trail, un recorrido que de algo menos de cuatro kilómetros entre ida y vuelta que permite alcanzar un lago en las alturas con excelentes vistas panorámicas. O ese sería el caso si el tiempo acompañara, ya que según avanzan los minutos nuestras esperanzas por que el cielo se abra empiezan a desvanecerse. Parece que esta vez nuestra racha de suerte ha terminado y ya desde los primeros pasos nos acompaña una ligera nevada acompañada de una falta de viento que anticipa que no será fácil que esas persistentes nubes que nos cubren por completo desaparezca en el corto plazo.

Preparando el inicio frente al Mad Trapper's
Los alrededores de la terminal superior
La cuesta que lleva al comienzo de todos los senderos
Caminando bajo la niebla

El ascenso ya considerable hasta el altiplano tiene continuidad cuando tomamos al desvío a Rock Isle hacia la derecha. Recibiendo de frente una nieve cada vez más intensa, alcanzamos el cartel que nos avisa de que estamos cruzando bajo nuestros pies la divisoria continental que marca la frontera entre dos vertientes hidrológicas. Como otras veces, se remarca el hecho de que si derramásemos agua en este preciso punto la mitad fluiría hasta el Pacífico en dirección al oeste y la otra mitad, tras 2.500 kilómetros, alcanzaría la bahía de Hudson acercándose ya a la costa este canadiense.

La visibilidad no hace más que empeorar...
... y no somos los únicos que se preguntan qué hacemos aquí
La división continental, explicada

Alcanzamos en un tiempo mucho menor de lo previsto el Rock Isle Lake, fruto de haber apretado el paso y apenas habernos detenido ya que la densa niebla y nula visibilidad no incitan a ello. Y cuando llegamos aquí, la situación es peor que nunca. A duras penas vemos el lago, y no digamos ya el paisaje que debería rodearlo. La comparación con las imágenes que habíamos podido ver en directo a través de Internet cuando el sol lucía en Banff es deprimente. Nos hacemos fotografías que constituyan prueba de nuestro infortunio e intercambiamos impresiones con los dos matrimonios que han decidido realizar nuestra misma excursión, uno de Delaware y el otro de Alabama.

Lo que debería ser el flamante Rock Isle Lake
Esto será lo mejor que podremos ver el lago...
... ya que la niebla, lejos de irse, comienza a descender

Dado lo rápido que hemos llegado, que todavía no son las 11:00 y que tampoco parece que vayamos a tener nada mejor que hacer, decidimos por lo menos hacer un poco más de esfuerzo realizando el regreso a la estación por la vía larga, la que supone unos cinco kilómetros ganando un poco más de altura antes de iniciar el descenso hasta el punto de inicio. Aunque la visibilidad vaya a ser nula por lo menos los diez metros a lado y lado que podemos distinguir no serán los mismos que durante la ida. Nos encontramos por el camino alguna llamativa vegetación que rompe los verdes y marrones del resto, y una serie de puentes y pasarelas heladas sobre los que extremar la precaución para no caer con cómico pero doloroso resultado. Cuando el camino se adentra en la densa vegetación alzamos la voz a menudo como prevención adicional a la aparición de osos, si bien Chris ya nos ha advertido de que la posibilidad es muy remota ya que a estas alturas de la temporada suelen haber abandonado esta zona en busca de prados que les faciliten más el sustento.

Seguiremos por aquí
Un poco de colorido para un día gris
Ningún rincón se libra de la nieve...
... mucho menos los puentes hoy poco transitados

Para qué nos vamos a engañar, nos acompaña durante todo el camino un sentimiento de frustración. No es que el recorrido por Sunshine Meadows fuera la razón única para realizar este viaje, pero tras investigarlo y hacer los trámites necesarios para visitarlo a nadie le gusta que su experiencia quede truncada por culpa de la meteorología. Pero ya no hay forma de remediarlo, así que hacemos acopio de positivismo e intentamos ver el lado bueno de las cosas: no todos los días recorremos siete kilómetros en compañía de copos de nieve que por momentos tiñen nuestra ropa parcialmente de blanco.

No es fácil, pero intentamos ver el lado positivo
I'm Walking on Sunshine, oooooh...

Lógicamente la visibilidad mejora algo cuando iniciamos el descenso de regreso hasta la estación, pero sigue sin aparecer señal alguna de que la situación vaya a mejorar en las próximas horas. Así que entramos a las 12:15 en el Trapper’s Saloon con el único objetivo de informar de que nos interesa regresar en el autobús de las 12:30, aprovechar la conexión a Internet gratuita y conseguir sendos chocolates calientes a tres dólares la unidad para acompañar las porciones de pizza que traemos encima. Sí, chocolate con pizza, nunca es tarde para descubrir nuevas delicatessen. A las 12:30 y alcanzándolo antes de que termine de dar la vuelta porque ya iba a marcharse sin nosotros, nos subimos al bus escolar de Chris para dar por zanjada nuestra visita a Sunshine Meadows. No descartaríamos repetir el desembolso del desplazamiento otra mañana si esta viniera con mejor visibilidad, pero la previsión no es muy halagüeña. En resumen, lo que hemos visto parece indicar que es un gran sitio para el excursionismo en días despejados pero el riesgo de sufrir las mismas inclemencias que nosotros es constante.

Empezamos a bajar...
... hasta alcanzar de nuevo la terminal superior
Las góndolas, de vacaciones hasta la próxima temporada
Nos despedimos de un Sunshine Village...
... que nos ha enseñado la peor parte de Canadá

Son las 13:30 cuando estamos ya de vuelta en nuestra habitación de Odenthal’s desde la que trazamos nuestro plan para las primeras horas de la tarde. Dado que las calles de Banff también siguen cubiertas por el manto de nubes lo mejor que podemos hacer es perder ahora las algo más de dos horas que supone lavar la ropa sucia acumulada tras los últimos días. Salimos a las 14:00 en dirección al 317 de Banff Avenue donde algo escondida en el sótano de un pequeño centro comercial –casi cada manzana de Banff Avenue tiene uno en su interior- y cerca del supermercado que descurimos ayer se encuentra la Cascade Coin Laundry. A razón de nueve dólares por una lavadora de triple carga y entre tres y cuatro dólares por el secado nuestra ropa dará aquí vueltas durante algo más de hora y media.

Odenthal's Bed and Breakfast

Aprovechamos los periodos de tiempo en los que poder dejar la lavadora desatentida para pasear por las calles comerciales cercanas. Volvemos a salir cargados de tiendas de souvenirs con alguna bolsa y estudiamos a fondo un restaurante mejicano frente al que pasamos ayer y que hoy es firme candidato a servirnos la cena. Cuando volvemos al centro comercial de la lavandería disfrutamos en la planta baja de la conexión a Internet y pasan ligeramente las 16:30 cuando finalizamos el trámite con la ropa seca cargada en nuestra maleta de mano.

Por desgracia el tiempo en Banff no ha mejorado. Hacemos una parada en la Liquor Depot, la mayor tienda de bebidas alcohólicas de cuántas hemos visitado hasta ahora y que tiene el detalle de ofrecer latas sueltas, librándonos por una vez de la obligación de llevarse un pack de seis. Configuramos nuestra pequeña selección de cervezas locales y volvemos al coche, donde sopesamos durante unos minutos cuánto sentido tiene visitar alguno de los lagos que tenemos en la agenda con las circunstancias actuales. Tras consultar nuestras notas -que incluyen qué momento y qué condiciones son las mejores para ver un lugar u otro- concluimos que la respuesta es que no tiene sentido alguno. Visitar ahora lagos como Vermillion o Minnewanka solo conseguiría un efecto similar a lo que ocurrió en Herbert Lake días atrás, cuando todo lo que nos aguardaba era una extensión de agua sin nada destacable ni contexto apreciable por culpa de las nubes. Por ese motivo decidimos regresar a casa con el plan de volver a salir un poco más tarde y realizar un nuevo paseo por las calles de Banff, lo único que parece tener sentido en un día como hoy.

Llega ese “más tarde”, y alrededor de las 19:00 volvemos a dar con nuestros pies en Banff Avenue. Miramos escaparates, curioseamos en alguna tienda que todavía no nos había acogido y alcanzamos el mismo supermercado IGA con el que ya hemos topado varias veces. Entramos a reponer nuestras reservas de agua mineral y vemos que la oferta de comida caliente es mucho mayor que ayer, probablemente debido a ser una hora más temprana y al decrecimiento de público tras el alboroto del Labor Day. Mientras nos cruzamos por los pasillos con más gente castellanoparlantes que nunca decidimos renunciar al restaurante mejicano en favor de otra comida de “deli”, con cosas por aquí y por allá que nos permitan probar de todo a un precio contenido.

Cuando llegamos a casa y disponemos todo sobre la mesa nos damos cuenta de que se nos ha ido la mano configurando el menú. Tenemos dos piezas de quiche de jamón y queso, unos nuggets de pollo, un “corn dog” –perrito caliente rebozado y servido en un palo-, una bandeja de sushi picante y una muy generosa bandeja de patatas fritas cortadas en gajos. Por si fuera poco añadimos una crepe de fresa, banana y nata bañada en sirope de arce que hemos sumado al festín durante el camino a casa. Sobra decir que acabamos rodando pero cómo lo disfrutamos. Con lo temprano que es, queda tiempo de sobras para ducharnos con tranquilidad y disfrutar de una noche de TV conectando nuestro portátil al cable HDMI originalmente enchufado al decodificador de televisión. Un nuevo capítulo de Braindead nos espera antes de dar por zanjado un día de lo más discreto debido al temporal pero que tras la excursión de la mañana nos ha permitido descansar y disfrutar de otros placeres menos saludables -traducción: cenar como cerdos-.

Un festín...
... de postín

Mañana, si con un poco de suerte la previsión del tiempo se mantiene, tendremos una tregua en forma de varias horas de nubes y claros suficientes para visitar Johnston Canyon, el otro plato fuerte antes de dejar atrás Banff. El resto del día, con una previsión menos optimista, está por ver si nos permitirá visitar otros puntos pendientes como Tunnel Mountain o los citados lagos de Vermillion y Minnewanka. Antes de que nos demos cuenta estaremos abandonando el bestial Parque Nacional de Banff –tan grande que parece tener pequeños subparques en su interior- para seguir nuestro rumbo al sur.