Emerald y Moraine Lake, ¿cómo elegir?

Día 12 | 5 de septiembre de 2016

Mapa de la etapa 12

Última mañana en Field, en el corazón del Parque Nacional de Yoho. Últimas horas para disfrutar de un entorno que, hasta el momento, se ha proclamado nuestro favorito de entre todos los visitados sin con ello desmerecer a los demás. Últimos instantes para despedirnos de ese sótano habitable que nos ha dado sensación de hogar desde el primer instante y del que nos apena alejarnos creyendo que ningún alojamiento futuro podrá igualarlo, aunque ya hemos visto durante estas semanas que esa es una sensación recurrente que no siempre se cumple.

Tal y como nos prometimos anoche, nos tomamos esta nueva mañana con absoluta tranquilidad. Con una agenda de lo más despejada y la certeza de que de todos modos no merece la pena visitar nada antes de las 10:00 ya que hasta entonces la niebla no se disipa dejando ver las montañas, podemos permitirnos apurar casi al máximo nuestra estancia en la Mount Stephen Guesthouse, cuya hora límite para la salida son las 11:00. Tras un doble repaso para asegurar que no dejamos nada atrás salvo los recuerdos y tras varios viajes cargados hasta el maletero del coche, nos ponemos en marcha parando unos instantes en el Visitor Center de Yoho situado a las puertas de Field. Nos interesa conocer si es posible anticipar los horarios de los trenes que atraviesan los “Spiral Tunnels” y nos atiende tras el mostrador una señora tan amable y entregada como todos los “rangers”, ya sean estadounidenses o canadienses. Lamentablemente no es posible garantizar los horarios –el sistema no es tan puntual como el europeo, dice…- pero sí puede adelantarnos que a lo largo de una hora raro es no ver pasar un tren u otro. Salimos al exterior, hacemos una foto de despedida ante el atractivo cartel del pueblo y salimos a la carretera principal por última vez desde las calles de Field.

Mount Stephen Guesthouse, la cocina (I)
Mount Stephen Guesthouse, la cocina (II)
Mount Stephen Guesthouse, el salón
Mount Stephen Guesthouse, el dormitorio
Mount Stephen Guesthouse, el baño
Mount Stephen Guesthouse, el exterior
Hasta pronto, Field

No tardamos prácticamente nada en llegar a Emerald Lake, un lago situado a solo 12 kilómetros de Field. Nos recibe con sus aguas en calma, las cumbres frente a él despejadas y un efecto espejo que las refleja casi a la perfección, solo interrumpido por las ondas de las dos solitarias canoas que ya están navegando. Encontramos una notable afluencia de turistas de avanzada edad, probablemente provocado por ser uno de los entornos con senderos más asequibles de la zona. Aunque es posible rodearlo íntegramente en un recorrido de 5,5 kilómetros nos limitamos a avanzar unos cuantos cientos de metros por su orilla izquierda, lo suficiente para conseguir nuevos puntos de vista con el hotel junto al lago frente a nosotros y el Mount Burgess con 2.600 metros de altura en el fondo de la imagen. Aunque creamos estar dedicando poco tiempo a este “lago esmeralda” ha pasado ya una larga hora cuando regresamos al parking, que muestra un aspecto inesperadamente abarrotado. Claro, hoy es el Labor Day, uno de los –pocos- días festivos en Norteamérica para deleite de los locales de ambos países en esta mitad norte del continente. Nos resignamos a que nuestras visitas de hoy vendrán acompañadas de una afluencia de público mayor que en etapas anteriores.

Emerald Lake desde el puente que lleva al hotel
Emerald Lake, ahora desde la orilla opuesta
Primeras embarcaciones...
... y primeros animales
Menos popular que otros pero igualmente impresionante

Ponemos rumbo a la parada estrella del día: Moraine Lake, uno de los lagos más populares de todo Banff, de todo Alberta e incluso podríamos decir que de todo Canadá. Pero primero hacemos una parada rápida aprovechando nuestro paso junto al mirador de los “Spiral Tunnels”, una pareja de túneles que forman bajo la superficie una curva en espiral –de ahí en nombre- y que los trenes atraviesan superando el fuerte desnivel del terreno que suponía la ruina a la hora de transportar bienes en ferrocarril hace ya más de 100 años.

Vamos con la convicción de que podremos ver simplemente los accesos al túnel sin nada circulando por ellos, pero cuando abrimos la puerta del Chevrolet distinguimos perfectamente el sonido del silbato de una locomotora. Mientras L recoge sus cosas y cierra el vehículo yo salgo disparado hacia el mirador situado a algo más de 200 metros de nuestra plaza de aparcamiento. Lo que encuentro al alcanzarlo es desolador: el mirador está abarrotado y cuesta ver algo asomando la cabeza entre la masa de gorras, gorros, sombreros y calvas. Sin embargo, y cuando L ya me ha alcanzado, vemos que subiendo al peldaño superior del mirador no es tan complicado atisbar las dos hileras de los incontables vagones que arrastra el tren que atraviesa el túnel en estos momentos. Los vagones en el tramo más elevado se adentran en la penumbra mientras los del tramo inferior salen de las tinieblas y continúan su curso hacia la siguiente ciudad. Aunque las fotografías puedan parecer insulsas y carentes de interés en comparación con el resto del archivo del viaje, la obra de ingeniería para superar el desnivel de la "Big Hill" sin consumir excesivo combustible es digna de admirar. Lamentablemente la historia de los túneles tiene un lado trágico y es que el ingeniero responsable de su diseño, John Edward Schwitzer, se quitó la vida semanas antes de finalizar su construcción sucumbiendo al sentimiento de fracaso, convencido de que sus cálculos erran erróneos y las dos mitades del túnel no podrían conectarse por un excesivo desajuste en sus alturas. Sin embargo la disparidad fue de unos escasos nueve milímetros siendo perfectamente remediable y permitiendo conectar por completo el paso, dejando así los túneles en espiral como gran legado de un hombre que jamás supo que realmente había hecho un buen trabajo. ¿Trágico, verdad? Pues que no os afecte demasiado, ya que la versión oficial es que murió de neumonía dos años después de finalizar la construcción por lo que todo podría tratarse de una leyenda urbana.

Los Spiral Tunnels se pueden ver así...
... pero se entienden mejor así
O incluso así

Llega al fin el turno de visitar la parada estrella de la jornada. A unos 60 kilómetros de Field y tomando rumbo claramente hacia el norte para adentrarnos en las entrañas del Banff National Park se encuentra Moraine Lake tras un desvío de 11 kilómetros por una carretera de montaña. Desvío que verifica nuestras sospechas de que hoy es día de máxima afluencia de visitantes cuando nos encontramos la carretera cortada. Tras un par de vueltas y participar en el tremendo caos circulatorio que se forma alrededor del desvío nos enteramos de que el cierre se debe a que el aparcamiento del lago está completo. El plan del equipo de emergencias es esperar a que varios coches abandonen el lugar y no abrirlo hasta tener ciertas garantías de que no se producirá un nuevo colapso, cosa que preveen ocurrirá dentro de unos 20 minutos. Aprovechamos la pausa y que pasan ya las 12:30 para comer nuestra pizza de ayer con el coche parado en el arcén, esperando el momento de salir disparados montaña arriba.

Los 20 minutos pasan a ser 30 pero se abre la veda para poder continuar hasta el lago, así que los planes de emergencia para evitar un mayor caos han sido acertados. La valla con el cartel de “Road Closed” desaparece bajo el brazo de un operario y se permite el paso de vehículos a razón de uno cada pocos minutos, según informan al encargado de que un nuevo coche ha abandonado el aparcamiento en el otro extremo. Nos quedan por recorrer 11 kilómetros a un ritmo pesado y cuando finalmente alcanzamos el aparcamiento entendemos las medidas tomadas. Presenta una ocupación casi completa y no es hasta casi terminar el círculo que dibuja cuando encontramos las pocas plazas libres en las que estacionar el vehículo. Por el lado bueno, nuestra llegada ha coincidido nuevamente con esas horas en las que las nubes se abren dejando a las gentes de Banff ver el cielo azul.

Lo primero que llama la atención al bajar del coche es la perfecta cordillera que sube a los cielos desde la base del lago. Perfecta porque la componen una serie de cimas casi idénticas en silueta y en su textura rocosa con tramos nevados, casi como si fueran mellizas. Lo segundo, visible cuanto nos situamos ya a pocos metros del lago, es la morrena junto a él. Una montaña de gruesas rocas que sube y sube varias decenas de metros y supone un reto ascender por este lateral. Esfuerzo afortunadamente innecesario ya que vadeándolo por la izquierda se puede ascender a través de un tramo de escaleras y pavimento alisado que alcanza su cumbre de forma más accesible. Y entonces es cuando llega el tercer atractivo: las intensas y tranquilas aguas turquesa del lago con los rayos de sol incidiendo sobre ellas para provocar un efecto espejo de las cumbres siamesas sobre la superficie.

Moraine Lake y por qué viajamos
Ella y el lago
Detalle de la escena

El mirador oficioso en la cumbre de la morrena es un reto para la paciencia, con demasiados visitantes compitiendo por el metro cuadrado que mejores y más despejadas vistas ofrece. Cumplimos el trámite y comenzamos a bajar la morrena por terreno más salvaje, acercándonos más al lago a cada paso que damos. Es entonces cuando L atisba a mano izquierda el sitio perfecto: un pequeño saliente con una gran roca sobre la que apoyar la espalda y una vista despejada hacia la orilla, el agua, las montañas y lo que se ponga por delante. No desperdiciamos el hallazgo y pasamos aquí una larga hora señalando, charlando, intercambiando sensaciones y también siendo testigos de cuatro jóvenes que en la orilla bajo nuestros pies pasan una larga media hora caminando de un lado al otro hasta finalmente atreverse a meterse en agua hasta la cintura, salir tras cuatro largos segundos al exterior tiritando pero con toda una experiencia para recordar.

Disfrutando de nuestro balcón privado
Algunas piraguas intentando romper la harmonía...
El color del agua, indescriptible
Nos podríamos pasar aquí todo el día

Es el gran momento del día y probablemente uno de los grandes instantes del viaje, pero como todo debe terminar. Cuando rondan las 14:00 decidimos iniciar el camino de vuelta, volviendo a la cumbre de la morrena primero y descendiendo después para admirar unas vistas al valle cercano que tampoco desmerecen. Pasamos de largo el desvío al Consolation Lakes Trail, una excursión de seis kilómetros entre ida y vuelta con un escaso desnivel de 60 metros y la recompensa de más espejos en forma de agua al final del camino. La nota distintiva es que, tal y como las señales dejan bien claro, es ilegal realizar esta excursión en grupos inferiores a cuatro personas debido al riesgo de toparse con un oso en distancias cortas. Permitiendo solo grupos grandes la dirección del parque se asegura de que el ruido que provoquen los excursionistas sea el suficiente para ahuyentar a los animales, que lejos de estar ansiosos por cazar humanos prefieren mantenerse al margen de esos extraños bípedos que pasean por su entorno. Nosotros hemos decidido tomarnos un día libre de excursiones y tampoco nos entusiasma la idea de compartir un mínimo de entre dos y tres horas con desconocidos, así que dejamos para otros esa aventura.

La subida a la morrena, desde arriba
Los locales del lugar viendo llegar a turistas...
El inicio, avisos incluidos, del Consolation Lakes Trail
La morrena que da nombre al lago

Según bajamos los últimos metros de la morrena con la intención de alcanzar el embarcadero junto a la orilla para más instantáneas, una débil lluvia empieza a caer. En cuestión de segundos, de débil pasa a fuerte, y antes de que nos demos cuenta está cayendo sobre nosotros un temporal de aguanieve de los que dejan la ropa empapada en un suspiro. Qué mejor excusa que esa para refugiarnos durante unos minutos en la tienda de regalos del “Moraine Lake Lodge”, el inevitable alojamiento con precios a buen seguro exorbitados junto al lago. Sorprendentemente los precios de artículos tales como imágenes o pegatinas son bastante discretos, así que hacemos las primeras compras de recuerdos de viaje mientras la nieve no deja de caer en el exterior.

Son las 15:05 cuando bajo un cielo que, para desgracia de los que llegan en este momento, no parece que vaya a mejorar durante mucho tiempo, abandonamos el enclave de Moraine Lake. Nuestro siguiente hito será el último del día ya que nos dirigimos directamente a la ciudad de Banff, núcleo urbano estratégico para los turistas que da nombre al Parque Nacional y que será nuestro campamento base durante los días siguientes. Para llegar hasta él abandonamos temporalmente la autopista transcanadiense para transitar la “Bow Valley Parkway”, una ruta escénica que desciende en paralelo a ella y promete vistas más significativas.

La ruta escénica en cuestión resulta ser una gran decepción. Según se recorta la distancia con Banff, la carretera transcurre con un denso bosque a lado y lado. Mientras tanto a mano derecha intuimos entre las ramas la impresionante cordillera que según nuestros cálculos debe ser perfectamente visible desde la autopista. Para rematarlo a medio recorrido alcanzamos la tormenta que está cayendo sobre Banff en estos momentos y no deja ver más allá de un limpiaparabrisas a toda potencia. Cuando llevamos media ruta escénica recorrida, aprovechamos una travesía perpendicular para regresar a la Transcanadian y seguir así a mayor velocidad nuestra aproximación a la meta.

La decepcionando Bow Valley Parkway
Mount Rundle desde el acceso a Banff

Sabemos que hemos vuelto a la civilización cuando nos sorprende algo tan cotidiano como un semáforo. Es el primero de varios que debemos superar hasta atravesar las numerosas tiendas de Banff Avenue, arteria principal de la ciudad, y alcanzar Buffalo Street, calle que en uno de sus extremos aloja el Odenthal’s Bed and Breakfast que será nuestro hogar durante las próximas tres noches. Estacionamos el coche en la acera frente a la casa particular y llamamos al timbre intentando rebajar nuestras expectativas. Tras los tres maravillosos días en ese sótano de Field que constituían un hogar completo, la perspectiva de una simple habitación privada con baño compartido es algo desalentadora. Pero las cosas iban a dar un giro positivo.

Nos abre la puerta Freda, la anfitriona de esta casa reconvertida en alojamiento turístico. Tras unos segundos de extraño silencio hasta aclarar que somos los huéspedes españoles que estaba esperando, nos invita a pasar y descalzarnos en el recibidor. Tras una corta escalera enmoquetada nos señala la puerta que a mano izquierda da lugar a la habitación, y aquí la cosa ya empieza a mejorar. Sí, es un cuarto, pero es suficientemente amplio como para que dos personas convivan en él sin agobios, con suficientes muebles y cajoneras, un gran televisor a los pies de la cama y un conveniente armario. Pero todavía falta lo mejor: el tour por las instalaciones llega ahora hasta una sala de estar con una pequeña nevera y sillas y el cuarto de baño en la misma planta superior. Estancias que deberíamos compartir con los huéspedes del resto de habitaciones cerradas… si es que los hubiera. Resulta que somos los únicos inquilinos en toda la planta por lo que en realidad vamos a sentirnos como si toda ella nos perteneciera. Para ponerle la guinda, este es nuestro primer alojamiento que incluye desayuno, cocinado y servido por la propia Freda, y por el olor que emana la cocina del piso inferior ya anticipamos que malo no va a ser. Ah, y algo más, la conexión a Internet da unos muy agradecidos 10 Mbps, algo que recibimos con especial ilusión tras tres noches sufriendo las limitaciones del acceso a la red del sótano en Field. En resumen: hemos hecho pleno, siendo un microondas en el pequeño comedor privado lo único que echamos en falta.

Dedicamos el tiempo mínimo necesario a vaciar el maletero de nuestro coche y almacenar en la nevera nuestras provisiones perecederas. Hay que aprovechar las horas de luz que todavía quedan por delante y que la tormenta parece haber dejado atrás su peor cara, siendo un buen momento para tener una primera toma de contacto con el pueblo de Banff. L dibuja una sonrisa en su cara cuando puede calzarse unas bambas en sustitución de las botas de senderismo que lleva vistiendo varios días. Tras caminar solo tres manzanas estamos ya transitando por Banff Avenue y el impacto es enorme. Llegar a Banff tras varios días recorriendo las Rocosas es como visitar Nueva York tras pasar 20 años en un pueblo. Vuelves a sentir lo que son las aceras, los pasos de peatones y los escaparates tras haberlos olvidado en favor de los paisajes, los ruidos ambientales y, como mucho, alguna señal de stop. Se nos hace la boca agua ante la abrumadora oferta de sitios para cenar, lamentando no disponer de suficientes días y noches en la zona para probar todo lo que nos entra por los ojos. Y enloquecemos al ver como el alce americano (los “moose”) parece ser la mascota oficial, dando pie a logotipos y merchandising de todo tipo en las innumerables tiendas de souvenirs de la avenida.

Banff y el regreso a la civilización
Morimos
Mr. Sandman, bring me a dream...

Y alcanzamos nuestro objetivo secreto: tras varios días viviendo en su mayoría de café soluble por el delicado estómago de L nos reencontramos con la franquicia Starbucks. Saboreamos sendos cafés durante algo más de media hora sin abandonar el local, poniéndonos al día con la conexión a Internet de la franquicia. En el exterior vuelve a llover, como si las nubes hubieran estado esperando a que nos pusiéramos a cubierto. Poco después de las 18:00 salimos a una de nuevo soleada avenida con el único objetivo de respirar el aire de Banff en nuestro camino de vuelta al nuevo hogar.

Queda ahora a nuestra espalda Cascade Mountain, la cima de casi 3.000 metros de altura que gracias a estar alineada casi perfectamente con Banff Avenue protagoniza mil y una instantáneas desde un extremo de la calle. Sin embargo ahora está parcialmente en sombra por las nubes así que dejamos para alguno de nuestros siguientes días la misión de retratarla. Nuestras últimas paradas en tiendas de recuerdos nos llevan a comprar algunas cosas más y detectar la obsesión que parecen tener en Banff con el bacon. Caramelos, protector labial… hasta pasta de dientes con aroma a bacon, algo que irónicamente tratándose de Canadá haría las delicias de Ron Swanson. Si has entendido esta referencia, enhorabuena por haber visto una de las mejores comedias de televisión de la última década.

Más calles comerciales que nacen en Banff Avenue
Ron Swanson aprueba esta tienda
Cascade Mountain en nuestro regreso a casa
Sí, parece que hay cosas que hacer en Banff

Son las 19:00 cuando estamos de vuelta en casa, donde Freda ya no se inmuta a nuestra llegada y permanece sentada viendo el televisor junto al que suponemos debe ser su marido. Cuando una hora después bajamos a buscar algo para cenar nos damos cuenta de que están viendo el eterno concurso de televisión “Jeopardy!” mientras intentan anticiparse a las respuestas de los concursantes. Es casi como estar presenciando una escena mil veces repetida en el cine y la televisión.

La corta investigación en Internet sobre sitios recomendados para conseguir cena para llevar no ha sido del todo esclarecedora, así que volvemos a Banff Avenue con la mente abierta. Cuando estamos ya convencidos de dar media vuelta y entrar en una cafetería que sirve bocadillos calientes que parecen ajustarse a nuestras preferencias, a L le parece ver a lo lejos unos carritos de la compra junto a un gran edificio. Nos acercamos para descubrir con alegría que es un supermercado, y más tarde pasar al jolgorio cuando ya en su interior vemos que dispone de servicio de “deli”, una pequeña sección en la que se sirven comidas calientes a granel. Son un habitual en nuestros viajes desde aquel 2009 en Nueva York, ya que los “deli” suelen resultar una de las formas más económicas de comer sin renunciar a la calidad durante nuestras visitas a Norteamérica. Los precios se aproximan más a los de un supermercado que a los de un restaurante a la carta o de menú y tienes más control sobre la cantidad que te llevas, evitando así pagar de más por atiborrarse más de lo aconsejado. L se decide por un sándwich caliente de pavo y queso y yo quiero probar sendas “samosas”, una especie de empanadas fritas con relleno. Me llevo una de pollo tandoori y otra cajún con vegetales. Lo completamos con unos 300 gramos de ensalada de patata casera y un cuenco de melón naranja para el postre. Me entero a través de la empleada del “deli” de que la hora de cierre son las 23:00… los excesos a los que llega el tejido empresarial a costa de los horarios de sus empleados. La compra no llega a 20 dólares, algo más si sumamos unos “wrap” de pavo que nos llevamos como previsión para días futuros. Lo dicho: bueno, bonito y barato.

De vuelta en casa comemos en esa sala de estar con nevera abierta solo para nosotros y sufro la combinación explosiva de picante indio y cajún. Aliviado tras la cerveza, son las 21:30 cuando cumplimos el trámite de la ducha antes del “toque de queda” que solicita a los huéspedes no ducharse pasadas las 23:00 para evitar molestias a los demás. ¿Qué nos queda? Lo de siempre, escribir los párrafos que han conformado las últimas horas mientras L se beneficia de ese descanso extra por haber cumplido ya su parte del trato al investigar y planificar el viaje antes de disfrutarlo. Mañana nos esperan los primeros hitos con la ciudad de Banff como piedra angular. La previsión es hacer un par de excursiones y esperamos que todas las variables necesarias para llevarlo a cabo resulten como esperamos. Banff ya nos ilusiona, y no hemos hecho más que empezar.

Muerte por picante