Lake O'Hara & Oesa, Peyto Lake y Takakkaw Falls

Día 11 | 4 de septiembre de 2016

Mapa de la etapa 11

Arranca nuestro segundo día en Field, a pocos kilómetros de la frontera entre las provincias de la Columbia Británica y Alberta y manteniendo, supongo que por conveniencia, la zona horaria MDT que manda en las Montañas Rocosas. Nuestro sótano independiente en la Mount Stephen Guesthouse nos gusta más y más a cada hora que pasa. Acogedor, cálido, completísimo. El único aspecto que podría mejorar sería una conexión a Internet cuyo ancho de banda y microcortes no nos desesperaran cuando más la necesitamos.

Hoy toca madrugar más de lo habitual. La agotadora etapa de ayer nos dejó cuerpo y mente agotados de tal forma que era imposible dedicar la típica larga hora de cada noche a escribir la etapa del diario, así que algo antes de las seis de la mañana ya estoy aporreando el teclado en el escandalosamente cómodo sillón del salón bajo una suave y acogedora manta. Cuando dan las siete de la mañana el diario ya vuelve a estar al día, justo a tiempo para desayunar antes de que a las 7:45 salgamos por la puerta.

Los planes de hoy no admitían modificaciones. Pese a planear pasar tres días en Field con el margen que ellos nos permite a la hora de encajar las diferentes actividades según la meteorología o el tiempo disponible, para hoy teníamos claro cuáles eran los planes desde hace muchos meses. Una de las estrellas para nosotros en Yoho National Park es la visita a la zona de Lake O’Hara y esta presenta una problemática: el acceso está tan estrictamente restringido que solo puede alcanzarse a pie –tras unos exigentes 22 kilómetros- o a través de un autobús lanzadera cuyas plazas diarias a la venta por Internet se agotan a los pocos minutos de publicarse con cinco meses de antelación.

Permitidme una breve pausa en el relato del viaje para explicar cómo conseguimos ser los afortunados poseedores de dos pasajes para la lanzadera. L, que en otra vida debió ser la secretaria más eficiente del mundo, dispuso todo para tener el proceso de compra online lo más avanzado posible ese mediodia de abril en el que estaba anunciado que se abriría la veda. El usuario para la web, ya creado y con la sesión iniciada. La pestaña del navegador situada en el paso más lejano posible al que se podía llegar antes de la hora señalada, con el cursor del ratón sobre el botón de “Continuar” que hasta ese momento devolvía un mensaje de "El proceso está cerrado, vuelve a intentarlo más tarde”. Y aun así, no fue fácil. A los pocos segundos de cumplirse el plazo según el horario MDT, el mensaje desaparecía y comenzaba un flujo que requiere demasiados formularios que ir superando, con lentas transiciones entre ellos por la saturación del sistema. Tras el último paso la web pareció haberse quedado colgada pero el cargo en la cuenta corriente ya estaba aplicado. Cuando unos minutos después la web volvió a la vida, pudimos acceder al área personal de nuestra cuenta y ver que allí estaban, confirmados y con un número de reserva como prueba: nuestros billetes al protegido espacio de Lake O’Hara.

Nuestro autobús sale a las 8:30, se exige estar presente 20 minutos antes de la salida y estamos a unos 15 minutos del punto de partida, así que como decía a las 7:45 nos ponemos en marcha. Y la tragedia más tonta está a punto de ocurrir cuando damos los primeros pasos. Los tres escalones de la entrada a casa, empapados por la lluvia de la noche, no se llevan bien con la suela de mis botas y salgo disparado tras pisar el segundo escalón. Caigo a plomo, con la suerte –o el puro instinto- de mantener la vertical para evitar que la cabeza salga disparada hacia atrás. La parte baja de la espalda se lleva la mayor parte del golpe, que afortunadamente coincide más con el plano del escalón que con su esquina, pero cualquier cosa podría haber ocurrido. Si la espalda llega a dar con el borde del escalón, adiós. Si la cabeza llega a ir hacia atrás… adiós de verdad. Me quedo blanco durante un minuto por el susto pero de nada sirve preocuparse por el "¿Y sí...?”. Seguimos adelante con la promesa de cuidar vigilar dónde piso más allá de durante las excursiones.

La previsión meteorológica es de nubes sin lluvia hasta las 14:00, un escenario que de cumplirse ya nos bastaría para nuestro propósito. Por ahora, según avanzamos esos 15 kilómetros hacia el punto de salida de la lanzadera, parece que así es. Nos recibe un aparcamiento mucho más abarrotado de lo que esperábamos, probablemente debido a la cantidad de coches perteneciente a visitantes que han accedido al lago en días pasados y están pernoctando en uno de los refugios –cuyas plazas tampoco es sencillo conseguir- disponibles en el lugar.

No nos cuesta localizar el punto exacto de salida, donde dos viejos autobuses escolares ahora reconvertidos en transporte turístico están esperando junto a una empleada que confirma los datos de los que intentan subir a él. Antes de ponernos en marcha una segunda empleada que exhuma disciplina nos cuenta el guión que debe haber explicado cientos de veces con el objetivo de hacernos sentir especiales: entre otras cosas, nos recalca el hecho de que solo el 1% de la gente que intenta acceder a Lake O’Hara finalmente lo consigue por las fuertes restricciones, insiste en que seamos extremadamente respetuosos con los caminos habilitados para no interferir en la fauna y flora y que, sobre todo, no escatimemos en momentos de pausa en los que respirar hondo, escuchar el silencio y disfrutar de la experiencia. Dicho esto, el que será nuestro conductor toma el relevo y procede a repartir las fichas verdes que nos servirán para ser admitidos en uno de los autobuses de vuelta. La temperatura es de menos de 10 grados y el destartalado autobús no activará la calefacción hasta que arranque el motor, así que recibimos con alegría el momento en el que se cierran las puertas y echamos a rodar, adelantando ya a los primeros senderistas que afrontan los largos 22 kilómetros a pie de la única alternativa al autobús.

Nuestro transporte hasta Lake O'hara
La ficha que nos garantiza una plaza para volver
Dos valientes senderistas comenzando la travesía a pie

El trayecto se hace mucho más corto de lo que esperábamos, y es entretenido por lo bacheado del terreno y la dura suspensión del autobús escolar. Tras unos 15 minutos estamos ya frente al “refugio de día” en cuyo interior hay calor, mapas e información práctica. En la puerta, un canasto lleno de bastones de senderismo -muy recomendados para superar desniveles y suelos resbaladizos- que poder tomar prestados y devolver a la vuelta. Con ellos en la mano, damos media vuelta y nos dirigimos al claro en el que ya se intuye el Lake O’Hara. Y vaya...

Viiiva nuestro conductor, conductor, conductor...

Es tal cual habíamos visto durante nuestra investigación. Las aguas completamente estáticas reflejan con detalle el frondoso bosque del primer plano, y harían lo propio con las cumbres nevadas si las nubes no las estuvieran todavía cubriendo. Empezamos a rodearlo en el sentido de las agujas del reloj y asoman a mano derecha las pequeñas cabañas junto a la orilla. El ambiente es de completo silencio solo interrumpido por el suave ruido de los bastones apoyándose sobre la mojada tierra. Y según avanzamos con los ojos como platos por la orilla izquierda, empieza a sonar a lo lejos el agua cayendo desde unas pequeñas cataratas en el extremo opuesto. Ninguna fotografía le haría justicia a esta barbaridad de la naturaleza.

Con ustedes, Lake O'Hara
Detalle de varias de las cabañas a pie de lago
Una de las vistas opuestas al lago
Nuestro transporte queda ya a un lago de distancia

Según avanzamos por el perímetro del lago se pierde algo de vistosidad ya que el agua empieza a estar más agitada y los reflejos se pierden. Nos adelantan grupos que, además de la ropa de abrigo habitual, van equipados con cascos que dan a entender que su objetivo es realizar alguna de las rutas denominadas “alpinas”, solo al alcance de aquellos que tengan una muy buena forma física y la paciencia para realizar sus largos recorridos. Tras unos 40 minutos que hubieran sido 30 de no haber hecho tantas paradas, un camino en pendiente nace a la izquierda del que continuaría rodeando Lake O’Hara. Es nuestra señal: dentro del muy respetable número de excursiones y senderos disponibles del complejo, el que nos interesa a nosotros por no entrañar una dificultad ni distancia prohibitiva es el de Lake Oesa. Comenzamos a recorrerlo y ganamos altura enseguida, consiguiendo miradores a O’Hara ahora desde otro punto de vista. Podemos distinguir una cabaña más grande que las demás, probablemente destinada a servicios o a dar cobijo a los agentes del parque, con humo emanando de la chimenea de su tejado. El sonido de las cataratas se hace más y más fuerte gracias a que las tenemos a unos escasos 100 metros bajo nuestros pies.

O'Hara y sus cabañas ahora desde las alturas
El refugio grande asomando entre los árboles

Empezamos la verdadera ruta hasta Lake Oesa, algo más de tres kilómetros en los que ganar una altura de aproximadamente 280 metros. Sabíamos que Lake O’Hara nos iba a dejar boquiabiertos y tenemos la casi total certeza de que Lake Oesa hará lo propio, pero con lo que no contábamos es que la excursión en sí también iba a parecer de otro planeta. Con la única compañía de una pareja asiática con la que nos vamos relevando al no hacer las mismas paradas, los algo más de tres kilómetros se hacen largos por el esfuerzo pero los hubiéramos disfrutado enormemente aunque la distancia fuera del doble. A cada 100 metros el paisaje cambia completamente. Ahora tenemos vistas desde las alturas al lago. Ahora enormes bloques de piedra cubierto de musgo. Ahora un río bravo a nuestro lado. Ahora una serie de cataratas que prácticamente podemos tocar. Y ahora pequeños lagos que intentan amenizar con sus escalonados tonos verdes la tensa espera hasta alcanzar la meta.

Ríos...
Cascadas...
Paisajes de otro planeta en nuestro camino hasta Lake Oesa

Y entonces llegamos. Apareciendo como un espejo bajo el glaciar al que llevábamos varios minutos acercándonos, nos deja sin palabras. Es grande, más grande de lo que esperábamos, y en cuanto lo alcanzas comprendes y agradeces los controles para limitar la presencia de excursionistas. El lugar se mantiene inmaculado con apenas algunos hitos para delimitar las zonas de paso recomendadas para no interferir con la naturaleza. Y aunque podamos ser a lo largo de toda la orilla del lago 10 o 15 personas, e incluso en algunos momentos llegue un grupo más numeroso, la mayor parte del tiempo la sensación es de completa soledad gracias a los múltiples escondites fruto de las grandes rocas y desniveles junto a la orilla.

Lake Oesa, omitiendo el sonido de mandíbula desencajada

El tiempo vuelve a estar de nuestro lado. Según hemos avanzado en la etapa el cielo se ha ido abriendo, las cumbres han pasado a ser totalmente visibles y tras unos minutos echados junto a las aguas de Oesa sale un sol que nos obliga a quitarnos capas de ropa. A su llegada los colores del agua se vuelven todavía más intensos, teniendo en un mismo punto un verde radioactivo, el glaciar reflejado y el lecho de piedras bajo el agua pseudotransparente. No hay adjetivos.

Los colores, la forma, las cumbres que lo arropan... todo suma

Según mantenemos la vista ¡–cómo apartarla!- en el lago, vemos por el rabillo del ojo como a nuestra izquierda algunos valientes ya están siguiendo por el camino alpino que tiene en Oesa solo una parada intermedia. Por un estrecho sendero que se abre paso a través de un pedregal la cuesta gana altura a pasos agigantados hasta perderse en lo que desde la distancia parece un pequeño cañón. Transitarlo me parece de locos a la par que admirable, y con unos toques de envidia al pensar que toda esa gente probablemente tiene previsto pernoctar en el refugio que les espera al final del camino.

Las inclinadas pendientes que nos rodean
Insignificantes puntos en el camino...
... no tan insignificantes cuando el grupo crece
Imposible dejar de mirar

Tras digerir la segunda parte de los bocadillos de tortilla de ayer las nubes que se acercan a nuestra espalda procedentes de Lake O’Hara recomiendan que comencemos a volver antes de que una posible tormenta dificulte el regreso. Nos resistimos a dejar atrás esta maravilla, pero cuando rondan las 13:00 cargamos de nuevo con las mochilas y nos ponemos en marcha. Como es lógico, el descenso se hace más llevadero concentrando el esfuerzo en los gemelos y en amortiguar los pasos cuando perdemos altura, pero tampoco resulta precisamente corto. Los grandes escalones de más de 30 centímetros de altura requieren pensar cada paso con el fin de evitar dar con la cara en el barro.

Donde hay comida...
... no puede faltar él
Un último vistazo...
Vale, de verdad, este sí que es el último
Lefroy Lake tiene la mala pata de estar a pocos metros de Oesa

Son las 14:00 cuando volvemos a alcanzar la orilla de Lake O’Hara. Con el día más despejado que esta mañana, las vistas son ahora impresionantes incluso en su mitad a priori menos atractiva. Pero tenemos un problema: el próximo autobús de regreso sale a las 14:30 y el siguiente no lo hará hasta dos horas después. Por mucho que nos encante la zona, preferiríamos poder volver en el primero para así tener todavía toda la tarde disponible para saldar cuentas pendientes. Así que las últimas fotos de Lake O’Hara en óptimas condiciones de luz las tenemos que hacer a toda prisa, separándonos incluso para que yo pueda recuperar distancia respecto a L tras perderla al detenerme para hacer fotos que requieran plantar el trípode y configurar una larga exposición. Son las 14:25 cuando nos estamos haciendo la foto familiar a pocos metros del “punto de extracción” y escuchamos llegar el autobús. Cuando lo alcanzamos, todavía quedan disponibles unos 10 o 12 asientos. Entregamos nuestras fichas verdes ganándonos el derecho a un pasaje de vuelta. Misión cumplida.

El largo pero precioso camino de vuelta
Otra vez cascadas, otra vez fotos
O'Hara, ahora despejado
El reflejo en el agua es ahora casi perfecto
Los autobuses ya se preparan para el próximo turno...
... pero nosotros tenemos serios problemas para no seguir deteniéndonos

Nos entregan durante el regreso una encuesta voluntaria sobre nuestra experiencia e impresiones durante la visita. Pese a las dificultades de rellenarla mientras saltamos al ritmo de la carretera bacheada, la rellenamos con una puntuación alta y solo dos sugerencias: que mejoren el sistema de reservas para evitar las saturaciones de la web y que amplíen la de todos modos buena señalización de los caminos añadiendo junto a cada indicación la distancia restante hasta alcanzar la meta. Dejamos atrás este celosamente protegido paraíso, entendiendo perfectamente las estrictas medidas tomadas para preservarlo en un estado lo menos alterado posible. No es fácil visitar Lake O’Hara pero puede que sea lo mejor de todo un ya de por sí espectacular Yoho National Park.

Pasan pocos minutos de las 14:45 cuando entramos de nuevo en nuestro Chevrolet. Visto lo inestable de un tiempo en el que un chaparrón se puede convertir en un sol de justicia en menos de una hora, decidimos dirigirnos hacia un gran "debe" de nuestra agenda sin siquiera consultar la previsión. 60 kilómetros al norte, deshaciendo parte del camino que nos trajo desde Jasper, nos espera Peyto Lake.

Rumbo a Peyto Lake...

Aunque nuestra intención sea avanzar a toda velocidad y alcanzar el brillante lago lo antes posible, vemos desde la ventanilla a nuestro paso por Crowfoot Glacier que el sol está iluminando su densa capa de hielo. Siendo un mirador a pie de carretera, podemos permitirnos una parada de diez minutos para contemplarlo. Coincide nuestra llegada con la de un autocar de Brewster procedente del Columbia Icefield. Sus decenas de turistas bajan, disparan dos fotos y vuelven a subirse en tiempo récord, antes siquiera de que yo haya hecho un solo disparo. Es la versión terrestre de viajar de crucero. El glaciar frente a nosotros, cuyo nombre se lo otorga su forma similar -echándole imaginación- a la de la huella que dejaría un cuervo, permanece impasible a las idas y venidas de turistas.

... pero antes, una parada ante Crowfoot Glacier

Alcanzamos Peyto Lake a las 15:50 con un parking a rebosar y, qué sorpresa, una lluvia creciente. Dado el amplio margen de tiempo del que disponemos decidimos aguardar en el interior del coche hasta que la situación mejore. L aprovecha la larga media hora para una merecida siesta y yo aprovecho para limpiar los filtros y objetivos de la cámara de fotos. Son las 16:40 cuando la lluvia ha dado paso a una luz radiante y un cielo azul, circunstancias perfectas para asomarnos al lago. Sin pretenderlo, subimos a pie hasta el mirador por la carretera reservada para autobuses y vehículos para discapacitados, carretera que luego descubriríamos que es mucho más cómoda que el sendero oficial para ascender. Llegamos al “Bow Summit” y ahí lo tenemos.

Aunque con un menor impacto dado que ya vimos un fenómeno similar ayer con el agua celeste de Lake Louise, es innegable que no se puede ver algo así todos los días. El alargado Peyto Lake queda varios cientos de metros bajo nuestros pies, con el sol bañando sus aguas de ese color turquesa tan irreal. Hay que hacer turnos para conseguir una foto despejada de árboles y personas, tanto en el mirador oficial de madera como en las zonas “fuera de pista” igualmente transitadas. A alguien se le cae una botella de agua y esta rueda, y rueda, y rueda… hasta quedar a escasos metros de la orilla del lago. Invertimos aquí entre 20 y 30 minutos sabiendo que, de no hacerlo, lamentaríamos no haberle prestado a este espectáculo la atención que merece.

Peyto Lake y el reencuentro con el turquesa imposible
El mejor mirador 'fuera pista'
Un vistazo al entorno más allá de lago
El color turquesa también refleja

Pasan pocos minutos de las 17:00 y debemos aprovechar que por ahora las cumbres sigan despejadas. A nuestro regreso hacia Field hacemos una primera parada en Bow Lake, un enorme lago un poco al sur desde Peyto en el que esperamos ver un impresionante reflejo panorámico sobre las aguas. No es así ya que el viento hace que se pierda el efecto, por lo que la visita queda algo deslucida. Vemos a nuestra derecha los invitados de una boda a buen seguro pasando frío con sus vestidos sin mangas y a nuestra izquierda una concentración de fotógrafos. Tras pasar varios minutos preguntándome a qué fenómeno están esperando o cuál es ese motivo tan interesante que retratar, la teoría más plausible es que debe tratarse de algún curso o club de fotografía que se reúne para compartir su afición. Regresamos al coche a las 18:05.

Valientes damas de honor junto al frío Bow Lake
Aguas tranquilas y el sol provocando demasiadas sombras
Otro sitio de infarto

Antes de dar por cerrada la jornada aprovecharemos las últimas horas de luz para una última visita que nos permita aligerar la agenda de mañana. Ya nuevamente en el Parque Nacional de Yoho, es un buen momento para visitar una de esas cataratas que tan poco nos apasionan -nótese la ironía-. Tras un desvío de ocho kilómetros por una carretera de montaña en perfecto estado que nace cerca de Field alcanzamos el aparcamiento de las Takakkaw Falls, un muy notable salto de agua de 254 metros que poder contemplar desde su base.

Tras apearnos del coche debemos caminar unos 10 minutos incluyendo atravesar un puente para alcanzar los miradores más cercanos. A escasos metros de su base y con la posibilidad de ascender a un pedregal junto los últimos metros de su caída, la postal es perfecta con el gran caudal de agua precipitándose sobre un río que continúa su paso junto a nosotros a gran velocidad y con ese color brillante que parecía reservado para ciertos lagos. Otra muy recomendada visita.

Takakkaw Falls, antes de cruzar
Takakkaw Falls, después de cruzar

Yoho National Park presenta un problema: cuando pasas en él varios días, corres el riesgo de empezar a dar por sentadas cosas que deberían dejarte asombrado cada vez que te topas con ellas. Por ejemplo, durante el regreso hasta Field prácticamente no damos importancia a la impresionante cordillera del horizonte con puntiagudas cimas parcialmente nevadas, una imagen que en cualquier otro momento y lugar nos hubiera obligado a bajar del vehículo y hacer cientos de fotografías.

Son las 19:48 cuando llegamos, desgraciadamente por última vez, a nuestro acogedor sótano de la Mount Stephen Guesthouse. Aprovechamos el paso por la entrada principal para tramitar con Kim el pago de la reserva que acaba subiendo a algo más de 450 dólares canadienses por las tres noches. Al cambio se queda en 106 euros por noche, lo cual teniendo en cuenta cómo hemos disfrutado del lugar consideramos un buen precio. Nos despedimos de nuestra anfitriona muy agradecidos y deseándonos suerte mutuamente. Bajamos al hogar para aprovechar el tiempo que nos queda en su cocina completa para preparar aquellas cosas que tengan riesgo de estropearse por no mantenerse suficientemente frescas. Ya buscaremos huecos en días futuros para consumir la pasta, las salchichas y pizza que dejamos lista además de los bistecs, sopa y ensalada para la cena de hoy. Con tanto ajetreo en la cocina, solo queda despejar el fregadero antes de darle la despedida que se merece a nuestra cómoda cama.

Como la niebla de las mañanas rara vez se disipa antes de las 10:00, nos proponemos apurar todo lo que podamos la hora de salida de las 11:00 para la próxima jornada. Yoho ha dejado huella en nosotros y no pensamos despedirnos de él hasta que no nos quede más remedio.