Athabasca Glacier, Waterfowl Lakes, Field y Golden

Día 9 | 2 de septiembre de 2016

Mapa de la etapa 9

Sumemos otro motivo por el que los 230 euros pagados por la noche en el Glacier View Inn cada vez duelen menos: hemos dormido mejor que nunca. La cama de matrimonio de la planta inferior –las dos individuales de la superior ni las hemos tocado- tiene un colchón de los que invitan a no levantarse, y para rematarlo el silencio por los pasillos del hotel ha sido absoluto en todo momento. Probablemente tenga algo que ver la cláusula que hacen firmar a los huéspedes a su entrada comprometiéndose a respetar el descanso de los demás clientes bajo riesgo de tomar medidas por parte de la dirección del establecimiento.

Pasan ligeramente las siete de la mañana y no tenemos ninguna prisa. Haber realizado ayer la excursión de Parker Ridge, originalmente planeada para ser la actividad estrella del día de hoy, nos deja una agenda para la nueva jornada relajada en la que prácticamente todos los puntos de interés apenas requieren alejarse de los aparcamientos excepto para la excursión de Wilcox Pass, que de todos modos no debería llevar más de un par de kilómetros de travesía.

La previsión meteorológica no es buena. En el Parque Nacional de Yoho, donde pasaremos los tres próximos días y teníamos depositadas muchas expectativas, parece que los chubascos no nos darán apenas tregua durante toda nuestra estancia. Habrá que hacer de tripas corazón y resignarse a vivir dentro del chubasquero, siguiendo la filosofía de que mejor es ver algo con lluvia que no verlo en absoluto. En nuestra ubicación actual, unos 150 kilómetros al noroeste de Yoho, tenemos ya desde primera hora una lluvia débil acompañada de un cielo totalmente cubierto por nubes bajas. Nubes que ahora mismo están cubriendo cada vez más los glaciares que asoman por nuestra ventana.

Así amanece el Athabasca Glacier frente al hotel

Como el tiempo lo permite y dado que no tenemos microondas ni nada con lo que calentar leche en nuestra habitación, decidimos visitar la cafetería del hotel para por lo menos conseguir bebidas calientes. Nos la encontramos cerrada y en recepción nos informan de que no abre hasta las 9:00, probablemente debido a una estrategia comercial que no le reste clientela al restaurante situado enfrente y con precios mucho más convenientes para la gerencia del hotel. Así que regresamos a la habitación y matamos el tiempo mirando por la ventana, hablando con las familias a través de Skype y repasando una vez más los planes futuros.

Dan las 9:00 y somos los primeros en entrar en la cafetería del hotel. Lo que allí nos espera tampoco es para tirar cohetes. Varias neveras con cookies, muffins y porciones de tarta, un mostrador de platos calientes más pensados para comidas de emergencia que para desayunos y una mesa con máquinas de café, té y chocolate caliente. Mi estómago no tendrá problemas si me hago mi propio café en la cafetera de la habitación así que cojo una porción de tarta cereza para que la visita no haya sido en vano. L se conforma con un chocolate caliente que nos subimos a la habitación, en la que completamos la primera comida del día con el surtido de bollería, cookies y demás reservas que todavía nos quedan de compras anteriores. Se acercan las 10:00 cuando por la ventana podemos distinguir los primeros metros desde la base del glaciar de Athabasca, señal que interpretamos para salir disparados y arrancar las visitas del día. Entregamos las llaves, cargamos en un par de viajes todas nuestras cosas en el maletero y nos desplazamos los pocos metros que separan el Glacier View Inn de la rampa de tierra que da acceso a la base del glaciar.

Aunque levemente, las nubes empiezan a permitir ver la lengua glaciar

El termómetro marca cuatro grados pero con la debida ropa de abrigo consistente en un par de capas, pantalón impermeable –la lluvia es tímida pero te cala- y cazadora paravientos no se está del todo mal. Para asomarse desde lo más bajo al glaciar de Athabasca hay que subir primero una pequeña cuesta a medio camino de la cual una señal indica hasta dónde llevaba la lengua glaciar en 1982. Podemos estar hablando fácilmente de 300 metros o incluso más de retroceso del hielo en apenas 34 años. Algo no marcha bien.

Acercándonos al glaciar...
... y alejándonos del hotel

Una vez superada la cuesta los visitantes "gratuitos" tienen muy delimitada la zona en la que poder moverse, ya que la mayoría de accesos y aproximaciones al glaciar están reservadas solo para turistas que hayan contratado alguno de los múltiples packs de excursiones que te acercan o incluso te permiten caminar sobre el glaciar. Nosotros decidimos que no nos compensaba el precio –y con el día que hace, nos alegramos de esa decisión- así que vamos bordeando el cordón que delimita la zona pública hasta llegar lo más cerca posible al fin de la capa blanca con múltiples manchas marrones. Quizás por la comparación que claramente pierde frente a algunos de los glaciares islandeses que vimos el año pasado, o quizás por la experiencia entorpecida del mal tiempo, disfrutamos del momento pero tampoco nos enloquece. El glacier está bochornosamente sucio como consecuencia del constante paso de los autobuses y grupos organizados de Brewster, y las múltiples manchas marrones y el tono grisáceo del hielo le resta muchos enteros. Tras alrededor de 30 minutos contemplando la zona y con media lluvia agarrada a nuestros chubasqueros iniciamos el camino de vuelta, descartando ya por completo recorrer el segundo acceso al glaciar que lleva hasta un mirador en una zona elevada. Las nubes se encuentran ya pocos metros por encima de nuestras cabezas y ganar más altura solo conseguirá que perdamos la poca visibilidad que nos queda.

Athabasca Glacier, desmejorado por la meteorología
Primeros grupos del día preparándose para caminar sobre el glaciar
El tiempo no mejora, así que esto es todo lo que podemos ver
Llevándonos la lluvia de Alberta sobre nosotros
Ahí van los valientes pisando hielo sucio

Nos despedimos del Columbia Icefield con una última mala noticia: tampoco tiene ningún sentido iniciar la excursión de Wilcox Pass. Ésta consiste en ocho kilómetros en los que ganar una elevación de 520 metros pero, aunque nosotros nos hubiéramos conformadocon recorrer tan solo el primer kilómetro que nos llevaría hasta un par de sillas rojas con vistas al glaciar, bajo las condiciones actuales va a ser un esfuerzo sin recompensa final. Intentando ser positivos, nos alegramos de haber tomado la decisión de recorrer ayer el muy disfrutable Parker Ridge Trail, ya que de haber seguido la agenda original hubiéramos tenido que descartarla y jamás hubiéramos sabido qué belleza nos estábamos perdiendo.

Cogemos ya velocidad crucero en dirección sureste donde tras 60 kilómetros de Icefields Parkway nos esperan los Waterfowl Lakes. Se trata de una pareja de lagos conectados a través de un fino río en el que se inician los senderos, por lo que salvo querer hacer un recorrido completo en forma de ocho los visitantes deben elegir entre visitar el lago superior o el inferior. Echando un vistazo a lado y lado parece que el cielo tiene tonos más claros hacia el sur, así que nos dirigimos hacia el "Lower Waterfowl Lake". Lo que encontramos es una vasta superficie de agua con algunos tonos turquesas por aquí y por allá que, a buen seguro, en mejores condiciones de visibilidad y aguas menos revueltas por el viento deben reflejar como un espejo las imponentes montañas que lo rodean. Es como una hamburguesa de McDonalds: lo que te sirven no se parece en nada a lo de la fotografía del cartel, pero te lo comes igual porque te gusta.

El tramo que conecta ambos Waterfowl Lakes
El puente que permite hacer un recorrido en ocho
El puente, desde otro ángulo
Sí, a falta de buen tiempo me ensañé con el puente
Caminando hacia el Lower Waterfowl Lake...
El Lower Waterfowl Lake bajo el mal tiempo
Una zona de picnic junto al lago
Una panorámica más y nos volvemos

Con la ida y venida al lago del sur nuestras esperanzas de que el cielo se abriera se han desvanecido cambiando los tonos iluminados por un gris oscuro que no augura nada bueno. A escasos 17 kilómetros se encuentra la que queríamos fuera nuestra parada estrella del día y parece casi definitivo que vamos a tener que aplazarla para otro día. Peyto Lake, un lago cuyas aguas proyectan el color turquesa más intenso posible cuando las ilumina el sol, no lucirá ni una décima parte en un día como el de hoy. Es más, según nos acercamos, el tiempo se pone tan imposible que hasta es complicado conducir debido a lo intensa de la lluvia que cae sobre el coche, obligándonos a poner el limpiaparabrisas en velocidad máximo. Pasamos de largo el aparcamiento del lago al igual que el desvío a Bow Lake, otra masa de agua todavía mayor que, aunque no tenga ya ese color tan intenso, ofrece una perspectiva perfecta para un nuevo efecto de espejo que refleja las impresionantes cimas del horizonte. Dado que nuestro campamento base para las tres próximas noches se encuentra a 60 kilómetros de aquí no perdemos la esperanza de poder reajustar nuestra agenda para revisitar en mejor condiciones todo lo que ahora estamos pasando de largo.

A estas alturas, parece claro que nuestro nuevo y casi único objetivo es alcanzar nuestro destino final cuanto antes. Según avanzamos en dirección sur el cielo vuelve a recuperar algo de su brillo y eso nos anima a detenernos en el aparcamiento de Herbert Lake, otra acumulación de agua muy cerca de nuestra meta en Field que debería ofrecer también impresionantes reflejos de las montañas. Nos asomamos tras apenas caminar cincuenta metros desde el aparcamiento y... sí, ahí está el agua, pero las montañas y su reflejo no están ni se les espera. Regresamos resignados al coche.

Pasamos de largo el desvío a las Takakkaw Falls, unas cataratas de alrededor de 250 metros de altura que esperamos también poder encajar en nuestros planes cuando la meteorología lo permita. Y llegamos ahora sí a Field, un pueblo del que durante nuestra preparación del viaje hacíamos burla al tratarse del núcleo urbano más pequeño de cuántos nos iban a alojar, con apenas una tienda para compras de emergencia y poco más. Pero cuando alcanzamos el valle en el que se sitúa nos queda claro que el tamaño no importa. Incluso con esas persistentes nubes que solo dejan ver la falda de las montañas y apenas algún fragmento de sus laderas por aquí y por allá, el contexto del pueblo es de los que invitan al retiro dorado en alguna de sus preciosas casas de construcción de madera.

Encontramos con algunos problemas –nuestro GPS de Garmin tiende a ser un poco estúpido- el Mount Stephen Guesthouse, la casa particular con un par de sótanos habitables para alquiler vacacional en la que decidimos alojarnos urante nuestros días en Yoho. Son las 14:00 y el correo de confirmación habla de que la hora de entrada mínima son las 16:00 pero decidimos probar suerte pese a todo. Encontramos en la puerta un cartel invitando a L –la titular de la reserva- a pasar al que será nuestro hogar, ya listo para acogernos y con las llaves en el interior. Cuando estamos bajando los escalones que llevan a él aparece Kim Chapman –sí, como Piper Chapman-, nuestra anfitriona. Nos saluda muy cordialmente, lamenta no poderes para mejorar el tiempo y resuelve todas nuestras dudas sobre el alojamiento antes de darnos privacidad para descubrirlo por nosotros mismos.

La casa nos alegra el día. Tenemos un muy digno salón con sofá y televisor, una completísima cocina que nos hace pensar en todas las comidas y cenas que vamos a poder preparar empezando hoy mismo, un cuarto de baño con bañera, un acogedor dormitorio de medidas suficientes y una cama tan cómoda como todas las que nos han acogido hasta la fecha. Sumado a lo estupendo de ese entorno del que podremos disfrutar en cuanto el sol decida salir apenas cinco minutos, ya somos algo más optimistas respecto a esta nueva etapa que se abre hoy en el viaje.

Dejamos nuestras cosas tras varios viajes subiendo y bajando escaleras desde el vehículo hasta el sótano y, tras conectar los móviles y hacer un par de pesquisas en la red, decidimos que el mejor uso que podemos dar a estas primeras horas de la tarde con tiempo no apto para excursiones ni miradores es desplazarnos 57 kilómetros hacia el oeste para alcanzar la localidad de Golden, ya que gracias a su cercanía a una estación de esquí está mucho más nutrida de servicios y por lo menos podremos pasear por sus calles y comprar algunas provisiones. Por el camino el tiempo va mejorando hasta el punto de que la temperatura sube seis grados hasta alcanzar unos agradables 14 y el cielo, aunque sigue totalmente cubierto, ya deja pasar mucha más luz y ha dejado de echar agua sobre nosotros. Llegamos a Golden alrededor de las 15:30.

Nos dirigimos directamente al Overwaitea Foods, el supermercado que en una búsqueda rápida por Internet nos ha dado las mejroes sensaciones. Hacemos una compra que combina un poco de todo: proteínas, verduras, desayuno, pan… y también algún exceso gastronómico en previsión de disfrutar del sofá y el salón de nuestro nuevo hogar viendo alguna serie en el televisor. La cuenta sube a unos dolorosos 100 dólares, y es que nuestras compras canadienses están encontrando un problema añadido al de los precios ya de por sí elevados. Todas las etiquetas, carteles, etc. muestran los precios previos a aplicar los impuestos al consumo. Esto no debería ser una novedad: en Estados Unidos siempre ha ocurrido, y ya estamos entrenados para anticipar que a todo precio hay que sumarle un porcentaje según el estado. El problema es que en Canadá, o por lo menos en las provincias de la Columbia Británica y Alberta que estamos visitando, este impuesto es del 15%, más alto que en ninguno de los estados americanos en los que solíamos comprar. Así que el momento de pasar por caja y ver como sube el importe total tras aplicar ese 15% siempre nos provoca un pequeño escalofrío.

Antes de abandonar Golden, que efectivamente está muchísimo más nutrido de servicios que Field, hacemos una última parada en una licorería en la que reponer latas de esa cerveza fuerte que tanto nos ha gustado. Emprendemos los 53 kilómetros de regreso hasta Field, admirando uno más de los trenes que ocupan las vías ferroviarias y cuya locomotora, ya de por sí todo un lujo fotográfico, debe tirar tras de sí cientos de vagones -y no es una exageración-. El camino de vuelta es esperanzador, ya que los grises del cielo han desaparecido e incluso el color azul emerge en algunos pequeños claros. Vemos por primera vez en lo que va de día cumbres nevadas.

Y tras él, la interminable hilera de vagones
Regresando a Field
Primeras cumbres que vemos en todo el día

Volvemos a Field y antes de regresar a nuestro sótano paramos en el centro de visitantes del Yoho National Park. Resulta curioso que hayan decidido levantar dicho centro en un lugar tan pequeño, pero suponemos que la presencia de bastantes apartamentos turísticos en la zona y su estratégica ubicación habrán influido en la decisión. El Visitor Center es mucho más completo y sofisticado de lo que esperábamos y pasamos unos 20 minutos haciendo elucubraciones a partir del completo mapa -pero de pago si quieres llevártelo- y las previsiones meteorológicas que podemos consultar a través de la conexión gratuita. Son tres los días que tenemos para visitar la zona con mucho por ver y no todo de fácil acceso, así que hay que hacer un poco de ingeniería para optimizar el tiempo. Con un primer borrador en mente, regresamos a casa y tras guardar nuestras compras consultamos el mapa de precipitaciones en tiempo real a través de la aplicación Rain Alarm. Este nos dice que tanto en Moraine Lake como en Takakkaw Falls ahora mismo el temporal es fuerte, cerrando definitivamente toda posibilidad de aprovechar las últimas horas del día. Lo que queda desde las actuales 18:00 horas hasta el momento de dormir lo pasaremos en nuestro hogar. Afortunadamente este sótano es uno de los lugares más acogedores en los que nos hemos alojado por lo que la perspectiva de disfrutarlo y relajarnos en él no es tan mala.

El detallado mapa a la venta en el Visitor Center
Una maqueta de los Spiral Tunnels de los que hablaremos más adelante
Aprovechando nuestra nueva cocina desde el primer día

La verdad sea dicha, puede que necesitáramos esta tarde de “permiso” dejando de pensar constantemente en a dónde ir, qué tiempo llevará o cómo deberíamos ir equipados. Las horas pasan en el interior de la Mount Stephen Guesthouse y nos permiten darnos un baño, perdernos por los canales de televisión –hasta que un corte de la señal por la tormenta lo impide-, cenar una crema de almejas y algo que en la caja pone pizza pero no son más que empanadillas y finalmente darnos un festín con palomitas y nachos con salsa ranchera mientras vemos el noveno capítulo de la serie Braindead. A medio capítulo alguien llama a la puerta y resulta ser el marido de Kim, de nombre Craig, que acaba de llegar a casa y quiere asegurarse de que todo está perfecto así como resolver cualquier duda que podamos tener.

Tras la sesión de televisión y comida basura damos por terminada una jornada que, no nos podemos engañar, ha resultado mucho más discreta de lo que anticipábamos debido a la meteorología. La previsión para mañana en los alrededores de Lake Louise es prometedora, así que nos vamos a dormir con la esperanza de que mañana pueda ser El Día. El Día en el que hagamos la mayor excursión de todas las del viaje.