Icefields Parkway: Athabasca Falls, Tangle Creek Falls y Parker Ridge

Día 8 | 1 de septiembre de 2016

Mapa de la etapa 8

Si esto fuera una de esas películas en las que el protagonista rompe la cuarta pared y habla con el espectador, ahora veríais una escena con dos personas sentadas en cómodos sofás y saboreando unas galletas bajo la acogedora luz de una lámpara. Por la ventana junto a ellos, aunque muy tenue porque la noche le alcanzó hace ya mucho, se intuiría la forma y contrastes de color de una lengua glaciar entre las cortinas. Entonces la música –preciosa, a piano- se detendría abruptamente, yo miraría a cámara y diría “Os preguntaréis como hemos llegado hasta aquí”. Y la película daría el pistoletazo de salida con un rótulo que dijera “15 horas antes...”.

Arranca algo más allá de la seis de la mañana nuestro tercer y último despertar en el pequeño pueblo de Jasper, Alberta. La noche ha venido acompañada de tormenta y las primeras luces del día dejan ver las gotas que se resisten a caer de las ventanas de la habitación. Sin embargo, la lluvia ha cesado y se dirige hacia el sureste, precisamente la dirección que tomaremos en cuanto nos pongamos en movimiento. Mientras las nubes sean más rápidas que nosotros, evitaremos sus consecuencias.

Iniciamos la mañana más tranquila de lo que llevamos de viaje, ya que tenemos un margen muy amplio para salir el cual nos permite tomarnos todo el tiempo del mundo para desayunar, darnos una ducha y poner en orden el equipaje. Incluso nos queda tiempo para simplemente relajarnos echando de vez en cuando un ojo a las notificaciones que entran por los teléfonos móviles. Son las nueve de la mañana cuando tras volver a cargar a modo de Tetris todos los bultos en el maletero salimos por última vez del que ha sido nuestro pequeño y relativamente austero -pero más que suficiente- hogar de Blue Jay’s Guesthouse. El motor se pone en marcha y recorremos nuestros últimos metros por las calles de un pequeño Jasper que ha estado a la altura de las expectativas, incluso sin rastro de las aglomeraciones turísticas que esperábamos sufrir en un rincón tras turístico. Nos llevamos en el bolsillo un buen puñado de excursiones, miradores y momentos que no hacen más que rascar la superficie de todo lo que el Parque Nacional para el que disponga del tiempo suficiente para disfrutarlo.

Los alrededores de Jasper todavía nos reservarían una última sorpresa antes de alejarnos. Según enfilamos la carretera de salida del pueblo la escena de varios coches detenidos de forma caótica en los arcenes de la carretera nos da la pista de que algo ocurre cerca. Y lo que ocurre es que dos ciervos enormes que nos recuerdan al que vimos pastar en el jardín vecino en nuestra primera mañana, están ahora haciendo caso omiso de las miradas curiosas a pocos metros de la carretera. Y al poco de llegar nosotros se miran el uno al otro y se enzarzan en una disputa, pelea, o cual sea el término adecuado en la jerga cierva para “voy a chocar mis cuernos con los tuyos mientras emito un tímido gruñido porque somos ciervos y eso es lo que hacemos”.

Lucha de ciervos (I)
Lucha de ciervos (II)
Y se cansó de pelear

Se monta un caos de aúpa por culpa del enfrentamiento animal. Quiero pensar que nosotros intentamos en todo momento no afectar a la rutina del pueblo, dejando el coche lo suficientemente apartado de la carretera para no interferir en el tráfico y observando en completo silencio y desde una distancia prudente el choque de cornamentas. Pero no ocurre así con todo el mundo, especialmente en el caso de… ¿adivináis? Efectivamente, los turistas asiáticos. Varios de ellos se apean de un enorme autobús que se detiene en pleno carril de circulación, cruzan la carretera sin mirar y se sitúan a escasos dos metros de unos bichos cuya cabeza se eleva varios centímetros por encima de la estatura media del ser humano. Y por supuesto solo ellos rompen a base de gritos más bien sacados de un anime japonés el silencio que hasta ahora manteníamos los demás con tal de evitar que los animales huyeran condicionados por el ajetreo. Los ciervos desaparecen finalmente entre los arbustos tras haber cruzado la carretera y en cuestión de minutos la zona queda despejada como si nada hubiera ocurrido. Probablemente algún conductor local haya llegado tarde a su trabajo tras hacer sonar su claxon de forma agresiva cuando vio que su coche no podía circular por la falta de civismo de los turistas.

Impasible ante los curiosos
Y tan amigos
¿Por qué el ciervo cruzó la carretera?
Enfilando la despedida

Tras dejar atrás el área de combate, salimos ya de Jasper y tras superar los desvíos que el día anterior tomamos para acercarnos al Mt. Edith Cavell primero y alcanzar el Valley of the Five Lakes después comenzamos a circular por la Icefields Parkway. Comienza aquí una carretera escénica que separa los Parques Nacionales de Jasper y Banff dejando a su paso toda una retahíla de desvíos, miradores e inicios de sendero para mil y una excursiones y actividades relacionadas con la naturaleza. Para trasladarse por ella es obligatorio disponer de una entrada de los parques nacionales, como es el caso de nuestro “Pase anual” adquirido unos días atrás. Nuestra misión para el día de hoy es avanzar la mitad de su recorrido realizando varias paradas a lo largo de él, conduciendo poco más de 100 kilómetros y encontrando la meta en el único hotel a lo largo de toda la carretera. Nuestra primera parada a lo largo de la Icefields es ya toda una declaración de intenciones: un mirador tras apenas los primeros 20 kilómetros desde el que podemos ver entre otros el Mt. Edith Cavell parcialmente oculto por las nubes y un Monte Athabasca junto a él luciendo orgulloso su cima en parcialmente cubierta de nieve. El nombre de “Athabasca” nos iba a acompañar a lo largo del día en forma de monte como es el caso, pero también como topónimo para unas cataratas y finalmente un glaciar.

El Edith Cavell, cubierto por las nubes
Monte Athabasca

Precisamente es al aparcamiento de Athabasca Falls al que llegamos cuando el reloj marca las 10:30. En esta primera parada programada del día encontramos tras unos pocos pasos desde el coche una ancha catarata de discreta altura por la cual el río Athabasca cae con fuerza llevando consigo una gran cantidad de minerales que le confieren un color entre el verde y el marrón. La recompensa es enorme para el poco esfuerzo que supone llegar a ella. Los caminos señalizados permiten observar la cascada a varias distancias y en sus dos laterales gracias a un puente que pasa sobre los primeros metros que el agua recorre tras saltar al vacío. Invertimos algo más de media hora en visitar todos los salientes y ya sufrimos aquí del clásico fenómeno de los grupos de turistas asiáticos que solo saben moverse en grupos de 80 sin ningún miramiento por obstruir el paso o monopolizar el lugar. Con algo de estrategia conseguimos evitarlos para no coincidir con ellos en ningún punto clave.

Athabasca Falls (I)
Athabasca Falls (II)
Athabasca River bajo el puente
Detalle del agua de Athabasca
El punto en el que el agua cae con mayor violencia
Athabasca Duck

Seguimos la marcha hacia el sur y raro es el mirador en el que no nos planteemos parar. Lo hacemos solo en alguno de ellos, aquellos que por el ángulo o gracias a lo cambiante del cielo permiten ver un nuevo monte o una nueva perspectiva oculta hasta entonces. Todos ellos tienen en común ofrecer vistas con el anchísimo Athabasca River en primer plano, a veces desde las alturas y a veces con la posibilidad de dar literalmente con los pies en él.

Parando en la Icefields (I)
Parando en la Icefields (II)
Parando en la Icefields (III)

Nuestra siguiente parada no prevista en la agenda tiene lugar tras recorrer el kilómetro que transcurre desde la señal que marca el desvío a las Sunwapta Falls hasta su aparcamiento. Sin tener idea sobre qué nos encontraremos, los carteles indicando que esa desconocida catarata se encuentra solo a 100 metros a pie desde el parking nos termina de convencer de bajar del vehículo y proceder a visitarlas. No están nada mal, si bien lo que más disfrutamos es el mirador hacia el tramo inmediatamente previo del río acercándose en perpendicular a otro enorme monte más que se eleva en el horizonte. Son las 12:10 cuando regresamos a un Chevrolet Cruze cuyo termómetro se acerca a los 20 grados. Por ahora, nuestra estrategia de ir tras la tormenta evitando alcanzarla está funcionando perfectamente.

Sunwapta Falls
Más puentes en Sunwapta Falls
El río Sunwapta
In fraganti durante la fotografía anterior

Pasan pocos minutos de las 12:30 cuando aparece a nuestra derecha el grande, muy grande aparcamiento del mirador a Stutfield Glacier. La foto que acompaña al lugar en nuestro “dossier” de viaje muestra un glaciar frente a un cielo soleado y con un verde río fluyendo a sus pies, pero lo que encontramos ante nosotros es una lengua glaciar asomando tímidamente entre las espesas nubes y las marcas de lo que en otra época del año debe ser un ancho río pero ahora no es más que un cambio de terreno sobre la tierra seca. El río no lo vamos a poder ver salvo que nos quedemos aquí varias semanas, pero el glaciar casi oculto quizás pueda remediarse esperando unos minutos. Por ese motivo decidimos, aprovechando la hora, crear en los asientos traseros de nuestro Chevrolet un comedor improvisado tras despejarlos de mochilas y chaquetas y avanzando los asientos delanteros todo lo que el vehículo permite. El experimento no resulta del todo mal y podemos disfrutar en relativa comodidad de la pasta boloñesa que todavía arrastramos desde Clearwater y hemos sabido mantener fresca y en condiciones para poderse comer.

Los clásicos vecinos de parking
Comiendo con vistas
Stutfield Glacier

Cuando terminamos nuestro almuerzo el tiempo nos ha dado la razón y, si no totalmente, el glaciar de Stutfield sí queda mucho más distinguible que antes desde nuestra posición. Al ser un punto esencialmente de paso en el que pocos hacen lo que nosotros y plantan el campamento, el aparcamiento nunca llega a estar abarrotado pese a la alta afluencia de público. La lengua glaciar queda algo lejos pero eso no nos impide pasar unos minutos más sentados en los bancos estratégicamente orientados y, simplemente, aislándonos mentalmente para concentrarnos en lo que la naturaleza canadiense nos está obsequiando ante nosotros. Así, en paz con el paisaje, nos dan las 13:30 y volvemos a las andadas.

Un detalle del glaciar
Simplemente observar

Dos kilómetros. Esa es la ridícula distancia que separa el mirador de Stutfield Glacier de nuestro siguiente punto en la agenda, que son las Tangle Creek Falls. Nuevamente a pie de carretera, esta parada nos confirma definitivamente que la Icefields Parkway es el escenario ideal para gente que guste de contemplar la naturaleza pero no quiera desgastar la suela de sus zapatos. En este caso el obsequio junto al asfalto es una escalonada cascada de varios tramos cuya ubicación en la ladera de la montaña permite acercarse por sus dos laterales y alcanzar la base del más alto de sus escalones. Aunque L regresa pronto al coche porque el creciente frío le hace añorar la agradable temperatura en el interior del vehículo yo pierdo unos minutos más alcanzando el punto más alto posible, haciendo fotografías como si algún día fuera a venderlas y cruzando de lado a lado, dando gracias a Decathlon por lo buenas que resultaron ser las botas impermeables que llevo amortizando desde hace tres años. En resumen, las Tangle Creek Falls son una parada obligada para el que esté atravesando la ruta escénica.

Tangle Creek Falls
Tramo superior de las Tangle Falls

Alcanzamos las 14:00 y es hora de tomar ciertas decisiones. Nuestra situación actual es que nos encontramos a apenas 10 kilómetros de nuestro hotel para esta noche, a 12 kilómetros de la muy asequible y corta excursión que teníamos previsto realizar y a 20 kilómetros de una segunda excursión más exigente con la que esperábamos arrancar la etapa de mañana. Mirando al cielo, la meteorología está siendo benevolente con nosotros y aunque las nubes no se disipen, no parece que vayamos a sufrir tormentas si no lo hemos hecho ya a estas alturas. Si el tiempo nos acompañará mañana, sin embargo, es una incógnita. Por esa razón, sumado al hecho de que los atractivos de la excursión “dura” parecen ser mucho más interesantes que los de la “suave”, decidimos invertir los planes y dirigirnos ahora hacia la primera. En resumen: dejamos Wilcox Pass para mañana y nos vamos a recorrer el trail de Parker Ridge. Antes de eso pasamos junto al Athabasca Glacier que constituye el punto más popular de la Icefields Parkway y frente al cual se levanta el Glacier View Inn, hotel en el que excepcionalmente dormiremos esta noche dejando de lado por una vez las casas particulares.

Tras cubrir esos 20 kilómetros, los cuales pasan volando gracias al ininterrumpido paisaje que nos obliga a mirar a lado y lado de la carretera, estacionamos en un aparcamiento de Parker Ridge notablemente ocupado. Mientras preparamos nuestras capas de ropa y mochilas para la excursión un cuervo tiene la osadía de subirse a nuestro maletero abierto y sondear el contenido de una bolsa donde guardamos los tuppers ahora vacíos de la pasta boloñesa que hemos comido. Tras un par de aspavientos dejando claro quién manda aquí, iniciamos el Parker Ridge Trail.

Esta excursión cubre una distancia de cuatro kilómetros y medio entre ida y vuelta, durante los cuales se asciende y desciende un desnivel de 250 metros en su mayoría concentrados en la primera mitad de recorrido. El premio final es un mirador a la lengua glaciar de Saskatchewan, si bien como veremos más adelante hay desvíos adicionales que añaden un plus de atractivo a la aventura. Enfilamos esa primera mitad del recorrido con mucha calma, sabiendo que hay que dosificar fuerzas para luego no llegar al destino sin aire en los pulmones. Efectivamente la pendiente es muy repentina y se ayuda de un recorrido en zigzag para ganar más y más altura mientras pisamos tierra compacta, rodeados a lado y lado por abundante vegetación y unas plantas amarillentas que cuando el sol decide iluminar parecen flores desde la distancia. Se agradece que el sol esté cubierto durante la mayor parte del tiempo ya que sus rayos golpeando con fuerza sobre nuestras cabezas sería lo último que necesitamos durante el esfuerzo.

Comenzamos a ganar altura...
No somos los únicos que subimos
Detalles durante la subida
La Icefields Parkway, desde las alturas

Alcanzamos un altiplano que deja atrás las fuertes subidas y entonces llegan las dudas. A mano izquierda el camino inicia un leve descenso que varios metros más allá se convierte en terreno totalmente llano. A mano derecha arranca una nueva subida a un monte, con una pendiente mucho más suave que la ya superada. Dudamos durante varios minutos e incluso hacemos un amago de tomar el camino ascendente, pero un par de chicas que ya están iniciando el descenso nos indican que la lengua glaciar está por el otro lado. Así que deshacemos los pocos pasos avanzandos en la dirección incorrecta y nuestras piernas agradecen la nula pendiente mientras va asomando a nuestras cinco en punto el blanco glaciar que de no permanecer oculto hasta ahora tras un monte cercano nos hubiera ahorrado las dudas. El camino continúa más allá, probablemente prometiendo un punto final en el que la lengua glaciar es visible al 100%. Sin embargo, ante los miedos a que en cualquier momento empiece a llover y debamos salir disparados hacia atrás, nos conformamos con parar un poco antes en un tranquilo apartadero que nos ofrece vistas al 99% de la lengua. Es más que suficiente. Y es magnífico.

La lengua glaciar de Saskatchewan

Sentados sobre una mullida cuesta gracias a la vegetación, queda a nuestra derecha la lengua glaciar terminada en un pequeño lago que, aunque ahora adquiera tonos verdes muy claros, en horas de pleno sol debe brillar hasta el punto de exigir gafas de sol para observarlo directamente. Girando la vista levemente hacia la izquierda una catarata de considerable altura pero tímido caudal protagoniza el único sonido en el ambiente, ya que en los largos 30 minutos que permanecemos aquí apenas pasan de largo dos parejas más de excursionistas buscando el final del sendero. En los alrededor de 220 grados de vista despejada que cubre nuestra posición no hay un solo metro despreciable gracias a la sucesión de montañas peladas, nevadas, escarpadas, paredes verticales o incluso una pequeña piscina en el fondo del cañón que nos recuerda a algunas de las piscinas termales de Yellowstone. Estamos hablando del momento favorito del día para L.

Detalle del glaciar...
... y de la catarata cercana

Iniciamos el camino de vuelta, como todo el día, vigilando muy de cerca esas nubes blancas que se agarran a las cimas pero no se deciden a dejar caer agua. Alcanzamos de nuevo el cruce de caminos donde, ahora a nuestra izquierda, queda el inicio de la subida hacia una cima que, según nos contaba esa chica que nos sacó de nuestro error, ofrece vistas de 360 grados a toda la zona. Yo doy por hecho que el esfuerzo físico del día ha terminado con lo realizado hasta el momento, y ojalá hubiera una imagen que congelara mi cara de asombro cuando veo que L, sin dudarlo ni preguntar, decide virar a la izquierda y empezar a subir cual sherpa. Lo debo reconocer: en ese momento no cabe en mí el orgullo por ver como tanto la resistencia física como la voluntad de mi compañera ha crecido exponencialmente en los últimos años.

L, la sherpa
Dejando atrás el altiplano

Y alcanzamos la cima en cuestión. Y aunque L dictamina que lo peculiar y poco habitual de la lengua glaciar prevalece como lo mejor de la excursión, para mí el momentazo del día es este. La chica no mentía, y hago lentamente un recorrido de 360 grados con la mirada en el que cada vez que cambio la vista de un punto a otro abro la mandíbula más y más. Lo que más cerca tenemos es otro glaciar asomando en la cima de una montaña y dejando ver varios metros de grueso hielo que se resiste a derretirse.

Las inabarcables vistas de la cima
La cima entera para nosotros

Con una sonrisa de oreja a oreja comenzamos a bajar en el preciso instante en el que cae un finísimo granizo que por fortuna desaparece tras un par de minutos. Aligeramos la marcha ante la ahora total seguridad de que la lluvia anda cerca y en unos 45 minutos hemos descendido los casi 290 metros de desnivel a lo largo de 2,9 kilómetros, distancia exacta desde la maravillosa cima hasta el aparcamiento de Parker Ridge según la aplicación de seguimiento que hemos activado al bajar. El parking está ahora prácticamente vacío y no hay señales de que el cuervo haya traído a sus amigos para asaltar nuestro maletero. Nos ponemos en marcha y recorremos muy pocos kilómetros antes de volver a adentrarnos en Columbia Icefield, el “Campo de hielo de Columbia” en cuyo corazón se encuentra el glaciar de Athabasca y frente a él nuestro destino final del día, el Glacier View Inn.

Regresando a la carretera
Comprobando que no hemos sido asaltados por cuervos

Esto es lo que pasó cuando organizábamos este tramo del viaje. La distancia entre los National Park de Jasper y Yoho, siguiente parque de nuestro itinerario, es de unos 250 kilómetros. Distancia perfectamente asumible para una etapa, pero entonces entra en juego la Icefields Parkway. Y con ella, las decenas de “uy, deberíamos pararnos a ver esto” de su recorrido. Y entonces el tiempo necesario para recorrer esos 250 kilómetros crece y crece. Se convierte en una necesidad encontrar un alojamiento a medio camino si no queremos hacer y deshacer un buen puñado de kilómetros para visitarlo a lo largo de dos días, pero resulta que el único hotel en todo el trayecto que no nos obliga a desviarnos del camino una distancia prohibitiva es el Glacier View Inn. Así que hacemos de tripas corazón y rompemos excepcionalmente la estrategia de buscar alojamientos modestos para contener gastos, gastándonos la mayor cantidad por noche del viaje con tal de alojarnos en el será el único hotel convencional de todo nuestro periplo. Al fin y al cabo, lo excepcional de su ubicación lo hacen un caso similar al The View frente a Monument Valley y aquella resultó ser una inversión muy rentable.

Aparcamos primero en una explanada inferior destinada a todos los visitantes en general, ya que no solo los huéspedes están interesados en detenerse aquí. El edificio hace las veces de cuartel general de Brewster, compañía que dirige el hotel y ofrece decenas de actividades dirigidas para explorar la zona. Así que en su interior se encuentran también los numerosos turistas que quieran explorar sus opciones, ya sea contratando paquetes de la compañía o dejándose aconsejar en el Centro de visitantes de Columbia Icefield, también anexo al hotel. Para llegar a la entrada debemos superar varios tramos de escaleras, confirmando así que moveremos el coche para aparcar en las plazas exclusivas para huéspedes con acceso llano hasta el interior antes de descargar el equipaje. Encontramos la recepción del Glacier View Inn tras una discreta mampara disimulada en el interior de un edificio que, sin llegar a ser ostentoso, transmite sensación de exclusividad.

Tramitamos el check-in de nuestra reserva, que tras aplicar las tasas y al cambio de divisa actual tiene un importe final de 230 eurazos. Nos informan durante el trámite de que los huéspedes del hotel cuentan con una serie de ventajas, tales como descuentos en cafetería, comedor, tienda de regalos, actividades de la empresa y, la más curiosa, acceso VIP sin esperas a las atracciones con cola, de forma similar a lo que ocurre con los “Pases Express” de Port Aventura. Sabiendo que los precios tanto de las actividades como de los restaurantes de la cadena no van en consonancia con nuestro presupuesto, dudamos que vayamos a beneficiarnos de ninguna de esas magníficas promociones.

Subimos a nuestra habitación y los 230 euros empiezan a doler menos. Sabíamos que iba a ser una buena habitación, pero no te haces a la idea hasta que lo ves con tus propios ojos. La habitación es muy amplia, con un baño completo y cama de matrimonio, un salón anexo con sofás y sillones, una planta superior con dos camas individuales que no vamos a utilizar y, el colofón, una ventana apuntando directamente tanto al Athabasca Glacier como a los dos glaciares vecinos que también asoman desde las alturas. Lo confirmo: esto es la versión “Rocosas Canadienses” del hotel The View frente a Monument Valley. El capricho es caro, pero puede merecerlo.

La habitación de Glacier View Inn (I)
La habitación de Glacier View Inn (II)
Y las vistas a Athabasca Glacier

Movemos el coche hasta el aparcamiento sur y descargamos solo lo esencial para pasar la noche. Como la habitación no tiene microondas, improvisaremos la cena con comida fría y cosas que solo requieran de un agua hirviendo que sí podemos conseguir gracias al hervidor de agua. Tampoco disponemos de nevera pero las bolsas isotérmicas que compramos en Clearwater están haciendo su trabajo a la perfección.

El aparcamiento para huéspedes

Regresamos a la habitación y, tras una pequeña excursión a la terraza exterior junto a un comedor con precios ridículamente altos, nos damos un baño eterno que nos quita todos los males. Alrededor de las 21:00 nos preparamos la cena, que en mi caso es un tazón de tallarines orientales (estilo Yatekomo) especialmente picantes, de receta tailandesa. Me dejan los labios en carne viva y un aliento tal que podría salir por la ventana, exhalar y derretir los tres glaciares de un plumazo. Pero no me arrepiento.

Vistas al glaciar desde la terraza exterior

Y así volvemos a la escena con la que arrancábamos esta etapa a modo de "flashforward", sentados en el cómodo sofá de la habitación 329 del Glacier View Inn y con los glaciares ya casi imperceptibles en la negra oscuridad que asoma por la ventana. Para L el día ya ha terminado, pero a mí me quedan entre 60 y 90 minutos en los que escribir estas… madre mía, siete páginas de procesador de texto que inmortalizan lo vivido durante las últimas 15 horas. Pero sarna con gusto no pica, porque vaya 15 horas. La previsión del tiempo sigue siendo esquizofrénica para mañana, así que la secuela de esta película es de guión incierto. Por ahora, voy a despedirme de este primer día de septiembre en las Rocosas Canadienses con la compañía de un capítulo You’re The Worst, que necesito evadirme un rato en esa comodísima cama. Buenas noches.