Jasper: Patricia, Pyramid, Angel Glacier, Valley of the Five Lakes y SkyTram

Día 7 | 31 de agosto de 2016

Mapa de la etapa 7

Ah, no, esta vez no. Cuando el reloj de la habitación marca las 6:00, mi pulsera supuestamente programada para despertarme vibrando vuelve a hacer caso omiso intentando que volvamos a quedarnos dormidos. Pero no cuenta con un arma secreta: lo irregular de mi sueño cuando viajo, razón por la cual llevo ya 5 minutos despierto y mirando al techo.

Volvemos a las andadas. Tras el intento frustrado de ayer por culpa de una inoportuna nube, tenemos en esta mañana de miércoles una segunda oportunidad para ver cómo el amanecer ilumina gradualmente las montañas con Patricia Lake en el primer plano. Con muchas menos urgencias que ayer cuando tuvimos que salir disparados por culpa de no despertar a tiempo, salimos por la puerta a las 6:40 y notamos dos grandes diferencias. La primera, que el ciervo descomunal que hace 24 horas pastaba tranquilamente en el jardín del vecino no debió quedar demasiado satisfecho con el menú ya que ha decidido no repetir restaurante. La segunda, que los cinco grados del día anterior y por los cuales hemos salido a la calle listos para viajar al Polo Norte ahora se han transformado en unos sorprendentes quince grados. Nos ponemos en marcha y todavía refugiados en la noche de Jasper alcanzamos el tramo de miradores de Patricia Lake poco antes de las 7:00.

Tal y como vimos ayer, este último tramo dejando el agua a mano izquierda habilita varios salientes hacia orillas a pie de lago. En primer lugar los dos de Patricia Lake, uno hacia un pequeño litoral opuesto a la cima de Pyramid Mountain y otro que da a una orilla mucho más amplia que apunta al suroeste, con una extensión mucho mayor del lago perdiéndose hasta el infinito donde espera una ancha cordillera en la que se suceden varios picos y se puede ver el brillo de la terminal del SkyTram, un teleférico que asciende y asciende hasta ofrecer notables vistas del núcleo urbano de Jasper. Si pasamos de largo Patricia Lake en apenas un minuto topamos con Pyramid Lake y su respectiva orilla, esta vez junto al complejo hotelero homónimo y unas vistas mucho más cercanas e imponentes hacia Pyramid Mountain.

Empezamos por el mirador suroeste de Patricia, el mismo en el que ayer tuvimos nuestro intento frustrado de ver el amanecer. Y la cosa no parece ir por buen camino. Dan las 7:00, hora a la que ayer ya empezaban a iluminarse tímidamente las cimas tanto de la cordillera frente a nosotros como de la Pyramid Mountain que queda a nuestras cinco en punto, y por ahora los tonos azules previos a la salida del sol no desaparecen. ¿El motivo? Que otra vez un banco de nubes está situado entre el sol y la cordillera, por lo que las montañas no ven cambiada su iluminación.

Aquí estamos otra vez...

Según lo poco que podemos intuir desde nuestra posición ese banco de nubes no parece prolongarse durante mucha altura, así que decidimos esperar con la esperanza de que según el sol vaya ascendiendo más y más en los próximos minutos finalmente supere el obstáculo. Y así sucede. Alrededor de las 7:30 los primeros tonos naranjas en la cima de Pyramid Mountain nos ponen sobre alerta para que nos preparemos para la acción. Y muy poco después el efecto llega a todas las cimas frente a nosotros, cambiando radicalmente las tonalidades a cada segundo que pasa y teniendo su punto álgido cuando el bosque a mano derecha se tiñe de verdes y naranjas intensos. Ha costado dos intentos y bastante paciencia, pero el resultado ha merecido muchísimo la pena.

Éxito en el segundo intento
Nuestros vecinos de amanecer, compartiendo la alegría
Por fin, Patricia Lake en todo su esplendor
Toca recoger el equipo...

Satisfechos con la experiencia, nos acercamos al mirador de Pyramid Lake para comparar la escena respecto a ayer ahora que la luz es la adecuada y no parece que vayamos a topar de nuebo con el espeso banco de niebla que provocaron las bajas temperaturas de 24 horas antes. Y así es, recibiéndonos a nuestra llegada una vista totalmente despejada de lo que queda más allá de ese embarcadero que era lo único que pudimos distinguir durante la mañana anterior. La cercanía de Pyramid Mountain permite distinguir con todo detalle su textura escarpada, y unido a sus intensos colores naranjas provoca un efecto "wow" con el que no contábamos. Invertimos los minutos de rigor y damos por finalizado el primer capítulo del día regresando a casa para un desayuno que cuando son las 8:30 nuestros estómagos comienzan a necesitar. Antes de eso nos detenemos en la gasolinera Petro-Canada de la carretera principal del pueblo para repostar 40 dólares a razón de 1,12 dólares por litro. Contra pronóstico, el combustible no está exageradamente caro en Jasper pese a su naturaleza turística.

Pyramid Lake y Pyramid Mountain
Hoy sí que hay un lago bajo el embarcadero
Pyramid Mountain, con más detalle
De nuevo en casa

Son las 9:30 cuando tras desayunar y con la luz del día iluminando nuestro pequeño nido volvemos a echarnos a la calle. Nos esperan unos 40 kilómetros de carretera para iniciar la excursión a la primera lengua glaciar del viaje. La primera mitad de estos transcurre sobre terreno llano y a partir de entonces iniciamos el ascenso por una carretera de montaña en la que dejarnos engullir por las montañas cuyas siluetas empiezan a sernos familiares. Una de nuestras favoritas es sin discusión Pyramid Mountain, cuya cima de forma puntiaguda con el más brillante de los tonos amarillos y naranjas de su silueta hace imposible no reconocerla. Queda ahora a mano derecha junto a otras cumbres vecinas como Aquila o Majestic Mountain haciéndole compañía. Pero no es ninguna de estas hacia la que nos dirigimos, si no que nuestro destino apunta al Mt. Edith Cavell, otra de las cimas más características del Jasper National Park y cuya carretera termina allí donde nos espera el aparcamiento que da acceso al Path of the Angel Glacier.

El segundo -y satisfacorio- intento de esta mañana para ver amanecer en Patricia Lake ha provocado que no lleguemos aquí hasta las 10:00, hora en la que era ya muy probable que tuviéramos problemas para encontrar un aparcamiento disponible. Por ese motivo cuando llegamos debemos dar un par de vueltas hasta localizar, afortunadamente, el único de los espacios libres aptos para turismos que queda libre. Cerramos el maletero, giramos la vista y ya desde aquí la cosa apunta muy buenas maneras. Sobre la pared del monte queda colgando una descomunal masa de hielo cuya forma, con la sensación de ser un ente con los brazos extendidos, da el nombre de “Glaciar del Ángel” al lugar. El camino que lleva hasta el mirador oficial se extiende durante unos 700 metros en los que la altura a ganar es de apenas 70, y ofrece unas vistas notables no solo al “ángel” si no también al pequeño lago glaciar que se ha formado a sus pies y desprende un fuerte color verde turquesa.

Comenzando la subida hasta el ángel
El primer y más poblado mirador
Acercándonos un poco más...

Pero aquí no acaban las posibilidades del lugar, ya que al superar una barrera tras la cual se aconseja extremar la precaución ante la posibilidad de resbalones y caídas un segundo mirador presenta todavía mejor ángulo hacia el lago y lo que queda de lengua glacier. Y vamos todavía más allá, descendiendo hasta la mismísima orilla del lago para exprimir el escenario hasta la última gota. Lo hacemos con sumo cuidado para no mover un solo milímetro de ninguna piedra en compañía de cuatro o cinco personas que ya se encuentran aquí, pero el efecto llamada provoca que con el paso de los minutos hordas de turistas menos respetuosos aparezcan cual elefante en una cacharrería y no tengan reparos en revolver la escena, sacando incluso pedazos de hielo del agua para hacer la gracia de fotografiarse con ellos a cuestas.

Con ustedes, The Angel Glacier
La lengua glaciar, el lago y el retroceso de los últimos años
Él también hace el ángel...

Regresamos más de una hora después al aparcamiento, que si antes estaba completo ahora ya está directamente abarrotado y muy por encima de su capacidad oficial, con coches parados a lo largo de varios metros en el arcén de la carretera de acceso. Intentamos parar durante el camino de vuelta en un mirador hacia Pyramid Mountain que había llamado nuestra atención a la ida, pero es imposible. Los cuatro coches allí parados se las apañan para cubrir toda una superficie que debería bastar para acoger ocho o más vehículos, y no tenemos ganas de discutir. Continuamos con el regreso y tras deshacer 20 kilómetros desde el Path of the Angel Glacier llegamos a la zona donde arranca el sendero hasta el Valley of the Five Lakes. Otro lugar de escaso aparcamiento en el que nos las apañamos para encontrar un espacio que no obstaculice la salida de ninguno de los presentes.

Como puede deducir cualquiera con mínimas nociones de ingles el principal atractivo del “Valley of the Five Lakes” es los cinco lagos que, a una altura superior a los 1000 metros, se pueden recorrer en serie gracias al camino de tierra trazado a su alrededor. El recorrido puede hacerse hasta en tres variantes distintas, siendo la primera la que omite varios de los cinco lagos y la tercera la que se empeña en rodear por completo el quinto y más extenso de ellos. Nosotros nos quedamos con la vía intermedia, que pasa junto a todos y cada uno de los cinco lagos pero lo hace optimizando la distancia y tiempo necesario. También desde aquí se puede realizar la excursión a Wabasso Lake, mucho más exigente en tiempo, distancia y forma física pero que permite a cambio alcanzar un lago que fue construido por los castores que habitan el área.

Indicaciones para recorrer los Five Lakes

El primer tramo del valle, con los lagos todavía varios metros por delante de nosotros y la necesidad de ganar altura a través de un camino rodeado por vegetación, supone la parte más pesada de la excursión. Una vez superado aparece el a mano derecha el “First Lake” entre los árboles y desde ese momento el recorrido gana muchísimos enteros. Cada uno de los cinco lagos tiene una profundidad distinta provocando que no haya dos con el mismo color del agua, y este primero presenta tonos turquesa solo en partes muy localizadas. Pero no importa: el azul bañado por el sol que se extiende hasta donde se pierde la vista y nace a nuestros pies dejando ver algunas rocas y restos de troncos emerger a la superficie ayudan a sacar fotografías más que atractivas.

Comenzando el ascenso hasta el First Lake

Habiendo superado hace ya más de una hora el mediodía, la aparición del primer lago y un banco de madera encarado hacia él se antojan el lugar perfecto para hacer una pausa para comer. Sin más pizza que llevar en la mochila, hoy nos conformamos con unos sándwiches de jamón y queso, algo de fruta y dos más de esas deliciosas cookies de nueces de macadamia que ya empiezan a escasear. Con muy poca afluencia de público en forma de parejas de mayor o menor edad pero siempre educados y respetuosos con el silencio, el único pero al escenario son los golpes fuertes de viento que casi no dan tregua. En el agua vemos asomar la cabeza a un par de castores que no osan acercarse más de lo necesario a la orilla.

El tranquilo y vistoso primer lago
Relajándonos en la orilla

Tras el descanso y con renovadas ganas de seguir explorando el valle, retomamos el recorrido en busca de los cuatro lagos restantes. Una vez alcanzado el primero los demás se suceden de forma inmediata, ya que el final de uno prácticamente se comunica con el inicio del siguiente. El camino entre lago y lago es llano sin necesidad de ganar más altura, por lo que el paseo es agradable con el único inconveniente del potente sol para el que no en todos los tramos hay sombra en la que cobijarse. Entre el segundo y tercer lago aparecen las “Red Chairs”, una curiosa tradición de la Red de Parques Nacionales Canadienses. Instalados en múltiples senderos a lo largo de todo el país trata de parejas de sillas de un tipo muy tradicional en Canadá, pintadas de intenso rojo y que invitan a que los visitantes se sienten y relajen unos minutos para disfrutar de lo que la vertiente natural del país tiene que ofrecer.

El segundo lago
El tercer lago
El cuarto lago
El cuarto lago, ahora echando la vista atrás

Contra pronóstico, podemos sentarnos en las cómodas sillas rojas durante alrededor de cinco minutos sin tener que esperar turno ni cedérselo a nadie que espere a que nos levantemos. El itinerario continúa y nos lleva por un paso elevado que deja a mano izquierda el tercer y cuarto lago, cada cual con unos colores turquesas cada vez más intensos en su perímetro interior. Llega el turno del giro final que nos dejará entrever el quinto lago, con diferencia el más extenso de todos, antes de emprender el camino de regreso hasta el aparcamiento. Al renunciar a la versión extendida del paseo que rodearía por completo este quinto y último lago, la única oportunidad que tenemos para contemplarlo es una pequeña abertura en forma de arroyo poco después de iniciar el regreso. Me asomo y subo a alguna de las rocas más sólidas, y en ese momento detecto una culebra serpenteando por el agua hasta asomar la cabeza junto a una roca a escasos metros de mí. A ninguno de los dos nos entusiasman los animales que se deslizan, así que perdemos aquí el tiempo mínimo necesario para poder decir que hemos contemplado los cinco lagos antes de volver. Son las 16:20 cuando estamos de vuelta en un aparcamiento algo menos poblado que hace unas horas. Es el momento de tomar una nueva decisión de las que alteran la agenda del día.

Las sillas rojas frente al cuarto lago
Por un momento, el agua no es el único protagonista
Un vistazo furtivo al quinto lago

Comencemos exponiendo que, cuando mañana abandonemos Jasper a primera hora de la mañana, ninguna de nuestras localizaciones hasta cuatro días después tiene garantías de incluir un servicio de lavandería. Eso prácticamente nos obliga a invertir entre dos y tres horas de esta tarde en visitar uno de los dos "Laundromats" que el pueblo de Jasper dispone en Patricia Street, una de las vías principales y con mayor densidad de servicios. La hora de cierre de ambos establecimientos es las 20:00. Por otra parte nos quedan en nuestra agenda dos atracciones de Jasper que podrían resultar interesantes, ambas con el mismo objetivo pero alcanzándolo de modos muy diferentes. Con tal de poder observar el pueblo desde las alturas, la excursión de Old Fort Point consiste en alrededor de cuatro kilómetros entre ida y vuelta con fuerte pendiente. Por otro lado, el teleférico Jasper Skytram sube hasta uno de los montes cercanos al pueblo a cambio de un módico precio.

Teniendo en cuenta variables como los alrededor de 10 kilómetros que llevamos ya caminados y lo incómodo que resulta hacer una excursión a pie con la mirada puesta en el reloj para vovler antes de que anochezca, decidimos que tras el trámite de lavar nuestra ropa optaremos por la vía cómoda para contemplar Jasper desde las alturas. Así que regresamos hasta nuestra casa de Genkie Street para ducharnos, ponernos ropa limpia y guardar toda la ropa sucia acumulada en una de las maletas de mano para poner rumbo hacia la zona comercial. Nos damos primero allí un paseo sin arrastrar la carga para comparar ambos locales, resultando ganador de la comparación el Coin Clean Laundry del 607 de Patricia Street. ¿El motivo? Un mayor parque de lavadoras y secadoras disponibles y un precio para el secado más flexible –a más monedas, más duración-.

Regresamos al coche y, por el camino, tachamos de la lista el antojo de probar los al parecer famosos helados canadienses. Encargamos sendos cucuruchos con una bola cada uno, de nata y galletas –traducción: Oreo- para mí e inevitablemente de fresa y banana para L. Pedimos una sola bola por cabeza pero el dueño nos sirve dos por el mismo precio. Siete dólares en total.

Cuando regresamos al coche saboreando los deliciosos helados nos llevamos el susto del viaje. Sentados en un banco frente a nuestro coche, observando el tráfico pasar con las montañas al fondo, abro un segundo el maletero para recuperar mi cámara. El Chevrolet Cruze de alquiler tiene la peculiaridad de que maletero –que solo se abre con mando a distancia o desde el interior del coche- y puertas tienen sistemas de cierre independientes, por lo que tras bajar el portón trasero todo el vehículo queda cerrado. Cuando regreso tras varias fotos para volver a guardar el equipo, no encuentro la llave en ninguno de los 200 bolsillos de mis pantalones. Pasamos 60 segundos convencidos de que he cometido la mayor de las torpezas dejando la llave del coche dentro del maletero. A velocidad de vértigo pasan por mi cabeza los mil trámites y problemas que vamos a tener que superar para poder remediar el problema, así como lo cabreada que L va a estar conmigo durante mucho tiempo. Hecho un manojo de nervios y cuando ya estoy a punto de asaltar cual lunático a algún peatón para pedirle el teléfono móvil con motivo de una emergencia, me cacheo por última vez. Y entonces encuentro el maldito bulto en uno de los bolsillos traseros. Toda la tensión contenida sale de golpe.

La calle donde casi se queda nuestro coche

Pasada la más estúpida de las pesadillas, volvemos a la lavandería ahora ya cargados con nuestra colada. Dejamos programada una lavadora por cuatro dólares y como el reloj de la máquina indica solo 25 minutos de espera decidimos esperar junto a ella leyendo algunas revistas y actualizando el diario con lo vivido en lo que va de día. El local tiene conexión a Internet pero no es gratuito, solicitando dos dólares por media hora y tres dólares por la hora completa. No, gracias.

La lavadora termina y es momento de mover la ropa hasta la secadora, la cual rellenamos con nueve monedas de 25 centavos para una duración total de 32 minutos. Ahora sí decidimos aprovechar el tiempo realizando compras varias en el pueblo mientras el tambor da vueltas y vueltas. Nos dirigimos al supermercado Robinsons en el 218 de Connaught Street, el local que mejor sensación nos ha dado por Internet al ir destinado a las compras de los locales y no la de los turistas. Llegamos y efectivamente el público es más bien autóctono, pero eso no quita que los precios sigan disparados a niveles canadienses, pagando más de 60 dólares por una compra muy modesta basada en algunas proteínas, fideos, pasta precocida y algún artículo más.

Antes de volver hacia la lavandería, una última parada en el 702 de la misma Connaught Street. Como tienda anexa a una gasolinera Esso aquí encontramos Avalanche Spirits, según las revistas que hemos ojeado hace unos minutos el mejor lugar para comprar bebidas alcohólicas de Jasper. No está mal y sirve para nuestro objetivo, que es encontrar alguna cerveza que parezca más fuerte que las ligerísimas que llevamos hasta el momento. Un pack de seis “Black Beers” con un 8% de alcohol servirá.

Volvemos a la lavandería, donde la ronda de secado ha terminado dejando solo húmedas las gomas elásticas de algunas prendas. Dejamos estas en el barril para 12 minutos más a cambio de 75 centavos y recogemos el resto de las prendas para ir ganando tiempo. Pasan las 18:30 cuando regresamos a casa con toda la ropa limpia y un total de 5,75 dólares menos en el bolsillo sin contar el precio del detergente, suavizante y toallitas suavizantes para secadora que ya traíamos comprados de días anteriores.

Dado que si nuestra previsión para mañana es no tener demasiado tiempo disponible a primera hora pasamos ahora por la puerta principal de la Blue Jay’s Guesthouse para agradecerle a nuestra anfitriona los servicios prestados y pagar el alojamiento por tres noches. El pago con tarjeta añade un recargo del 3% a los 100 dólares por noche, por lo que la cuenta final asciende a 309 dólares canadienses que pagamos mediante un lector de tarjetas acoplado al teléfono móvil de la señora.

Se acercan las 19:00 cuando, tras revisar que según el Weather Channel el atardecer está programado para las 20:42, concluímos que todavía estamos a tiempo de dar el salto al Jasper Skytram. Tras unos ocho kilómetros de camino aparcamos frente a la estación desde la que salen a través de dos cables dos pesadas cabinas de teleférico que suben y suben hasta detenerse en un altiplano previo a la cumbre de Whistler Peak, a más de 2.400 metros de altura.

El coste de subir en la comodidad de las cabinas no es barato: 42 dólares por adulto a cambio de los cuales recibimos una entrada numerada identificando el viaje de subida en el que iremos a bordo. Pasan unos minutos y se abre el embarque del teleférico, que para este viaje irá a aproximadamente un 60 o 70% de su aforo máximo con unas 20 personas en su interior. Podemos disfrutar de la subida, todavía con luz, que va alejando Jasper a nuestros pies para acercarnos en dos largos tramos hasta la terminal al otro extremo. Cuando llegamos arriba comprobamos que la posición del sol provoca un resol que no facilita la visibilidad de las casas varios cientos de metros bajo nuestra posición, y nos priva de las texturas en la multitud de cumbres al oeste tras las cuales el sol se prepara para despedirse.

El SkyTram sube, sube y sube...
Una de las cabinas esperando el momento de descender

Una vez en lo alto, tenemos dos opciones: invertir el tiempo alrededor de la terminal asomándonos a los miradores a Jasper y llegado el momento decidir emprender el camino de regreso, o ejercitar un poco las piernas. Desde aquí nace una exigente subida que gana 200 metros de altura en muy poco tiempo para alcanzar Whistler Peak. La vista de la cuesta en su inicio es amenazante, y sabiendo que el final del camino está más allá de donde llegan nuestros ojos en ningún momento nos planteamos cubrir el trayecto completo. Pero sí que empezamos a subir sin pretensiones, y quizás gracias a ese raro caso de empezar a avanzar metros sin tener que pensar en todo lo que nos queda por delante, las piernas pesan menos. Vamos ganando altura mientras charlamos, con un ritmo lento pero constante y alguna pausa para dar media vuelta y seguir gozando de las vistas. Hacia abajo la visibilidad lejos de mejorar es cada vez más complicada, pero si miramos hacia el oeste el espectáculo que están protagonizando las cumbres del horizonte con el rojo del sol que da sus últimos coletazos es de quitar el hipo.

Indicaciones para alcanzar Whistler Peak
Inicio de la subida Whistler Mountain
Ascendiendo sin una meta definida...
Jasper a nuestros pies
Alejándonos cada vez más del SkyTram
Uno de los mejores atardeceres del viaje

Así continuamos el camino hasta un altiplano en el que la ruta vira a la derecha e inicia un segundo tramo con menos desnivel, pero algunas subidas y bajadas de las que destrozan los gemelos. Es el punto perfecto en el que dar por saciada nuestra ansia de nuevos horizontes y dar media vuelta, no sin antes disfrutar de los últimos instantes de luz natural cubriendo todo el paisaje... pero eso nunca llega a ocurrir ya que justo en ese momento aparece en nuestras vida el que desde ya quedaría para la posteridad como uno de los personajes más pintorescos que nos hayamos cruzado en un viaje. Ataviado con una sudadera de la bandera de Canadá y empezando a vociferar y señalar hacia nosotros cuando nos ve llegar con la cámara al cuello, es el momento de introducir a “El Coreano”. Un indefinible personaje que nos vuelve locos durante varios minutos prácticamente quitándome la cámara de las manos, ordenándonos que nos subiéramos a una roca, que nos girásemos, que sonriésemos, que alzáramos los brazos. Todo para sacar unas fotos cochambrosas ya que una réflex no es una caja mágica que haga fotografías profesionales con solo pulsar un botón. Luego nos pide cambiar las tornas y retratarles a él y a su mujer, que permanece tímida en un segundo plano, con ayuda de un teléfono Samsung del tamaño de mi pie. Finalmente, pero todavía con una excitación y entusiasmo como solo se ha visto en discotecas de Valencia a las dos de la madrugada en la década de los 90, se nos presenta y nos hace saber su origen surcoreano, al mismo tiempo que nos introduce sus planes para el resto del viaje. No lo entendemos muy bien, pero distinguimos algo acerca de aguantar esta noche en vela para ver el cielo estrellado y salir inmediatamente después a toda velocidad hacia Calgary donde deben coger ¡mañana! el vuelo de regreso. Punto uno, las nubes que están llegando según hablamos tienen otra opinión respecto a eso de ver las estrellas esta noche. Punto dos, Calgary está a una brutalidad de kilómetros y pretender alcanzarlo por carretera antes de que vuelva a salir el sol es una insensatez. Definitivamente, está loco.

Retratados por El Coreano

Conseguimos liberarnos del embrujo de ¡El Coreano! y regresar a nuestra intimidad y complicidad habitual. Todavía recuperándonos de la impresión del personaje y con la luz natural perdiendo fuerza a cada minuto que pasa, comenzamos el descenso ante la inminente amenaza de una tormenta con la que competimos por llegar primeros a Jasper. El descenso, mucho más concentrados en dónde pisar que en charlar y hacer bromas como en la ida, transcurre rápido y en el tiempo suficiente para alcanzar la terminal superior del SkyTram antes de que el temporal caiga con fuerza. Pero todavía nos quedaría un rato que permanecer aquí, ya que debido a los fuertes vientos el teleférico está detenido hasta que vuelva a ser seguro, con la previsión de que se abra una ventana en la que poder descender en pocos minutos.

Camino de vuelta con poca luz
Jasper desde las alturas
La tormenta pisándonos los talones

Los pocos se convierten en diez, y cuando el reloj de la tienda de regalos marca las 21:00 dan el aviso para formar una cola de acceso a la cabina. El descenso dura más de lo habitual, ya que por precaución la velocidad del cable operada desde la estación es de solo dos metros por segundo. Todo esto así como anécdotes sobre ocasiones anteriores en las que la meteorología suponía un problema nos lo cuenta el operario de turno, un majísimo chico australiano por cuyo acento jamás hubiéramos adivinado su origen. Rondamos las 21:30 cuando estamos de nuevo en el comfort de nuestro coche de alquiler pero en lugar de regresar directamente a casa paramos antes en otro lugar igualmente familiar.

Comenzando como una broma durante la subida a Whistler Peak pero que fue tornándose en una posibilidad real, creemos que la comida de Lou Lou’s Breakfast & Pizzeria nos ha gustado demasiado como para no despedirnos con ella de nuestros días en Jasper. En particular, esa hamburguesa con queso que extasió anoche a L bien merece un bis. Yo le doy un toque de variedad al pedido pidiendo la hamburguesa de la casa, que se diferencia por el añadido de cebolla y salsa de ternera. Junto con una sola y más que suficiente ración de patatas para los dos, nos cuesta los ya habituales entre 25 y 30 dólares incluyendo la propina. Entre un desayuno y dos cenas, el local se ha ganado gracias a la calidad de su comida casi 100 dólares de nuestro bolsillo.

Llegamos a la Blue Jay’s Guesthouse tarde, demasiado tarde. Pasan las 22:00 y la entrada al jardín con una calle desierta como testigo confirma el hecho de que en este viaje no nos estamos adaptando tanto a los horarios de comida y descanso locales como en otras ocasiones. Durante unos maravillosos minutos las hamburguesas de Lou Lou’s pasan a nuestro estómago y con ello daríamos por concluida la jornada..

¡Ñam!

Mañana abandonaremos Jasper en dirección sur, donde una parada intermedia aguarda tras disfrutar de la escénica autopista de Icefields Parkway. La previsión de lluvia hasta prácticamente el mediodía hace muy improbable poder disfrutar de un tercer amanecer consecutivo en los lagos de la zona, por lo que ver salir el sol junto a Pyramid Mountain parece que quedará para otra ocasión. No obstante, quitando ese pequeño revés la agenda del próximo día parece bastante asequible incluso con una salida tardía de un Jasper que, definitivamente, nos ha dejado satisfechos con la experiencia.