Jasper: Patricia, Pyramid, Maligne, Medicine... y Robson otra vez

Día 6 | 30 de agosto de 2016

Mapa de la etapa 6

Tiene narices. Tiene narices que el primer día en el que dormimos como troncos sea en el que más nos interesa estar preparados para la acción muy temprano. Son las 6:30 cuando abro tímidamente los ojos y, tras ver el reloj despertador de la mesita, juro en hebreo contra los fabricantes de la pulsera que llevo puesta y que a las 6:00 debería haber vibrado para despertarme. El amanecer está previsto para las 7:00 y a diez minutos de aquí existe un lugar que parece diseñado a propósito para disfrutarlo.

En apenas cinco minutos estamos saliendo por la puerta bien abrigados a sabiendas de que hoy comienza una nueva tendencia con temperaturas mucho más frías que hasta ahora. Pero no son los seis grados del exterior lo que nos asombra. Ese privilegio lo tiene el descomunal ciervo que nos encontramos pastando en el jardín vecino y al que parece importarle cero los dos humanos que salen disparados hacia el interior de su vehículo.

Efectivamente y para fortuna nuestra, Patricia Lake está a apenas cinco kilómetros siguiendo una carretera en buen estado. Tras pasar de largo sus dos miradores y llegar por error a Pyramid Lake damos media vuelta y salimos trípode y cámara en mano hacia la orilla. Allí nos espera la majestuosa cordillera al fondo de un gran lago con aguas tan tranquilas que podrían pasar por un gigantesco espejo. Se acerca la hora señalada y, tal y como prometía la profecía, las cumbres de las montañas empiezan a iluminarse fruto del sol que está emergiendo tras nosotros. Pero entonces una nube rebelde se sitúa entre nosotros y el astro rey y trunca de un plumazo el espectáculo del amanecer, dejando las montañas nuevamente en sombra y evaporando todo rastro de esos tonos anaranjados que estaban surgiendo. Pasan varios minutos y la nube, que no podemos contemplar desde nuestra posición ya que queda tras el denso bosque que observa a nuestra espalda, no parece tener intención de disiparse. Según contemplamos a unos pequeños patos que están despertando entre los juncos decidimos que, casi con total seguridad, deberemos unirnos al club de “Repetidores de Patricia Lake” y volver a intentarlo mañana.

Barcas dándonos la bienvenida a Patricia Lake
Ya sale el sol, ya sale...
... no, no sale
Más barcas y algunos vecinos

Ya que estamos aquí recorremos esta vez a propósito los escasos 200 o 300 metros hasta el aparcamiento junto al Pyramid Lake Resort. Tenemos aquí un nuevo mirador de espejo que en esta ocasión cede el protagonismo a un pequeño embarcadero. La niebla aquí es demasiado densa y prácticamente no deja ver nada más allá de los amarres. Nos detenemos unos minutos con L ni siquiera bajando del coche ante la escasa esperanza de que el sol reaparezca y decidimos dar por zanjada nuestra primera incursión en los lagos Patricia y Pyramid para regresar a las calles de Jasper. Aparece el hambre matutina que habíamos ignorado al salir a toda prisa de casa y la idea de encontrar un clásico sitio de desayunos potentes coge fuerza. Encontramos un tal “Lou Lou’s Pizzeria & Breakfast” en el navegador GPS y lo interpretamos como una señal.

Niebla sobre Pyramid Lake
El Pyramid Lake Resort a nuestra espalda

Durante el regreso de esos cinco kilómetros nos topamos con un par de coches parados en el arcén. En esta zona eso solo puede significar una cosa: hay un bicho cerca. Y vaya bicho: nada más y nada menos que un oso negro que está desayunando hierba a unos 300 metros tierra adentro, distancia perfecta para observarlo sin que ninguna de las dos partes se sienta amenazada. Cuando ya solo quedamos nosotros otro coche se acerca y nos pregunta qué estamos mirando. Cuando le respondemos le resta importancia asegurando que hay muchos de esos en la zona y seguro que tendremos ocasión de ver alguno desde mucho más cerca. No sé si alegrarme o preocuparme.

Un Black Bear escurridizo

Despedido el oso, llegamos a las calles de Jasper para poder disfrutarlas a plena luz del día por primera vez. Es tal y como cabía esperar: calles muy anchas, casas prefabricadas con jardines vallados y gente por aquí y por allá en su paseo matutino en compañía de su perro. Llegamos a la calle “comercial” y aparcamos a las 8:02 junto a Lou Lou’s exactamente dos minutos después de que abra el local. Tras un rápido vistazo a la carta sabemos que hemos acertado: L sigue el instinto de una tortilla con tostadas y patatas y a mí se me nublan los ojos ante la perspectiva de unos gofres belgas. Junto a un único café con leche la cuenta sube hasta casi 30 dólares tras añadir el 15% de propina. 20 euros al cambio, pero vaya un desayuno. Como esperábamos, anula la necesidad de volver a comer nada hasta dentro de un buen puñado de horas.

Te quiero, Lou Lou's

Regresamos a casa para hacer un poco de tiempo y dejar que los estómagos se asienten tras el puñetazo que ha supuesto el atracón matutino. Son las 9:30 cuando nos volvemos a poner en marcha, esta vez de forma mucho más tranquila y los ojos mucho más abiertos que tres horas antes. Siguiente parada… iba a ser Medicine Lake, pero tras consultar nuestras notas recordamos que es recomendable visitar tanto este como Maligne Lake a partir del mediodía para evitar el resol así que hacemos un cambio en la agenda y ponemos rumbo hacia Maligne Canyon, que no hay que confundir con el lago homónimo.

Durante el camino, un nuevo momentazo aunque en esta ocasión demasiado efímero. A los pocos kilómetros, habiendo ya enfilado la carretera hacia Maligne Canyon, dos nuevos coches parados en el arcén nos alertan de que algo ocurre en los alrededores. Y ese algo es nada más y nada menos que un cachorro de oso negro junto a su madre. Podemos babear mientras los vemos a ojo desnudo durante apenas diez segundos, pero tras eso echan a correr para adentrarse en el bosque anulando toda posibilidad de retratarlos.

Maligne Canyon es una zona en la que el agua cae con tanta fuerza en un tramo del río que su impacto sobre las rocas ha provocado unos rápidos en los que el caudal salta y acelera a lo largo de rocas pulidas por el efecto del propio agua tras el transcurso de los años. Sin embargo la visita a sus alrededores no incluye exclusivamente el cañón en sí, si no también uno, varios o todos los puentes que cruzan por aquí y por allá el río y que están convenientemente enumerados.

Fruto de nuestra investigación previa, nuestro plan es aparcar junto al puente número 6 ya que su ubicación apartada nos asegura un aparcamiento menos saturado. Desde allí recorreremos a pie primero los dos kilómetros bordeando el río que lo separan del puente número 5 y luego la distancia que sea necesariar para alcanzar y bordear el cañón. La primera parte de plan se cumple a rajatabla, caminando en soledad con la única interrupción esporádica de alguna pareja o familia con la que coincidimos y creyendo ver osos en la distancia en cualquier sombra o tocón de árbol. Las ventanas que el bosque abre hacia el río a mano derecha nos dejan ya apreciar por primera vez el atractivo color turquesa del agua. El terreno es de tierra compacta y llano en su mayoría, con la única excepción de algún pequeño remonte no más exigente que una escalera cualquiera.

Grandes vistas del sexto al quinto puente de Maligne Canyon

Alcanzamos el quinto puente y entonces ocurren dos cosas. La primera, que sobre el árbol en el que nos detenemos una ardilla provoca que suframos un ataque de lo que parecen pequeñas piñas. Por lo cerca que caen de nuestras cabezas, si quisiera pensar mal juraría que la puñetera ardilla está apuntando antes de disparar. Lo segundo que ocurre es que, mientras a mano derecha queda el quinto puente, a mano izquierda aparece una cuesta empinada que según un mapa nos debería llevar al Maligne Canyon que tiene una elevación 100 metros superior a en la que estamos ahora. Sumando dos más dos, entendemos que la curva empinada es el camino correcto para llegar al cañón. El error lo cometemos cuando no echamos un segundo vistazo al mapa para comprobar que mientras que la ruta "7H" marcada en el desvío efectivamente llega a Maligne Canyon, la ruta "7" alcanza exactamente el mismo lugar pero por un sendero mucho más próximo al río y mucho más asequible que lo que estábamos a punto de afrontar.

El quinto puente, desde las alturas
Recordad niños, no cojáis el 7h

En comparación a lo que hubiéramos tardado por la ruta llana, perdemos entre 30 y 45 minutos recorriendo un sendero de alrededor de dos kilómetros que esporádicamente nos exige caminar por cuestas muy empinadas. La única recompensa es algunas vistas al valle superpoblado de árboles a mano derecha. Cuando empezando a acusar el cansancio se empieza a cruzar gente que no parece especialmente preparada para subir ninguna cuesta, empezamos a sospechar. Cuando una pareja británica –deduzco por el acento- nos dice que “no han hecho el recorrido, si no que vienen del parking”, damos por hecho que hemos pagado la novatada. Poco después llegaríamos al puente número dos donde muchísima gente que no hemos visto durante nuestro camino se concentra para mirar la altura del cañón, que debido a su profundidad permanece casi íntegramente a oscuras.

Las profundidades de Maligne Canyon
Puentes y agua separados por varios metros

El regreso hasta el puente número 5 lo hacemos por el camino que deberíamos haber tomado desde el principio, y es como ver amanecer tras una larga noche. El descenso desde el puente número 2 es a través de pasarelas y escaleras de madera, con miradores habilitados a cada pocos metros para apreciar un nuevo detalle del cañón, el río, la fuerza del agua o las tres cosas a la vez. Cuando el suelo vuelve a nivelarse nos espera un muy agradable paseo en paralelo al agua con la aparición estrella de una catarata de finos hilos de agua que se proclama de inmediato lo mejor de la excursión a nuestro juicio. Mientras tanto, nuestras chaquetas llevan ya tiempo atadas a la cintura tras pasar del fresco agradable a la sombra a un potente sol que ya ha puesto el termómetro por encima de los 20 grados.

Varios salientes para asomarse durante el descenso
El Maligne River se va aplanando según descendemos
Se asoma algo bueno...
... muy, muy bueno
Un detalle de lo mejor de Maligne River

Alcanzamos el puente número 5 más cansados de lo que esperábamos a estas alturas a causa del error de la ida. Como sabemos perfectamente las diferencias de forma física y resistencia de cada uno, propongo a L que me espere en este aparcamiento mientras yo deshago, con el ritmo más fuerte que me permite ir solo, los dos kilómetros que nos separan del coche. Lo que antes nos costó más de 30 minutos de paseo llenos de bromas entre nosotros y paradas para hacer fotografías ahora me lleva 15 minutos gracias al paso ligero y algún sprint esporádico. Dos minutos después estoy recogiendo a L en su punto de descanso e iniciamos los 20 kilómetros que nos llevarán hasta Medicine Lake.

Con mis pies agradeciendo el descanso y superando puntualmente el límite de velocidad de 60 km/h –una vez más, es raro el coche que parece respetar los límites- llegamos al mirador de Medicine Lake. Este lago, cuyo ángulo más retratado está a los mismos pies del aparcamiento, presenta la peculiaridad de desaparecer por completo desde que termina el verano hasta que se inicia el siguiente periodo estival. Descendemos a su orilla y nos preguntamos, con lo grande que nos parece, cómo debe ser ese Maligne Lake que viene a continuación y que a tenor de la escala del mapa deja este Medicine en anecdótico. Disfrutamos de la postal aunque no con la relajación que nos gustaría, ya que una familia estadounidense –son inconfundibles- no son capaces de mantener silencio durante tres segundos seguidos a escasos metros de nuestra posición.

Medicine Lake... toda esa agua desaparece en verano
No se puede decir que no sea fotogénico
Pato, qué le estás haciendo a mi cám... olvídalo

Los próximos 20 kilómetros siguiendo la carretera hasta alcanzar Maligne Lake son maravillosos, de esos que te hacen sentir en paz contigo mismo. Decenas de montes con todo tipo de texturas y siluetas aparecen sobre las copas de los árboles, algunos de ellos brillando por las manchas de nieve iluminadas por el sol. Y el termómetro del coche, mientras tanto, marcando 23 grados.

Llegamos al aparcamiento más cercano a Maligne Lake y nos encontramos la mayor concentración de gente y coches hasta el momento. Afortunadamente la organización del parque ha tenido a bien habilitar varios aparcamientos escalonados y es en el P3 donde al fin encontramos sitio libre para detener el motor. Caminamos hasta el sendero que nos llevaría al Visitor Center, pero vemos entonces una señal que nos desvía hasta uno de los dos senderos que traemos apuntados y decidimos dejar el centro de visitantes para el final.

Empezamos el Mary Schaffer Loop, una excursión de 3,2 kilómetros que debería brindarnos miradores al “lago maligno” desde su lateral izquierdo según lo vemos desde el centro de visitantes. No tarda en aparecer ante nosotros y, efectivamente, es descomunal. Quizás por ahora las vistas no sean tan atractivas como las de Medicine Lake a causa de las discretas montañas que quedan tras de él desde este lado, pero la impresión corre a cargo de su vasta superficie ahora ocupada por algunas canoas y kayaks de alquiler y el paso incesante de ferries correspondientes a la excursión a Spirit Island, un pequeño islote con árboles que representa una de las imágenes más populares de Maligne Lake. El coste de la excursión es de 68 dólares canadienses por persona y entre la ida, la vuelta y los minutos que se detiene frente al islote tiene una duración aproximada de 90 minutos. Nosotros coqueteamos con la posibilidad de comprar billetes para finalmente decidir descartarlo por un cambio de prioridades. Por ahora lo que hacemos es detenernos en uno de los múltiples merenderos junto al lago, ya que son las 14:00 y el impresionante desayuno de hace seis horas ya ha pasado a la historia. Nos comemos los dos trozos de pizza que nos quedan y una nueva cookie con nueces de Macadamia, sorprendidos por los fortísimos golpes de viento que sufrimos cada pocos minutos.

Vistas con barcas mientras comemos junto a Maligne Lake
Uno de los numerosos ferries a Spirit Island

Según comenzamos a caminar por el Mary Schaffer Loop confirmamos nuestras teorías sobre él. Su coletilla de “loop” ya nos indica que se trata de un recorrido circular, pero si comparamos los 3,2 kilómetros de duración del sendero con la superficie del lago es físicamente imposible que lo rodee. Por ninguna parte se ve algún tipo de puente o pasarela que permita cruzar las aguas, así que la única posibilidad que queda es que la segunda mitad del camino, la que sería el camino de regreso, sea por los interiores del bosque que nos queda a mano izquierda. Como no queremos perder de vista el agua en ningún momento, decidimos recorrer la primera mitad del sendero tanto para la ida como para la vuelta, al igual que hacen muchos excursionistas con los que nos cruzamos. Durante el proceso seguimos contemplando las canoas deslizándose sobre el agua, una de ellas ocupada por japoneses que a tenor del escándalo de provocan deben creer que están en una Boat Party. La ruidosa familia americana de Medicine Lake nos alcanza cuando estamos sentados en un nuevo mirador que ahora sí combina el lago con una fantástica cordillera al fondo, y en ese momento la tranquilidad se va al garete. Seguimos la marcha y al poco el camino toma un giro a la izquierda y se adentra en el bosque, siendo nuestra señal para dar media vuelta.

Mary Schaffer Loop, el cartel
Mary Schaffer Loop, el sendero
Maligne Lake panorámico
El Lago Maligne y las montañas que lo vigilan
Un detalle de las cumbres nevadas

Hacemos el regreso felices pero acalorados. El viento ha cesado pero el sol sigue muy alto y apretando con fuerza por lo que notamos el calor en la piel ahora que ya vamos en manga corta desde hace un par de horas. Pasamos de largo el lugar por donde aparecimos desde el aparcamiento y continuamos avanzando por la orilla hasta alcanzar el centro de visitantes, no sin antes asomarnos por la pequeña caseta en la que se alquilan las barcas de paseo. El alquiler se sitúa entre los 40 y los 55 dólares por hora en función del tipo de embarcación y tamaño que elijas. Me gustaría, pero sabiendo del poco amor que L le tiene a navegar y que a ella le entusiasma mucho más nuestro plan alternativo lo dejo para otra ocasión. Eso sí, nadie nos priva de las fotos por excelencia de Maligne Lake: dejando a lado izquierdo de la imagen el rojo techo de la caseta de alquiler de barcas cuyo texto en el tejado deja claro dónde estamos.

La inevitable foto de Maligne Lake
Alquiler de barcas y cartel, dos en uno
Venga, hazle la foto y que se calle ya...

Curioseamos durante unos minutos en el Visitor Center pero lo más útil que hacemos aquí es aprovechar para hacer una visita a los baños. Son las 16:30 cuando nos despedimos de Maligne Lake tras remontar el camino hasta el alejado parking donde espera nuestro coche.

Cada vez hace amigos más grandes

Empieza aquí la operación “ni una sola espina clavada”. Nuestros últimos instantes de ayer en la Columbia Británica fueron agridulces porque, pese a que pudimos ver desde la distancia parte de los 4.000 metros de altura del Monte Robson, unas nubes aguafiestas nos impidieron divisar su blanca cima. Dicho monte queda a 85 kilómetros de Jasper, separados por un tramo de carretera que ayer se nos hizo muy pesado al recorrerlo en horas en las que la noche ya era cerrada. Sin embargo llevamos desde esta mañana con una idea en la cabeza: que si podíamos encontrar el tiempo, estaríamos dispuestos a recorrer de nuevo esos 170 kilómetros entre ida y vuelta con tal de poder ver el techo de la provincia en condiciones. Y dado que todavía quedan algo más de tres horas para que el cielo empiece a oscurecerse, se están cumpliendo los requisitos.

Sin embargo antes de intentarlo debemos confirmar que el tiempo sobre Mount Robson garantiza su visibilidad. Se nos ocurre que un buen modo de garantizarlo es consultar la previsión del tiempo y, sobre todo, buscar una cámara web o fotografías recientes realizadas en el lugar. Ambas cosas requieren de conexión a Internet y, ya que las buenas gentes de Maligne Lake no han considerado necesario habilitar una red gratuita para sus visitantes, el primer paso es regresar a nuestra casa de alquiler en Jasper. Tenemos 40 kilómetros por delante volviendo a pasar por Medicine Lake y los desvíos de Maligne Canyon. Los recorremos apurando los límites de velocidad y siempre dentro de los límites razonables de la seguridad propia y la de los demás conductores. Las maniobras que vemos en el tráfico, tanto de coches de alquiler como de locales, nos sigue transmitiendo la sensación de que por lo menos en esta mitad de Canadá se conduce terriblemente mal.

Iniciamos la entrada a Jasper y recibimos el primer revés en la cara: nos topamos con un paso a nivel cerrado cuyo kilométrico tren sobre la vía está completamente detenido. Tras dos minutos mirando al reloj tenemos la idea de que quizás haya otro acceso al pueblo que cruce las vías por debajo o, como mal menor, esté a una altura en la que el tren ya haya pasado. Encontramos un candidato y tras dar marcha atrás y girar por el siguiente desvío encontramos exactamente el paso inferior por un túnel que esperábamos. Primer obstáculo resuelto.

Entramos en casa a toda prisa y hacemos las revisiones pertinentes. La meteorología no es un problema: el Weather Channel nos confirma que el día en Monte Robson es en su mayoría despejado. Lo segundo se complica un poco: encontramos la página web oficial de la red de parques de Canadá en la que deberíamos ver una imagen en tiempo real del monte, pero lleva ya una semana inactiva. Dudando entre salir corriendo el riesgo o no, se nos ocurre una solución: buscar fotos con la etiqueta #mountrobson en Instagram. Lo hacemos, descartamos aquellas que parecen demasiado profesionales para ser en tiempo real y... ¡bien! Fotos de hace 10, 25 y 40 minutos con toda la montaña perfectamente visible. ¿Oís eso? Es el sonido del Chevrolet Cruze poniéndose en marcha en dirección noroeste.

Saliendo de Jasper...
... y regresando a la Columbia Británica

Los 83 kilómetros pasan con menos dolor de lo esperado, quizás fruto de la ilusión por saber lo que se avecina. El monte no es visible hasta casi alcanzar su centro de visitantes y antes de pararnos en él nos acercamos hasta el punto desde el que saldría la excursión a Kinney Lake que descartamos ayer y, por desgracia, hoy tampoco íbamos a tener tiempo de realizar en ningún caso. El aparcamiento está lleno y, pese a acercarnos unos cuantos cientos de metros más hasta el monte, aquí el bosque ya está demasiado cerca y tapa la visibilidad. Volvemos al centro de visitantes y nos desquitamos. Vaya que si nos desquitamos.

Hemos vuelto...
... por esto
Por fin, Mount Robson como es debido

Es una de las mejores vistas panorámicas que recordamos, compitiendo con palabras mayores como el Horseshoe Bend de Arizona, la montaña de Grand Teton o los Mittens de Monument Valley. Nos entregamos por completo a las vistas mirando, enfocando, disparando, volviendo a mirar, quedando atónitos. Cuando ya estamos empachados accedemos al interior del Visitor Center donde una proyección da instrucciones sobre cómo realizar el Berg Lake Trail, una excursión a dividir en varias etapas y que recorre un total 20 kilómetros de solo ida atravesando o bordeando varios valles, lagos, glaciares y cataratas. La zona recibe el nombre de “Valley of the thousand falls” -El valle de las mil cascadas-, y con eso está todo dicho.

Exagerando a Robson con un poco de HDR...
Detalle del monte (resultado de fusionar varias imágenes)
Simpática señalización de las cumbres canadienses

Empezamos el inevitable regreso y entramos de nuevo en la provincia de Alberta. Son alrededor de las 8:30 cuando alcanzamos la calle comercial de Jasper, con mucho más ambiente y locales abiertos de lo que esperábamos un martes a estas horas. Localizamos la tienda de bebidas alcohólicas donde por 11 dólares nos llevamos cuatro latas de cerveza para cenas futuras. Observamos fugazmente las múltiples tiendas de comestibles y supermercados que resultan perfectas para necesidades de última hora. Finalmente regresamos a Lou Lou’s Pizzeria, el culpable de nuestro desayuno. Lo que vimos esta mañana en la carta de comidas para llevar ha estado resonando en nuestra cabeza todo el día, y parece que ambos estábamos esperando el momento adecuado para proponer repetir por la noche. L se lleva una hamburguesa con queso y yo, que inicialmente iba a llevarme una hamburguesa especial de la casa, me animo en el último momento a probar el “Poutine”, algo que según Wikipedia es un plato típico canadiense que consiste en patatas fritas revueltas en queso, champiñones y un ingrediente a elegir. En mi caso el ingrediente será pollo. Pagamos los 18 dólares del pedido y en 15 minutos lo estamos dejando sobre la mesa de nuestro pequeño comedor durante estos tres días.

Regreso a Alberta

El poutine sería el hijo bastardo de un restaurante americano y un restaurante chino. Queda como una pasta uniforme que de lejos pasaría por el clásico “pollo con almendras” asiático, pero con elementos y sabores típicos de los norteamericanos. Es fuerte y sabroso, quizás tanto que no llegas a saborearlo por la falta de matices. Pero a estas horas cualquier cosa apetece y más con las dos frías cervezas que lo acompañan. El premio de la noche se lo lleva la hamburguesa de L, que tal y como prometía el panfleto huele y tiene el aspecto de ser casera y cuyo sabor recuerda al de un filete ruso de sabrosa carne picada.

Con ustedes, Poutine de champiñones y pollo

Son las 22:20 cuando con todo recogido podemos preparar la etapa siguiente y ducharnos. Se acerca peligrosamente la medianoche cuando podemos dar por zanjado el día. Un día que nos ha presentado Jasper con su mejor cara, algún error de percepción por nuestra parte y una memorable improvisación con la revisita al Monte Robson. La loca idea de visitar Patricia Lake en plena noche para fotografiarlo con el cielo estrellado se antoja difícil, ya que tanto esta noche como la siguiente tendrán el cielo nublado y con alta probabilidad lluvias. Así que nos centraremos en el mañana, donde varias pequeñas excursiones deberían darnos una segunda ronda de Jasper que deje el pabellón bien alto. Crucemos los dedos.