Helmcken Falls, Dawson Falls y pasando por Mount Robson

Día 5 | 29 de agosto de 2016

Mapa de la etapa 5

Son las seis de la mañana cuando encendemos una lámpara en el amplio dormitorio de nuestra casa de alquiler de Clearwater. La noche ha sido tranquila, sin más ruido que el de la calefacción saltando intermitentemente y alguna tubería en el baño contiguo que debe estar acusando ya la edad. Retiramos las cortinas durante un segundo para verificar que la luz natural está a punto de aparecer mientras una discreta lluvia está bañando la parcela. Según la aplicación del Weather Channel no es algo que deba preocuparnos ya que en algún momento entre las 8:00 y las 9:00 el sol se abrirá paso.

Dedicamos la primera hora del día a, mientras nos quitamos las legañas, reestructurar nuestro equipaje ya que tras unos días de temperaturas cálidas hoy empezaremos a requerir ropa de más abrigo, por lo menos en cuanto a capas que llevar encima se refiere. A las 7:00 estamos ya en la planta baja donde revisitar la cocina en la que desayunar cosas de nuestro arsenal adquirido el día anterior con la compra en Save-on-Foods. Compra para la que, según comprobamos nuestro extracto, la tarjeta de crédito ha traducido 200 dólares canadienses a 140 euros. Así duele menos.

Clearwater, el dormitorio
Clearwater, el baño
Clearwater, la cocina
Clearwater, el salón
Clearwater, las normas

Mientras hacemos algunas fotos del interior de la casa para el recuerdo aparece en el jardín el marido de Sandra, nuestra anfitriona. Es un hombre encantador que a tenor de los libros y manuales que hemos visto esparcidos por el salón debe ser aficionado a la ornitología. Nos desea que disfrutemos del Wells Gray Provincial Park y tengamos un buen viaje en los días futuros, y que enseguida le preguntará a Sandra si es posible que dejemos nuestra compra de nevera en la casa hasta un poco más tarde cuando pasemos a recogerla al mediodía. A los pocos minutos vuelve para confirmarnos que no hay problema, pero finalmente decidiríamos correr el riesgo de que la comida aguante varias horas en el maletero ya que de todos modos no podíamos garantizar pasar a recogerla antes de que lleguen los siguientes huéspedes que, por cierto, al parecer también serán españoles.

Sandra aparece paseando por la finca justo cuando estamos terminando de cargar el maletero y es tan amable como su marido. Le parece fantástico que a las 7:00 de la mañana estemos decidiendo aprovechar ya la luz del sol para visitar los alrededores. Lamenta que solo vayamos a quedarnos una noche y se despide con una taza de café en la mano. Abandonamos la finca con ese sentimiento ya recurrente de que nos gustaría permanecer alguna noche adicional en ella.

Clearwater, el exterior
A conducir toca...

Nos esperan algo más de 40 kilómetros rumbo al norte hasta llegar a los alrededores de Helmcken Falls, la atracción estrella de Wells Gray. A seis kilómetros del desvío nos topamos con un apartadero cuyo único fin es permitir a los visitantes bajar del coche y hacerse la fotografía de rigor con el cartel del parque. No dejamos pasar la oportunidad de añadir una muesca más en la colección que hemos venido engordando en los últimos años. Por el camino, una espesísima niebla provoca que el paisaje sea tétrico, propio de los escenarios de la saga Silent Hill.

La niebla comienza escampar...
Media vuelta, que toca hacerse la foto
Carreteras de Wells Gray

Tras detenernos unos minutos en un pequeño puente que permite cruzar un río bravo y superar unos últimos cuatro kilómetros de terreno más irregular –hasta entonces todo había sido asfalto- alcanzamos el aparcamiento de Helmcken Falls. Esta catarata es el símbolo de Wells Gray y su conservación el motivo principal por el que se fundó el parque, pero para disfrutarla como se merece vamos a tener que esperar un poco por dos motivos. El primero, que el lugar al que hemos llegado es solo el mirador “oficial”, cuando lo que andábamos buscando es el punto de salida de una excursión que lleva hasta cerca del salto de agua. El segundo, que ni siquiera desde aquí podemos verla cuando a las 9:33 de la mañana la espesa niebla siguen sin disiparse en el cañón que separa el mirador y la catarata, por lo que solo podemos escuchar e intuir vagamente dónde está cayendo el chaparrón.

Un puente cualquiera
Mirador a las Helmcken, primer intento

Dadas las circunstancias, decidimos deshacer cinco kilómetros de nuestro recorrido para visitar primero las Dawson Falls. Como ya se puede deducir, Wells Gray es pródigo en cascadas y aunque Helmcken se lleve la fama el resto bien merecen un vistazo. Las de Dawson, cuyo mirador se alcanza en pocos minutos a pie desde el aparcamiento, justifican la más de una hora que pasamos por sus alrededores. Con una forma que nos recuerda a una de las primeras cataratas en la excursión por Skoga del año pasado en Islandia –pero con una vegetación muy distinta- no nos privamos de acercarnos hasta un saliente junto a su nacimiento que nos permite disfrutar de la fuerza del agua lanzándose al vacío en primerísimo plano.

Dawson's Duck
Dawson Falls
Las Dawson, ahora desde cerca
Un último vistazo a las Dawson

A las 10:30 y con la casi total seguridad de que la niebla se ha disipado por completo tras mirar al cielo, procedemos al segundo intento de vislumbrar Helmcken Falls desde el norte. Ahora sí podemos asegurar que lo tenemos delante pero todavía con sabor agridulce. La posición del sol es todo lo contrario a la ideal y el fuerte resol hace que incluso a ojo desnudo sea complicado apreciar todos los tramos del salto de agua. No digamos ya retratarlo dignamente a través del sensor de una cámara. Con las idas y venidas casi nos han dado las 11:00 y llega el momento en el que tomar una difícil decisión que dejará fuera uno de los dos platos estrella de la jornada.

Mirador a las Helmcken, segundo intento

Como íbamos diciendo, nuestros planes de visitar Helmcken Falls no se limitaban a retratarla desde su mirador oficial ya que queríamos disfrutar la experiencia completa mediante la excursión de ocho kilómetros y alrededor de tres horas entre ida y vuelta que alcanza su lateral sur. La agenda del día nos llevará esta noche hasta Jasper y, a medio camino, se encuentra el imponente Monte Robson junto al cual una excursión de otras tres horas nos permitiría disfrutar de la colosal montaña reflejada sobre el lago de Kinney Lake. La distancia en coche desde Wells Gray hasta Jasper es de cuatro horas, y el atardecer está programado para alrededor de las 20:00. No hace falta ser un genio matemático para ver que números no cuadran si queremos hacerlo todo. 11:00 de la mañana, tres horas de excursión, un mínimo de tres horas de carretera y otras tres más de excursión... estaríamos arriesgándonos demasiado a que la oscuridad nos alcance en plena expedición. Así que es cuestión de elegir entre Helmcken Falls o Kinney Lake, y acabamos decidiendo quedarnos con lo que tenemos más cerca por varios motivos. El primero, que ya sabemos que el entorno de Wells Gray en general y Helmcken en concreto está a la altura de nuestras expectativas. El segundo, que sabemos el soleado día que tenemos aquí, pero no podemos asegurar que corramos la misma suerte en Monte Robson. Sería muy frustrante salir apresuradamente de Wells Gray para luego ver que no es posible visitar nada más por el mal tiempo. Por último, la previsión es que las futuras etapas del viaje ofrezcan mucha variedad en lagos pero escasa en cataratas. Así que a por el “South Rim” de Helmcken Falls nos vamos.

El aparcamiento que marca el punto de salida de esta excursión no es precisamente uno de los más fáciles de encontrar en un parque que por lo demás resulta perfectamente señalizado. Este desvío, situado pocos metros antes del descenso que acaba en el puente que hemos cruzado a primera hora, está señalizado como “Helmcken Falls Rim” pero el cartel con dicha leyenda solo se puede distinguir en uno de los dos sentidos de la conducción. Una vez encontrado, no tenemos problemas para aparcar en una extensión preparada para acoger decenas de coches pero en la que en estos momentos solo somos el quinto vehículo que detiene el motor.

Tras verificar que vamos equipados con lo necesario –esencial: antimosquitos, pizza del día anterior y chocolate por si necesitamos un chute de energía- nos ponemos en marcha. Nos esperan alrededor de 75 minutos hasta alcanzar el saliente desprotegido –varias señales desaconsejan traer niños y mascotas- desde el que ver a la altura de su nacimiento como las aguas de Helmcken se precipitan por el cañón. El terreno es mullido casi desde el instante cero y rodeado de húmeda vegetación permanentemente. La compañía, escasa. Apenas nos cruzamos cada cinco o diez minutos con alguna pareja o grupo reducido que ya regresa de la meta. Como es costumbre, la media de edad de dichos grupos roza más los 60 que los 30 salvo alguna excepción.

Vamos allá
Caminando hacia el South Rim (I)
Caminando hacia el South Rim (II)

Casi con puntualidad inglesa finalizamos los cuatro kilómetros de ida en los 75 minutos prometidos. Se aparece ante nosotros un claro entre los arbustos del lateral derecho desde el que hasta ahora solo podíamos intuir como varios metros más allá el curso del río se iba acelerando. Y ahí la tenemos: la Helmcken Falls en su máximo esplendor, con su cima brillando por la luz del sol y los cientos de litros de agua haciendo el santo del ángel. Echamos mano de los trozos de la bendita pizza congelada que ayer cocinamos en casa de Sandra y entablamos conversación durante varios minutos con el matrimonio que nos precedía. Son una pareja de Edmonton que ronda los 50 años y se interesa por saber cómo nos ganamos la vida en una pequeña isla del Mediterráneo. Se despiden no sin antes prometer seguir adelante con sus planes de visitar Europa por primera vez el próximo año.

Y finalmente, el South Rim
El fotógrafo y la falta de ángulo...
Primera vez que vemos las Helmcken como merece
El mirador oficial, al otro lado

Tras dejar pasar entre 30 y 45 minutos en esta ventana al vacío y detectando tras forzar la vista el mirador oficial al otro lado del cañón iniciamos el camino de vuelta sabiendo que se hará más pesado que el de ida. Ayuda a hacerlo más llevadero una parada improvisada a medio trayecto, en la que un pequeño desvío nos permite alcanzar hasta la orilla del río y observar el curso del agua. Volvemos a encontrarnos aquí al matrimonio de Edmonton, del que nos despedimos definitivamente.

Un alto en el regreso

Sufrimos durante la segunda mitad de regreso, en parte por la ausencia de alicientes y en parte por el calor creciente fruto de un sol que aprieta con fuerza a estas horas. Los mosquitos empiezan a tornarse agresivos, y prueba de ello son varias picaduras que llevamos minutos acumulando. Sufrimos por la comida de nuestro maletero, que ya debe haber pasado un par de horas soportando temperaturas superiores a los 20 grados. Lo único que nos anima mientras nos concentramos en descontar metros es el olor recurrente a orégano que desprenden todos los bosques de Wells Gray. Este parque huele a pizza.

Alcanzamos nuestro coche a las 14:22 con la espalda empapada en sudor y varias heridas de bala fruto de los persistentes mosquitos que no cejan en su empeño por atacar en cuanto el repelente deja de surtir efecto. Abrimos con miedo el maletero para encontrarnos la agradable sorpresa de que la comida permanece fresca. Hay esperanza para varias de nuestras provisiones si tenemos más suerte que ayer buscando una nevera portátil. Por ahora comemos un poco de melón naranja a la sombra de una autocaravana para rehidratarnos antes de volver a ponernos en marcha.

A las 14:30 llega nuestro tercer intento para disfrutar del mirador oficial de Helmcken Falls. En los escasos 15 minutos que separan un aparcamiento del otro el termómetro del coche pasa de 30 a 22 grados. Alcanzamos la barandilla y, sin llegar a ser el momento del día perfecto, al fin podemos dar por bueno el resultado. El sol todavía no ha caído lo suficiente para iluminar por completo la cascada pero servirá. En el saliente oficial y tras ver al otro lado el brillo de varias camisetas en el que ha sido nuestro comedor hace solo un par de horas, una visitante local –tan local como que vive en una parcela dentro del parque- nos recomienda parar unos minutos en Green Mountain, un punto de interés en el que no habíamos reparado consultando las guías. Bastante convencidos de no seguir su consejo porque nos el tiempo apremia iniciamos el camino hacia el sur para abandonar Wells Gray.

Mirador de las Helmcken, tercer y definitivo intento
La fotografía más repetida de la catarata
El saliente del South Rim, ahora desde aquí
Con lo que ha costado, explotémosla...

Al poco de reemprender la marcha nos encontramos ante nosotros una autocaravana que, tras hacer caso omiso del ceda al paso cuando se incorporaba a la carretera y obligarnos a dar un frenazo para dejarle entrar, mantiene un ritmo cansino a lo largo de un tramo en el que va a ser complicado adelantarle. Justo en ese preciso instante se anuncia el desvío a la dichosa Green Mountain y decidimos que, puestos a desesperarnos tras el lento vehículo, mejor invertir el tiempo en improvisar un poco. Tomamos el giro a la derecha y empezamos un ascenso de cuatro kilómetros por una cuesta anunciada como irregular –esto es verdad- y estrecha... estrecha para los estándares de vehículo descomunal norteamericano, claro, ya que caben sobradamente un par de turismos convencionales en paralelo si fuese necesario.

Llegamos a la cima de la “Montaña Verde”, donde encontramos junto al aparcamiento una construcción de madera con varios tramos de escaleras. Alcanzamos su punto más alto y… caramba. Desde luego era un buen consejo. Se extiende ante nosotros una panorámica de algo más de 180 grados desde la cual poder otear las principales cumbres de Wells Gray, destacando sobre todas ellas una Pyramid Mountain cuya forma justifica el nombre y una parcialmente nevada Trophy Mountain casi donde termina el horizonte. Cuando descendemos las escaleras nos reencontramos con la causante de que estemos aquí y le agradecemos el consejo. Charlamos durante unos minutos y el dato más relevante que comparte con nosotros es que una casa como la suya, con un amplio terreno y seis cabañas repartidas por él, tiene un precio de 750.000 dólares canadienses. Ya tengo plan.

La torre de Green Mountain
Vistas a Trophy Mountain
Las amplias vistas de Green Mountain

Tras la sesión de improvisación descendemos Green Mountain y continuamos la marcha hacia el sur rumbo a la salida de Wells Gray. Pero todavía queda una última parada antes de dar por zanjada nuestra experiencia de 36 horas en el Provincial Park. Dudando hasta el último kilómetro ya que el tiempo pasa implacable y vamos contrarreloj, decidimos tomar el giro hacia el estacionamiento de las Spahats Falls, las últimas cataratas que veremos en la Columbia Británica.

Son las 16:40 cuando detenemos por enésima vez el motor del Chevrolet. En el aparcamiento, con espacio para 20 o 30 veces la cantidad de coches actual, el único kiosko de comida que hemos visto en todo el parque ofrece gofres de varios sabores por cinco dólares canadienses. Tardamos cinco minutos de reloj en alcanzar el mirador a la catarata, que es tan esbelta como preveíamos pero más alta de lo que esperábamos. Sin embargo la lejana distancia desde la que se puede disfrutar juega un poco en su contra, ya que se pierde el efecto de poder apreciar la longitud de su caída y el fuerte sonido del caudal cayendo a plomo. Lo que llevamos acumulado a lo largo del día en forma de cansancio, algo de estrés y sobre todo haber visto desde ángulos varios la más fotogénica Helmcken tampoco juega a su favor.

Spahats Falls

Ahora sí que sí. Pasan ligeramente las 17:00 cuando alcanzamos la ciudad –si es que se le puede llamar así- de Clearwater y dejamos atrás definitivamente el Wells Gray Provincial Park. Nacido inicialmente como una parada de conveniencia gracias a su localización a medio camino entre Vancouver y Jasper, ya desde ayer intuimos que lo que tenía que ofrecer nos iba a gustar más de lo esperado. Sus atractivos podrían justificar una estancia más larga de la que hemos tenido a fin de cubrir algunos puntos de interés que no nos hemos siquiera planteado. Sin ir más lejos, el matrimonio de Alberta con los que hemos intercambiado impresiones durante un par de ocasiones nos ha contado que sus vacaciones consisten en alojarse en los alrededores durante toda una semana. En resumen, Wells Gray, es un sí rotundo.

Solo una parada más antes de dejar atrás el distrito de Clearwater. La comida de nuestro maletero ha sobrevivido milagrosamente hasta ahora, pero no podemos seguir tentando a la suerte. De vuelta a la zona comercial de la ciudad –traducción: un supermercado y cuatro tiendas contadas- paseamos brevemente por los pasillos de un local especializado en caza y pesca. Tienen neveras portátiles pero de construcción bastante más robusta y duradera -y un precio acorde a ello- de lo que necesitamos. Volvemos al supermercado de ayer con vagas esperanzas de que hayan repuesto las neveras de porexpan. Esperanzas que saltan por los aires en cuanto vemos el hueco vacío en el pasillo cinco que ya nos resulta familiar. Pero una bombilla que ayer debía estar fundida se nos enciende sobre la cabeza. Las bolsas isotérmicas que todo supermercado que se precie ofrece para conservar el pescado fresco podrían sacarnos del apuro. Las encontramos dos estantes por encima de donde debería estar nuestra nevera e inmediatamente nos damos unos azotes por no haberlo pensado como alternativa la tarde anterior.

Dos bolsas isotérmicas, dos bloques para mantener el frío y una bolsa de hielo nos cuestan 16 dólares. Regresamos al coche y jugamos al tetris con nuestras 10 o 12 bolsas de provisiones, colocando durante el proceso todo lo susceptible de deteriorarse por el calor en nuestros rudimentarios frigoríficos. Por fin, unos minutos después, cogemos la autopista número 5 en dirección norte para abandonar definitivamente Clearwater y enfilar los 230 kilómetros que nos llevarán hasta una parada que iba a ser protagonista del día pero finalmente quedará como anecdótica. Antes nos detenemos en una gasolinera marca Husky a la altura del pueblo de Blue River para rellenar con 30 dólares un depósito que ya volvía a situarse por debajo de la mitad de su capacidad.

El largo camino de algo más de dos horas no está exento de sus momentos para recordar como esos en el que empezamos a atravesar cordilleras, viendo cómo van creciendo al otro lado del cristal las formas picudas que hace unos minutos estaban en el horizonte y, sobre todo, asombrándonos cuando en el retrovisor aparece un tremendo glaciar que no tenemos claro de dónde ha salido. Por desgracia la única recta que nos brinda esta vista trasera no presenta ningún apartadero en el que poder detenernos para apreciarlo sin un ojo puesto en la carretera. En otro orden de cosas, debemos aprovechar los tramos con carril de vehículos lentos para ir superando algunos camiones y autocaravanas que sufren apuros en las pendientes de fuerte subida, aunque ninguno llama tanto la atención como una “clásica cabina de camión americana” con la peculiaridad de que cada vez que pisa el acelerador escupe dos densas columnas de humo que emanan del techo. Un macabro espectáculo que debemos soportar durante varios minutos hasta que podemos dejarlo atrás.

A las 19:40 alcanzamos el Centro de Visitantes de Mount Robson. El techo de la Columbia Británica se levanta la friolera de 3.954 metros sobre el nivel del mar haciendo empequeñecer a las cumbres vecinas. Por desgracia un persistente banco de nubes está cortando su meteórico ascenso, dejándonos solo imaginar lo impresionante que debe resultar la vista en un día con cielo despejado a partir de las proporciones de su base. Avanzando unos pocos kilómetros desde aquí hubiéramos iniciado la excursión hasta el Lago Kinney que a buen seguro hubiera brindado momentos de postal. Pero tomamos una decisión de forma meditada hace unas horas y ahora solo nos queda lamentar las inevitables consecuencias.

Mount Robson y su archienemigo: las nubes
Poniéndonos artísticos...

Según el navegador GPS quedan 83 kilómetros para llegar a nuestro destino final del día. Teniendo en cuenta nuestra velocidad promedio, eso significaría alcanzar el nuevo hogar a las 21:00 siendo pesimistas. Sin embargo hay un pequeño detalle a tener en cuenta: durante este último tramo vamos a cruzar la frontera que delimita las provincias de la Columbia Británica y de Alberta o, lo que es lo mismo, pasar de la zona horaria del Pacífico a la zona horaria de las Montañas Rocosas. Así que tras unos pocos kilómetros perdemos una hora de reloj y la llegada estimada a nuestro alojamiento se sitúa cerca de las 22:00.

Antes de alcanzar el pueblo de Jasper aparece la garita que delimita el acceso al homónimo Parque Nacional. Al ser nuestro primer National Park canadiense del viaje es el momento de obtener el Pase Anual que nos permitirá acceder tanto a este como a otros tantos parques de la misma red. El precio por día es de 18 dólares, mientras que el citado pase cuesta 136 dólares. Tras hacer cuentas, comprobamos que nos interesaba más la segunda opción. Recibimos junto al pase –que se cuelga del retrovisor- una serie de guías y mapas tanto de este Jasper National Park como de toda la red de parques del país. Un dato curioso: con motivo del 150 aniversario de la red de Parques Nacional de Canadá en 2017, el próximo año el acceso será gratuito por lo que nuestro pase en realidad se convierte en "bi-anual", dándonos acceso a los recintos hasta septiembre de 2018.

Por fin llegamos a Jasper. Tras un par de giros aparcamos frente a una casa que desde fuera no se distingue de ninguna otra vivienda particular salvo por el sospechoso letrero de “No vacancy” sobre su puerta. Según nos asomamos a la valla una mujer que debe superar los 40 años asoma y nos pregunta si había ocurrido algo para que llegáramos tan tarde. Tras explicarle que sencillamente hemos querido hacer demasiadas cosas le quita importancia al asunto y nos acompaña a la parte trasera de la vivienda, donde una puerta independiente da acceso a las tres salas que compondrán nuestro hogar durante las siguientes tres noches. Una cocina con nevera, microondas y una pequeña mesa, el dormitorio principal, y un baño equipado con una ducha prefabricada como la que podríamos encontrar en el interior de una autocaravana. En eso consiste el Blue Jay’s Guesthouse, el mejor alojamiento que pudimos encontrar sin disparar el presupuesto gracias a la página web oficial de lugares donde dormir en el Parque Nacional de Jasper.

Es muy tarde y nuestro plan de mañana implica un importante madrugón así que optimizamos el tiempo duchándonos, calentando una de las raciones de pasta boloñesa que cocinamos durante la noche de ayer y haciendo las consultas mínimas en Internet. L ya está durmiendo cuando es medianoche y yo termino de escribir estas líneas quedando la única tarea pendiente de hacer una copia de seguridad de las fotografías y videos del día. Evitar riesgos de perder dicho material bien merece perder unos minutos más de sueño ya que ha sido un día, además de estresante, lleno de momentos de los que justifican el viaje. Y mañana, que empiecen los lagos.