Wells Gray Provincial Park y sus Moul Falls

Día 4 | 28 de agosto de 2016

Mapa de la etapa 4

Cinco de la mañana y ya no hay forma de volver a conciliar el sueño. Mejoran nuestros horarios, pero no todo lo rápido que se podría desear. Todavía con ayuda de luz artificial recogemos el escaso equipaje que faltaba por guardar y preparamos nuestro desayuno de despedida en North Vancouver. Debemos apañarnos con los restos de la mañana anterior, ya que de Susan y su marido seguimos sin tener noticias desde hace ya más de 36 horas. La bandeja con platos y cubiertos sucios para limpiar sigue fuera esperando a que algún gato –ya hemos visto varios- decida darse un festín a costa de nuestros desperdicios.

El banquete consiste en tostadas con mermelada y mantequilla de cacahuete, otro yogur con granola y el poco zumo de naranja que no consumimos la mañana anterior. Falta un elemento clave: el café, así que probablemente hagamos un alto en el camino para nuestra dosis obligatoria de cafeína. Realizamos un último barrido visual a la habitación para asegurar que no olvidamos nada, miramos con tristeza por última vez el jacuzzi, firmamos el libro de visitas y cerramos tras nosotros la puerta. Ojalá pudiéramos llevarnos esta casa en miniatura con nosotros para el resto del viaje, aunque quién sabe las sorpresas –buenas y no tan buenas- que nos reservan los futuros alojamientos.

Son las 7:00 cuando el Chevrolet echa a rodar. Tras un pequeño rodeo nos incorporamos a la Carretera transcanadiense, una vía de infinitos carriles que atraviesa el sur del país de costa a costa. En este primer tramo desciende en dirección sureste hasta prácticamente rozar la frontera con los Estados Unidos, y no es hasta entonces cuando corrige el curso y comienza a engullir kilómetros hacia el noreste, ya con rumbo primero a la población de Kamloops y finalmente hacia Clearwater, nuestro destino para esta noche.

Los límites de velocidad van en ascenso. Empezamos con unos discretos 80 km/h que no tardan en subir hasta los 100 km/h. Cuando estamos ya en terreno completamente abierto rodeado de llanuras el límite se sitúa en 110 km/h, e irónicamente cuando la autopista comienza a subir y bajar montañas por carreteras escénicas es cuando alcanzamos el máximo de 120 km/h. Todo kilómetro de más que podamos recorrer por minuto se agradece cuando nos quedan por delante más de cinco horas de coche hasta nuestro destino. El termómetro que durante las jornadas anteriores superaba los 27º ahora se resiste a superar los 15º y cuando el paisaje se torna montañoso baja hasta los 12º. Los 15 grados de diferencia según avanza la jornada se notan a través de las ventanillas.

Kilómetros...
... y más kilómetros...

Cuando alcanzamos el pueblo de Hope una señal junto a la carretera nos recomienda que revisemos el nivel de nuestro depósito ya que no habrá más estaciones de servicio durante los próximos 100 kilómetros. Nuestra aguja se sitúa todavía por encima de la marca de un cuarto de capacidad y según nuestros cálculos debería ser suficiente para recorrer 100 e incluso 200, así que decidimos proseguir la marcha. Esto nos lleva hasta la población de Merritt, ubicada en un valle y en la que ahora sí nos detenemos para repostar por primera vez en el viaje tras el buen puñado de kilómetros recorridos desde Seattle.

De entre todas las gasolineras disponibles una junto a la otra nos decidimos por la de la franquicia Chevron. El proceso es sencillo: introducimos la tarjeta de crédito en el surtidor, indicamos que queremos llenar el depósito, seleccionamos tipo de combustible y repostamos hasta que la manguera dice basta. El problema es que esto provoca dos cargos en la tarjeta de crédito: uno inicial de 120€ como "fianza" para poder llenar y el cargo real de 36€ por los 48 litros de gasolina que hemos consumido. Aunque el primero de los cargos eventualmente desaparecerá al no confirmarse jamás, siempre asusta ver esas cantidades retenidas al consultar el extracto. El precio del combustible se sitúa en 111 centavos de dólar por litro -¡hurra, nada de medir en galones!- por lo que estamos hablando de que la gasolina en la Columbia Británica está a 0,76 euros por litro. La comparación duele, ¿verdad?

Repostando en Chevron

Junto a las gasolineras un local de Starbucks se nos aparece como música celestial para surtirnos de café cuando el reloj marca las 10:00. Pasamos aquí una agradable –pero fría, maldito aire acondicionado- media hora en compañía de la conexión a Internet del local con la que poner al día a la familia y, ya que estamos, relajarme escribiendo en el primer borrador del diario lo transcurrido en el día hasta el momento. A las 10:30 regresamos al volante frente al que por primera vez se pone L, más confiada para familiarizarse con los controles y sensaciones del vehículo en carreteras que en calles urbanas. El sol se abre paso entre las nubes, el paisaje es perfecto y montamos nuestro karaoke sobre ruedas particular cantando Uptown Funk a grito pelado.

Café, bocatas y alcohol, ¿quién necesita más?
Cómo se disfruta el paisaje desde el asiento de copiloto

Llegamos a Kamloops, el pueblo con nombre de marca de cereales. El termómetro, que al fin hemos conseguido cambiar al sistema Celsius, marca 16 grados cuando son las 11:22 de la mañana y llueve tímidamente. El cielo continúa cubierto en su mayoría con nubes que, o bien son cada vez más bajas, o se están acercando según ganamos altura. Nos paramos aquí para intentar por segunda vez encandilarnos con un Walmart pero definitivamente la versión canadiense de la cadena de hipermercados está por debajo de las expectativas. Seguimos echando en falta la oferta de comidas preparadas de la que quedamos prendados en viajes anteriores a Estados Unidos, por lo que pasamos al “Plan B” que consiste en recorrer los dos kilómetros que separan un Walmart de un Save-on-foods, nuestro nueva cadena fetiche en la que aprovisionarnos.

Esto apunta a la cena

Sin ser perfecto, esto ya es otra cosa. Invertimos fácilmente 45 minutos en recorrer todos sus pasillos y llenar el carro con provisiones para el corto y medio plazo hasta conseguir que el ticket de caja supere los 200 dólares canadienses. Nos descuentan siete dólares tras pasar por el lector el código de barras de una tarjeta de fidelidad de la que obviamente no disponemos, y la única mala noticia es que no les quedan esas neveras de porexpan tan necesarias durante un viaje de carretera de varios días. Como no podía ser de otra manera gran parte de nuestra compra consiste en paquetes y raciones grandes que pretendemos dosificar a lo largo de varios días. Algunos artículos que deben conservarse en frío pueden ser un problema en el medio plazo si no encontramos una de las dichosas neveras para mantener la despensa fresca.

Comemos dentro del coche con vistas al aparcamiento del supermercado. L se encarga de hacer desaparecer un sándwich de ensalada de huevo, yo meto mano a una bandeja de makis de California y ambos completamos el menú comenzando una ensalada de patata y sacando de su caja la primera cookie de nueces de macadamia como postre. Tras tirar la basura y con todas las compras colocadas en el maletero tras mover parte de nuestro equipaje al asiento trasero iniciamos a las 13:15 los 135 kilómetros que nos separan del distrito de Clearwater. Siguen acompañándonos gruesas nubes que por ahora no alcanzan el quórum necesario para romper a llover.

La clásica comida con vistas al supermercado

Había olvidado una de las ventajas de viajar como copiloto: poder echarte esporádicas siestas cuando las condiciones lo permiten. El sol en la ventanilla y las largas rectas lo permiten, y caigo redondo durante unos 30 kilómetros. Cuando despierto apenas quedan otros 30 que recorrer antes de descubrir nuestro tercer alojamiento reservado a través de Airbnb.

Bienvenidos a Clearwater

Otra vez nos quedamos sin palabras. El económico hogar que encontramos para esta noche consiste en una señora casa independiente construida en madera, cuyo interior da la bienvenida con un monstruoso salón con chimenea y una especie de alfombra bajo el nivel del suelo en la que ponerse cómodo al calor de la chimenea durante los meses de más frío. Cocina completa –no, completísima-, cuarto de lavadoras y en la planta superior sendos dormitorios –uno con cama de matrimonio y otro con dos camas individuales- que comparten un baño completo con bañera de hidromasaje. Dicho de otro modo: nos sentimos los reyes del mambo. En el exterior, una caravana aparcada en la que supuestamente viven los propietarios del lugar cuando la casa está ocupada por huéspedes, aunque parece que no están presentes en este momento. Los mensajes de bienvenida para los inquilinos advierten de que estamos en territorio de osos y la mejor precaución es dejar puertas y ventanas cerradas a todas horas para evitar que el olor a comida les atraiga. No sé si recibiría con ilusión o terror la visita de uno de esos bichos desde la aparente seguridad de las ventanas de la casa.

Resistiendo la tentación de quedarnos a disfrutar de la vivienda nos ponemos en marcha para empezar a visitar el Wells Gray Provincial Park que ha servido de pretexto para que esta noche nos instalemos en Clearwater. Salimos de nuevo a la carretera y, apenas recorridos 200 metros, verificamos en nuestro “dossier de viaje” que el lugar que vamos a visitar requiere ir algo mejor equipados contra el agua. Damos media vuelta y regresamos a toda velocidad a nuestro nuevo hogar para equiparnos rápidamente con ropa impermeable.

Ahora sí, ponemos rumbo hacia nuestra primera parada en Wells Gray. Este parque provincial no es en absoluto tan popular como el resto de paradas de nuestro viaje, pero su estratégica ubicación a medio camino entre Vancouver y la zona de Jasper lo hacían perfecto para una parada intermedia que partiera en dos lo que de otro modo sería una interminable etapa de carretera. Además, nuestras experiencias previas con parques supuestamente “menores” fueron tremendamente satisfactorias, recordando con especial cariño el White Mountain National Forest en el estado de New Hampshire del que solo lamentamos no haber pasado más tiempo disfrutando.

La carretera principal que recorre Wells Gray de norte a sur está perfectamente señalizada, con carteles señalando los desvíos a los aparcamientos habilitados para cada punto de interés. En esta primera experiencia lo que andamos buscando es la señal para visitar las Moul Falls y lo encontramos a las 15:30 tras unos 15 minutos conduciendo hacia el norte. El aparcamiento está casi completo pero todavía quedan dos o tres rincones en los que poder estacionar. Hacemos los últimos ajustes a nuestra indumentaria y ahora sí, por fin, comenzamos el tipo de viaje que más nos gusta.

Eso mismo, vamos allá

La excursión hasta Moul Falls es de apenas 2,9 kilómetros en cada sentido, la mayoría de los cuales transcurren sobre terreno mullido y llano rodeado de frondosos bosques. Los recorremos haciendo ruido en forma de conversación y palmas para provocar que cualquier posible animal peludo de más de dos metros de altura se aleje de nuestro itinerario. Todo está perfectamente señalizado, con carteles indicando el sentido correcto cuando el camino deja de estar tan definido y puede confundir a los senderistas más despistados. Alcanzamos primero la barandilla del mirador superior hacia el salto de agua, pero las vistas no merecen mucho la pena sabiendo lo que espera a continuación. Comienza entonces un descenso tan pronunciado como corto, ayudado además de un tramo de escaleras que sortea la parte más complicada del terreno. Llegamos al cauce del río con la catarata a escasos metros de nuestra posición y verificamos que no podríamos haber escogido mejor lugar para iniciar nuestro periplo por la naturaleza canadiense.

Caminos que no tienen pérdida
Ahora empieza el viaje de verdad...
Moul Falls, desde arriba
La escalera que lleva a la orilla

Moul Falls es una catarata de dimensiones más que dignas cuya agua continúa el curso del río tras caer con fuerza y que puede cruzarse por detrás gracias a un pequeño camino que se abre hueco entre las rocas. Sin embargo el acceso por nuestra orilla a dicho camino no parece ser muy seguro, por lo que permanecemos en esta orilla del río para presenciar la catarata desde una distancia segura y atractiva.

Moul Falls (I)
Moul Falls (II)
Moul Falls (y III)

Cuando llevamos ya varios minutos y fotografías disfrutando del lugar, llega un grupo acompañado de niños y perros que se dirige directamente al paso interior de la catarata por el lado derecho. Después de todo, parece que no era tan peligroso. No obstante miramos el reloj, evaluamos la situación y decidimos que preferimos no mojarnos por esta vez, por muy bien equipados que vayamos con cazadora impermeable y cubrepantalón.

Vecinos más osados que nosotros

Iniciamos el camino de vuelta, que al ser exactamente el mismo que el de ida pero en sentido inverso empieza fuerte remontando la altura perdida y luego pasa a ser muy suave, de nuevo rodeado por verdes bosques. Regresamos al aparcamiento tras entre 30 y 40 minutos a un ritmo decente, y tras observar como el amenazante cielo promete echar por tierra las pocas horas de luz natural que nos quedan decidimos dejar la siguiente atracción turística para la mañana siguiente. En su lugar regresaremos al núcleo urbano de Clearwater para buscar la ansiada nevera desechable.

No tenemos éxito. Ni el supermercado principal, ni la gasolinera cercana ni la tienda de licores tienen el deseado artículo, si bien los primeros creen haber tenido stock durante el día. Aprovechamos la visita a la Liquor Store para llevarnos un par de cervezas ante la imposibilidad de encontrarla en otro establecimiento. Deducimos que, al igual que ocurría en Islandia, en Canadá la venta de bebidas alcohólicas está fuertemente regulada y los supermercados tienen vetada su venta más allá de cervezas sin alcohol o de graduación despreciable.

Se acercan las 20:00 cuando volvemos a nuestro hogar por esta noche y es el momento de enfrentarse a algunas tareas domésticas. Mientras la lavadora va a lo suyo durante 45 minutos alternamos los distintos pasos que requieren los múltiples platos que queremos preparar tanto para esta noche como para días siguientes. Cocemos una pasta que acompañaremos de salsa boloñesa para llevar con nosotros durante un par de días, horneamos una pizza congelada y, por último, cocinamos unos entrecots de ternera con champiñones que teniendo en cuenta lo que nos han costado esperamos que estén a la altura de las expectativas. Lo están.

Son las 21:30 cuando la secadora ha finalizado su turno de 40 minutos tras el lavado y tenemos nuestra ropa usada durante el viaje lista para una nueva ronda. Solo queda fregar los platos y cazuelas utilizados y subir a la planta superior para, por este orden, colocar de nuevo nuestra ropa en el equipaje, relajarnos en la bañera de hidromasaje e irnos a dormir pronto con la mente puesta en exprimir al máximo Wells Gray durante la mañana siguiente. En algún momento del día deberemos poner rumbo a Jasper, pero la belleza del entorno bien merece que no tengamos prisa por abandonar este lugar.