Vancouver: Capilano Suspension Bridge, Lynn Canyon y Grouse Mountain

Día 3 | 27 de agosto de 2016

Mapa de la etapa 3

Otro día en el que no podemos volver a pegar ojo tras abrirlos a las 4:30 de la mañana. Nuestros ciclos de sueño no parecen mejorar respecto a ayer y habrá que seguir intentando agotarse durante el día hasta ser capaces de dormir más decentemente. Aprovechando que en España son las 13:30, hago un intento de videollamada a través de Google Duo que no sale del todo bien por la escasa velocidad de subida de la conexión y los problemas de mis padres para oír lo que digo por encima del alboroto del bar en el que están comiendo. Mientras actualizo la copia de seguridad de las fotos y videos capturados hasta el momento intercambio sensaciones con otro amigo que está veraneando en una Menorca aparentemente menos abarrotada que la isla mayor.

Leemos parte del “Dossier de Susan” con instrucciones sobre los electrodomésticos y recomendaciones de lugares de ocio y gastronomía locales. Anotamos un par de puntos que pueden encajar bien en nuestra agenda: el primero, un local de comida y cervezas artesanas que puede ser una buena opción para cenar. El segundo, una orilla en North Vancouver con vistas al skyline de su hermana del sur y el Stanley Park que recorrimos ayer. Cuando se acercan las 6:00 nuestros estómagos empiezan a reclamar desayuno tras haber cenado pronto la noche anterior, así que es hora de echar mano a la impresionante y detallista oferta de nuestra anfitriona.

Nos encontramos la nevera de la habitación cargada con ingredientes –huevo, tranchetes, bollos- para hacernos unos “English muffin” en una máquina diseñada para tal fin. Junto a ellos leche fría, zumo, endulzante de avellana para el café y agua filtrada para la cafetera. Para rematarlo, dos yogures con granola que tienen todo el aspecto de ser caseros. Dejamos para mañana toda una serie de tarros de miel y mermelada –juraría que también casera-. Desayunamos de fábula cuando las primeras luces del día asoman desde el jardín. Y hacia allí nos dirigimos para disfrutar, cuando son las 6:30 y falta todavía más de una hora para que debamos ponernos en marcha, del tremendo jacuzzi que es sin duda la estrella del alojamiento. A estas horas la sensación es todavía mejor que la de anoche, con los 100 grados Fahrenheit del agua sintiéndose más agradables en contraste con una temperatura exterior que todavía no ha remontado tras el bajón nocturno.

El desayuno patrocinado por Susan

La última media hora, ya duchados en la habitación, son para llamar a sendas familias a través de Skype y hacer un par de consultas sobre la agenda del día. Pasan poco más de las ocho cuando abandonamos nuestra cabaña para volver a los mandos del Chevrolet.

No pasan ni diez minutos cuando, poco antes de las 8:30, nuestro coche es de los primeros en acceder al aparcamiento de pago del Capilano Suspension Bridge Park. Pagamos a través de una máquina los cinco dólares que dan derecho a dejar el vehículo, sin necesidad de recoger ningún resguardo ni justificante ya que el pago queda asociado al número de matrícula. Apenas hay otras cinco personas en las taquillas cuando compramos nuestras entradas por unos nada despreciables 42 dólares cada uno.

Capilano Suspension Bridge es, en la opinión tanto de guías turísticos como de los locales de North Vancouver, la atracción más popular de todas las que ofrece el municipio. Su punto estrella es el que da nombre a todo el recinto, un puente colgante de 137 metros de largo que queda suspendido 70 metros por encima de un frondoso bosque. Se accede a él tras muy pocos metros desde la entrada principal y tardamos muy poco en verificar que el consejo que nos ofreció Susan la noche anterior fue totalmente acertado.

Siendo un sábado, la previsión es que todos los puntos de interés de la ciudad vayan a estar bastante saturados de turistas. Es algo inevitable, pero por lo menos en el primero que decidiéramos visitar podíamos hacer el esfuerzo de llegar al lugar en cuanto abrieran las puertas para disfrutar unos minutos en relativa soledad antes de que llegase la marabunta de autocares repletos de, mayoritariamente, visitantes asiáticos. Nuestra anfitriona en la ciudad nos recomendó que utilizáramos ese comodín para Capilano ya que la experiencia difiere completamente entre recorrer el puente con tranquilidad o hacerlo esquivando visitantes, y no le faltaba razón. La escasa afluencia de público en los primeros 30 minutos desde que el parque abre las puertas nos permite recorrer repetidas veces el puente, detenernos en sus extremos, plantarnos en mitad de su recorrido y hacernos fotografías juntos, por separado e incluso de nuestra mascota. Todo en compañía del pequeño pero totalmente perceptible vaivén de la pasarela según se pisa sobre ella y con el sonido del agua fluyendo a 70 metros bajo nuestros pies. Para ponerle la guinda, a estas horas la temperatura sigue siendo perfecta, ya con un cielo teñido de azul pero todavía acompañados de unos suaves 20 grados.

Capilano Suspension Bridge
Unas pocas casas asomando a la izquierda del puente
Sí, permiten el paso de algunos animales
Anormalmente vacío a estas horas...
... para delicia de los fotógrafos más madrugadores

El puente colgante es la estrella, pero ya que hemos pagado la costosa entrada al recinto qué menos que recorrer el resto de las instalaciones. Empezando por la “Treetops Adventure”, un conjunto de pasarelas de madera construidas varios metros por encima del suelo desde las cuales poder observar el bosque desde las alturas. Tanto este como el resto de instalaciones, según anuncian los carteles, se construyeron con procedimientos y materiales que no dañasen el entorno. Por ejemplo, todos los tablones para las pasarelas se alzaron utilizando un sistema clásico de poleas y cuerdas ya que una de las cosas a evitar era maquinaria pesada que dañase el terreno.

Paseando por el Treetop Adventure
Pasarelas de madera con vistas
Varios metros por encima del recorrido inferior

Tras descender de las pasarelas del Treetop y recorrer esta mitad del parque a nivel del suelo cruzamos de vuelta el Suspension Bridge esta vez sufriendo ya la previsible aglomeración turística. Al otro lado del puente, girando a mano derecha según entrábamos desde las taquillas lo único que nos queda por recorrer es el “Cliffwalk”, una nueva serie de pasarelas levantadas esta vez junto a un precipicio para poder asomarse al valle desde otro ángulo distinto. Según ascendemos por ellas para regresar a la casilla de salida escuchamos a un grupo de mujeres de avanzada edad cuyo acento no deja dudas de que proceden de Valencia. Nos ofrecemos a hacerles una foto en grupo con su iPad para cubrir la buena acción del día y cuando les contamos nuestros planes de viaje nos aseguran que vamos a disfrutar de lo lindo.

El Treetop Adventure, ahora desde abajo
Un estanque durante el resto del recorrido
El Capilano, ahora desde la distancia
Esta afluencia ya empieza a ser más normal
Cliffwalk

Son las 10:20 y han pasado dos horas desde nuestra llegada cuando alcanzamos de nuevo el aparcamiento, ahora ya tan abarrotado como las taquillas dónde la previsión es que hay que esperar un buen puñado de minutos para conseguir entradas. La experiencia ha sido más positiva de lo que esperábamos: temíamos que Capilano Suspension Bridge fuera una “turistada” de tomo y lomo y aunque es cierto que está descaradamente dirigida al turista, el respeto con el que han levantado las construcciones y lo impresionante de la escena que conforman hacen que sea una visita a tener en cuenta al paso por North Vancouver.

Nuestro próximo punto en la agenda sería alcanzar Lynn Canyon, otro parque urbano en esta ocasión gratuito del que nacen un buen puñado de excursiones atravesando vegetación, ríos y bosques e incluso su propio puente colgante, de dimensiones más reducidas que el de Capilano. Pero para no encadenar dos visitas con tantos rasgos en común decidimos improvisar y dirigirnos primero a Ambleside Park, esa orilla con vistas a Vancouver que los apuntes de Susan incluían en la sección de lugares recomendados. No tardamos en alcanzarlo, aparcando junto a unas pistas de tenis donde el estacionamiento es gratuito con un máximo de tres horas de duración. Nos asomamos a la orilla y vemos que hay que elegir entre un muelle de madera a mano derecha y un saliente de rocas a mano izquierda, estando estos más cerca de la costa opuesta donde podemos ver, esta vez de forma diminuta, la Siwash Rock del Parque Stanley que visitamos ayer. Nos decidimos por el muelle, ya que desde él podremos contemplar la lista a lado y lado de la costa. Cuando estamos ya recorriendo sus tablones contemplados divertidos como un grupo de jóvenes se prepara para dar un paseo en una lancha motora… y nos divierte porque entre ellos se encuentra un cachorro de pastor alemán –enamoramiento inmediato- que no parece estar muy convencido de convertirse en grumete de mar. Terminamos de recorrer el puente, viendo desde una distancia demasiado alejada el Lions Gate Bridge con algunos de los monstruosos bloques de pisos de Vancouver en el límite del horizonte.

Panorámica desde Ambleside Park
El Benidorm canadiense
Alguien no se quiere mojar...
Abandonando Ambleside
Vancouver tras el Lions Gate Bridge

Son las 11:00 y decidimos que antes de reemprender nuestra agenda prevista nos detendremos en el local de Whole Foods Market junto al que hemos pasado en nuestro último desplazamiento en coche. Esta cadena se especializa en alimentos cultivados y preparados de forma ecológicamente sostenible, y cuenta con una amplia oferta de comidas calientes, frías y postres para llevar a granel. Con la intención de comérnoslo más adelante en una zona de picnic, nos llevamos un tarro de melón naranja, un batido de fresa y plátano y una monstruosa ensalada hecha a medida que se suman a los sandwiches que traemos preparados de "casa".

Lynn Canyon es una vasta extensión de naturaleza al este de North Vancouver, y entre otras cosas capta nuestra atención no solo por la promesa de frondosos bosques que recorrer desde sus raíces si no porque además ha sido lugar de rodaje de numerosas escenas de la serie The 100, especialmente a lo largo de esa primera temporada que nos enganchó a una serie que parecía mucho más ligera y simple de lo que finalmente ha resultado ser. Hacemos primero un intento de acceder al parque a través de su entrada este, pero lo que vemos desde el aparcamiento no nos termina de convencer y abortamos el plan para regresar hasta su entrada principal. Encontramos aquí una notable densidad de gente con la consecuencia de que el aparcamiento está totalmente lleno, siendo únicamente posible dejar el coche estacionado en un tramo tan lejano del parque que requeriría deshacer a pie un par de kilómetros con pendiente pronunciada. Tras dar la vuelta y en un segundo intento, conseguimos aparcar un par de calles antes de alcanzar el parque, siendo necesarios solo unos cinco minutos en descenso para alcanzar la entrada principal. Es en esta misma entrada frente a la que se encuentra una de las zonas con mesas para que la gente pueda almorzar al aire libre, y como ya hemos alcanzado el mediodía aprovechamos una de las libres para hacer lo propio.

Con fuerzas restauradas, comenzamos a recorrer el interior del parque dirigiéndonos a lo más obvio: ese puente colgante que hace de epicentro del recinto y desde el que nacen la mayoría de senderos anunciados en el mapa. El puente es mucho menos impactante que el de Capilano, ya que tanto su longitud como la altura sobre la que cuelga son mucho menores que en el caso de su hermano mayor. Pero ofrece a cambio vistas a mano izquierda hacia una pequeña cascada cercana, la cual poder contemplar con cierta premura ya que el ir y venir constante de gente a lo largo del puente no permite hacer demasiadas paradas mientras lo atraviesas.

El saturadísimo puente colgante de Lynn Canyon
Las vistas desde la mitad del puente
Estrecho y concurrido, mala combinación

Superado ese puente más propio de Las Ramblas de Barcelona en el día de Sant Jordi iniciamos el camino a las “Twin Falls”, un par de saltos de agua de pequeña altura que obligan a descender varios metros desde nuestra posición actual para alcanzar el río sobre el que se levanta todo el cañón. En este descenso ya distinguimos claramente el tipo de bosque que Clarke, Bellamy y compañía descubrían en la citada serie de ciencia ficción. El descenso es suave pero cuando llegamos al supuesto mirador de las falls nos llevamos una decepción: los saltos de agua quedan exactamente bajo el puente, por lo que pese a poder escucharlos y más o menos percibirlos el escenario no es en absoluto tan vistoso como mostraban las fotografías que encontramos en la red. El protagonismo, más que las cascadas, se lo lleva un grupo de jóvenes que se zambullen en el río y se lanzan a él desde sitios elevados, todo a pesar de las abundantes señales y carteles que desaconsejan hacerlo recordando la cantidad de fallecidos y heridos graves que han provocado ya los saltos al río desde las alturas del cañón.

Por mucho que recomienden no hacerlo...

Intentamos durante unos minutos alcanzar el nivel de las aguas para encontrar ese punto mágico desde el que contemplar las cascadas en todo su esplendor, pero tras un vistazo más al mapa concluimos que desde este lado del río no va a ser posible. El modo correcto de alcanzar su cauce y poder avanzar literalmente dentro del río es a través del “Beaver Trail”, situado al suroeste de nuestra posición y inaccesible desde aquí. Deshacemos los pasos y procedemos a completar el recorrido circular de las Twin Falls ahora en ascenso. Y aquí viene el consejo del día: es mucho mejor descender hasta el puente por el “Centennial Trail”, con sus abundantes escaleras que pierden o ganan altura en pocos metros y realizar el camino de vuelta por las suaves pendientes del “Twin Falls Trail”. Nosotros lo hemos hecho a la inversa, por lo que ahora debemos hacer un pequeño esfuerzo para remontar la altura perdida durante unos minutos en los que el sol parece golpear con más fuerza.

Los bosques de Lynn Canyon
Mirando al cielo...
... a esto, concretamente
Lynn Creek, tan cerca y tan lejos
A falta de cascadas, admiramos la vegetación

De regreso a la entrada principal de Lynn Canyon decidimos que ya ha sido suficiente. El parque ofrece muchísimo más y algunas de las excursiones que quedan en el tintero pueden ser sumamente enriquecedoras pero el calor, el exceso de gente y lo mal que hemos planificado nuestro paso por aquí hacen que no estemos demasiado motivados para improvisar en su interior. Así que volvemos al coche y ponemos rumbo hacia el tercer hito del día: Grouse Mountain.

Grouse Mountain es una cima de 1.231 metros de altura a los pies de la cual se encuentra North Vancouver, por lo que alcanzar la estación del teleférico que sube hasta ella es cuestión de minutos si te encuentras en la ciudad. Sin embargo cuando alcanzamos dicha estación el factor “sábado de agosto” vuelve a mostrar su cara más amarga. No solo el aparcamiento está abarrotado obligándonos a esperar a que algún vehículo se marche, si no que podemos ver ya desde aquí cómo las cabinas del teleférico van llenas hasta la bandera, resultando claustrofóbico incluso desde fuera. Por otro lado el elevado precio a pagar -seis dólares por el aparcamiento y 44 por persona para subirse a bordo- no ayuda a tomar la decisión de pasar por el trago de las aglomeraciones. Así que nuestro gozo en un pozo, decidimos dar media vuelta y dejar atrás ese ascenso en el que Fox Mulder las pasaba canutas durante un capítulo de The X-Files. También renunciamos así a la reserva de osos que puede visitarse en la cima, en la cual de todos modos tenemos nuestras dudas acerca de si los osos asomarán a lugares donde podamos verlos con el ruido y estrés que deben provocar todos los visitantes de hoy.

Las cargadas cabinas del SkyRide

No habiendo alcanzado todavía las 15:00 y sin una decisión clara sobre qué hacer a continuación a causa del miedo a encontrar aglomeraciones vayamos donde vayamos, por ahora improvisamos deteniéndonos en un centro comercial de camino a casa. Pasamos fugazmente por un Best Buy en el que un ultraportátil Dell que al cambio costaría 1.080 euros me hace ojitos, pero resisto el costoso capricho. No puedo hacer lo propio con un filtro polarizador para mi cámara, aunque de todos modos minutos después lo devuelvo sin abrir tras contrastar en Internet que no había sido una compra tan recomendable.

No solo hay informática y videojuegos en un Best Buy

Antes de regresar al Paraíso de Susan nos detenemos en un local de la franquicia de supermercados Save-on-foods. Y encontramos aquí todo lo que echamos a faltar a nuestro paso por Walmart la tarde anterior, especialmente comidas preparadas que nos pueden ser muy útiles a lo largo del viaje. Decidimos que, si encontramos locales de la franquicia durante el resto del itinerario, quizás sean una mejor opción que los obvios Walmart que ya teníamos localizados en nuestro plan de viaje.

Faltan pocos minutos para las 16:00 cuando estamos de vuelta en nuestra habitación, sin encontrar a Susan ni a su marido al llegar y con la bandeja de cubiertos y platos sucios todavía dónde la habíamos junto a la entrada. Turno ahora de descansar en la comodidad de nuestra cama y, por supuesto, disfrutar por tercera vez del inevitable jacuzzi además de hacer varias consultas por Internet para decidir qué hacer a continuación.

Tras observar en la estadística histórica de Google cómo la afluencia de público a Grouse Mountain cae en picado a partir de las 18:00 durante el mes agosto decidimos darle una segunda oportunidad. Recorremos por segunda vez las cuestas que separan en 10 minutos nuestra casa del campamento base de la montaña, y según nos aproximamos vemos que ha aparecido un nuevo enemigo además del de las aglomeraciones: el tiempo. Lo que hace unas horas era un cielo azul solo interrumpido por pequeñas nubes de poca densidad es ahora una sábana gris que cubre las alturas y, en algunas ocasiones, se sitúa por debajo de las cimas de montaña que rodean North Vancouver. Si una de esas cimas resulta ser la de Grouse Mountain, el ascenso habrá sido en vano. Pero si no lo intentamos probablemente acabaremos lamentando no haber corrido el riesgo cuando unas semanas más tarde recordemos este día.

Aparcamos, ahora ya sin ningún problema para encontrar un espacio libre a diferencia de durante el intento anterior. Pagamos el estacionamiento de tres horas por seis dólares, recibiendo el recibo para colocar en el salpicadero del vehículo. Con un ojo puesto en la cima por ahora libre de nubes nos dirigimos a toda prisa hasta la estación del SkyRide, el teleférico que nos llevará a lo más alto. Tras despedirnos de los más de 90 dólares canadienses que cuesta el billete de ida y vuelta para los dos -habíamos olvidado las tasas- enseguida nos vemos en el interior de una de las cabinas con la escasa compañía de siete u ocho personas más. De momento, primer gran acierto, ya que hace unas horas hubiera sido impensable poder moverse libremente en el interior del teleférico debido al efecto "lata de sardinas".

Disfrutamos del ascenso, que primero más bien despacio y luego a una velocidad más respetable va ganando altura en diagonal para dejar ver desde las alturas en primer plano las copas de cientos árboles y en segundo y tercer plano las diminutas casas por un lado y enormes rascacielos por el otro de North Vancouver y su hermana mayor. Entre ellas, una gran superficie oscura que gana terreno al mar. Es el Stanley Park que ayer nos puso a prueba a los mandos de una bicicleta.

Viendo como ganamos altura

El teleférico llega a la estación en la parte superior de la montaña y ya desde que ponemos un pie fuera de ella encontramos el sendero a dónde nos queremos dirigir, señalizado de la forma más simpática posible: en forma de huellas de oso pintadas sobre el suelo marcando el rumbo hasta el “Refugio salvaje” de Grouse Mountain.

Siga las huellas

Llegamos al refugio tras apenas cinco minutos, superando por el camino grandes máquinas de nieve artificial y telesillas que deben funcionar a pleno rendimiento durante la temporada de esquí. Una verja con señales que advierten de que está electrificada rodea una respetable superficie de vegetación, troncos caídos y algún estanque. Pero no parece que haya nada vivo dentro. Ni rastro de Grinder y Coola, los dos osos Grizzly que la estación acoge desde que fueron rescatados en 2001 de unas condiciones salvajes en las que, huérfanos como estaban, sus posibilidades de supervivencia eran escasas.

Sabíamos que era una posibilidad remota, pero no podemos evitar sentir cierta decepción al verificar que hemos llegado demasiado tarde para poder ver sendos osos. Durante los últimos años hemos frecuentado destinos donde no es descabellado vislumbrar alguno a la distancia, pero nunca hemos tenido esa suerte. Que ni siquiera acudiendo a su encuentro en un entorno controlado seamos capaces de observar uno de estos ejemplares nos hace pensar si llegaremos a conseguirlo alguna vez.

Un estanque, cero ojos

Pero la suerte está para cambiarla, y en este caso todo lo que necesitábamos es que uno de los cuidadores del refugio inicie su tarea de dirigir a los animales a su lugar de hibernación para darles de comer y hacerles una revisión rutinaria o lo que sea que ocurra allí dentro lejos de los ojos curiosos de los turistas. El cuidador se lleva un silbato especial a la boca y, tras un par de soplidos, consigue que Grinder y Coola aparezcan de entre los árboles para sorpresa y alegría de los tardíos visitantes del lugar. A partir de ahí comienza una media hora frenética en la que los dos osos primero se dirigen al mencionado espacio de hibernación y luego vuelven al exterior para campar libremente por los alrededores de un estanque antes de decidir que el espectáculo ha terminado retirándose a una zona baja fuera del alcance de las miradas del público. Durante ese estresante espacio de tiempo la tarjeta de memoria de la cámara de fotos no da abasto para guardar las cientas de imágenes con las que inmortalizar a Grinder y Coola de todas las formas posibles. El elevado precio y los problemas que hemos pasado para finalmente decidir subir a Grouse Mountain desaparecen de un plumazo, mereciendo todo la pena cuando gracias a ello tachamos este gran “debe” de nuestra lista.

Y aparecieron Coola y Grinder
Enseñando los dientes...
Algo ha olido
Sí, algo ha olido
Ignorando a los turistas
Contribuyendo a la locura
Pensando en echar un trago
Echándose un trago

Con ese sentimiento de satisfacción deshacemos nuestros pasos, ahora con mucha menos premura, hasta el centro de visitantes junto a la estación del teleférico. Suena en la tienda de regalos Rollin’ in the Deep de Adele y una visitante asiática y yo nos cruzamos tarareando al unísono la letra. La globalización era esto. No vemos nada que nos llame la atención en la tienda, siendo lo más destacable el acceso a una terraza exterior desde la que ver el último tramo de vías del teleférico con la imagen de las dos Vancouver tras ellas.

North Vancouver desde las alturas

Pasan unas dos horas desde nuestra llegada cuando damos por finalizada la visita y tomamos el teleférico de vuelta. En esta ocasión el interior está mucho más poblado que durante el ascenso, y en el techo ataviados con cascos y arnés de seguridad nos acompañan varios visitantes que han pagado un plus por la experiencia de poder descender sintiendo el viento contra el rostro. Quizás debido a nuestros vecinos del piso de arriba, el teleférico pierde altura de forma mucho más pausada que la ganaba durante la ida, dándonos así tiempo más que suficiente para saborear las vistas a Stanley Park por última vez antes de volver a tocar el suelo.

De vuelta en un coche al que le han sobrado 50 de los 180 minutos de estacionamiento pagado, pasan ya las 20:00 y en Canadá eso es una hora más que aceptable para pensar en cenar. Y siguiendo las recomendaciones escritas de Susan tenemos decidido de antemano que vamos a hacerlo en Tap & Barrel, un local aparentemente de moda entre los locales junto al Quay Market, zona de recreación en la costa sur de North Vancouver. El paseo de apenas ocho kilómetros se hace algo pesado por la falta de luz y los bajos límites de velocidad, y cuando llegamos allí no tenemos problemas para aparcar en la avenida principal.

Tap & Barrel nos recibe con mucho, demasiado ruido ambiente al entrar, pero que poco a poco se va disipando ayudado por el hecho de que nos asignan una de las mesas de la planta superior. En un vistazo a la carta decidimos un menú que ya traíamos bastante consensuado de antemano: sendas cervezas artesanas, una con sabor a frutas para ella y una más bien ligera para mí, unos “calamares crujientes” de entrante con la esperanza de que sea su modo de referirse a los calamares a la andaluza y, como plato principal, un “Fish & Chips” de salmón para L y una “Tap Burger” para mí.

La carta de cervezas del Tap & Barrel

El servicio es rápido y la comida buena. Las cervezas, justo lo que necesitábamos. Los calamares, exactamente como hechos a la andaluza pero a 10.000 kilómetros de distancia. El fish & chips correcto y la hamburguesa, sin ser la mejor que haya probado nunca –hola, Fabrikkan-, muy aceptable. Duele el momento de pasar la tarjeta de crédito para dar luz verde a cobrar 52 euros, incluyendo la propina del 15%. Una nota positiva es que ahora la propina se puede indicar directamente en el TPV durante el proceso de pago, no como antes cuando al hacerlo de forma manual, el pago se realizaba dos veces teniendo que esperar a que uno de los cargos desapareciera por no confirmarse tras el paso de varios días.

¡Calamares a la andaluza!

Salimos al exterior con la necesidad de dar un pequeño paseo por la zona para rebajar el alcohol en sangre. Y el escenario donde hacerlo no podrías ser mejor: en la parte trasera del Tap & Barrel encontramos el equivalente canadiense de una fiesta mayor de pueblo. La mayor similitud está en el público, de edad más bien avanzada y entregado a la causa en forma de surrealistas bailes. Pero la diferencia está en la banda sonora. Porque lo que en un pueblo cañí serían Las Flechas del Amor, Los Pajaritos y la Macarena aquí se sustituye por Elvis, AC/DC, Los Beatles o, por supuesto, el Summer of ’69 del canadiense Bryan Adams que suena en el momento en el que asomamos la cabeza por la zona del concierto público. El ambiente festivo y el gusto por la música nos trasladan mentalmente a la maravillosa fiesta constante de la Fremont Street de Las Vegas.

¿Hay mejor modo de terminar el día que con música en directo?

Aprovechando un impás en forma de música country que no nos resulta tan atractiva nos acercamos al límite del embarcadero para ver desde la distancia las luces del Vancouver nocturno. Durante el par de fotos que puedo hacer antes de darme cuenta de que estoy demasiado cansado para más fotografía, se me acerca el más borracho de los presentes en el barrio intentando darme conversación. Tengo un gancho para esta gente.

Vancouver desde el Lonsdale Quay Market

Suena I’m a Believer de Smashmouth cuando creemos que ya es hora de tomar el camino de vuelta a casa. Son las 22:00 y mañana debemos abandonar North Vancouver lo más temprano posible para no correr riesgos, así que podemos decir que misión cumplida. A nuestra llegada a Susan’s todo sigue pareciendo desierto, por lo que estamos ya casi seguros de que nuestros anfitriones han pasado todo el día fuera aprovechando el fin de semana. Quizás eso provoque que mañana todavía no hayan repuesto los materiales para el desayuno, por lo que no descartamos que debamos buscar alguna cafetería –no será por locales de Starbucks- para comer algo antes de continuar la marcha. North Vancouver termina aquí, pero la historia sigue.