Cruzando a Canadá, North Vancouver y Stanley Park

Día 2 | 26 de agosto de 2016

Mapa de la etapa 2

Es habitual que tras un primer día con el cuerpo algo desorientado por los cambios de horario, la segunda jornada de un viaje de estas características empiece tras una noche menos problemática. Sin embargo las tradiciones tarde o temprano dejan de cumplirse y ese es el caso en nuestra segunda mañana en la ciudad de Seattle. Por alguna razón el cansancio acumulado en la primera etapa no ha sido suficiente para dejarnos KO durante toda la noche y tras dar varias vueltas en la cama nos despertamos definitivamente a las 4:00.

Nuestro tiempo en Seattle llega a su fin. Si no hay imprevistos, en apenas unas horas estaremos a bordo de nuestro coche de alquiler y habremos puesto rumbo al norte, así que dedicamos las primeras horas del día a dejar listas todas nuestras cosas y firmar el libro de visitas que Susan tiene para sus huéspedes. Hacemos unas cuantas fotos de la habitación para el recuerdo y a las 6:35 salimos por la puerta en busca de cafeína, no sin antes saludar por penúltima vez a una anfitriona que ya está despierta a estas horas.

La habitación de Susan (I)
La habitación de Susan (II)
La habitación de Susan (III)

Nuestro plan es superar varias manzanas a través de la cercana Minor Avenue hasta alcanzar la esquina con Pike Street, donde se encuentra un “Starbucks Reserve Roastery & Tasting Room”. La franquicia de cafeterías ofrece en estos locales una experiencia más profunda, completa y a podría considerarse que lujosa. Sin embargo, tras pasear unos instantes por algo parecido a una exposición del proceso de preparación del café y echar un vistazo al mostrador principal, decidimos que no merece la pena. ¿Y eso por qué? Pues principalmente porque lo que encontramos es la misma oferta de siempre, pero con los precios engordados. Injustificable por la simple frivolidad de tomárselo en un recinto más pomposo. Artículos como un muffin o un cruasán, idénticos a los que encontramos en cualquier local de la franquicia, marcan un precio en ocasiones más cercano al triple que al doble de lo habitual. Así que buscamos un local menos ostentoso de la franquicia.

Nuestro recorrido a la búsqueda del logo verde nos lleva a descender por Pike Street, en la dirección a la que nos queremos dirigir de todos modos ya que con este rumbo nos acercamos así a la oficina de la empresa de alquiler de coches. Encontramos finalmente lo que buscamos al asomarnos a la Séptima Avenida y el mayor asombro llega cuando vemos que el local está justo enfrente de algo que parece el Hotel Roosevelt, usa los mismos toldos que el Hotel Roosevelt y… qué demonios, es el Hotel Roosevelt. Nos topamos sin querer con la versión de Seattle de un hotel que tiene un simbolismo muy especial para vosotros, ya que es en el que los alojamos la primera –¡y la segunda!- vez que visitamos Nueva York y forma ya parte del bonito recuerdo que tenemos de esos primeros pasos en nuestro historial viajero.

Ya con nuestros desayunos en la mesa y conectados al wi-fi sponsorizado por Google nos enteramos de una novedad en lo que parece el don del oportunismo: resulta que por fin podremos disfrutar en Palma de un local de la franquicia sin tener que cruzar los controles del aeropuerto. Y no solo eso, si no que el local en cuestión se encontrará en la inminente ampliación del Centro Comercial Carrefour junto al aeropuerto… ese que queda estratégicamente cerca de nuestra casa y frente al cual pasamos día sí y día también.

Concluido el desayuno, volvemos a echarnos a las calles, que gradualmente presentan más ajetreo que en sus primeras horas del día. No tardamos prácticamente nada en personarnos en la oficina de Alamo, cuando el reloj indica que faltan quince minutos para la hora programada de recogida de nuestro vehículo. El coche, como tantas y tantas veces, lo hemos reservado a través de portal RentalCars, y su precio inicial fue reduciéndose en varios ocasiones hasta conseguir una rebaja de 100 euros al cumplir su promesa de igualarnos cualquier oferta mejor que encontrásemos en la competencia.

El alquiler del coche será esta vez para un total de 20 días, siendo la categoría elegida la más económica posible que nos diera garantías de poder dar cabida a nuestro equipaje: esto es, lo que Alamo considera un vehículo de categoría "intermedia". De entre todos los coches de dicha clasificación el agraciado es un Hyundai Elantra, y nuestra inocente pregunta sobre conseguir una mejora en el vehículo asignado se ve rápidamente resuelta con la excusa de que se trata de una oficina pequeña sin flota suficiente como para poder ofrecernos sin coste un vehículo mejor que esté esperando dueño. Nos atiende una señora ataviada con una camiseta de los Seattle Seahawks, el equipo de fútbol americano de la ciudad que al parecer anoche jugó –y venció- un encuentro en el CenturyLink Field. De haberlo sabido nos hubiéramos planteado la posibilidad de disfrutar de un partido de la NFL en directo... aunque a tenor de lo que pudimos ver más adelante, los precios son como para meditarlo mucho.

Para recoger nuestro coche debemos alcanzar el aparcamiento de varias plantas más arriba. Ahí está esperando nuestro Hyundai de color rojo, con un cómodo habitáculo interior que por ahora nos convence plenamente. Regulamos retrovisores, colocamos GPS, me familiarizo con los controles y cuando ya vamos a arrancar… descubrimos que el depósito no está lleno tal y como dicta el contrato de alquiler, si no que la aguja se queda en algún punto cercano a los tres cuartos de su capacidad. Regresamos a la taquilla de entrega de llaves para informarlo, y la primera solución que nos dan es que lo devolvamos a ese mismo nivel de combustible. Pero ya hemos pagado el paquete de extras por el que podemos devolver el depósito vacío, así que el personal toma la decisión final de entregarnos otro coche de la misma categoría. El agraciado es un Chevrolet Cruze de color gris. Su interior nos parece algo más austero que el anterior, pero por otro lado es una marca americana, cosa que nos hace más gracia en estos viajes que circular con un vehículo asiático o europeo.

El coche que iba a ser nuestro... pero no

Salimos al exterior, y ponemos a prueba el callejero de Seattle. Las ciudades estadounidenses, basadas en nuestras experiencias, se dividen en dos grandes grupos a la hora de circularlas sobre ruedas: plácidos paseos o infiernos desesperantes. Desgraciadamente Seattle parece decantarse desde el primer instante al segundo grupo. Un buen follón de señales ambiguas, calles de uso exclusivo para el transporte público y un confuso sistema de giros en los cruces hacen que el camino de regreso a casa de Susan se complique más de lo previsto. Salimos de la autopista a la que nos ha llevado el GPS por una salida que no es la ideal, pero es la primera que podemos tomar sin jugarnos la vida ya que las anteriores resultan nacer en el carril más a la izquierda cuando nosotros circulamos por el totalmente opuesto. Llegamos finalmente al barrio en el que aparcar con las luces de emergencia en un sitio improvisado, ya que las plazas de aparcamiento no abundan pese a ser zona de estacionamiento de pago. Subimos y nos despedimos definitivamente de Susan antes de bajar todo nuestro pesado equipaje hasta el maletero, donde cabe sin excesos tras planificar un poco la posición de los bultos.

El reloj del vehículo marca las 8:47 cuando reemprendemos la marcha. La salida de Seattle la confirma como una más del grupo que conforman, entre otras, Washington DC y sus túneles mal señalizados o San Francisco y sus cambios de rasante sin visibilidad. No tiene nada que hacer ante las sorprendentemente agradables experiencias de conducir por Manhattan o el Strip de Las Vegas. Respiro aliviado cuando tras incorporarnos a una autopista el GPS no prevé más cambios de dirección abruptos a lo largo de las 130 millas que nos separan de nuestro destino.

Enseguida pasamos del paisaje urbano de la ciudad a uno rodeado por bosques, llanuras y estaciones de servicio. Según superamos los desvíos para alcanzar Mount Vernon empiezan a sucederse los parques de autocaravanas en venta y alquiler. Hemos alcanzado las 10:00 cuando nos detenemos en un área de descanso a 70 millas de Vancouver, motivados por el hecho de que la próxima salida de este tipo no aparecerá hasta 30 millas después y necesitamos estirar las piernas. Durante estos primeros instantes de “road trip” ya hemos memorizado en la radio del vehículo emisoras vía satélite con repertorio de los 80, los 90 y rock clásico. Estamos cubiertos en el aspecto musical.

Retomamos la marcha y a poco más de 30 millas de la ciudad canadiense aparecen las señales anunciando la llegada de la frontera con Canadá. Dichas señales anticipan colas de 25 minutos de espera hasta superar los controles, y aunque vemos claramente señalizado el desvío para acceder al paso fronterizo de camiones y autobuses no nos atrevemos a tomarlo por mucho que Susan nos aconsejara hacerlo ya que, según ella, los turismos pueden utilizarlo también. 25 minutos de espera encajan en nuestra agenda, así que preferimos no arriesgar. Se cumplen a rajatabla, rodeados mientras avanzamos lentamente por un parque estatal gestionado ya por la provincia de la Columbia Británica y por el que pasean asiáticos que no han podido resistir la tentación de apartar sus vehículos y añadir más fotos a su colección.

Nos llega el turno y tras detener el coche frente a la garita, un fornido agente sella nuestros pasaportes tras considerar satisfactorias nuestras respuestas a preguntas como “¿Cuántos días van a estar en Canadá?”, “¿Cuál va a ser su primer destino?”, “¿Lleva una cantidad superior a 10.000 dólares con usted?” y “¿Está usted viajando con armas de fuego?”. El coche vuelve a rodar y ahora ya podemos decirlo: ¡Estamos en Canadá!. La verdad es que se trata de un momento muy especial, ya que la idea de visitar el país venía dando vueltas por nuestras cabezas desde hace bastantes años. La irrupción de Islandia así como las ansias de años anteriores por visitar National Parks estadounidenses retrasó un poco la decisión, pero al fin estamos aquí y pensamos aprovecharlo al máximo.

No notamos demasiada diferencia en el paisaje durante las primeras mil… no, durante los primeros kilómetros. Y es que ese es el principal cambio tras superar la frontera: que a diferencia de Estados Unidos, Canadá utiliza el sistema métrico decimal para medir distancias. Así que nos olvidamos por unos días de pies, pulgadas y millas para volver a los familiares conceptos de metros y kilómetros. No tardamos en vislumbrar a mano derecha los rascacielos de Vancouver, aunque pronto desaparecen para no volver a verlos hasta que prácticamente los tengamos encima. Esa entrada al núcleo urbano a través de un puente nos impacta y no de una forma positiva: la primera línea de edificios consiste en decenas -¿cientos?- enormes bloques idénticos de cemento acristalados en cuyo interior deben concentrarse miles y miles de familias. La sensación es similar a la de ver la primera línea de mar de Benidorm.

Los monstruos residenciales nos engullen y al empezar a callejear no tardamos en sufrir el primer atasco del viaje. Avanzamos lentamente hasta alcanzar el giro a mano izquierda que nos aleja de la mayor saturación y da paso a unas amplias avenidas rodeadas por rascacielos que nos recuerdan inmediatamente a Manhattan. El GPS alcanza su destino final cuando accedemos al aparcamiento exterior de Stanley Park.

Stanley Park es uno de los numerosos parques urbanos con los cuenta la suma de Vancouver y su vecina al norte de la bahía, North Vancouver. Este presenta la peculiaridad de ocupar toda una pequeña península, por lo que recorrerlo ofrece vistas varias a paisajes con el agua como protagonista. Para poder empezar a visitarlo, el primer paso es abonar a través de las máquinas automáticas el precio correspondiente a permanecer estacionado en el aparcamiento más de una hora y media, con un límite de cuatro horas. El coste es de 14 dólares, pero el cambio de divisa ya no es el mismo que ayer. El dólar canadiense es notablemente menos fuerte que el americano, situándose en torno a los 1,45 dólares por euro. Así que el aparcamiento nos cuesta el equivalente a unos 9,6 euros.

14 dólares para perdernos por Stanley Park
Dejamos nuestra carga por unas horas

El termómetro del coche, que sigue mostrando la temperatura en grados Fahrenheit, solo bajó de forma abrupta hasta los 73F durante nuestro paso fronterizo. Ahora ha remontado de nuevo hasta los 83F, lo que se traduce en unos nada despreciables 28 grados centígrados con el sol apretando con fuerza y augurando que el recorrido por Stanley Park tendrá momentos duros. Recorrido que, no he comentado antes, será a bordo de una bicicleta de alquiler. Pero primero debemos preocuparnos de llenar el estómago.

Recorremos unos minutos a pie la calle comercial de Denman Street en busca de un local de comidas para llevar. Nos acabamos decidiendo por uno cuya carta ofrece varios tipos de bocadillo y wraps. L se coge uno de los primeros y yo uno de los segundos, que sumados a un Nestea para compartir suben la factura hasta los 22 $CAD. Tras una espera más larga de lo esperado y con nuestra bolsa de comida preparada, deshacemos nuestros pasos para alquilar sendas biciletas en Spokes.

No pasaron muchos minutos desde que empezamos a estudiar el mejor modo de visitar Stanley Park hasta que deducimos que la respuesta era hacerlo sobre dos ruedas. El parque está aparentemente muy orientado a ello, y la presencia de múltiples empresas de alquiler de bicicletas en sus alrededores parecen confirmarlo. Venimos con la decisión tomada de realizar nuestro alquiler en Spokes por la sencilla razón de que fue uno de los primeros resultados durante las búsquedas por la red y sus tarifas parecían no ser más elevadas que las de la competencia.

Tras contarle a la empleada tras el mostrador que nuestra intención es recorrer varias zonas del parque sin excesos físicos ésta nos aconseja elegir entre las bicicletas de montaña o las de paseo, ya que las primeras no son estrictamente necesarias y las segundas son algo más cómodas. Siguiendo su consejo cogemos las de paseo y, ya equipados con el casco obligatorio y tras circular los primeros metros a pie bajo la estricta prohibición de ir rodando sobre las aceras peatonales, echamos las manos al manillar. Y las cosas no empiezan bien.

El inicio de nuestra visita es desastroso, movido por una alarmante falta de señalización y el hecho de que un lago que debería servir de referencia para nuestro itinerario queda oculto tras una carretera elevada. Como consecuencia recorremos varios cientos de metros en la dirección equivocada y cuando caemos en nuestro error y queremos deshacer lo recorrido debemos hacerlo a pie ya que la vía para ciclistas en este tramo es de un solo sentido.

Lo que sigue tras localizar el lago y empezar el camino no es mucho mejor. Si observamos un mapa del parque, el recorrido estrella para visitarlo íntegramente parece ser recorrer el “Seawall”, una ruta compartida entre ciclistas, patinadores y peatones que recorre junto al agua todo el perímetro de la península. Sin embargo por problemas de tiempo disponible y tras estudiar los distintos puntos de interés a lo largo del camino, nuestra intención es atajar directamente a lugares concretos mediante los senderos interiores que permiten el paso de bicicletas. Lo que no cuentan los mapas es que, a diferencia del asfaltado y mayoritariamente llano Seawall, esos atajos interiores son de gravilla y pueden presentar cuestas con amenazadoras pendientes. Así que ahí nos encontramos L y yo, sufriendo la suma de las limitaciones de nuestras bicicletas de paseo, el peso de nuestras mochilas a la espalda y la fuerza del sol contra nuestros cascos. Pese a que los pocos y mal ubicados carteles nos cuentan que la distancia a Prospect Point se ha reducido ya a 1,6 kilómetros decidimos hacer un alto en el camino y comer sentados en el suelo en un pequeño apartadero entre el sendero y la carretera para coches que también rodea el parque. Así se van al traste nuestros planes de disfrutar de una comida con vistas. No se me quita de la cabeza el comentario de la chica de Spokes sobre lo poco necesaria que era una mountain bike sin preguntarnos antes qué recorrido planeábamos hacer.

Perdidos en ninguna parte
Bonito para la vista, no tanto para los pedales

Recuperadas parte de nuestras energías gracias a la comida y el descanso, retomamos la marcha inicialmente a pie hasta que termina lo peor de la pendiente. Parece que lo más exigente ya pasó y volvemos a rodar, todavía sobre gravilla pero ahora en tramos más lisos solo interrumpidos por pendientes más ligeras y puntuales que las anteriores. Alcanzamos al fin Prospect Point y, separándonos por turnos para no alejarnos demasiado de nuestras bicicletas no aseguradas al renunciar a los candados que incluye la reserva de las bicis por no creer que fuéramos a necesitarlos, visitamos el mirador del punto más elevado de Stanley Park. La estrella del paisaje es el Lions Gate Bridge, un puente que conecta Vancouver y North Vancouver cruzando la English Bay.

Un esfuerzo más...
Lions Gate Bridge desde Prospect Point
Panorámica de Prospect Point
Vaya excursioncita...

Aprovechamos la pausa para comprar dos carísimas botellas de agua en la zona de descanso de Prospect Point y volver a consultar los mapas. El otro punto “obligatorio” de nuestra agenda antes de abandonar el parque es Siwash Rock, que se encuentra al nivel del mar al suroeste de nuestra posición. El primer camino que detectamos en el mapa implica hacer una distancia inesperadamente larga que además incluye volver a recorrer parte de las malditas pistas de montaña de hace unos minutos. El segundo camino posible no queda del todo claro, ya que un pequeño tramo sobre el mapa que conecta dos vías principales podría ser en realidad un camino de cabras por el que no podamos rodar. Decidimos correr el riesgo y esta vez, tras descender con mucho cuidado la fuerte pendiente del “Avison Trail”, parece que por fin hemos acertado y nos topamos con los mucho más relajados ciclistas que están recorriendo el Seawall. Y ahora empezamos a disfrutar sin reservas del Parque Stanley.

Con las óptimas condiciones del paseo marítimo debemos contenernos para no superar la velocidad máxima permitida de 15 kilómetros por hora. Alcanzar los sucesivos puntos de interés a lo largo de la costa no cuesta prácticamente tiempo ni esfuerzo. Nos lamentamos brevemente de no haber decidido seguir el rebaño desde el inicio, ya que de haber desistido en nuestro empeño de atajar por el interior hubiéramos disfrutado desde el principio de las óptimas condiciones del paseo circular y probablemente podríamos haber visto todos los puntos de interés del parque, y no solo los que el tiempo que ahora nos queda nos pueda permitir.

Cruzamos ahora el Lions Gate Bridge desde abajo donde, esto sí hay que reconocerlo, las vistas no son tan atractivas como desde el mirador de Prospect Point que nos hubiéramos perdido de no ser por nuestra pequeña aventura. Unos pocos minutos más a plena velocidad y alcanzamos Sewish Rock. Con diferencia el lugar más fotogénico de Stanley Park, consiste en una gran roca que emerge de las aguas y permite que crezca la vegetación sobre ella, separada por unos pocos metros de la orilla del parque. Su ubicación al oeste de la península la hace idónea para fotografías de atardecer, si bien ese no va a ser nuestro caso. Nos conformamos, que no es poco, con pasar varios minutos junto a la orilla cercana a ella, tomando varias fotos con y sin filtro de densidad neutra para conseguir el efecto de agua sedosa solo en algunas de nuestras instantáneas.

Tramo a pie bajo el puente en el Seawall
El puente, ahora desde abajo
Disfrutando de Sewish Rock
English Bay y la Sewish Rock
Lo que hay mirando hacia el otro lado en Sewish Rock
El medio y la meta

Seguimos el camino y cerramos nuestro medio recorrido a Stanley Park atravesando la zona de playas –sí, hay playa pese a que las aguas las recorren diariamente navíos de mercancías- y una piscina con un ambiente propio de un parque acuático. Regresamos a la casilla de salida del aparcamiento todavía con resquicios de ese sabor agridulce pero en su mayoría satisfechos por cómo ha terminado la experiencia. Recordadlo niños: dejaros de recorridos interiores y haced el Seawall en sentido contrario a las agujas del reloj. Sonreiréis más y viviréis mejor.

El plácido tráfico rodado del Seawall
No cesa en su empeño de hacer amigos
Sí, hay un playa en Stanley Park

Nos quedamos con ganas de más, pero se acerca la hora en la que finaliza nuestro aparcamiento y debemos antes devolver nuestras bicicletas. Pagamos por ellas ahora, cuando la empresa puede saber a ciencia cierta cuántas horas nos las hemos llevado. El precio por las dos sube a 60 dólares, cantidad que nos sorprende inicialmente pero deja de hacerlo cuando comprobamos que al cambio se trata de los poco más de 40 euros que ya preveíamos por tres horas de alquiler.

Entramos en el coche exactamente a las 16:57, tres minutos antes de que según el ticket en el parabrisas debamos marcharnos. Muy pocos kilómetros nos separan de nuestro alojamiento en North Vancouver, al que decidimos ir antes de atender otros recados previstos y no tener así a nuestra nueva anfitriona esperando más tiempo. De paso esperamos refrescarnos tras el sudor acumulado por nuestra aventura ciclista.

Tras un último tramo callejeando por una ladera que nos recuerda a las atractivas y tranquilas casas junto al cartel de Hollywood llegamos a la dirección acordada frente a un amplio parque de césped en estos momentos desolado. Nos recibe Susan, a la que por llamarse igual que nuestra anfitriona anterior decidimos referirnos privadamente como “Susan II” o “Susan The Second”. Y desde el minuto uno nos deja asombrados.

Nuestro parque vecino, ahora desierto

No podemos decir que nos pille por sorpresa. El alojamiento que ofrece Susan, al que llegamos de rebote tras ver cómo nos cancelaban nuestra primera reserva en la zona, cuenta en Airbnb con la mejor valoración posible y una enorme colección de comentarios extremadamente positivos de sus huéspedes. Y es obvio el por qué: no solo las instalaciones que ofrece son espectaculares, si no que lo completa con una atención fantástica hacia sus inquilinos que incluye servir desayunos en ocasiones caseros, todo tipo de lujos y la garantía de que el jacuzzi estará limpio y esperando para que te zambullas en él. Porque lo que alquila por noches Susan y su marido es una pequeña cabaña independiente de su casa que cuenta con su propio jardín trasero y un jacuzzi exterior. De acuerdo, solo es nuestra segunda reserva con Airbnb y el mundo es muy grande, pero creo que Susan II va a ser nuestra campeona vitalicia en cuanto a alquileres de particulares se refiere.

El palacio de Susan The Second (I)
El palacio de Susan The Second (II)
Las galletas de bienvenida
Luego nos vemos...

Resistimos la tentación de mandar todos los planes al garete y meternos ya en el jacuzzi. En su lugar, volvemos a ataviarnos del calzado que hemos debido dejar fuera junto a la puerta de la cabaña y arrancamos de nuevo el motor de nuestro Chevrolet para dirigirnos al Walmart más cercano.

Emoción contenida ante lo que siempre es un hito que anticipamos con ganas e ilusión en cada viaje a Norteamérica: recorrer por primera vez los excesivos pasillos de un Hipermercado Walmart. Pero esta vez la ilusión deriva en una pequeña decepción: sí, ahí siguen estando los excesos en forma de raciones gigantescas y todo tipo de productos de alimentación discutiblemente saludable, pero notamos cierta falta de oferta en algunas de las cosas que más nos interesan como los platos calientes precocinados o las frutas frescas lavadas, cortadas y listas para disfrutar. Compramos algunas cosas de primera necesidad junto a un par de artículos para cubrir la cena de hoy, gastándonos un total de 44 dólares. Esperemos que los próximos Walmart del viaje –que los habrá- vayan más en consonancia con nuestras expectativas.

No me dejéis solo...

Ya de nuevo en el "Paraíso de Susan" y tras luchar un poco con el teclado numérico que da acceso a nuestra habitación, no lo demoramos más. Bañador, zapatillas y el mundo es nuestro. Entendiendo por mundo un jacuzzi con el agua a 38 grados centígrados y los chorros de hidromasaje activados a máxima potencia. No puedo poner adjetivos sin caer en la vulgaridad a la experiencia de varios minutos dejando que los músculos se relajen a base de hidromasajes.

Promesa cumplida

Cuando tras un nunca suficientemente largo rato de relajación la temperatura del agua empieza a resultar incluso excesiva, nos secamos y volvemos al interior para ducharnos y quitarnos el cloro de encima. Ya solo nos queda preparar nuestra modesta cena del día a ritmo del canal de noticias local, que sigue centrado en la tragedia de un ataque con ballestas que terminó con la vida de tres personas en Toronto hace un par de días. Estos sucesos violentos en los que intervienen armas –aunque esta vez no de fuego- están ocurriendo cada vez con más frecuencia en Canadá cuando hasta hace no tanto parecía algo exclusivo de sus vecinos estadounidenses.

La cena consiste en una ensalada de patata y unos spaghetti con salsa marinara calentados al microondas. Y saben mejor de lo que suena. Completados con unas pocas patatas Pringles de sabor barbacoa, estamos más que servidos. ¿Qué nos queda? A L básicamente navegar unos minutos por Internet –Susan ofrece conexión, faltaría más-, pero a mí todavía me queda por delante algo más de una hora para escribir una etapa de diario que no he podido ir avanzando en toda la jornada por razones obvias. Son las 22:05 cuando estoy escribiendo… exactamente… esta frase. Pero merece la pena el esfuerzo con tal de dejar todo documentado con el mayor detalle posible. El día ha tenido altibajos por culpa del tráfico de Seattle y, sí, la puñetera experiencia inicial con las bicicletas de Stanley Park, pero ha terminado con nota. No merece menos de un notable, y con un inicio así seguro que mañana Vancouver nos tiene reservada la Matrícula de Honor.