Seattle: Pike Place Market, Space Needle y Kerry Park

Día 1 | 25 de agosto de 2016

Mapa de la etapa 1

La pantalla del teléfono muestra las 4:30 cuando lo encendemos en el silencio de la noche. Hemos dormido casi siete horas prácticamente ininterrumpidas, cosa muy poco habitual en nuestras primeras noches tras cruzar el Atlántico. Así de cansados debíamos estar. Todavía no es momento de ponernos en marcha y arriesgarnos a despertar con el ruido a nuestra anfitriona, así que dedicamos los primeros minutos a revisar el correo y cuentas sociales con la espalda todavía descansando sobre el cómodo colchón que Susan nos ha dispuesto. Tras planificar la ropa y mochila del día, nos ducharemos cuando ya empiecen a iluminarse las calles de Seattle con tal de aprovechar este único día del que disponemos para visitar la ciudad del grunge.

Aplazamos cuanto nos es posible la hora en la que ducharnos con la esperanza de que Susan despierte, ya que tanto su habitación como el baño son colindantes a nuestro cuarto y nos preocupa que el ruido que podamos hacer le corte el sueño. No hay suerte y no nos queda más remedio que movernos sigilosamente, incluyendo abandonar el apartamento a hurtadillas justo a continuación. Ya en la calle, recorremos por primera vez a plena luz del día las primeras manzanas de First Hill (Primera Colina), la zona en la que se encuentra nuestro barrio. Según nos han chivado, los locales la conocen como “First Pill” (Primera Pastilla) debido a la cantidad de hospitales repartidos por sus calles. No tardamos ni dos minutos en corroborarlo.

El primer hito junto al que pasamos es la Seattle Public Library, la biblioteca pública de la ciudad que destaca de entre el resto de edificios por su curiosa forma y su fachada íntegramente cubierta por cristales que reflejan la luz. En condiciones óptimas, el resultado de los rayos de sol impactando contra su superficie recuerdan a los del edificio de HARPA en Reikiavik. Sin embargo lo hemos alcanzado demasiado pronto y a estas horas solo lo baña la sombra, siendo su curiosa forma cuadriculada lo único que destaca. Lo superamos y, cuando llega el momento de dar nuestro primer giro del viaje, lo hacemos en el sentido opuesto al correcto obligándonos a deshacer unas cuatro manzanas cuando caemos en el error. Bien empezamos.

Nuestros primeros pasos con luz de Seattle

Por ahora las calles del “downtown” de Seattle nos transmiten la sensación de que podría ser atractivo… si no estuviera invadido por las obras tanto sobre el asfalto como en las aceras. No son pocas las veces que operarios y carteles nos obligan a cruzar la calle ante las señales de “Sidewalk closed” (acera cortada). El ruido de maquinaria y camiones avanzando marcha atrás nos acompaña durante la mayor parte del paseo.

Alcanzamos el lugar en el que tenemos previsto desayunar hoy, que no es otro que un Starbucks pero con una peculiaridad: se encuentra en la planta 40 del rascacielos del Columbia Center de la Quinta Avenida. Ya desde el vestíbulo se suceden las señales para alcanzar el observatorio del Sky View varias plantas por encima de la cafetería, sin embargo no entra en nuestros planes acceder a él tras decidir en casa que el precio no compensaba las vistas que ofrece.

Bienvenidos al Columbia Center, su café espera

Comprobamos con alivio, tras ser incapaces de utilizarlas ayer para pagar el tren hasta la ciudad, que nuestra tarjeta de crédito funciona sin problemas dándonos luz verde para nuestro primer frapuccino de caramelo –no puedo evitarlo- y “pan de banana y nueces” –ella tampoco- del viaje. Pasean tanto por la cafetería como los pasillos del Columbia Center gente trajeada pero también otra con una vestimenta más relajada como camisetas hawaianas e incluso zapatillas. Deben ser colegas informáticos o directamente dueños de empresa que no rinden cuentas a nadie. Las vistas desde esta cuadragésima planta son bastante mejorables, ya que la mitad de ellas dan a una bahía en pleno resplandor por las primeras horas de sol y la otra mitad está parcialmente tapada por un rascacielos en construcción en la manzana anexa. Bien por el café, mal por el paisaje.

Malas vistas...
... pero buen café

Son las 8:00 cuando volvemos al nivel de la calle y nos ponemos en marcha hasta nuestro primer destino turístico. El camino nos vuelve a llevar frente a la biblioteca, ahora con un mejor ángulo pero igualmente sin luz natural que la ilumine. Por el asfalto siguen sucediéndose conductores haciendo tropelías, bocinazos y algún que otro grito desde las ventanillas. Las calles de Seattle parecen el centro de Madrid en la hora punta de un día laborable.

Seattle Public Library
Callejeando por Seattle

Tras otros 15 minutos de paseo que nos acercan a la orilla de la bahía llegamos al Pike Place Market, un mercado en el que la mayor popularidad se la llevan los pescaderos que se lanzan piezas unos a otros superando varios metros de distancia. Los primeros turistas del día empiezan a hacer corro para retratarlo, y yo no puedo aguantar ni cinco segundos con mi réflex sintiendo que hago la misma fotografía forzada que todo el rebaño. Por supuesto nadie está comprando nada, motivo por el que bromean constantemente los pobres pescaderos.

El Pike Place Market, todavía desperezándose
Varios turistas, ningún cliente
Detalle del puesto de los show-fishmongers

Nos asomamos por primera vez a las aguas del Pacífico tras atravesar un par de galerías del mercado, cuyos locales están todavía desperezándose y funcionando a medio gas. Regresamos a Pike Street y, pese a habernos topado ya en los metros recorridos con ocho locales de Starbucks, el noveno es especial. Sustituyendo el actual logotipo verde por uno marrón con una sirena menos estilizada, este es el primer local de la franquicia de cafeterías que inauguro la cadena en 1971. Para distinguirse de los demás conserva su diseño clásico, desde el interior hasta la imagen corporativa en carteles y escaparates. Su interior, desgraciadamente, también se distingue de los demás por la mucho mayor de lo habitual aglomeración de turistas esperando turno. El valor de pasar junto a él y asomarse al interior es meramente simbólico, pero si eres cliente habitual de la cadena tiene su gracia visitar el lugar.

Otro acceso al Pike Place Market
Callejones atravesando el mercado
El primer Starbucks de la historia

Pasado este veterano Starbucks volvemos a asomarnos al agua en un nuevo mirador y aquí ya tenemos bastante más que disfrutar. Un constante ir y venir de ferries que conectan la orilla de Seattle con el de otros puntos al otro lado de la bahía, los cuales pasan junto a una noria en primer plano que acompaña algo más al fondo a la fachada del enorme estadio de CenturyLink Field, hogar del equipo de fútbol (los Seattle Sounders) y el de fútbol americano (los Seattle Seahawks) de la ciudad. Todavía no ha tenido la fortuna de ser escenario de una Superbowl, pero a tenor de varios artículos que pueden encontrarse por Internet no parece que vaya a ser algo que vaya tarde mucho en ocurrir.

Vistas al sur desde el Market

Así que una noria, un estadio… pero espera, que falta lo mejor. Más allá del estadio, con una escasa nitidez que hace que pueda pasarse por alto en un barrido rápido, hay algo en la distancia. Nada más y nada menos que el Mount Rainier, ese impresionante volcán de casi 4.400 metros de altura que ayer pudimos presenciar desde la ventanilla del avión. Su naturaleza aislada, siendo por mucho el techo de todo el sistema montañoso que lo rodea, hace que desde esta distancia parezca un espejismo, algo que más bien alguien haya pintado sobre el horizonte y no guarda harmonía con el resto del paisaje. Durante nuestra investigación previa al viaje no estábamos nada convencidos de que lo pudiéramos presenciar desde la ciudad, pero parece que es mucho más fácil “cazarlo” en directo que a través del sensor de una cámara de fotos. Por ahora, poder presenciarlo por nosotros mismos se coloca como uno de los mejores momentos de la visita a Seattle.

¡Ostras, el Rainier!

Todavía saboreando las vistas a Rainier, volvemos a dejar que la ciudad nos engulla alejándonos del mar. Nos dirigimos hacia el norte, donde la temprana hora augura que vamos a cubrir nuestra agenda del día muchísimo antes de lo previsto. Quizás esta vez hayamos pecado de precavidos, ya que de haber tenido un coche de alquiler incluso hubiéramos tenido tiempo de ir a visitar Mount Rainier mucho más de cerca. En todo caso, es demasiado tarde para plantearse eso, así que por ahora vamos a seguir nuestra agenda alcanzando el símbolo por excelencia de la ciudad de Seattle. El Space Needle no tarda en asomar entre algunos edificios para confirmar que estamos en la ciudad correcta.

Ah, Nueva York...
La Space Needle se puede contemplar íntegra desde minutos antes de alcanzarla
También reflejada en un edificio cercano...
... y también ver con detalle los ascensores que suben y bajan

Cuando llegamos a los pies de la aguja espacial lo primero que llama la atención es lo tranquilo que está todo. Esperábamos bastante más alboroto y movimiento de turistas en un sitio tan popular, pero parece que estamos disfrutando las ventajas de llegar temprano. Tan temprano que los tickets que compramos a través de una máquina para acceder a lo más alto de la aguja entran en la categoría de “Early Bird” y cuestan 22 dólares, 5 menos que los 27 para turistas que quieran visitarlo pasadas las 10:00. Durante la rampa de acceso a pie hasta los ascensores se suceden los carteles y elementos interactivos que narran la historia sobre su construcción en 1961 así como las peculiaridades de su arquitectura. No necesitábamos más pruebas para saber lo bien que los estadounidenses saben vender sus atracciones turísticas.

La inevitable tienda de regalos, desde la rampa de acceso al ascensor

El ascensor apenas tarda medio minuto en llevarnos desde la base hasta lo más alto. Salimos directamente al perímetro exterior de la cima, que nos recibe con un buen golpe de calor y el sol azotando a base de bien. Las vistas son buenas, por encima de la media de las que habíamos podido presenciar en la webcam de 360 grados de la página oficial de la Needle. De nuevo podemos distinguir la silueta triangular del Mount Rainier, y una Canon EOS 7D conectada a un lector de códigos de barras en el que pasar nuestra entrada nos hace una foto desde las alturas cuya copia digital podremos luego enviarnos por correo. Tanto esto como la típica fotografía falsa que te hacen en el acceso son gratuitas, aunque la segunda carece de todo sentido existiendo la primera. Bueno, puede que haya quien prefiera un fondo de mentira a uno de verdad pero menos vistoso por los barrotes y las rejillas.

Sistemas interactivos en la cima de la aguja espacial
Seattle desde la Space Needle
Y otra vez el majestuoso Mount Rainier

Damos la vuelta entera al mirador. Aunque el lateral que más miradas se lleva es el que da al sur con el monte presidiendo el paisaje, toda dirección tiene su gracia. Por ejemplo, podemos ver desde las alturas el notable Seattle Center, todo un complejo de parques y zonas recreativas junto a la torre. O los hidroaviones aterrizando sobre el Lake Union. O los edificios abandonados de una planta de gas más allá de ese mismo lago en lo que ahora se denomina el “Gas Works Park”. Este último nos hace especial gracia ya que es nuestra intención visitarlo en el último día de nuestro viaje. Las vistas desde allí hacia el silueta de Seattle deben ser dignas de ver… pero para eso todavía queda muchísimo, afortunadamente. Por ahora, sigamos disfrutando de unas vistas que presentan algo de polución, pero con una claridad que no está nada mal para tratarse de una gran ciudad estadounidense. Por lo general parece que lo único que tiene Seattle de gran ciudad son sus dimensiones, ya que en cuanto a densidad de población y estrés queda bastante por debajo de la mayoría que hemos podido visitar.

Vistas al puerto...
... y al Gas Works Park
Dejando impronta

Son las 10:30 cuando, ya en el vestíbulo interior para escapar de una segura insolación, aprovechamos la conexión a Internet gratuita de la Space Needle para replanificar el día, ya que lo mal que hemos estimado el tiempo necesario para cada hito de la agenda provoca que vaya a sobrar muchísimo tiempo hasta la noche. Antes de tomar el ascensor de vuelta recorremos por última vez la torre desde el interior, consultando ahora las múltiples pantallas interactivas que permiten, entre otros, disfrutar de tours virtuales por las zonas más populares de la ciudad, consultar el historial de instantáneas de 360 grados tomadas por la webcam cercana o ver proyectados sobre una fotografía los principales puntos de interés visibles desde el mirador. Tal y como esperábamos, el complejo está perfectamente organizado para que a los visitantes no les falte de nada.

De nuevo en tierra, nos adentramos en el Seattle Center anexo y es toda una inesperada sorpresa. Sus amplios caminos conforman un parque urbano que por momentos se asemeja más al interior de un zoológico. Por aquí y por allá se suceden edificios varios, como el Key Arena en el que juega el equipo de baloncesto femenino de la ciudad, las Seattle Storm. Pero la palma se la lleva la International Fountain, una fuente que desde el mirador del Space Needle parecía plana y de dimensiones discretas pero según nos acercamos a ella descubrimos que, además de estar varios metros bajo nuestros pies, es colosal. Decenas de niños y algún que otro padre se lo pasan pipa correteando alrededor de la circular fuente y empapándose con el agua que sale despedida en todas direcciones. Yo tengo una idea en la que interviene mi cámara de fotos y el trípode, e intento ejecutarla sin que parezca que soy un perturbado consiguiendo su galería privada de fotos de críos. A estas alturas todavía no me han llevado a comisaría, así que debí conseguirlo.

La animadísima International Fountain
Agua por los aires frente al símbolo local

Nos quedamos un rato en los alrededores de la fuente, encontrando aquí nuestro lugar favorito de la ciudad. Al buen ambiente, el césped bien cuidado y las vistas despejadas hacia la Space Needle se le suma el hilo musical, que parece sacado de un Guitar Hero cualquiera. Cuando decidimos ponernos en pie y alejarnos de la fuente un estruendo nos advierte de que todavía faltaba presenciar algo: el tremendo chorro de agua que de tanto en cuando sale disparado hacia arriba varios metros de altura y que viene seguido de un simpático alboroto de los niños que salen huyendo de él en todas direcciones.

Completamos el circuito interior por el Seattle Center, aprovechando durante el camino la conexión a Internet gratuita de todo el parque por cortesía de Microsoft. Nuestros últimos pasos nos llevan frente al museo de la ciencia que, como todos, está casi exclusivamente centrado en los más pequeños. Me parece fantástico y aplaudo la iniciativa de acercar la ciencia a los niños, pero de vez en cuando me gustaría toparme con un museo de su género que conservara exposiciones más enfocadas a los adultos, ya que esos mismos niños seguimos interesados en la ciencia cuando se hacen mayores. El acceso al museo, que en estos momentos alberga la según ellos “mayor exposición de arte con Lego jamás vista” cuesta 20 dólares, 26 si incluimos la proyección de un espectáculo IMAX.

Son las 12:00 y, aunque es algo temprano, creemos que ya es buena hora para comer y así quitarnos esa preocupación para más adelante. Nuestro plan inicial era visitar Plaza Garibaldi, un local de comida mejicana con buenas referencias a pocos minutos de aquí. Sin embargo tanto L como yo compartimos el antojo de una buena pizza, y tras consultar las opciones posibles curiosamente la más adecuada parece estar junto a nosotros. El “Armory”, todavía dentro del Seattle Center, resulta ser un Food Court (pabellón de comida) en toda regla y en su interior numerosos locales ofrecen sushi, comida mejicana, especialidades a la parrilla… o para el caso que nos interesa, las pizzas de Mod Pizza.

Es una franquicia que no conocíamos para nada pero cuyo primer contacto resulta ser muy positivo. Su oferta tiene un precio fijo de 8.75 dólares por pizza de tamaño estándar, ya sea de entre su catálogo de combinaciones predeterminadas de ingredientes o configurando una al gusto con todos los “toppings” que uno quiera. Lo mismo cuesta una ensalada de tamaño medio entre tres configuraciones a elegir, incluyendo nuestra querida César. Junto a dos refrescos para llevar, comemos estupendamente por un total de 22 dólares.

Mod Pizza Time!

Aprovechamos la sobremesa para tomar una decisión final sobre cómo invertir la tarde. Durante las últimas horas, L se ha empezado a plantear que nos subamos a un ferry para poder disfrutar de las vistas a Seattle según nos alejamos a ella desde el mar. Y no quepo en mi asombro, ya que lo más cerca que la he visto jamás de querer subir a un barco ha sido en una atracción de Port Aventura. Pero tras consultar horarios, frecuencias de paso y duraciones del trayecto concluimos que, aunque posible, el tiempo requerido para ir a Pike Place Market, navegar por la bahía y regresar al mercado pondría demasiado en riesgo otras cosas de la agenda a las que no queremos renunciar de ninguna manera. Así que optamos por una solución mucho más conservadora y pensando en el largo plazo: regresar al centro de la ciudad y descansar en nuestra habitación durante un rato antes de reemprender la marcha. Eso sí, vamos a hacerlo con estilo. Emocionado por su descubrimiento e incapaz de quitarme de la cabeza el capítulo de Los Simpson, yo no me marcho de aquí sin subirme al ¡Monoraíiiiiiiil! de Seattle.

Un crossover de nuestros viajes

El trayecto de ida cuesta 2,25 dólares por persona y no tarda prácticamente nada en plantarnos en Pike Street, muy cerca de dónde hemos estado hace apenas unas horas. Desde aquí nos separan unos 15 minutos a pie hasta la casa, así que invertimos algo del excedente de tiempo en visitar el interior de Macy’s, algo que no hacíamos desde nuestro paso por Boston hace ya tres años. Al no ser un outlet, los caros precios no nos pillan por sorpresa. Para colmo la reciente flaqueza del euro ha conseguido que el cambio con el dólar sea cada vez menos favorable, acercándose peligrosamente a la paridad y haciendo que el arrebato consumista de los europeos en territorio estadounidense sea menor que antaño.

Ahora sí, ponemos rumbo de regreso a casa. Y lo hacemos superando primero avenidas sobre un territorio llano, pero dejando lo peor para el final. Tal y como ocurría anoche, alcanzar Spring Street en lo alto de First Hill requiere superar varios tramos con una pendiente que no podríamos soportar mucho tiempo. Pero a diferencia de hace unas horas esta vez no llevamos el lastre de las maletas y con un poco de paciencia y fuerza de voluntad terminamos llegando.

Cogemos a Susan por sorpresa, ya que al marcharnos esta mañana habíamos dejado una nota rompiendo un poco el hielo tras la abrupta bienvenida de ayer e informándole de que no planeábamos volver al apartamento hasta la noche. En cualquier caso, vuelve a ser encantadora con nosotros y nos desea un buen descanso cuando nos volvemos a meter en nuestra habitación. Antes nos informa de que los autobuses municipales no requieren pagar un billete de vuelta si el de ida se consumió hace menos de dos horas. Es un dato a tener muy en cuenta, aunque probablemente para nuestros planes de la tarde dos horas sean insuficientes. De momento, es hora de escribir el diario desde la comodidad de la cama y descansar hasta que empiece a caer el sol.

Casi tres horas después y con los pies agradecidos por el respiro, volvemos a la calle para dirigirnos a la cercanísima parada de la línea 2 de los autobuses metropolitanos. Esperamos un rato hasta que llega el vehículo, que se alimenta por la energía eléctrica que le transmiten los cables a los que va enganchado en el techo y que pueden verse por toda la ciudad. Una vez dentro y pagados los 2,50 dólares por persona de la “hora no-punta” que, ojo, solo se puede pagar en efectivo y con la cantidad exacta salvo que tengas una tarjeta pre-pago como cualquier residente, sufrimos los tirones y frenazos típicos de un vehículo de tal envergadura recorriendo las empinadas cuestas de la colina en la que nos alojamos. Durante la media hora de trayecto nos acompaña un frío invernal, demostrando una vez que pese a décadas de experiencia este país sigue teniendo serios problemas al regular el aire acondicionado.

Tras los proyectados 30 minutos nos apeamos en el cruce de Queen Anne Ave y Highland St, varios kilómetros al noroeste de dónde comenzamos el trayecto. Solo tres manzanas paseando por aceras poco transitadas nos separan de Kerry Park. ¿Y qué es Kerry Park? Pues nada más y nada menos que el puñetero mejor mirador en tierra firme del que dispone la ciudad de Seattle.

Desde su discreta pero estratégicamente ubicada altura frente a una caída en picado que deja línea de visión directa hacia el centro de la ciudad, la vista es de las que quitan el hipo. Barcos yendo y viniendo por la bahía, vuelos aterrizando y despegando en la distancia, y todos dirigiéndose o alejándose de ese centro urbano que traza en el horizonte una perfecta diagonal desde el techo de la Space Needle hasta el nivel del mar. Como guinda, otra vez el Mount Rainier se deja ver perfectamente en la lejanía, ostentando su magnífica altura que le permite completar la escena pese a la distancia.

Él siempre debe ser el primero en salir
Con ustedes, Seattle

Cuando hemos llegado alrededor de las 19:00 apenas éramos unas 15 o 20 personas disfrutando del lugar, pero poco a poco el ambiente se va caldeando y ya no quedan huecos libres en una barandilla que todos quieren ocupar. Llega un grupo de adolescentes que deben ser frecuentes, ya que hacen caso omiso de las vistas y se dedican a pasarse botellas unos a otros y, a tenor del olor, a fumarse alguna cosa que en el Estado de Washington es legal consumir.

Los colores van cambiando según cae el sol
La Needle sigue siendo la estrella

Las dos horas que pasamos en el lugar, disfrutando de la escena tanto con la simple vista como a través de todos nuestros dispositivos, solo podrían mejorar de un modo: consiguiendo que todos los presentes acordasen quedarse en silencio tan solo diez segundos. Y es que es tal el escándalo de voces, gritos y risas que durante unos minutos me pongo los auriculares con tal de aislarme y concentrarme en las vistas con la ayuda de The Police en la aplicación de Spotify.

La hora azul exprime lo mejor del mirador de Kerry Park
La noche cae y las luces comienzan a encenderse
Y finalmente, Rainier desaparece en la penumbra
Pese a la tardía hora, los ascensores siguen a pleno rendimiento

Pasan las 21:00 y Seattle ha quedado ya prácticamente a oscuras cuando regresamos al cruce donde nos recoge el autobús de vuelta. Esta vez se trata de la línea 13, que no es más que la 2 cambiando parcialmente su recorrido en algunas zonas. Tras otra media hora sufriendo los excesos del aire acondicionado nos bajamos en los alrededores de nuestro apartamento y nos dirigimos a la calle comercial más cercana. La oferta que queda abierta para cenar es un McDonalds, un Subway y otro local más de la cadena de bocadillos Jimmy John's Sandwiches. Nos atrae lo desconocido de la franquicia y nos llevamos sendos bocatas de jamón, queso, tomate, lechuga y mayonesa por 6 dólares cada uno, bebida aparte. Apenas unos minutos después estamos entrando en el hogar de Susan, con la anfitriona relajándose con su tablet en el salón. Un poco de conversación sobre cómo hemos disfrutado del día y algunos detalles de cómo es la vida en Mallorca, y pasamos a la habitación para cenar, saliendo de ella solo unos minutos para ducharnos y dejar así todo hecho pensando en el día de mañana.

Son alrededor de las 23:00 cuando todo nuestro equipaje ha quedado ya listo para reemprender la marcha. Mañana nos espera el pistoletazo de salida para todo “road trip” que se precie. Antes de alcanzar el mediodía estaremos ya motorizados, y con ello pondremos rumbo al destino principal de nuestro viaje. Canadá está esperando.