De Madrid a Seattle con escala en Chicago

Día 0 | 24 de agosto de 2016

Mapa de la etapa 0

El teléfono sonando gracias al servicio de despertador del hotel. Nuestras pulseras de actividad vibrando. Todas las medidas que tomamos para asegurar que nos despertaríamos a las 7:45 han funcionado, así que contamos con alrededor de una hora antes de tener que bajar a la recepción. L ha pasado mala noche por los nervios del viaje pero con un poco de suerte solo nos queda pasar el mal trago del eterno viaje hasta Seattle y a partir de ahí todo irá sobre ruedas. Para empezar, duchémonos y dejemos a punto el equipaje para arrancar la eterna jornada que nos espera en las mejores condiciones.

El hotel ha cumplido su función, ni más ni menos. Estaba cerca de Barajas, nos ha traído y nos llevará hasta la terminal, las camas eran cómodas y he podido aprovechar la conexión a Internet gratuita para descargar en el último momento los dos primeros capítulos de la tercera temporada de Halt and Catch Fire. Toda precaución es poca cuando se trata de disponer de entretenimiento con el que compensar un viaje de un buen puñado de horas.

Son las 9:05 cuando la furgoneta del hotel ya pone rumbo a Barajas, donde llevará primero a unos cuantos huéspedes hasta la antigua T1 y finalmente nos dejará a nosotros y otros tantos compañeros de viaje en la nueva T4. Allí nos espera una cola de facturación mayor que la de ayer, en la que paso 15 minutos inquieto ante la incertidumbre de si habré conseguido que mi equipaje pierda peso hasta quedar por debajo del límite de 23kg permitido. No recuerdo la última vez que solté tanto aire en señal de alivio como cuando la deposito sobre la báscula y veo que la pantalla marca 21.7kg. Todos los presagios de tener que improvisar qué cambiar de una maleta a otra a la vista de todo el mundo desaparecen de un plumazo, durante el cual nos informan de que nuestro vuelo saldrá por la puerta de embarque U67. Dado que tenemos primero que ir vía tren lanzadera hasta la T4S y que la puerta es una de las últimas de sus largos pasillos, la empleada de Iberia nos recomienda que no tardemos mucho en emprender la marcha.

Y así lo hacemos, pasando primero sin problemas el control de seguridad y alcanzando en unos minutos el tren lanzadera que nos lleva a la terminal satélite, esa en la que se concentran los vuelos de larga distancia. Solo hacemos un pequeño alto en el camino en el Starbucks de nuestra terminal de destino, y es que pasan ya las 11:00 y todavía no hemos desayunado. Cafés en mano, pasamos junto a una ventana en la que nos observa aparcado el avión "Agustina de Aragón", ese que hace ya 3 años nos llevó volando hasta la ciudad de Boston. Alcanzamos nuestra puerta tras invertir un momento en el control de pasaportes adicional para todos los vuelos a Estados Unidos. En el primer control que tuvimos que pasar esta mañana el agente de seguridad no se dignó ni a mirarnos a la cara -estaba más concentrada en su teléfono móvil-, y en este último chequeo apenas perdemos unos segundos. Parece que los controles de seguridad se han relajado bastante en comparación a casos anteriores en los que nos hacían preguntas adicionales sobre el motivo y las circunstancias de nuestro viaje.

Volvemos a encontrarnos, Agustina
La enésima visita a la reluciente T4

El embarque para el vuelo IB6275 se abre sin retraso y experimentamos la crueldad de pasar junto a la zona business antes de alcanzar nuestras butacas de clase turista. Somos testigos de los comodísimos sofás y pantallas de más de 15 pulgadas que disfrutarán aquellos a los que no les ha importado gastar dos o hasta tres veces más dinero para realizar el mismo desplazamiento que nosotros.

Me quedo con Chicago, gracias

Tampoco es que nos podamos quejar. Nuestros asientos en la fila 17 no son los de business pero tampoco escatiman en recursos. Respecto al espacio para estirar los pies no hay nada que hacer -eso solo se arregla pagando un extra por sentarse en salidas de emergencia- pero por lo menos dispondremos de un enchufe, una toma de USB y un sistema de entretenimiento que no pinta nada mal en una pantalla de unas siete u ocho pulgadas. Entre la oferta digital encontramos cine -Batman contra Superman, Fast and Furious 7... ¡y Civil War, que todavía no ha salido en formato doméstico!-, series -desde Community o The Americans hasta Vis a Vis o El Ministerio de Tiempo- y algunos videojuegos para partidas ocasionales a los bolos, el tetris, el solitario o el póker.

¡Hola!

El vuelo queda cerrado sobre el horario previsto de las 11:50 y no es hasta las 12:20 cuando, mientras estoy enfrascado en una larga partida de Texas Hold'Em, el avión coge aire poniendo rumbo hacia la ciudad de Chicago. Doy gracias a haber traído mis propios auriculares que me permitan aislarme mejor del ruido, ya que justo en el asiento de delante tenemos una niña que por ahora parece ir sobrada de energías. Afortunadamente la madre pone todo lo posible por su parte buscando el modo de entretenerla y Bob Esponja vuelve a salvar el día manteniéndola calmada por unas horas.

La partida de póker me mantiene ocupado durante alrededor de una hora, tras la cual ya hemos dejado atrás una décima parte del vuelo. Es en este preciso instante cuando la tripulación inicia el servicio de almuerzo en el que nos dan a elegir entre pollo -la elección de L- y tortellini -la mía-. En común, una modesta ensalada y una pequeña porción de brownie de chocolate. Debo confesar que la comida de Iberia no ha estado mal en nuestras últimas experiencias, y esta vez no es una excepción... incluido el café que sirven a continuación.

Como siempre, lo complicado es no tirar nada al suelo

Son ya las 14:00 cuando nos retiran las bandejas y, tras haber rellenado los formularios de aduanas que deberemos presentar al llegar a Chicago, vuelve a ser turno de encontrar algo con lo que mantener la cabeza ocupada. Y, ¿qué mejor manera que empezar a escribir este diario? Las alrededor de cinco páginas de procesador de texto que me lleva narrar lo vivido hasta ahora me entretienen durante poco menos de una hora, así que son las 15:00 cuando me dispongo a ver por segunda vez la Guerra Civil de Marvel. Como la película dura 150 minutos, cuando termine estaremos ya a “solo” cuatro horas de alcanzar el destino.

… cortinilla de Marvel…

… sonido de golpes…

…risas en la sala…

… títulos de crédito…

… escenas post-créditos…

De acuerdo, ya han pasado dos horas y media. Civil War aguanta muy bien un segundo visionado, diría que incluso mejora el primero.

Durante los minutos siguientes a terminar la película la niña árabe que tenemos enfrente y un niño norteamericano que anda paseándose por el pasillo se hacen amigos. Lo cual es en sí una escena preciosa, pero cuando lo celebran correteando y saltando a medio metro de tu asiento la emoción se entorpece un poco. Lo de la niña es caso aparte: en el cómputo global del vuelo se pasa cinco o seis horas vagando libremente por el pasillo y recibiendo más atención de una joven –corrijo: una santa- que se sienta a nuestra altura que de su propia madre, que prefiere la compañía de Sandra Bullock en la pantalla a la de su propia hija. Incluso la tripulación le llama la atención cuando la cría sigue campando libremente pese a la señal de cinturones abrochados debido a turbulencias.

Un momento del silencioso vuelo...

Un poco más de sudokus, partidas al solitario y paseos para estirar piernas y brazos y ya solo quedan dos horas para llegar a Chicago. No es hasta una hora más tarde cuando la tripulación empieza a servir las meriendas, y a tenor de las miradas que llevaban minutos echándoles varios pasajeros creo que todos lo estábamos esperando. Nos han tenido unas cinco horas sin nada que echarse a la boca entre el almuerzo y la merienda, y eso en un espacio reducido en el que no tienes mucho más que hacer es una cantidad de tiempo importante.

Alcanzamos las 20:30 hora de España peninsular, 13:30 hora de Chicago y 11:30 hora de Seattle. Si todo va según lo previsto, en 60 minutos más estaremos tomando al fin tierra y listos para pasar los tediosos controles de inmigración. Abrimos de vez en cuando la cortinilla de la ventana esperando poder disfrutar de las vistas, pero hasta que el avión no comience a descender los más de diez kilómetros de altura respecto al nivel del mar provocan que el resplandor del sol sea tal que sea imposible mantener la ventanilla abierta más que unos segundos.

Llega el momento de aterrizar... y tampoco es que podamos ver gran cosa, ya que la aproximación al aeropuerto de O’Hare es mayoritariamente sobre las aguas del Lago Michigan y, cuando podemos al fin ver tierra, no hay tiempo para mucho más que una zona industrial y, eso sí, una amplia zona verde colindante con el aeropuerto. Por supuesto todavía nos queda un largo paseo sobre las pistas pasando junto a cientos de aviones de United y American Airlines hasta que alcanzamos nuestra pasarela de desembarque.

El interior de la terminal nos da la bienvenida con el primero de los aires acondicionados exageradamente altos tan característicos de los Estados Unidos. Tras varios pasillos llegamos a la zona del control de inmigración, donde nos desviamos por la señal para ciudadanos estadounidenses y extranjeros que no hayan rellenado la ESTA por primera vez. En nuestro caso es ya… no recuerdo si el tercer o cuarto formulario de visado que rellenamos antes de venir. Lo que sí tenemos claro es que estamos pisando territorio de barras y estrellas por sexta vez.

Nuestra condición de no novatos nos permite recortar bastante los tiempos del trámite de inmigración. Primero, porque empezamos el proceso a través de las máquinas de APC, el nuevo sistema telemático para conseguir acceder al país. No es el paso final ya que la máquina nos insta a proceder a un control manual, pero los mostradores asignados para ello tienen mucha menos cola que las de los que reciben a los extranjeros de primer acceso.

Nos llega el turno, decidiendo como siempre presentarnos ante el agente por separado ya que oficialmente no somos una unidad familiar. Primero es el turno de L y… por segunda vez, le ocurre lo que coloquialmente llamamos “llevarte palante”. Este control de acceso puede ser algo problemático según cómo te llames, siendo una creencia popular que, si tu nombre y apellidos coinciden con los de algún sospechoso, delincuente o demás personal fichado, procederán a llevarte a una sala separada en la que hacerte esperar mientras realizan una verificación de antecedentes más minuciosa. L tiene un nombre, primer y segundo apellidos que bien podrían pertenecer a una narcotráficante latina, así que no es de extrañar que por segunda vez decidan aplicarle esta variante. Cuando te “retienen” una primera vez consigues acceso un código que, al rellenarlo junto a la reserva del vuelo, debería indicarles que “sí, ya lo sé, mi nombre es sospechoso, pero ya me dijisteis que estoy limpia la primera vez”. Parece que no ha surgido efecto.

Cuando ella ya ha desaparecido de mi vista, llega mi turno y el proceso no me lleva más de 30 segundos, incluyendo las explicaciones un poco rebuscadas para justificar que estaré en Estados Unidos solo un par de días, luego visitaré Canadá y en última instancia volveré al país para otros tres días antes de abandonarlo. Así que ahí me encuentro, frente a las cintas de equipaje esperando a que L aparezca por algún lugar. Afortunadamente esta vez solo le lleva unos minutos volver a mi lado, a diferencia de aquella primera retención en el Aeropuerto de Boston en la que pasé más de media hora preguntándome qué había sido de ella.

Cuando nos reencontramos nuestras maletas ya están en la cinta esperando a que las rescatemos. Con ellas a cuestas localizamos cual de las múltiples salidas es apta para pasajeros con escala y, tras echarle un simple vistazo al resguardo de las máquinas APC y dejarnos pasar sin mayor problema en el control de salida, nos topamos prácticamente enseguida con la zona en la que volver a despedirnos de nuestro equipaje para que sigan su camino hasta el destino final. El personal del aeropuerto procede religiosamente a cogerlas y lanzarlas contra la cinta, porque ya total, qué es un golpe más en una maleta que ha pasado penurias dignas de Guantánamo.

Nuevamente equipados solo con nuestras mochilas nos plantamos en el vestíbulo de la terminal. Apenas unos 100 metros y una rampa mecánica después llegamos al andén del tren que conecta las distintas terminales del O’Hare Airport, y tras unos minutos estamos ya en la Terminal 3 desde la que saldrá nuestro último salto del trayecto. Nos esperan más controles de seguridad y alcanzamos la puerta de embarque H17 dos horas antes de la salida prevista del vuelo de American Airlines, previo paso por dos locales de McDonalds, otros dos de Starbucks y el clásico olor a fritingo, calorías y obesidad en los apenas 300 o 400 metros de pasillo que debemos recorrer hasta los asientos.

Es momento aquí de disfrutar de los 30 minutos de conexión a Internet gratuita que podemos utilizar por dispositivo, el tiempo justo para quitarse el mono, ponerse al día y anunciar de nuestros progresos y ausencia de imprevistos a la familia. No será hasta las 17:20 cuando se inicie el embarque del vuelo AA1085 con destino Seattle-Tacoma, nuestra meta del día.

Pasillos del O'Hare

Aprovechamos la espera para dar paseos por las proximidades de la puerta de embarque. Tras nueve horas encerrados en un avión y ante la previsión de pasar otras cuatro atrapados en otro, hay que aprovechar cada minuto en el que podamos caminar cómodamente. A base de paseos alcanzamos las 17:00 de la tarde de Chicago, momento en el que el avión empieza a acoger pasajeros. Al igual que en el vuelo transoceánico, nuestros asientos se encuentran en la fila 17. Y pese a las mucho más reducidas dimensiones del avión en esta ocasión, las vistas desde nuestra ventanilla vuelven a estar monopolizadas por el ala izquierda de la aeronave. Definitivamente no va a ser el mejor viaje para disfrutar de paisajes a vista de pájaro.

El avión está lleno de pegatinas anunciando que dispone de conexión a Internet a bordo, pero no tardamos en descubrir que vuelve a ser de pago y con tarifas absurdas. Lo único mínimamente interesante es el servicio de streaming de algunas películas sin sobrecoste, pero el título más atractivo es Batman vs. Superman. Además de haberla visto ya… que sea lo más atractivo dice mucho acerca del catálogo. Mientras el avión enfila la pista de despegue nos conformamos con leer en la revista de la compañía una de esas historias que te hacen replantear si estás exprimiendo la vida al máximo. Trata sobre los motivos y vivencias del autor de 59in59.com, un hombre que decidió dejar atrás un buen trabajo con tal de recorrer los 59 Parque Nacionales de los Estados Unidos en 59 semanas. ¿Quién no se moriría de envidia?

Comienza el vuelo y aunque sabíamos que iba a ser duro nada podía anticiparme cuán largo iba a resultar. ¿Sabéis ese momento en el que en una película, normalmente comedia, comparan a un pasajero de primera clase con uno de clase turista? El primero aparecería relajado, tumbado en la comodidad de su butaca y con música clásica de fondo. El segundo sin embargo, aparecería sin apenas espacio para él ya que su obeso compañero de fila estaría invadiendo buena parte de su asiento, roncando sobre su hombro. Pues tal cual. Durante cuatro horas. Solo el viaje de vuelta desde Islandia, que pasé íntegramente junto a los baños y permanentemente mareado, supera a este en cuanto a incomodidad.

Cumplimos ya tres horas de este tortuoso viaje cuando L me da la vida decidiendo despertar al bello durmiente para que le deje salir y poder ir al servicio. Aprovecho el momento cual ninja para no solo estirar los músculos atrofiados si no también para rescatar mi mochila del portaequipajes, abrazarla con fuerza y llevármela conmigo al asiento para no separarnos jamás. Ya con un poco de entretenimiento al alcance puedo ver, haciendo algo de cortonsionismo en mi asiento, el primero de los dos capítulos de Halt and Catch Fire a través de mi tablet. La serie sigue en buena forma y cuando termina ya estamos 43 minutos más cerca de poner fin a esta agotadora jornada.

Volando con American Airlines

Nuestro peculiar compañero de fila no ha vuelto a dormir desde que pusimos fin abruptamente a sus ronquidos, e incluso parece estar intentando no invadir tanto mi espacio con sus enormes brazos. Quizás ahora se sienta culpable sabiendo el recital que nos ha brindado durante más de medio vuelo, y pasa el resto del trayecto entretenido con un videojuego de coches en su teléfono móvil.

Según vamos descontando minutos, empezamos a sobrevolar el estado de Washington. Y se presenta con muy buen aspecto: kilómetros y kilómetros de paisajes verdes copados por lagos de todos los tamaños y formas. Y en el horizonte, más allá de montañas de menor altura, aparece el majestuoso Monte Rainier, ese volcán que desde Seattle se puede ver cuando las condiciones meteorológicas lo permiten y rara vez como algo más que un pico emergiendo de entre las nubes. Ahora sin embargo lo dejamos a mano izquierda y desde una distancia bastante corta, por lo que probablemente jamás volveremos a ver sus más de 4.000 metros de altura en tan buenas condiciones como desde la ventanilla.

Mount Rainier, la mejor bienvenida

Son las 19:26 hora local cuando tocamos tierra por última y definitiva vez en lo que va de día. El aeropuerto de Seattle-Tacoma parece estar tranquilo, lógico al no tratarse de un punto de conexión tan socorrido como puede ser Chicago. Si vemos no obstante bastantes aviones de la aerolínea Alaska, que quizás por proximidad utiliza la estratégica ubicación de la ciudad de Seattle como puerta de acceso al resto del país.

Alcanzamos la zona de recogida de equipajes, en la que han programado la salida de maletas de varios vuelos en la misma cinta 16 por lo que a nuestra llegada ya hay bastante gente esperando recuperar sus preciadas posesiones. Las nuestras no tardan en aparecer y ya cargados con ellas emprendemos una marcha zombi hasta el andén del Link Light Rail.

Como en cualquier aeropuerto que se precie, salir de él con rumbo al centro de la ciudad presenta varias alternativas. La más obvia y de mayor desembolso pero también la más cómoda sería coger un taxi, pero el tráfico congestionado que vemos en las autopistas cercanas nos confirman que no es la opción más sabia. Por otro lado, la compañía de transportes de Seattle, SoundTransit, cuenta entre su catálogo con el Link Light Rail, una línea ferroviaria hecha prácticamente a medida para comunicar el Aeropuerto y las zonas principales de la ciudad. Por solo tres dólares por persona y trayecto -pagados en efectivo porque la máquina de venta automática no acepta nuestras tarjetas de crédito- nos podemos presentar en University Street Station, el punto de parada más cercano a nuestro alojamiento.

La frecuencia de los trenes es alta, y no tardamos en ponernos en marcha rumbo al norte. Desgraciadamente la noche ya ha caído lo suficiente como para no poder disfrutar mucho de las vistas, pese a que el recorrido tenga lugar íntegramente por encima de la superficie. Con la mirada perdida y alguna cabezada, llegamos 35 minutos después a nuestra estación.

El Link Light Rail al límite de nuestras fuerzas

Salimos a la superficie con un objetivo claro: encontrar un taxi para recorrer los menos de diez minutos en coche que nos separan del destino final. Pero a estas horas, pasadas ya las 21:00, ni las avenidas ni las calles que las cruzan presentan demasiado tráfico ni presencia de taxis. Así que decidimos ir ganando camino a pie, con la esperanza de que durante el proceso topemos con algún coche libre. Sobre un mapa no sería descabellado intentar cubrir toda la distancia sin la ayuda de un medio de transporte, pero en la práctica es impensable. La mayoría de las 20 manzanas que nos separan de la casa transcurren remontando una colina, y recordemos que vamos arrastrando sendos bultos de alrededor de más de 20 kg. Llevamos unas tres manzanas recorridas y la lengua fuera cuando aparece acompañado de música celestial un taxi con el cartel de “libre” que paramos inmediatamente.

El buen hombre, tras cargar las maletas y confirmar la dirección no sin esfuerzo en el GPS, emprende la marcha y casi se busca un problema al incorporarse a la vía sin mirar y cortando el paso a un conductor local cuyos gritos apuntan a que ha debido tener un mal día en el trabajo. Apenas seis o siete minutos después y cuando el taxímetro marca menos de ocho dólares, el coche se detiene frente a la fachada que ya habíamos podido investigar en los meses previos a través de Google Street View. Damos al conductor diez dólares en efectivo y le decimos que se quede con el cambio. Ahora mismo solo queremos llegar y terminar nuestra odisea.

Los alojamientos para este viaje no siguen un único patrón. La oferta hotelera no siempre abunda, y en el caso particular de Seattle la zona que se nos recomendó y parecía más idónea para establecer como campamento base no tenía nada económico que ofrecer. Así que tomamos la decisión de probar por primera vez Airbnb, el portal de alquiler de alojamientos vacacionales en el que poder conseguir habitaciones compartidas, individuales o incluso casas enteras contratadas directamente a particulares. Es un nuevo modelo de alojamiento turístico al que el mundo todavía se está adaptando –unos países más rápidamente que otros- pero que parece haber llegado para quedarse y que, al igual que cualquier portal de reserva de hoteles, puede derivar en buenas o malas experiencias según lo precavido que sea el huésped en sus pesquisas antes de decidir reservar un hogar.

Resumiendo: estamos frente al bloque de apartamentos en los que nos espera Susan, una señora de avanzada edad que alquila a turistas una de sus habitaciones para obtener unos ingresos adicionales. Nos recibe cordialmente y tras un breve recorrido por las instalaciones comunes –la cocina y el baño- nos enseña el camino a nuestra habitación. Es amplia, parece limpia, el suelo es de parquet y un ventilador compensa la falta de aire acondicionado. Tras una pequeña conversación en la que le introducimos a grandes rasgos nuestro viaje, destacamos lo cansados y necesitados de una cama que estamos. Mañana nos disculparemos por nuestra poca predisposición a entablar más conversación, pero es que el cuerpo no da para más. Apenas invertimos tres minutos en dejar nuestras cosas, conectarnos al wifi de Susan para avisar a la familia de que hemos llegado y apagar las luces. Pasan ya las 22:00 de la noche y el ventilador amortigua el escaso ruido de los coches que pasan en la calle, que no parece excesivamente transitada. Es hora de poner punto y final al desplazamiento más duro y largo que recordamos y renovar unas energías que nos harán falta para mañana. Porque mañana empieza lo bueno.