De Palma de Mallorca a Madrid

Día 00 | 23 de agosto de 2016

Mapa de la etapa 00

Permíteme que caliente los dedos y enseguida estoy contigo. Esto será largo.

*sonido de huesos crujiendo*

Muy bien, comencemos. Es 23 de agosto de 2016. España sigue con un gobierno en funciones, Donald Trump se acerca peligrosamente a la presidencia de los Estados Unidos y los Juegos Olímpicos acaban de terminar. El trabajo en lo que va de año, convulso pero bien, gracias. Los ánimos, algo bajos. Y es que a estas alturas del año todavía no ha ocurrido algo. No ha habido viaje.

Pero aquí llega este martes de calor y bochorno en la turísticamente saturada Mallorca para ponerle remedio a nuestros males. ¿Y a dónde toca esta vez? Pues tras el viaje (¡y vaya viaje!) del año pasado a Islandia este 2016 será el del regreso a nuestra debilidad al otro lado del Atlántico. Nos volvemos a Norteamérica, y esta vez vamos a añadirle un toque de color. De color rojo y blanco pero para formar una hoja en lugar de unas barras, ya que este año vamos a visitar por primera vez Canadá.

En realidad la mejor forma de encabezar este viaje es como “Rocosas 2016” ya que el objetivo real es ese, recorrer parte de la cordillera de las Montañas Rocosas. Pero los aviones que salen de España no aterrizan en lo alto del Monte Robson, así que alguna ciudad debemos añadir al itinerario. Y el plan final, ganador entre una serie de alternativas gracias a ofrecer la mejor flexibilidad de fechas y los mejores precios, ha sido el siguiente: llegar a Seattle, alquilar un coche, cruzar la frontera hasta Vancouver y, a partir de ahí, enlazar a ratos en la Columbia Británica y a ratos en Alberta la trilogía que conforman las zonas de Jasper, Yoho y Banff. Reapareceremos entonces en Estados Unidos para visitar Glacier National Park, habiendo pasado antes por su hermano pequeño canadiense de Waterton. Para terminar, una jornada maratoniana al volante para regresar al estado de Washington, cumplir nuestra tradición consumista y finalmente volver a casa desde Seattle.

Eso es lo que nos espera en los próximos… nada menos que 23 días, una duración récord para nuestro currículum viajero. Pero antes debemos salir de este soleado horno.

Nuestros viajes suelen tener un rasgo común, y es que arrancan con una “etapa cero” en la que toda la jornada queda monopolizada por el desaplazamiento desde el origen hasta el destino, sin tiempo para visitar nada hasta la mañana siguiente. Esta vez dicha etapa cero se va a dilatar todavía más, ya que nuestro trayecto de ida –Palma de Mallorca, Madrid, Chicago, Seattle- se dividirá en dos días. ¿El motivo? La falta de coherencia entre la oferta online de Iberia y sus reglas y recomendaciones.

Cuando reservamos el vuelo meses atrás sabíamos que la escala en Madrid iba a requerir cierto tiempo. Los vuelos a Estados Unidos conllevan tener que presentarse en la puerta de embarque con una antelación mayor de la habitual, ya que hay algunos controles adicionales de seguridad que requieren tiempo de los pasajeros antes de embarcar en la aeronave. Durante nuestra investigación para los vuelos Iberia daba por buena la opción de aterrizar en Madrid y apenas 50 minutos después salir volando nuevamente esta vez hacia Chicago. Sin embargo una vez reservado el vuelo comprobamos que, por otro lado, desaconsejaban rotundamente no reservar un mínimo de 55 minutos para dicha escala.

Así que nos pusimos en contacto con la compañía, la cual no tuvo inconveniente en colocarnos en un vuelo anterior para alcanzar la capital de España. El nuevo vuelo nos instaba a darnos el gran madrugón de salir rumbo a Madrid a las 6:30 de la mañana. Pero ahí no terminó la cosa, ya que apenas unos minutos después de realizar el cambio… el vuelo fue cancelado. Así que otra vez nos toca contactar a Iberia para por segunda vez conseguir un vuelo que nos permita cubrir en tiempos prudentes la escala en Barajas. Y el único modo era hacernos salir por la tarde del martes 23, un día antes de lo previsto. Así que teníamos que añadir a la logística habitual encontrar un alojamiento cerca de Madrid-Barajas para la noche del 23 al 24… cosa que hicimos de nuestro bolsillo, aunque planeamos reclamar tras el viaje el coste a la compañía aérea a modo de reclamación ya que el error nació de su parte al ofrecernos una combinación inviable en el primer lugar.

Volvamos al presente. Es un martes por la tarde y nos tenemos que ir. Son las 15:00 horas cuando tras haber trabajado durante la mañana –L en la oficina, yo con la fortuna de poder hacerlo remotamente desde casa- mi suegro llama al timbre para hacernos de servicio de taxi personalizado. Cargamos con nuestras pesadas maletas siguiendo la ya clásica estrategia de la muñeca rusa: una gran maleta por cabeza con un trolley de menor tamaño en su interior para la ida, con la previsión de traer el trolley como equipaje de mano a la vuelta ya que anticipamos regresar con bastante más equipaje del que llevamos tras nuestro pase por un Outlet en el que reabastecer nuestros armarios.

Lo primero que nos llama la atención al entrar en la planta de salidas del Aeropuerto de Son Sant Joan es que… todo está sorprendentemente tranquilo. El aeropuerto de Mallorca es conocido por representar fielmente el infierno de Dante, especialmente en agosto. No obstante, lo que encontramos es un vestíbulo sin demasiadas aglomeraciones de gente y el asombro continúa cuando debemos colocarnos detrás de apenas otras dos parejas antes de poder facturar nuestro equipaje.

La azafata de Iberia no reacciona cuando ve nuestras tarjetas de embarque previamente obtenidas para ir a Madrid, pero cuando L le informa de que nuestro destino final es Seattle choca sus manos y nos mira con una mezcla de aprobación, envidia y simpatía. L coloca su maleta y los 19kg que marca quedan lejos del límite de 23kg incluidos en el billete. Llega mi turno y el resultado no es tan halagüeño: 24kg ante los que la mujer hace la vista gorda tras recomendarnos encarecidamente que equilibremos nuestras maletas antes de coger el vuelo internacional de la mañana siguiente.

A partir de aquí, las próximas horas no tienen demasiado interés. La clásica espera frente a la puerta de embarque, la clásica cola absurda antes siquiera de que aparezca nuestro avión y el clásico temor sobre qué vuelo nos espera al ver la cantidad de niños revoltosos que se pasean mientras esperamos frente a la puerta de embarque. Temor que se confirma durante la algo más de una hora que pasamos volando desde Mallorca hasta Madrid, constantemente acompañados de varios obstáculos para aprovechar el vuelo y descansar. Por un lado, un bebé que pasa el viaje de principio a fin llorando desconsoladamente. Totalmente comprensible que el bebé haga eso, ya no tanto que unos padres que saben que su criatura es capaz de eso decidan encerrarlo en un espacio reducido y en compañía de numerosos pasajeros. Por otro lado, un no tan bebé en el asiento detrás de nosotros decide que la bandeja retráctil es, esencialmente, para golpearla sin descanso ante la impasible mirada de su madre. En un vuelo más largo deberíamos haber dicho algo, pero hacemos de tripas corazón y no vamos más allá de alguna mirada de desaprobación y hartazgo que de todos modos no surge efecto. Me ratifico en que viajar rodeado de niños es el mejor método anticonceptivo.

Despidiéndonos de Mallorca por una temporada...

Ya esperando en la sección de recogida de equipajes de la T4 de Barajas, nuestras maletas tardan en aparecer pero finalmente asoman por la cinta. La maleta de L, que se estrenaba con este trayecto, no sobrevive entera ni su primera experiencia. Durante la carga y descarga deben haberle tirado algo muy pesado encima y una de las cremalleras del frontal ha saltado por los aires, llevándose por delante parte de las costuras. Pocas oficinas de Aena están ardiendo para el trato que dan a las posesiones de sus usuarios.

Un maravilloso estreno

Eran las 18:45 cuando nuestro avión tocaba tierra madrileña. Las 19:00 cuando por fin detenía los motores y el pasaje empezaba a salir de su interior. Con la espera por el equipaje y la búsqueda de la zona de recogida de traslados para hoteles, nos dan ya las 19:45 cuando la recepcionista del hotel nos informa por teléfono de que el próximo autobús lanzadera no pasará a recogernos hasta alrededor de las 20:20. El tiempo se dilata para mal cuando se trata de entrar y salir de aeropuertos.

Por fin, cuando ya estamos rozando las 21:00 horas, nos plantamos frente a la recepción del Hotel Nuevo Boston que nos hará el apaño de ofrecernos cama y techo por esta noche. Como introduje párrafos atrás, el coste del hotel ha corrido por nuestra cuenta a la espera de que una futura reclamación a Iberia surja efecto. Por lo menos hemos podido abaratar el coste haciendo uso de la versión especial del portal Hotelopia para empleados del grupo turístico en el que trabajo.

Apenas tenemos tiempo de refrescarnos un poco antes de que un par de amigos pasen a recogernos para aprovechar nuestra corta estancia y ponernos al día durante una cena. Nos llevan hasta el Centro Comercial Plenilunio, y nosotros a cambio les traemos de regalo un hermano de Pato, nuestra particular mascota viajera. Cenamos en un VIPS, que siempre consigue sorprenderme ya que por fuera me causa malos augurios al verlo tan aséptico. Aquí también ha llegado la moda del pulled pork y no puedo hacer más que pedirlo en forma de sándwich. De postre un batidazo de Oreo para compartir.

Pasa ya medianoche cuando nos despedimos de la grata compañía y regresamos a la habitación. Al día siguiente, la lanzadera del hotel nos espera para llevarnos de nuevo a Barajas a las 9:00. Así que teniendo que ducharnos y hacer algunos ajustes sobre el equipaje, ya no llega ni a ocho horas el tiempo que nos queda para descansar antes de lo que será un largo, largo día.