º Hunterian Museum, Science Museum, Catedral de San Pablo y una última vuelta | Seis días en Londres | Diario de viaje

Hunterian Museum, Science Museum, Catedral de San Pablo y una última vuelta

Día 6 | 12 de diciembre de 2015

Mapa de la etapa 6

Despertamos por última vez con todo el día por delante para visitar rincones de Londres. Todavía nos queda una noche de hotel más pero será una estancia anecdótica ya que deberemos salir pitando hacia el aeropuerto a una hora intempestiva. Como para entonces el comedor del hotel estará todavía cerrado, el de hoy es nuestro último desayuno acompañado de las voces de nuestra Sra. Patmore particular y los saludos, a veces en inglés y a veces en español, de la chica de Burgos que trabaja en el comedor.

Ya en la calle a una muy temprana hora caminamos diez minutos en dirección norte hasta la zona de Euston. Tras atravesar la avenida principal de Euston Road por un paso subterráneo, en un par de minutos nos encontramos frente al número 187 de North Gower Street. ¿Y para qué hemos venido hasta aquí? Bueno, si eres aficionado a las series de televisión y en particular a cierta ficción británica que nos deleita con tandas de tres capítulos cada mucho tiempo, una foto te bastará para saberlo.

Luces, cámara... ¡Sherlock!

El toldo rojo de Speedy’s, el café restaurante que hay junto al portal de esta casa, es quizás la mejor pista para saber ante qué lugar de la ficción nos encontramos. Cuando todo un equipo de producción de la BBC se traslada hasta aquí el 187 de North Gower Street se convierte en un falso 221b de Baker Street y de su interior salen las versiones modernas de Sherlock Holmes y John Watson, es decir, Benedict Cumberbatch y Martin Freeman. Nos encontramos ante la localización elegida para recrear la vivienda del detective en la serie Sherlock de la cadena británica. Sin embargo el lugar, sin los cambios pertinentes para ajustarse a la ficción y nada que lo destaque respecto a cualquier otro portal del barrio, resulta algo desangelado. Probablemente en Estados Unidos lo hubieran convertido en una atracción para atraer a mucha más gente.

Siguiendo nuestra predilección por los autobuses tomamos la línea que en menos de diez minutos nos llevará desde Euston hasta Holborn. Por el camino divisamos un grupo de ciclistas vestidos como Santa Claus y sus elfos cuya historia descubriríamos más adelante. El tráfico sigue siendo una jungla, con los “Hackney”, esos taxis normalmente negros y de techo elevado, pugnando por colarse en carriles donde queda libre un espacio imposible. Nos apeamos del bus con una hora por delante hasta que abran las puertas de nuestro siguiente destino. Es el momento perfecto para pasar de 9:00 a 10:00 sentados en un Starbucks disfrutando de un café. Gracias a una tarjeta de fidelidad que nos entregaron el primer día y que hemos ido utilizando en cada visita el sexto café de Starbucks durante nuestro viaje nos sale gratis. Disfrutamos del momento en los taburetes junto al ventanal del local, disfrutando del tráfico tanto peatonal como de vehículos de una calle amplia pero con poca actividad a estas horas. Suenan permanentemente villancicos en clave anglosajona y siento que nos llevan siglos de ventaja si los comparo con los niños chillones de la megafonía un de Carrefour.

Últimos recorridos por Londres desde las alturas...
Haciendo tiempo en Holborn

Caminamos durante los cinco minutos que nos separan de la sede del Royal College of Surgeons of England donde se esconde el museo de libre acceso que pretendemos visitar. Tras expresar en recepción nuestro deseo de recorrerlo, nos hacen entrega de un par de tarjetas que nos identifican como visitantes y nos invitan a subir a la primera planta. Atravesando un pequeño arco en el rellano frente a las escaleras que parece no darle importancia a lo que hay en su interior, nos adentramos en las galerías del Hunterian Museum.

La discreta entrada al Hunterian

El Hunterian Museum es una galería de siete u ocho salas en las que se expone lo que originalmente era la colección de especímenes y material médico perteneciente dos siglos atrás al cirujano John Hunter. El mantenimiento de dicha colección, así como los añadidos que a lo largo de las décadas ha ido acogiendo, conforman una visita espléndida y obligada para todo aquel interesado en las ciencias de la medicina y la biología. Podríamos dividir la vasta recopilación de artículos expuestos en restos humanos, animales e instrumentos utilizados por médicos y cirujanos a lo largo de la historia. En parte, centrándonos en la categoría humana, estaríamos hablando de una exposición como Bodies pero con menos pompa. Todo lo expuesto viene acompañado de carteles con precisas explicaciones que ayudan a comprender lo que estamos viendo. En esta primera mitad del recorrido, dos de las cosas que más llaman la atención son el esqueleto de un hombre de 2,31 metros de altura y un tumor que alcanzaba hasta los cuatro kilogramos de masa. Coincidimos en la visita con algún grupo, pero se respeta el silencio y reina una tranquilidad absoluta.

Fotografiando clandestinamente el Hunterian Museum

En la segunda mitad del recorrido, especializada en la evolución de la cirugía, nos sentamos para presenciar grabaciones de operaciones reales. L, que siempre ha lamentado no haber estudiado medicina en su día por miedo a fracasar en ciencias, sigue con atención las grabaciones de cómo se abre un cráneo para extraer un tumor o cómo se realiza una exploración de próstata mediante una sonda. A mí me incomoda más ver esto segundo, hay cosas con las que no se juega. Por desgracia la prohibición de tomar fotografías nos impide llevarnos un mayor recuerdo, pero no nos arrepentimos en absoluto de las alrededor de dos horas dedicadas a fascinarse con los avances de la medicina.

Tras algo más de 20 minutos y siete paradas de la línea de metro azul (Picadilly) nos apeamos en la estación de South Kensington. Con el objetivo de visitar el Museo de Ciencias, no tenemos ni que salir a la calle para recorrer los 500 metros que lo separan de la estación. Debido a que nos encontramos en una zona donde se concentran varios museos un largo pasillo subterráneo que nace en la propia estación va habilitando a lado y lado salidas a los distintos edificios de la superficie. Superamos, entre otros, los desvíos para el Victoria & Albert Museum dedicado a las artes decorativos y el Museo de Historia Natural. La última de las salidas es la nuestra y tras superar los controles de seguridad nos encontramos ya en las entrañas del Science Museum.

Turno para la ciencia

Comenzamos el recorrido por el pabellón dedicado a la exploración espacial. Entre restos originales y reproducciones de los distintos satélites y cohetes empleados para estudiar el universo una sala contigua homenajea a Albert Einstein proyectando un video sobre el tiempo y el espacio en el que se menciona la TARDIS de Doctor Who.

Vida y obra de Albert Einstein
Módulos lunares, planetas y más

Como muchos museos de la ciencia, el modo en el que exponer el material y las explicaciones y demostraciones que lo acompañan están muy enfocados al público más infantil. Buscamos la pequeña sala que alberga la colección temporal en honor a Ada Lovelace, considerada la madre de la programación informática a raíz de su interés en las máquinas analíticas capaces de hacer cálculos mediante tarjetas perforadas. Encontramos aquí alguna de esas máquinas, junto a retratos de la homenajeada y cartas de su puño y letra. Seguimos el recorrido por la superficie dedicada a las distintas formas que toma la energía y, por último, visitamos una pequeña colección sobre medicina que obviamente pierde en la comparación con lo que hemos presenciado horas antes en el Hunterian Museum. Tras aprovechar la conexión gratuita a Internet durante unos minutos deshacemos el largo pasadizo subterráneo para que el metro nos lleve a los pies del Millenium Bridge.

Las distintas plantas del Science Museum

Nos encontramos de nuevo con el Támesis separándonos de la cúpula de la Catedral de San Pablo. En este lado del río volvemos a topar con los puestos de comida frente al Tate Modern, el museo de arte contemporáneo. Pero tenemos un problema: tras la comida de ayer en Camden Market no nos quedan suficientes libras en efectivo para esos sandwiches de “pulled pork” que hoy queremos degustar. Nos hace falta dar un paseo, más largo de lo esperado, rodeando el museu hasta alcanzar un cajero en el que conseguir 20 libras más. Mientras rodeamos el edificio, una zona en construcción nos despierta la duda sobre si realmente se encuentra en obras o esos andamios y cimientos a medio levantar son una “obra de arte” más.

Regresamos directos hacia el kiosco de bocadillos de cerdo sin apenas reparar en los puestos vecinos ya que la decisión está tomada. Por 13,5 libras nos llevamos sendos ansiados sandwiches y compartimos unas “patatas a lo pobre”. Como con prácticamente toda la comida que hemos ingerido en Londres resulta tener menos sabor en el paladar de lo que cabía esperar por el olor que desprenden los fogones. Rematamos la comida con una crepe de banana y fresa por 4 libras y media que saboreamos en unos taburetes con vistas a la basílica de St. Paul.

De nuevo, el Millenium Bridge frente a St. Paul's
Time for some pulled pork!

Contra todo pronóstico, nuestros pies no se prenden fuego cuando damos los primeros pasos en el interior del museo de arte contemporáneo. El camino desde el vestíbulo principal hasta los baños nos confirma que no entendemos este tipo de arte. Utilizamos los servicios y la conexión gratuita para planear nuestro siguiente uso del transporte público. La mejor opción es cruzar el río y alcanzar una parada de bus junto a St. Paul’s, lo cual indirectamente nos permitirá poder contemplar desde cerca esa cúpula con la que ya hemos coincidido varias veces pero siempre a cierta distancia. Así lo hacemos, acompañada de un árbol de Navidad instalado frente a la fachada, y tras un breve paso por un centro comercial anexo sin nada a destacar alcanzamos la parada de bus.

El Tate, por fuera
El Tate, por dentro
Aproximándonos a la Catedral
Los tranquilos aledaños de St. Paul's Cathedral

Esta vez el vehículo de dos pisos nos llevará hasta la céntrica parada de Tottenham Court Road. Por el camino, lo que esta mañana eran unos aislados ciclistas vestidos de Santa Claus ha dado paso a literalmente ejércitos de “Father Christmas” paseando por las calles. La investigación posterior nos descubriría que hoy se celebraba la “SantaCon”, una nueva tradición por la que cada diciembre cientos, miles de personas disfrazadas de Santa Claus recorren las calles de grandes ciudades como Nueva York, Portland o ahora Londres con la única intención de beber y pasar un buen rato. En Londres eso se traduce en tabernas todavía más llenas de lo habitual e invadidas por ropas rojas y barbas blancas.

La parada de Tottenham Court Road nos deja a escasos metros de Denmark Street, una calle que en días anteriores habíamos presenciado desde las ventanas del autobús pero queríamos disfrutar a pie. En ella se concentran varias tiendas especializadas en música, con un montón de material en forma de instrumentos musicales, libros para su aprendizaje o vinilos y rarezas de todos los géneros listos para comprar. El paraíso no tanto de los melómanos como de los aficionados a tocar la guitarra, el piano o el saxofón, por poner tres ejemplos.

Para completar el recorrido musical buscamos una tienda más estándar que se dedique a la venta de discos, y la encontramos en la cercana Fopp. Dos plantas llenas de pasillos con música de todos los géneros que sobrevive en un mercado cada vez más transformado por la venta online. Precisamente lo que venía a buscar (los últimos discos de Def Leppard y The Darkness) presenta precios más caros que si lo decidiese obtener en tiendas online como Amazon, así que me marcho con las manos vacías. Ya solo nos queda regresar a pie hasta el hotel, no sin antes hacer una tercera y última visita a Forbidden Planet para despedirnos del merchandising de Star Wars, Doctor Who o Game of Thrones entre otros.

Forbidden Planet, una vez más
Será por dinero...

Tal y como habíamos hablado con la recepción del hotel en días anteriores, nuestra temprana hora de salida a la mañana siguiente nos obliga a tramitar el “check out” ahora. Lo hacemos sin problemas, abonando las esperadas 516 libras por la estancia de seis noches y recibiendo instrucciones para, a nuestra salida, depositar la llave de la habitación en el cajón de un mueble del vestíbulo en la entrada.

Disfrutamos de nuestras últimas horas de tarde en el Ridgemount Hotel, duchándonos primero y disfrutando una vez más de Leslie Knope, April Ludgate y Ron Swanson a través de Netflix. Son las 19:15 y tenemos poca hambre, pero dado que nos despertaremos a las tres de la mañana y no comeremos nada hasta nuestra llegada al aeropuerto será mejor que busquemos algo para cenar. Nos dirigimos nuevamente a la cercana y bien poblada de servicios calle Goodge, donde otro ejército de Santa Claus continúa celebrando la SantaCon. Esta vez llegamos al local de comida italiana para llevar a tiempo de poder llevarnos un tazón de spaghetti con tomate y otro de macarrones a la carbonara, todo ello por siete libras. Completamos esta cena para llevar con una bandeja de sushi, bebida, yogur y fruta del supermercado Tesco por otras ocho libras. Junto a las patatas fritas gourmet que nos sobraron de la cena anterior, disfrutamos en nuestro cuarto de todo un económico festín para celebrar nuestra última noche en Londres.

Festín de fin de fiesta

Son las 21:00 cuando estamos listos para cerrar este penúltimo capítulo del viaje. Con el equipaje ya preparado, dentro de seis horas la alarma de nuestros móviles nos sacará a patadas de la cama para que enfilemos el largo camino hasta Gatwick. Londres 2015 llega a su fin.