La Torre de Londres, el Puente de la Torre, atardecer frente al Parlamento y la British Library

Día 3 | 9 de diciembre de 2015

Mapa de la etapa 3

Abrimos los ojos a las siete de la mañana. La segunda noche ha sido mejor que la primera gracias a haber apagado por nuestra cuenta la calefacción y evitar que la habitación fuese un horno mientras dormimos. Todavía hay margen de mejora, ya que la ventana sigue haciendo ese molesto ruido provocado por el viento golpeándola. La aplicación móvil del Weather Channel nos asegura que en la calle tenemos unos cinco grados de temperatura.

Por segunda vez descendemos hasta la planta más baja del edificio para amortizar el servicio de desayuno. El clon de la Señora Patmore de Downton Abbey sigue siendo adorable y en esta ocasión descubrimos que una de sus ayudantes, una mujer alta, delgada y morena que siguiendo los símiles nos recuerda a Lady Mary en realidad es una chica de Burgos. Tras un poco de conversación con ella nos hace saber el menú de hoy, del que decidimos quedarnos con un plato de salchicha, queso y tomate fresco. Ni en un millón de años L y su complicado estómago se atreverían a pedir café, pero yo sí lo hago y resulta estar muy bueno.

Nos echamos a la calle y tras caminar durante unos diez minutos en dirección noroeste por Gower Street y cruzarnos con bastantes universitarios empezando su jornada entramos en la estación de metro de Euston Square. Tomamos aquí la línea amarilla (Circle) para aprovechar su recorrido circular en dirección este. Durante el trayecto somos testigos nuevamente de hasta qué punto los londinenses están enganchados a sus teléfonos móviles. La adicción a los smartphones es algo universal que hemos vivido en infinidad de lugares (nosotros mismos estamos enganchados a él) pero el nivel de aislamiento que hemos descubierto entre las gentes de esta ciudad roza algo propio de un capítulo de Black Mirror.

Edificios universitarios camino de Euston Square

Nos apeamos en el andén de Tower Hill y, ya desde el instante en el que volvemos a la superficie, podemos ver en dirección al río nuestro primer destino de hoy. Con un interesante contraste debido a la modernidad que la rodea, se mantiene en pie la fortaleza de la Torre de Londres con la Torre Blanca en su interior. Mientras la rodeamos para acceder a la entrada verificamos que el frío que anuncia el Weather Channel no era broma. Hoy toca abrigarse.

La Torre de Londres es otra de las visitas en las que podemos beneficiarnos de la promoción “2 for 1” del servicio ferroviario. Tras presentar el resguardo de la reserva y nuestras dos Travelcard pagamos solo el importe de una entrada, que es de 24,5 libras (algo menos de 34 euros al cambio). Nuestros primeros pasos por el recinto nos llevan a subir mediante unas escaleras hasta el pasillo que rodea la fortaleza sobre su muro exterior, con vistas al Támesis y el Tower Bridge deslucidas por el fuerte contraluz de un sol que apenas hace unos minutos que ha aparecido en el horizonte. Si giramos la cabeza hacia el interior de la fortaleza podemos disfrutar en todo su esplendor de un ahora tranquilo patio en cuyo centro se levanta la Torre Blanca.

Adentrándonos en la Torre de Londres
Primeros instantes en la fortaleza
La Torre Blanca y sus alrededores

Seguimos el recorrido atravesando el Palacio Medieval en cuyo interior se recrean algunas de las instancias que albergaba la fortaleza cuando la realeza la utilizaba como esporádica residencia. Seguimos desde aquí el recorrido que nos marca el pasillo superior, sucediéndose unas tras otras salas con exposiciones en ocasiones atractivas y en otras más forzadas, como es el caso de una sala dedicada exclusivamente a las criaturas mitológicas en las que creían los londinenses de aquella época.

Ventanas del Medieval Palace
Recreación de una de las estancias reales
¿Quién debió sentarse ahí?

Cuando terminamos nuestro recorrido por el perímetro más exterior descendemos hasta las entrañas del patio, que presenta una imagen más animada ahora que han empezado a llegar más turistas independientes y grupos organizados. No nos cuesta dar con la escultura en memoria de Ana Bolena, una pequeña construcción de cristal levantada en el punto exacto donde se levantó el cadalso en el que fue decapitada. A escasos metros de este punto se encuentra la capilla real de “St Peter ad Vincula” donde permanecen los restos mortales de la propia Ana. Lamentablemente la encontramos cerrada al público, por lo que nos quedamos con las ganas de uno de los atractivos que más nos apetecía visitar.

El rascacielos Sky Garden vigilando a lo lejos la Torre
Dragooones yyy mazmoooorraaaaas...
El memorial a Ana Bolena
Y la cerrada capilla en la que está enterrada

Turno ahora para otra de las atracciones principales del recinto. Anunciada a bombo y platillo y con la prohibición explícita de tomar fotos en su interior, la “Jewel House” nos da la bienvenida a la colección de joyas de la corona inglesa. En sus salas y pasillos nos espera todo un ejercicio de ostentación en forma de orbes, coronas, mazas, espadas y anillos formados por metales preciosos y adornados hasta la obsesión con joyas a cada cual más ofensivamente cara. Topamos incluso con una vitrina dedicada a toda la cubertería empleada durante las cenas de coronación, en la que desde las cucharas hasta una ensaladera más grande que una bañera son de oro macizo. Hasta las fundas y cajas para transportar las joyas se elevan a la categoría de tesoro nacional. En resumen, unos veinte minutos de recorrido que rinde absoluta pleitesía a las posesiones de la realeza y especialmente a la Reina Isabel II. Lo más irónico de todo es que un buzón al terminar el recorrido insta a que los turistas hagan un donativo de cinco libras.

El edificio que alberga las Joyas de la Corona
Y la entrada a su exposición

Salimos de la exposición de las joyas y, antes de afrontar el último tramo de la visita, nos sentamos en un banco y descubrimos el “Wifi Real”. El recinto habilita una conexión a Internet gratuita para los visitantes que funciona a las mil maravillas. Con el sol cada vez más alto y una temperatura más agradable que a nuestra llegada, descansamos durante un cuarto de hora dejando la brillante Torre Blanca a nuestras espaldas. Y hacia ella nos dirigimos cuando emprendemos la marcha.

Los patios de la fortaleza con The Shard al fondo

Lo que espera en el interior de la “White Tower” son varias plantas que constituyen un auténtico museo del ejército británico. Empezamos con salas dedicadas a las lanzas y armaduras de varios reyes y sus hijos y acabamos con paredes atestadas de rifles, ballestas y bayonetas tanto del propio ejército inglés como de aquellos contra los que ha combatido a lo largo de su historia. Por el camino, más y más vitrinas con motivos de guerra solo interrumpidas por regalos de la diplomacia internacional. Es interesante para pasar un rato, pero si no te entusiasma especialmente la historia bélica la visita se torna aburrida tras muy poco tiempo. Pasan las 11:30 cuando volvemos al exterior y damos por concluida nuestra visita a la Torre de Londres.

Armaduras para todos

En paralelo al Támesis y justo en el extremo norte del Puente de la Torre nos espera el Starbucks donde vamos a tomarnos nuestro café de media mañana. Con los pies ya descansados, es turno de visitar ese puente levadizo que constituye todo un icono de la ciudad y que a estas horas, con el sol ya totalmente en alto, presenta una imagen espectacular.

El pasillo elevado que une las dos columnas del puente alberga en su interior una exposición con vistas a la ciudad cuyo acceso cuesta nueve libras por persona y se incluye en la promoción de dos al precio de uno. Sin embargo las últimas horas en la Torre de Londres ya han sido suficiente y nos limitamos a cruzar el puente junto al resto de peatones, vehículos y "runners", que pelean por buscar un hueco por el que adelantar a la muchedumbre sin causar un estropicio.

La Torre de Londres, ahora desde el puente

El puente no es especialmente largo, pero al detenerse en varias ocasiones para apreciar tanto las vistas a lado y lado del río como sus torres el tiempo pasa volando. Nos espera en el litoral sur del Támesis la gran y moderna cúpula acristalada del Ayuntamiento de Londres y a sus pies toda una retahíla de puestos de comida callejera que no son los primeros ni serán los últimos con los que nos toparemos. Pese a ser día laborable se percibe cierto ambiente festivo gracias a que es la hora de la pausa para comer y muchos empleados de las oficinas cercanas se acercan al río para disfrutar de un día espléndido, probablemente por encima de la media a la que los londinenses están acostumbrados.

Los colores del Puente de la Torre
Detalles en una de las dos columnas del Puente de la Torre
Panorámica de las vistas al oeste desde el Puente
El moderno Ayuntamiento de Londres
Un último vistazo completo a una de las columnas
Puestos de comida junto al Ayuntamiento

Iniciamos un paseo en paralelo al río hacia el oeste el cual nos lleva enseguida a atravesar el Borough Market. Más, muchos más puestos de comida a pie de calle, esta vez algo más organizados y dispuestos a lo largo de la grande extensión a cubierto que ofrece el mercado. Desgraciadamente no parece que ninguno de los kioscos disponga de lector de tarjetas por lo que nuestra mala decisión de no llevar algunas libras en efectivo nos impide sucumbir a la tentación de comer alguno de los apetitosos manjares.

El Tower Bridge, insuperable desde lejos
La parte más formal del Borough Market
Comida y más comida

Según avanzamos en nuestro itinerario y el Tower Bridge queda más y más lejos a nuestra espalda, la cúpula de la Catedral de San Pablo aparece en la orilla opuesta. Frente a él se extiende el Millenium Bridge, lugar perfecto para intentar sacar la instantánea de la cúpula de St. Paul’s que recuerde al logotipo de la productora Thames Television, ese que aparecía al final de los capítulos de Benny Hill o Mr. Bean entre otros. Sin embargo lo transitado del puente hace muy difícil conseguir la foto perfecta.

La cúpula de St. Paul's
Thames Television. O casi.
Panorámica al este desde el Millenium Bridge
La misma panorámica, ahora incluyendo el puente

Todavía sin abandonar este lado del puente tenemos a escasos metros la fachada del Tate Modern, el museo de arte contemporáneo de Londres. Ni L ni yo somos unos entusiastas del arte moderno, así que nos llaman más la atención los puestos de comida que se agolpan entre el museo y el río y en los que destacamos uno de bocadillos de “pulled pork” que no descartamos revisitar si solucionamos el asunto de no llevar efectivo.

Nuestra última parada en este paseo junto al río es el Shakespeare Globe. Situado a escasos metros antes de alcanzar el Millenium Bridge, se trata de una réplica del Globe Theatre original en el que a principios del siglo XVII la compañía de un tal William Shakespeare representaba sus obras. Al incluirse también en la promoción de “2 for 1” podríamos visitar sus interiores (siempre que no haya un espectáculo en curso) por el precio de una entrada de 13,5 libras. Al no estar demasiado familiarizado con su historia y el hecho de que al fin y al cabo sea una reproducción del teatro original nos hace decidir pasar de largo. En cualquier caso ver su fachada exterior junto al río es algo por lo que merece la pena aminorar la marcha.

El Shakespeare's Globe

Nos alejamos ahora del río caminando hacia el sur para toparnos con la misma estación de Waterloo que utilizamos el día anterior. Nos dan aquí las 14:30, una hora perfecta para reponer fuerzas en el pequeño McDonalds del vestíbulo y de paso evitar por una vez los altos precios de salir a comer fuera en Londres. Por nueve libras engullimos cada uno un menú Big Mac y estamos listos para emprender la marcha. Nos gustaría poder disfrutar del atardecer con vistas al Parlamento y el Big Ben, y para ello lo más práctico es continuar a pie para regresar al río. No tardamos en ver de nuevo la enorme noria del London Eye que nos sirve de referencia para saber cuánto nos queda para llegar al destino. Pasamos de largo el Puente de Westminster hasta alcanzar una serie de bancos orientados hacia la orilla opuesta y que serán perfectos para nuestro propósito. Nuestra larga media hora disfrutando de un cielo oscureciéndose con el Big Ben como testigo se ve solo interrumpida por dos chicas que nos piden amablemente si podemos dejar libre el banco, que tiene un significado especial para la madre de una de ellas, y de ese modo hacer unas fotografías para una sorpresa que le están preparando.

Hola de nuevo, London Eye
Remember, remember...
... the fifth of November
Termina una nueva corta relación entre Londres y el sol

Con la ciudad ya volviendo a depender de la electricidad para iluminarse cruzamos el puente en sentido inverso a como lo hicimos ayer. Mientras suena la gaita de un músico ambulante interpretando temas de AC/DC nuestra mascota atrae numerosas miradas de peatones curiosos mientras le inmortalizamos para el recuerdo.

De nuevo en la zona de Westminster es el momento de recuperar el transporte público tras no utilizarlo desde hace horas. Primero la línea gris (Jubilee) y luego la azul (Victoria) nos llevan hacia más allá de nuestro hotel para la siguiente visita del día, y esta última lo hace mediante unos vagones llenos hasta la bandera que dificultan descansar durante el trayecto. Volvemos a la superficie entre las estaciones de King’s Cross y St. Pancras, en una gran plaza de actividad bulliciosa que es una pena no haber podido disfrutar a plena luz del día. Las escasas horas de luz natural en Londres durante el mes de diciembre provocan que no haya cabida en la apretada agenda para visitarlo todo antes del aterdecer.

Unos pocos minutos a pie nos dejan frente a la British Library, la biblioteca nacional del Reino Unido y una de las mayores del mundo. Aunque sus recomendadas salas de lectura y la enorme colección de su interior solo es accesible para sus socios, una pequeña parte en forma de exposición permanente está abierta al público durante todo el año. Tras aprovechar durante unos minutos la conexión a Internet gratuita previo registro en el sistema y pasearnos por sus seis plantas llenas de estudiantes ataviados de portátiles Apple, accedemos a la “Sir John Ritblat Treasures”, la sala de libre acceso y con prohibición de tomar fotografías en la que se exponen algunos de los objetos más significativos de la vasta colección de la biblioteca.

Sería difícil destacar unos objetos sobre otros de los que encontramos aquí, ya que además el interés depende mucho de los gustos personales del visitante. Personalmente nos llama mucho la atención poder ver con nuestros propios ojos manuscritos originales de William Shakespeare, cuadernos de notas de Leonardo Da Vinci, papeles donde los Beatles escribieron el primer borrador de algunas de sus letras, una Biblia de Gutenberg impresa en 1455 o cartas del puño y letra de Ana Bolena. Pero eso solo es una pequeñísima porción de lo que se puede contemplar en esta amplia sala en la que conviven originales de autores como Charles Dickens y Jane Austen con auténticas piezas de museo como libros encuadernados de civilizaciones históricas.

Con esta interesante visita damos por concluído nuestro segundo día completo del viaje. Regresamos a pie hasta el hotel aprovechando su ubicación, a escasos 15 minutos a pie desde la British Library. Son las 17:30 cuando atravesamos la puerta de nuestra habitación tras haber caminado 14 kilómetros en las últimas horas. Lo primero que hacemos tras descalzarnos y tumbarnos en la cama es consultar los precios del mirador en lo alto de The Shard, el rascacielos puntiagudo construído en 2009 y que nos ha acompañado en la distancia durante nuestro recorrido matutino. Lo elevado de sus tarifas (¡30 libras!) hace que descartemos enseguida esta opción y nos ciñamos al plan original, que es disfrutar dentro de unos días de vistas a la ciudad sin pagar una sola libra gracias a la terraza del Sky Garden.

Para la cena de hoy ponemos freno al despilfarro de la ciudad y nos dirigimos a un supermercado de la cadena Tesco. Por la módica cantidad de ocho libras nos llevamos hasta nuestro hotel sendos burritos, una ensalada de patata y bebidas. Lo que en los últimos minutos era una tímida lluvia comienza a empaparnos seriamente cuando deshacemos nuestros pasos hasta el hotel. Cenamos en la comodidad de la habitación mientras vemos el informativo de IB3 a través de Internet.

El resto del descanso antes de irse a dormir corre a cargo de Netflix, con un capítulo de Parks and Recreation primero y tachando de la lista ver esa obra de culto bizarra que es Kung Fury. Con el traqueteo de la ventana dándonos el pie para ponernos de nuevo los tapones para los oídos, termina así este miércoles de buen tiempo en Londres.